X.X.X. [Max Nettlau], “La libertad de la sociedad del mañana” (1936)

¿Sobre qué bases han de apoyarse las relaciones humanas en la sociedad futura para asegurar el máximo de libertad?

En apariencia se nos presenta una pregunta sencilla, pero en realidad de difícil contestación si ha de elevarse esta contestación por encima de fáciles generalizaciones. El máximo de libertad no puede fundarse más que sobre una libertad que exista antes de alcanzarse el máximo, una cantidad de libertad ya existente y operante, siendo imposible que graduemos hoy por anticipado tal o cual cantidad y tal o cual calidad de aquella libertad base de sustentación para alcanzar el máximo, como es también imposible que valoricemos por anticipado y podamos prever su existencia y ritmo cuando se dé el enorme impulso caudaloso hacia la libertad.

Como tengo repetido en las columnas de esta misma revista, a pesar de ser la libertad el principio creador y vivificador de todo, sólo se manifiesta de manera que podíamos llamar funcional en momentos de insurrección. Fuera de estos momentos, apenas alienta la libertad más que como contrabando, siendo acaparados casi siempre los frutos de la libertad por la autoridad, que los explota en beneficio propio. Las masas obtienen alguna libertad, pero muy indirectamente. La libertad íntegra no reside verdadera y excepcionalmente más que en ciertas naturalezas humanas que tienen excedente de vitalidad, vigor y generosidad, en hombres completos cuyo mundo interior les impulsa a intervenir en las luchas nuevas venciendo cualquier obstáculo que se oponga a los valores de creación y expansión. Aumentar el número de estos educadores sería la primera urgencia. Pero la eficacia de la obra depende de las masas entre las que aquellos educadores surgieron. Y las masas vacilan siempre porque la autoridad ofrece a sus ojos engaños y pocas dificultades, desdeñando la masa la bella ruta de la libertad porque esta ruta no deja de ser penosa como todo esfuerzo elevado.

Contemplemos hoy la ola de reivindicaciones sociales que se extiende sobre Francia, consiguiendo en pocos días lo que no se pudo conseguir en cuarenta años de intensa agitación sindicalista. Se nota un despertar general que se contempla con simpatía. ¿Qué camino lleva? Todo se orienta por la ruta de nuevas normas y nuevas estabilidades, poderes autoritarios por crear congruentes con nuevas dictaduras en potencia. A los dictadores débiles que andan a tientas seguirán los dictadores fuertes con objetivos determinados. Ya conocemos la evolución inversa, la marcha atrás que desemboca en hombres de puño cerrado adueñados de la totalidad del Poder : la tiranía de las ciudades griegas, el cesarismo romano, el despotismo de los Borgias en el Renacimiento, los dos imperios napoleónicos y las dictaduras que pululan por el mundo desde 1917.

Escuchemos la voz de Bakunin leyendo lo que escribió en París en abril de 1868: «…Igualdad sin libertad es malsana ficción elaborada por los picaros para engañar a los tontos. Igualdad sin libertad equivale a despotismo del Estado y el Estado despótico no podría vivir ni un día sin contar por lo menos con una clase explotadora y privilegiada s la burocracia… Nuestro gran Proudhon, el verdadero maestro de todos nosotros, dijo… que la alianza más desastrosa que podría darse sería la que reuniera socialismo y absolutismo, la que reuniera tendencias del pueblo hacia la emancipación económica y el bienestar con la dictadura y la concentración de los poderes todos, políticos y sociales, en el Estado. Que el porvenir nos libre, pues, de los favores del despotismo, pero que nos salve de las consecuencias desastrosas y embrutecedoras del socialismo autoritario, doctrinario o estatal. Seamos socialistas sin convertirnos en pueblo-rebaño. No busquemos la justicia integral, toda la justicia, política, económica y social, más que por el camino de la libertad. Nada que sea vital, nada que sea humano puede darse sin libertad, y el socialismo que la rechazara de sí o no la aceptara como único principio creador y fundamental nos llevaría en línea recta a la esclavitud y a la bestialidad…»

Estas palabras se publicaron en pleno Paris imperial hace 68 años, aunque se leen como si se escribieran hoy, porque resumen las tristes experiencias de una veintena de años aproximadamente. «Esclavitud y bestialidad» han llegado a ser realidades en nuestros días, realidades que nos amenazan a todos y tienen por arranque o iniciación el funesto socialismo autoritario : el socialismo ruso convertido en blanquista (dictatorial); la socialdemocracia, que se hizo colaboradora de la burguesía: un régimen brutalmente autoritario y mussoliniano que rechaza a la bella anarquía italiana iniciada por Pisacane y Bakunin, continuada por Malatesta. La Francia de Proudhon y de Eliseo Recias se inclina ante el comunismo de Moscú.

En estas condiciones resulta imposible prever hoy el origen del necesario movimiento liberal y humano. único capaz de conducirnos a una sociedad nueva que asegure el máximo de libertad. Las sociedades autoritarias dictatoriales que se insinúan o preparan no sienten la menor preocupación por asegurar no ya un máximo de libertad, sino ni siquiera un mínimo. Las masas se han contentado con este panorama lamentable durante los últimos veinte años, y si exceptuamos a España, sacrifican la libertad a la ambición de procurar o ejercer el Poder. Es un hecho lamentable que en vano trataríamos de atenuar, y por mucho que nos cueste hemos de confesar que exceptuando a los verdaderos anarquistas el socialismo no ha libertado, intelectual y éticamente, a las masas; por el contrario, las militarizó, las empapó de idolatría posesiva y avidez de conquista, esa avidez que sabe, lanzando una voz de mando, llevar miles de hombres desde Italia a Etiopía arrojándose todos ellos sobre este país y sus riquezas supuestas, exactamente igual que hace cuarenta años fué incitado el país británico a arrojarse sobre África del Sur con sus minas de oro y diamantes. Un Estado socialista que posee los instrumentos de producción y organiza al pueblo como ejército del trabajo para poner en marcha el socialismo estatal no hace cosa distinta y establece la esclavitud universal como se estableció en tiempo de los Faraones del antiguo Egipto. Las masas se contentan con este marasmo, pero los hombres libres son perseguidos de nuevo como lo fueron en los siglos negros todas las conciencias independientes.

Es evidente que ni siquiera invocando las más justas reivindicaciones económicas tiene derecho el socialismo a disminuir la libertad; no puede atri, buir a ella carácter de papel moiado y completamente inútil; no puede creer que la libertad es un artículo de luío o una invención burguesa como se dice en Rusia. Si una evolución determinada resulta negativa es porque no sobrepasa un nivel de libertad conseguido ya, no siendo evolución, sino retroceso, reacción. La dictadura es siempre una y siempre la misma, porque su característica esencial consiste en cerar la fuente del progreso que es la libertad. Esta libertad, tan menospreciada hoy, que se quiere eliminar, es la libertad de conciencia y de opinión; la libertad para la buena vecindad y para la convivencia; la libertad de vivir y de emplear las libertades que se tienen por autonomía; la libertad del experimento libre, de la propaganda ilimitada; la expansión de las organizaciones variadas y múltiples sin unificarse y sin acribillar a tiros a sus adversarios. Todas estas libertades se usaron en el siglo XIX en plena era burguesa, aunque lo mismo entonces que hoy se empleó la receta autoritaria sirviéndose sus parciales de la libertad, sin la cual hay que permanecer callado como un muerto o hacerse lacayo de un partido, de una fuerza organizada que espía perpetuamente la oportunidad de hacerse con una presa arrojándose sobre ella en son de conquista. Nosotros sabemos lo que es libertad, tenemos amor por ella y no queremos perderla ni siquiera obedeciendo a sofismas económicos o igualitarios, como no la sacrificamos obedeciendo a clérigos ni a fascistas, sino que la afirmamos y acreditamos.

El socialismo no libertario es para nosotros una desbandada, un retroceso que puede aprovechar como heredero un sistema fascista o peor si cabe. Hacer que comprendan esta verdad nuestros contemporáneos es el deber que nos incumbe de momento antes de que sea tarde. Las relaciones humOñas habrán de basarse en primer término sobre las libertades que conocemos ya para alcanzar gradual’ mente un nivel más alto de libertad.

Con el término gradualmente no quiero identificar etapas intermedias, estabilizadas y obligatorias, sino que pienso en las desigualdades naturales y en las condiciones, naturales también, más o menos favorables de los hechos decisivos para producir siempre y en cada caso grados distintos de crecimiento y eficacia, grados y ritmos distintos, que refutan por sí mismos permanentemente el sofisma de la unificación artificial, instituido por los autores de sistemas legislativos reforzados por los subalternos de gobernantes y dictadores.

Es preciso querer ser libre y saber ser libre; es preciso no creer tan sólo que la libertad es posible, sino creer también que es la base misma, el juridamento de cualquier expansión, de cualquier desarrollo sano y normal. Es necesario reunir estas cuatro cualidades en la propia intimidad y suscitarlas en quien no las posea o posea solo alguna de ellas. Es preciso salir hoy al paso de quienes en nombre de cualquier dogma de sociología como ayer en nombre de cualquier dogma religioso, niegan la libertad, dicen que es ésta imposible y que hará falta siempre tener autoridad, como antaño se decía que era imposible vivir sin rey y sin divinidad o divinidades. Saber ser libre es difícil para todos. Nadie demostró como Tolstoi que hay que empezar por superarnos nosotros mismos. La enseñanza y la cultura demuestran el papel de la libertad en la Historia y son de primera importancia para todos.

Ascender hacia mayor número de libertades, a una libertad más intensa, ha de ser obra de la solidaridad, obra que tendrá realización en formas perfeccionadas de futuro que no podemos prever hoy. Todo será captado y asimilado gracias a condiciones nuevas, con el criterio de que ya hoy puede hacerse mucho más de lo que se hace, si se quiere que la progresión sea completa mañana. La solidaridad organizada es a menudo puramente nominal. Hemos leído estos días que el número de adherentes de la C. G. T. francesa ha pasado ahora desde un millón a dos millones y medio. ¿Dónde estaban tantos recién llegados de repente ahora antes de estas semanas culminantes de éxito imprevisto? ¿Dónde estarán cuando pase cierto tiempo, sobre todo si es tiempo de prueba? Todo está por hacer porque todo procede de la solidaridad efímera que sigue al éxito material y no se pasa a la solidaridad íntima, que no supone nada ni cuenta para los apreiurados. Aunque existe hace tiempo en las pequeñas agrupaciones empezando por la familia bien unida, en gran escala carece de realidad. Por ello puede considerarse ociosa la controversia sobre los méritos relativos del comunismo, de la retribución colectivista y del intercambio mutualista igual. Estos métodos y sus combinaciones intermedias o mixtas se emplearán siempre según los grados de solidaridad existente entre los participantes, de la misma manera que igual ayer que hoy varía el grado de confianza y crédito que se tiene de distintas personas. Un sistema determinado no podrá emplearse universalmente hasta que la experiencia compruebe que los perjuicios del mismo y las pérdidas anejas a su uso por mala aplicación y abuso de confianza son tan insignificantes que pueden desdeñarse si se comparan con los beneficios que reportan. Sabemos también que cualquier sistema económico de distribución libre depende en primer lugar de la abundancia, ya que sólo ésta permite en realidad un consumo verdaderamente ilimitado. Y todavía habría necesidad de entenderse y ponerse de acuerdo sobre los artículos susceptibles de producirse en abundancia, cosa perfectamente hacedera cuando todos sean o hayan aprendido a ser desinteresados. Si estas coyunturas y buenas posibilidades se ven interrumpidas por resoluciones autoritarias o bien por mayorías o consejos técnicos, de estadística, etc., se volverá rápidamente a un nuevo sistema autoritario.

Así, pues, la solidaridad habría de empezar por ser efectiva y consolidarse en los pequeños medios autónomos, propagándose desde aquellos círculos gradualmente — empleo este término en el sentido indicado en un pasaje anterior — hacia esferas distantes. Lo contrario conduciría a un Estado nuevo. El respeto a las distintas autonomías sería una garantía positiva para difundir y desarrollar integralmente cada solidaridad local. Las autonomías serían federales sin impulsar ningún estacionamiento, ninguna estabilización. Habría que interpretar en el mismo grado el derecho a permanecer autónomo un núcleo determinado, así como el derecho libre de secesión o separación. En resumen, estas actividades habrían de desarrollarse como los episodios que se dan en la vida de relación entre amigos que están en condiciones parecidas de existencia y se separan o unen según voluntad mutua y espontánea, sin que intervenga nunca la supervisión ajena o el control de ninguna autoridad, sin que se dé el caso de crítica adversa ni sanción. Para conseguir este resultado es evidente que precisa arrojar por la borda a los políticos. Están acostumbrados a entrometerse en asuntos ajenos que no les importan en absoluto, y de la misma manera que se elimina severamente de nuestra vida privada a los intrigantes cuando se inmiscuyen en ella, así se eliminará en la vida nueva a los políticos. No habrá entonces vida política en el sentido que hoy se da al vaivén político de los entrometidos; habrá tan sólo intenso intercambio de relaciones desinteresadas entre seres independientes hasta el punto de no tolerar ningún entrometimiento en la vida propia y en la relación de unos con otros, aunque se disfrace aquel entrometimiento con palabras insinuantes, sofismas y pretextos especiosos. Si se empieza por preconizar delegaciones, comisiones y comités se acaba en el Estado y en la dictadura. Las derivaciones autoritarias no pueden evitarse más que empezando por actuar directamente los pequeños núcleos por sí mismos, sabiendo éstos extender la relación a seres que viven en otras latitudes y son merecedores de confianza por afinidad de conciencia y desenvolvimiento.

Convendría, en consecuencia, desentenderse después de la revolución, y lo antes posible, de los organismos que atienden a las luchas presentes, organismos cuya razón de ser caducará al derrumbarse el régimen actual, como caduca la actividad militar al terminar la guerra. Si se conserva el ejército después de la paz, evidentemente se prepara. otra guerra, y así es como la guerra no se proscribe nunca de raíz. Si después de triunfar un movimiento revolucionario no sienten sus protagonistas todos el deseo vehemente de crear valores de futuro y el impulso certero de romper todas las viejas cadenas ; si sólo son capaces de permanecer arrumbados en los clásicos sindicatos como inscritos en sus cuadros, lo hecho no será una revolución libertaria, sino un cambio de nombre en el régimen imperante por turno. En el nuevo régimen se dirá que los hombres no son gobernados sino adminis^ irados. En realidad serán más gobernados que hoy, puesto que el Estado administrador pesará sobre ellos con más rigor que el Estado capitalista de hoy. Lo que se requiere es valor y conciencia para no creer en la continuidad necesaria de estas instituciones artificiosas” La tarea de la hora y la sucesiva para acreditar una sociedad nueva son tareas muy disrintas.

La continuidad que exige la sociedad futura con respecto a la presente es una continuidad de produC’ ción y distribución. Nada más. Así como en la convivencia nueva no habrá lugar para las instituciones capitalistas, tampoco podrá haberla para las anticapitalistas. Tan sólo el aparato técnico, el utillaje y las instituciones neutras continuarán funcionando. Cuanto menos se altere la complejidad presente mejor funcionará la convivencia nueva, que no tendrá que empezar a manifestarse con privaciones, restricciones, racionamiento y dosificación de alimentos, maneras de imponer la dieta y el hambre. Estos estragos habrán de ser evitados a toda costa, puesto que la opinión que engendran es desfavorable, provocando la constitución de conglomerados autoritarios, los comités llamados de salvación pública, la supuesta regularidad y efectiva centralización de la vida, los depósitos o almacenes públicos y la dictadura económica. Será preciso, por el contrario, que la vida pública permanezca varia» da, lo más fácil y abundante posible, atractiva y agradable, cosa hacedera si se cancela pira siempre el temor a la escasez. Este temor se deriva de la impresión, indeleble aún, de los estragos del hambre en Rusia en los años inmediatamente posteriores a 1917. La guerra había agotado a Rusia; por otra parte, se daba la incompetencia de los nuevos gobernantes bolcheviques, el atraso del extenso país ruso y la hostilidad del capitalismo mundial. Se produjo a consecuencia de tantos y tan desfavorables factores tal anormalidad en’el sistema industrial que bien puede calificarse de inaudito. De aquellos hechos se deriva el pesimismo actual, tan preocupado con juntas, comités, planes y consejos; ese pesimismo que se propone programas reconstructivos a base de técnica y estadística para empezar a vivir de nuevo.

Los anarquistas pecaron antaño por el extremo opuesto. Creyeron que la abundancia acumulativa de productos seria fácil de conseguir y que el comunismo libre podría consolidarse sin preocupaciones por largo espacio de tiempo. Opinión errónea, porque lo que quiere el Capitalismo es que se produzca poco a fin de vender a precio alto. No es partidario el capitalismo de acumular sin vender; más bien considera esta última acumulación estacionada como la más grave de las crisis. Podemos decir que tanto la abundancia como la escasez, tanto las excelencias de Jauja como las penurias inevitables y fatales son leyendas. Lo cierto es que existen primeras materias en cantidad que sobrepasa la de las necesidades normales, que se cuenta con un utillaje de enorme potencial y mecanismo perfecto, además de haber un excedente de brazos por ocupar y multitudes enormes inocupadas. Ojnvendría, pues, que se procurara la continuidad productora después del hecho revolucionario para evitar el autoritarismo que supone la organización de la dieta pública. Los verdaderos órganos de producción son los que saben producir hoy y sabrán hacerlo mañana, los hombres del taller y de la fábrica, los campesinos y transportistas. Evidentemente los sindicatos no tienen nada que hacer con la producción técnica y crearían un estado de desorden sin intervinieran en su control una vez desaparecida la burguesía, puesto que se produciría ya desde un principio guerra civil y dictadura. Aquí o allá habría dictadura sindical ; en otro lugar se lucharía en pro de la autonomía de los productores o se invocaría la necesidad de atender primordialmente a la economía de los Municipios. Estos factores locales llegarían a entrar en colisión unos con otros y también todos ellos con sus distintas y complicadas ramificaciones, nacionales e internacionales, multiplicándose las dficultades de relación y tránsito con núcleos alejados productores de primeras materias y consumidores de artículos elaborados sobrantes. En fin, habría luchas apasionadas, y como en el curso de estas luchas no faltarían los vencedores, se impondrían al fin los cotizadores de la victoria estableciendo la dictadura.

Tan sólo una verdadera y efectiva humanización de las relaciones intersociales puede prevenir y evitar estos inconvenientes. Tal humanización únicamente puede hacerse desde lo reducido a la proporción grande, desde abajo hacia arriba — como decía Bakunin — contando con la favorable coyuntura de buenas condiciones locales, sin verse paralizada la acción progresiva por ninguna clase de autoridad, antigua o nueva, aunque se tratara de los sindicatos más activos y de sus funcionarios más probos. El hombre a quien se coloca en una situación cualquiera será siempre instrumento; lo será por pasividad y rutina o por ambición y afán de dominio. Sólo el hombre que actúa por sí mismo, el capaz de esfuerzo solidario directo puede dar de sí lo que es. Hombres así lo serán los que iriauguren la vida nueva, tratando de que se viva en ella con un máximo de libertad si no se invalida antes su tarea imponiéndoles organismos caducos y esas determinaciones llamadas transitorias que son, en realidad, con sus normas y restricciones, prolegómenos de dictadura.

Se puede luchar ya inmediatamente, desde hoy mismo, en pro de las ideas y de la causa, valores eternos, y no en nombre de organismos necesariamente transitorios. Seamos los hombres del comunismo libertario, no los patriotas de tal o cual organización. Una organización determinada no puede hacer más que establecer su propia dictadura — lo cual sería fatal — o bien declarar que se extingue al triunfar — lo que significa una generosa abdicación. No todos los componentes de aquella organización serían tal vez capaces de abdicar generosamente, sobreviniendo disensiones, escisiones y descontento, sobre todo cuando el patriotismo orgánico de los amigos estuviera caldeado y encrespado. Si puede realizarse y ser efectiva la sociedad libre tendrá origen en la expansión de las ideas del comunismo libertario; no tendrá origen en la acción o en el prestigio de la organización obrera, que por esencia es una corporación de resistencia del trabajo contra el capital, no una agrupación a base de ideas. Si la sociedad nueva ha de ser viable sabrá crear valores nuevos sin necesidad de lazos orgánicos con el pasado.

No carece de importancia el tema y merece que lo aireemos puesto que sin ejercer la libertad todo podría caer en manos de una nueva burocracia y ésta es siempre dictatorial, velada o abiertamente. Al parecer sólo se quiere proceder hoy mediante escalas jerarquizadas de los organismos, como si el hombre en sí y por sí no significara nada y fuera tan sólo un ente aislado, más bien molesto que útil. Toda la sensatez del universo aparece concentrada en unos cuantos cerebros organizadores. Este espectáculo es en realidad un reflejo de la política burguesa, pues sabido es que en ésta todo ocurre entre unos cuantos prohombres. La misera plebs está tutelada por ellos. Podrá servir esta absorción para sostener la gerencia del mundo burgués con su movimiento de negocio y especulación; podrá servir a los planes de socialistas y comunistas gubernamentales, pero a los libertarios no nos convence. Si quieren los hdmbres libertarios que renazca verdaderamente la libertad y que se realice el ideal libertario, habrá que reanudar la modesta pero efec tiva y eficaz tarea de la propaganda directa de las ideas.

Estas ideas, las libertarias, a pesar de la propaganda sonora y escrita, son conocidas insuficientemente por el pueblo y a menudo presentadas a éste en versiones apodícticas, doctrinarias, sectarias, exclusivistas. Por lo que respecta a España, los amplios conceptos del comunismo libertario dan a las ideas una expresión excelente. Por doquier sufrieron los inconvenientes de la rutina y se vieron también deformadas por infiltraciones autoritarias o reformistas por lamentables desviaciones y limitaciones. Las ideas libertarias aparecen hoy a nuestra vista más vivas y vigorosas que nunca, y la falta de intérpretes excepcionales — como tuvieron otras veces — no las apoquece absolutamente en nada.

Contesto a la pregunta inicial de este trabajo diciendo que la sociedad futura realizadora de un máximo de libertad, me parece que ha de ser diferente del organismo semisindicalista semicomunista libertario que asocia hoy meritorios esfuerzos. Si sobrevive el sindicato a la revolución, el comunismo libertario se desenvolverá con dificultad. Si el comunismo libertario invalida al sindicato no tendrá razón de ser el sindicalismo y sin embargo, es probable que no se resigne a desaparecer por completo. Amalgamar el sindicalismo con el comunismo libertario es un artificio y este artificio exigiría autoridad para sostenerse y ser estable. Ahora bien, la mayor estabiiiij^v. no haría sino prolongar la lucha y el fomento de las dictaduras. Que los sindicalistas se entreguen a las batallas de hoy, ya que les queda mucho terreno que ganar. En Francia luchan con ardor. Que den apoyo individual en favor directo del comunismo libertario y que renuncien a ser el sector preponderante en la sociedad futura. Los que preparan el comunismo libertario, que den vida a los ideales de autonomía, solidaridad generosa, federación libre y secesión igualmente libre; actividad individual sin mediadores, progreso incesante y diferenciado según condiciones de cada caso, experiencia libre, variedad y atractivo en la sociabilidad como en la economía empezando siempre y en todo por nosotros y desde ahora mismo, fuera de las cuestiones orgánicas que están en plano ajeno a vida y trabajo. Por estas rutas creo que se caminará hacia un máximo de libertad. Por las opuestas sólo se podrá desembocar en una algarabía de luchas intestinas y en una dictadura.

No se pierda nunca de vista la espinosa y fatal cuestión del totalismo. Entusiastas de nuestro ideario, somos de cierta manera totalistas porque rechazamos la opinión adversa y creemos en el triunfo exclusivo de la propia. Como tengo ya dicho, una íi ciega, rencorosa, seguida de intolerancia truculenta, inspiró siempre a los sectarios religiosos, tanto cristianos, hebreos y paganos como católicos y protestantes. Las persecuciones no pudieron acabar con tanta hostilidad productora de guerras, fanatismo, inquisición y represión jesuítica en países ensangrentados, mentalmente deficientes o rezagados; tampoco las guerras invalidaron el fanatismo religioso sino que lo avivaron; no pudieron suprimir el fanatismo las ciencias ni el librepensamiento ni tampoco sirvió la prueba de falsedad e irrealidad que se repitió con respecto a la religión. No cedió la lucha fanática; pero cuando el siglo xvill cortó las alas al fanatismo y el XIX lo redujo al silencio se produjo — al menos exteriormente — un cierto ambiente de convivencia entre los creyentes, quedando la religión en muchos territorios como entidad inofensiva o estéril y privada de medios violentos para eliminar al adversario. Esta convivencia — al menos formal — entre los creyentes de distinta etiqueta religiosa ¿se da en el sector socialista? No. Los socialistas son totalitarios en Rusia y profesaron a todas horas el exclusivismo marxista. Cuando anarquistas y sindicalistas invitan a aquellos marxistas a la convivencia, nunca se ven correspondidos con una contestación clara y neta, sino que se ven frecuentemente acribillados a balazos. No creo en una cooperación entre autoritarios y libertarios que no sea desastrosa para estos últimos; pero creo también que el mundo es suficientemente grande y capaz para todos y que sería más juicioso evitar los encontronazos en vez de pelear perpetuamente.

Es tan buena nuestra causa que me asombra no verla presentada más frecuentemente con toda su efectiva belleza ante el pobre mundo aterido. No sabemos qué clase de tesoro poseemos con nuestras ideas y dejamos que se confundan con oropel, dejamos que se mezclen con cosas ajenas a ellas. Por ello las contempla el mundo muy de tarde en tarde en su aspecto integral, quedando eclipsado su atractivo para una mayoría inmensa de seres que se debaten entre miserias y constituyen la sociedad presente. No preconizamos una ideología abstracta sino que profesamos las generosas ideas más en relación con las realidades de la vida, triste vida que los demás sacrifican a la avidez concupiscente y a la sed de dominio o bien a la esterilidad doctrinaria que siempre va hacia atrás en beneficio de la reacción.

Para llegar a un máximo de libertad es indispensable hacer el mejor uso posible del mínimo existente, digno de que lo fomentemos con el más exquisito celo. De lo contrario, estamos en trance de perder el mínimo de libertad disponible para caer en el capitalismo feroz, en el socialismo autoritario o en el fascismo. Cualquiera de estos sistemas imperantes nos llevará más pronto que tarde, como dice Bakunin, «en línea recta a la esclavitud y a la bestialidad».

X. X. X.

(Trad. de F. Aláiz.-)


X. X. X., “La libertad de la sociedad del mañana” La Revista Blanca 14 no. 387 (July 15, 1936): 74-78.

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X.X.X [Max Nettlau], “El reino fatal de la abstracción, una de las fuentes de la autoridad” (1936)

El primer despertar del pensamiento humano condujo a la generalización y desde ésta a las abstracciones simplistas. Se observa lo que hay común entre un objeto y otro, haciéndose entonces una regla. Poco a poco va construyéndose el ente abstracto que posee las cualidades atribuidas a distintos objetos y seres. Lo que no coincida con este conjunto de cualidades regulares es una excepción y está mal visto, por lo cual se critica hasta que entre en lo que se considera normalidad. Y ocurre que siendo la diversidad lo único que real y positivamente constituye la realidad, el fenómeno que es el producto de la vida misma no se respeta y pasa a segundo término, siendo constantemente reprimida aquella diversidad para someterla a una tendencia unificadora. Ya estamos, pues, en uno de los orígenes de la mentalidad autoritaria. Del ente abstracto que tiene todas las buenas cualidades y las virtudes todas no se tarda en hacer un fetiche divino por ensanchamiento de aquellas cualidades poseídas hasta un extremo infinito de sublimidad. De ahí que se considere la vida real como una serie de equivocaciones, divagaciones, excepciones y diversidades que necesitan una autoridad que obligue a transitar sólo por el camino de las reglas y de las leyes. Para la religión, el hombre es el pecador inveterado; para la ley, el criminal en potencia, sospechoso siempre; para la Administración, el contribuyente que trata de no pagar impuestos o el temerario que se atreve a criticar a los gobernantes. Es indudable que la autoridad tiene otras fuentes, pero la abstracción es una de las más insidiosas, porque vició la vida intelectual y moral de los seres humanos en grado sumo, a la vez que sirvió para justificar las más directas y brutales violencias inquisitivas. El individuo, la vida misma son valores eternamente sospechosos y reprimidos, sacrificados al fetiche de la abstracción.

Quien aprende mecánicamente un idioma se congratula de que haya reglas generales y maldice las excepciones. Quien estudia la verdadera estructura de un idioma con todo lo que puede reconstituir respecto a su origen y a su pasado, queda fascinado por las excepciones porque atestiguan estas una vitalidad de belleza precisamente en la diversidad que sobrevive y se revela en las excepciones mientras que el resto, lo comprendido en la regla general, quedó aplastado, igualado por pesada rutina y analogías a menudo dudosas, por una masa de regularización secundaria y uniformada al carecer de vida propia. Este proceso degenerativo se da también y puede estudiarse en el hombre. Los espíritus autoritarios quieren que los hombres se adapten casi generalmente a las mil normas de la conducta considerada como normal. Los espíritus emancipados de estos prejuicios saben que el progreso se debe precisamente a las excepciones, que son lo vital, no a las masas de víctimas que están interpoladas en la rutina y carecen de vida propia.

El progreso se cumple en tres etapas. Tiene origen en la actividad de ciertos seres que laboran en unas condiciones lo más favorablemente posibles, consiguiendo producir valores nuevos; estos valores nuevos, estas creaciones, se propagan, gracias a su fuerza inherente y a su utilidad social, sobre un número elevado de hombres venciendo los obstáculos que se presentan. Hasta aquí, las dos etapas primeras. La transición desde la segunda a la tercera etapa, choca también con dificultades y obstáculos; pero el progreso no logra realizarse en su forma más perfecta sino cuando es diferenciado, adaptado a las necesidades individuales y locales de los hombres en su misma vida íntima y directa. Esta es la tercera etapa. La transición entre la segunda y la tercera etapa presenta también grandes obstáculos sobre todo cuando en la segunda etapa se reviste una idea progresiva de formas abstractas según el error autoritario. Sumida la idea avanzada en formas abstractas, no halla ya la manera de caminar hacia la vida real, hacia las diversidades, las únicas que permiten vivir una vida real. Tal es el caso, en mi opinión, de la idea socialista.

La idea socialista debe su origen a las mejores iniciativas — innumerables — de todas las edades ; iniciativas que trataban de acabar con el régimen de opresión, explotación, violencia intelectual y moral que reinaba por doquier. De las ideas propuestas cristalizaron inevitablemente las más viables, quedando como aspiraciones, esperanzas y reivindicaciones de las masas populares, de los pensadores y de los rebeldes en buen número de países. Pero esta selección natural quedó interrumpida por los fanáticos de la abstracción, por los elaboradores de sistemas. Uno de estos elaboradores — Marx — produjo obras maestras de abstracción doctrinaria, construyendo un socialismo que no puede realizarse más que empleando un máximum de coacción y una autoridad universal, capaz de ubicuidad. Esta teoría fascinó a muchos hombres, sin abandonar su sectaria característica de religión. Esta no puede imponerse tampoco sino mediante una ralea eterna de clérigos, que velan siempre sobre los pueblos cuando no comprenden éstos las abstracciones religiosas. De la misma manera el marxismo tendría al pueblo en eterna tutela con los burócratas que en realidad serían gobernantes en nombre de una abstracta divinidad: el Estado socialista. Este es una ficción, como lo es igualmente la divinidad abstracta en nombre da la cual los clérigos se hacen mantener por el pueblo. En religión no hay más que un pretendido ser que posee todas las buenas cualidades concentradas en la divinidad. A esto corresponde en el marxismo el Estado o la Administración, concluyéndose que todos han de servir a una ficción como el Estado y la burocracia, de la misma manera que se servía a la divinidad. Las religiones se apoyan en lo que llaman pobres de espíritu, en los creyentes y obedientes. El marxismo se apoya sobre las mismas categorías de disciplinados y electores. El éxito del socialismo descansa en el mínimo esfuerzo individual de inteligencia y rebeldía que requiere. Sólo quiere que se espere cierta misteriosa evolución que ya entrevió Marx y otros calificados profetas. Llegará o acontecerá esto o lo otro si acaso no acontece otra cosa…

Es evidente que en la beatitud del creyente marxista y también en la rutina de su casta dirigente no hay camino de vida real en los distintos países. Antaño hubo socialdemocracia y hoy hay comunismo. Tanto éste como aquélla tratan de imponer formas idénticas de evolución; en la práctica, sistemas idénticos de la propia dominación, por lo que respecta a regiones diferenciadas del mundo, un esfuerzo que con la dictadura más cruel puede ser sostenido todavía en Rusia, sin que haya podido prevalecer en ningún otro país. Ningún país permite jamás que se le imponga todo un sistema a menos de que .’e trate de un país vencido a merced del conquistador y con imposición de aquel sistema contra la voluntad de la víctima como yugo de una dictadura extranjera.

Aprendamos por nosotros mismos y si alguien duda convénzase por la experiencia que salta a la vista de que en el terreno anarquista como en el sindicalista no puede dejar de ocurrir lo mismo: una. abstracción no encuentra el camino de la vida real. La abstracción no es vital por sí misma y por consiguiente ¿cómo ha de tener realización en la vida? Estábamos en plena abstracción anarquista totalitaria. Para unos, no había salvación fuera del intercambio legal, del mutualismo; para otros, estaba la salvación en el colectivismo y para otros en el comunismo. El buen sentido prevaleció en nuestros medios al referirse los camaradas de otro tiempo a la anarquía sin adjetivos, a secas, lo que llamaba Malatesta el anarquismo socialista y hoy se llama comunismo libertario, no sectario, el que acepta todas las ordenaciones económicas libremente consentidas y permanentes en la esfera de la solidaridad. Hemos sabido ver el camino de la abstracción unilateral a la luz variada de los fenómenos vitales y lo veremos siempre porque tenemos respeto y amor a la libertad y nos horroriza la uniformidad en nombre de la abstracción. Y podrá superarse la ilusión de la ideología sindicalista cuando después de la expropiación se conozca la verdadera esencia del trabajo libre. En todos los siglos, investigadores y sabios conocieron el placer exquisto de trabajar por difícil y penoso que fuera el trabajo cuando éste se aplicaba libremente para conseguir un buen objetivo. De un espíritu semejante estarán penetrados los trabajadores libres olvidando los cuadros sindicales de igual manera que un hombre hecho y derecho no se sienta ya en los bancos de la escuela.

Tenemos, pues, que cumplir la eminente labor de aprender a conducir todas nuestras aspiraciones desde la esfera de la abstracción a la vida real; y hemos de hacer honor a la tarea no menos importante de demostrar al mundo entero que es indispensable seguir en todo vías paralelas para ir desde la abstracción a la realidad, renunciando a imponer ficciones abstractas como se impone un yugo. Sin esta claridad de propósitos las aspiraciones del pueblo se confunden en el fango del fanatismo y al ser impuestas por la dictadura se transforman en odiosas vejaciones. Lo que había de producir alivio, libertad, alegría, felicidad, impone la desesperación, sentimiento de vivir más que nunca en estado de esclavitud, tristeza y desdicha. Los hombres libres ven a los dictadores comunistas con el horror que ven a los dictadores fascistas. Si la humanidad no se libra de esta pesadilla nos asfixiaremos. Tanto va reduciéndose paulatinamente el aire respirable.

Acostumbrémonos a pensar que todas las realizaciones, lo mismo libertarias que otras, diferirán de programas, teorías, planes y previsiones. Adaptadas a individuos, ambientes, localidades y condiciones generales, todas tan varias, tomarán formas distintas como la vida misma, de la cual serán parte integrante. La propia Naturaleza nos da ejemplo. Sería absurdo esperar que lo que es ley natural universal no entrará en actividad para intervenir en los cambios sociales de un porvenir más o menos próximo.

Los animales y las plantas, incluso los minerales, tienen innumerables variedades regionales y locales. Lo mismo los hombres. Se diferencian ya por las lenguas, cuya literatura resulta accesible por medio de aquéllas, si bien refleja ante todo el temperamento local, el ritmo local. Ni la cultura internacional, ni las máquinas, ni las aplicaciones técnicas, ni las costumbres internacionales pueden neutralizar las diferencias en cuestión. Examinado este problema atentamente se ve que incluso en las cosas más internacionales se echa de ver por doquier la influencia local. Sobre este terreno el internacionalismo es también una abstracción irreal. Su verdadera interpretación reconoce, tolera y respeta las diversidades mientras que el nacionalismo las odia instintivamente y trata de combatirlas a la vez que aspira a extenderse valiéndose de la conquista. Un socialismo autoritario totalitario no sería menos agresivo, no haría más que perpetuar las guerras puesto que no reconocería ni respetaría las autonomías locales. El comunismo ruso no ha hecho más que seguir esta doctrina de exclusivismo puesto que en los demás países declaró su propósito de invadirlos para implantar la propia dictadura.

Interpretado con propiedad el internacionalismo contiene todo lo que deseamos pero ¡qué pocos actúan en un sentido acorde con esta interpretación! Si se siguieran las inspiraciones internacionalistas la vida se desarrollaría con agrado en uno y otro sector territorial, se respetarían las autonomías locales y se multiplicarían las relaciones más varias a base de las costumbres de unos y otros. Se elegirían las relaciones de los más próximos en ideas. Con el mismo derecho se atendería a la relación con finalidad de eficacia o con otra finalidad distinta. Con estas bases de convivencia la vida local y las relaciones internacionales florecerían paralelamente, produciéndose nuevas diferenciaciones y nuevas asimilaciones.

Creo que convendría repetir estos enunciados con más voz y con más frecuencia. Hay excesivo orgullo en nuestros movimientos, lo que depende de la herencia autoritaria, ya que el sentimiento de superioridad y la agresividad llevada hasta el totalismo son próximos parientes. El hombre verdaderamente sensato que capta una verdad se regocija, pero no se enorgullece. Sabe que sus investigaciones no tienen fin, que precisa continuarlas, que tal vez una experiencia nueva eche por tierra la que creyó concluyente. ¿Estamos seguros de que lo considerado hoy como excelente organización, programa lógico o táctica razonable ha de ser imperecedero, infalible y permanente? El hecho de sentir orgullo demuestra que hay colapso, que se cree estar de vuelta de todo. Esto equivale a retroceder.

Estamos en momentos propicios para que los seres no sean orgullosos ni intolerantes. Los que no son fanáticos ni totalitarios han de ver la manera de encontrarse, cualesquiera que sean sus opiniones. Sólo de ellos puede nacer un esfuerzo renovador para fundar la convivencia interhumana. Los demás no aspiran más que a una dictadura cualquiera, a animar abstracciones y a que el mundo sienta nuevos yugos.

* * *

La abstracción ejerce asimismo su fatal autoridad en el terreno de la organización. La cooperación más o menos reglamentada, lo que se llama organización, es resultado de una perfección que pocos animales han podido alcanzar como las hormigas y las abejas; otros animales son perfectos en cuanto a habilidad constructiva como ciertos pájaros, c! castor y las arañas, pero trabajan paralelamente sin ayudarse mutuamente; hay muchas especies que se reproducen, alimentan y cuidan mediante cooperación temporal del macho y la hembra. Sólo el hombre ha llegado primero a una cooperación técnica múltiple; sucesivamente a la organización de este trabajo para finalidades determinadas; a la especialización, al trabajo profesional susceptible de dirección, explotación y demanda, susceptible también de agrupar a los trabajadores para protegerse éstos, concertarse y organizarse. Estas organizaciones crecieron en número y fuerza. Constituyen uno de los medios de emancipación del trabajo. Para conseguir esta finalidad las organizaciones han de penetrarse de idea y voluntad, han de ser eficaces respecto a éstas como base y elementos constitutivos. No basta con que estas cualidades se den o se supongan a los dirigentes sin que tengan efectividad en los adherentes, los cuales en tal caso no hacen más que bulto y número. Por esta causa ha quedado muy disminuida la eficacia de las organizaciones, pues se han impuesto costumbres determinadas por la abstracción.

Se empieza por la delegación, abandono del derecho y de la iniciativa de muchos en favor de un delegado. Después del nombramiento de ésle, la delegación se convierte en permanente. Unos cuantos delegados constituyen comisiones y así sucesivamente van formándose los comités superiores, etc., quedando los adherentes representados por poderosas minorías que se erigen en directoras, lo mismo que si fueran gobernantes. En teoría, estos comités superiores son la quintaesencia de los adherentes al organismo; en realidad, la voluntad de estas minorías es la que reemplaza a la voluntad de los organizados. Son abstracciones vivas en el peor sentido, son como el clérigo que substituye a la inexistente divinidad, como el funcionario que pretende representar al Estado siendo éste una abstracción, una irrealidad. Por esta encarnación de abstracciones en hombres encargados de representarlas fielmente, las cuestiones que afectan a las organizaciones, todos los problemas, por importantes que sean, están en manos de unos cuantos hombres que son los más significados y batalladores — los mejores patriotas por decirlo así — teniendo a gala que no haya paz entre las distintas organizaciones, exactamente igual que los estadistas impiden que haya paz entre los Estados. Cuanto más potente es una organización menos puede y por regla general quiere menos ponerse de acuerdo con otras.

Se quiso remediar este inconveniente constituyendo Internacionales. Pero lo cierto es que éstas no han sido organismos completos. Después de consumarse las escisiones se han convertido en agrupaciones de! mismo partido hostiles a las de partido distinto. Por rivalidad entre unas y otras en censo y en influencia, la actividad de todas es distinta y para aventajar a la rival, son enrolados los miembros en masa, muchas veces fanatizados y sin tiempo para capacitarse en el sentido de las ideas ni en el de las organizaciones. Si una de éstas siente deseo de aliarse con otra, el deseo se convierte en asunto diplomático entre prohombres de ambas más que en impulso espontáneo de !a colectividad. Caso de pactarse la alianza, no se pacta sin reservas mentales. Lo regular es que fracase la alianza, como fracasan las tentativas de pacifismo entre los Estados. Las organizaciones son excesivamente grandes y cuentan con muy pocas posibilidades de manifestarse. Lo mismo que en todos los casos la mejora y el progreso están en la descentralización, en la autonomía de grupo y en el mayor grado de actividades directas, sin delegación. La cooperación hace el mejor uso posible de los adheridos; la organización que funciona con delegados hace lo contrario. Esta inercia relativa de las grandes organizaciones, limitadas además en la acción por el sentido de responsabilidad, es tan visible como observamos hace pocas semanas en Francia y en otras partes, donde los grandes movimientos desbordan el control de las organizaciones. Evidentemente hay influencias más o menos conocidas en tales movimientos, pero aquellas influencias de nada sirvieron otras veces porque no se hizo caso de ellas. El hecho de la enorme repercusión actual de las huelgas más allá de la cuadrícula sindical me parece demostrar que la fe del pueblo en las grandes organizaciones está en decadencia, tan en decadencia como la fe en partidos y programas. Huérfanos los hombres de ideal libertario en casi todo el mundo menos en España, no saben producir nada bueno y quieren el poder aceptando la autoridad lo mismo que los beneficios que le produce el Estado o la ley; beneficios que le prometen o le dan figuradamente, incapaces de producir nada. Los movimientos de Francia y Bélgica no servirán a la causa libertaria; pero los hechos nos demuestran que a la pasividad ha sucedido el movimiento y que no faltan grandes organizaciones sino ideas libres, esas ideas que no se propagaron apenas entre las masas.

Después de la guerra hubo una libertad de propaganda relativamente grande, como también cierta libertad de movimientos aunque temporalmente y con excepciones. De todas maneras hubo descuido en no servirse de aquella ocasión preciosa para sembrar ideas de libertad. Se sentía la fascinación de Rusia a pesar de la degeneración operada allí tan pronto. Orgullosamente se hablaba del poder y se hacían concesiones al credo autoritario. Los libertarios perdieron casi en todas partes sus antiguas iniciativas y no han sabido reanudarlas posteriormente. Se nos dice que lo que hacen los autoritarios no tiene consistencia y se derrumba. Triste consuelo, porque aquéllos actúan a expensas y en perjuicio de la humanidad entera, cuya generación actual y juvenil están intelectualmente destruidas, quedando agotados los recursos acumulados y viendo las sociedades de vida mediocre a pocos pasos el espectro de la guerra destructora de todo. ¿Cómo llegar a nuestro ideal libertario con una Humanidad que se tambalea y quedaría reducida a ruinas? El eclipse libertario de los años posteriores a 1918 contribuyó en gran manera a que se produjera una situación tan desastrosa.

Abominemos, pues, del culto a las abstracciones y volvamos a la vida. Devolvamos su autonomía a la cultura local, a las ideas que se manifiestan en cada país, al grupo libre de afinidades vecinas, a su acción directa. Desconfiemos de las abstracciones porque en nombre de ellas se dominó siempre y se explotó. La abstracción, a pesar de sus defectos, tiene la ventaja de presentar lo que hay de común en un cierto número de fenómenos. Sin embargo, esta visión no es lo concluye me sino lo incompleto. Precisa aterrizar desde la abstracción a la vida aprovechando la crítica lucha contra la abstracción y sin dejar que ésta marque la huella más ligera sobre nuestra vida.

Jamás triunfará nuestra causa con una victoria unilateral de ideas o de organización únicas, ni siquiera de clase única. Estas victorias, sean mayoritarias o minoritarias, no pueden conducir más que a la dictadura que hace odiosas las causas, incluso las mejores. Todos los acontecimientos revolucionarios históricos fueron producidos por el descontento, por una excitación y un furor casi unánimes en el momento decisivo: Revolución francesa de 1789; julio de 1830 y febrero de 1848 en París; revoluciones continentales de 1848; el 4 de septiembre de 1870 y el 18 de marzo de 1871 en París; la primera sacudida del zarismo en 1905 y su caída en marzo de 1917; el 14 de abril del 31 en España, etc. Una revolución social libertaria no se produciría de otra manera. Las dictaduras no pueden nunca preparar el camino a la revolución social libertaria. En Rusia ya se vio que desde la instauración del bolchevismo en otoño de 1917 sólo hubo aplastamiento de los esfuerzos socialistas no oficiales empezando por el bombardeo del local de los anarquistas en Moscú en la primavera de 1918 mientras en todo el mundo socialistas y hasta anarquistas, pésimamente informados todos, glorificaban a los bolcheviques llamados maximalistas a consecuencia de un curioso error del que ellos se aprovecharon y beneficiaron ampliamente. Lo mismo la dictadura rusa que las dictaduras fascistas sólo serán destruidas por impulsos y explosiones casi unánimes como las que tantas veces han puesto el pie en el cuello de los tiranos. La verdad histórica se da en este sentido y no veo que pueda suponerse cosa distinta por lo que atañe al porvenir.

Progresan los hombres desde la edad de las cavernas y harán todavía grandes cosas, pero sólo en estado de libertad. La Humanidad se reanima al menor soplo del espíritu libre, como un aguacero reanima las flores mustias. Siempre vivió la Humanidad gimiendo: desde que se vio atada a la religión hasta que cayó en servidumbre de socialismo autoritario y fascismo. Apetece la libertad y muchas veces los hombres que se tienen por no autoritarios se la niegan; y cuando no se la niegan, intentan disuadir a la humanidad de su ideal. ¿Por qué el sindicalismo no declara de una vez francamente que no tiene ambición de sobrevivirse y tal vez perpetuarse en una sociedad nueva? ¿Por qué las tendencias libertarias no se declaran exentas de aspiraciones totalitarias? ¿Por qué no hacen constar que establecerán un modus vivendi con otros matices no agresivos? Estas interrogantes se comprenden mejor que antes, mejor que hace poco tiempo, aunque puede decirse que su profesión abierta y su confesión no son generales. Cada cual espera que su causa llegue a ser universal. Me parece que este pensamiento delata residuos autoritarios evidentes. Tengo simpatía por una causa y me parece que universalizarla es poco natural. No es posible desear que se extinga toda la espléndida variedad floreal para que sobreviva únicamente mi especie preferida. Guardémonos de esta uniformidad, de esta malsana abstracción.

Creo que no abogo en pro de una causa perdida. No hay más que deshacerse de la multitud de argumentos seudocolectivistas que nos inundan. Se dice que e! individuo en sí nada es, que sólo la masa y el grupo tienen importancia. Esta es la opinión de los autoritarios todos, pero no es un hecho real, ni una constatación social. Siempre ocurrió así en los medios indiferentes, por lo que hubo dos desarrollos opuestos en les mismos: el individuo jefe que domina y explota a la masa frente al hombre progresivo y desinteresado que avanza y allana el camino para que se liberte la masa. Perseguir a estos hombres desinteresados, hacerles imposible la vida fué siempre el objetivo de la reacción. La justificación teórica y abstracta no faltó nunca. Jehovah arrojó del paraíso al hombre temerario. Zeus, otra divinidad, encadenó al rebelde Prometeo a una roca del Cáucaso. Para los sociólogos pedantes, el hombre que no se inclina ante las nuevas ideologías autoritarias, ante los errores que directa o sinuosamente conducen al fascismo, es un réprobo a quien hay que castigar. Si se dice a los hombres de nuestro tiempo que el poder de los Estados, el aparato burocrático y maquinista y los ejércitos aumentan; si se les repite que el hombre no es nada por si más que en masa y que el técnico le dirá lo que le corresponde hacer; si se le alimenta intelectualmente por los jefes y elaboran éstos la teoría de que cuanto más grandes sean las empresas estatales o capitalistas más lejos se estará de la vida individual, lo que se predica es la esclavitud. Se oculta malignamente que contra aquellos estragos autoritarios lucharon siempre los mejores hombres y seguirán luchando sus afines progresivos. El Estado y sus burócratas se derrumbarán, lo mismo que las fuerzas armadas cuando éstas y aquéllos dejen de tener paga. Los técnicos sabrán rectificar su obra adaptando la máquina a las necesidades humanas en vez de refinarla para producir armamentos. Las masas sabrán vivir su propia vida y esto es lo que desean precisamente. Todas las dificultades, todas las complicaciones desaparecerán cuando en serio se quiera que desaparezcan. Sólo entonces podrán desarrollarse en la vida autónoma las facultades latentes que duermen en la intimidad de los seres.

Ahora bien: para conducir a los hombres a estas realizaciones es preciso tener esperanza y valor, no entregándose a la semiabdicación de las abstracciones autoritarias, por desgracia tan frecuentes. Hay muchos hombres de buena fe que creen necesario hacer toda clase de concesiones a las costumbres autoritarias. Se adviene también una resignación mal situada y mal interpretada que debilita y achica los movimientos cuando lo que necesitan éstos es impulso y decisión. Si se dieron exageraciones, no causaron tantos estragos como la prudencia que se deriva de falta de fe y de la necesidad de apoyarse en soportes autoritarios. Hay quien insiste en sostener la necesidad de emplear procedimientos que se llaman transitorios y en realidad no son sino dictaduras veladas, con la misma inclinación que las dictaduras a convertirse en permanentes. Con esta pusilanimidad no nos libraremos de la esclavitud actual aunque puede tener ésta un aspecto atenuado algo más soportable y acomodaticio. Si la gota taladra la piedra, sólo un torrente puede destruir el obstáculo que representa la piedra. Los pequeños actos minan la sociedad presente como la pota de agua taladra la piedra, pero sólo los grandes hechos son capaces de provocar un derrumbamiento.

Entre estas dos formas de acción se sitúan los medios renovadores, ¡os de regeneración y reconstrucción incipiente a que me referí: en primer término, nuestra propia regeneración, emancipándonos de las taras autoritarias; la regeneración de los medios sociales autónomos capaces de solidaridad íntima y sincera; la de los grupos más diversos por afinidad de ideas; la vida de relación próxima o lejana mediante unas bases más íntimas que el lazo orgánico formulario; y en fin, la posibilidad de convivir amigablemente todos los no autoritarios, los nos agresivos. La mentalidad que suponen estos signos progresivos ha de permanecer viva y lozana cuando la cólera general produzca la victoria del pueblo. De lo contrario se verán nacer nuevo autoritarismos. Éstos pueden ser evitados si no se impide que la revolución haga labor completa como hasta ahora no pudo hacer.

La abstracción tal como trato de presentarla es una potencia del pensamiento humano que es preciso dominar a menos de no querer ser dominados por ella. Nos eleva por un momento sobre la vida colocándonos en un nivel superior de observación. Si no olvidamos que es un nivel ficticio como es ficticia la existencia del punto geométrico, estamos perdidos. Es entonces cuando nos sumimos en el reino de la abstracción, que siempre halla la manera de explotar y gobernar a los pueblos sometidos. El hombre consiguió el dominio del fuego y el dominio de otros elementos naturales capaces de ser destructor-.s o útiles y tendrá que aprender a penetrar en el secreto de la abstracción en nombre de la cual se le explota y se le gobierna, libertándose al propio tiempo de nuevas abstracciones si se presentan estas para obstaculizar el avance progresivo. Dios y el Estado son dos ficciones, pero toda nueva autoridad es una nueva ficción. La base del hombre es la vida misma, su propia vida y no otra cosa. La experiencia demuestra ya desde las tenebrosas edades de la animalidad que la vida ha de ser social y solidaria a la vez que individualizada, localizada y diferenciada. Fuera de una vida semejante no existe más que el remo de la abstracción y en su lamentable práctica la servidumbre que aprovechan las castas privilegiadas para vivir de ella: clérigos, capitalistas y otras autoridades de hoy como de mañana si los hombres no se redimen de la abstracción. Arabo de analizar el peligro y el remedio único: vuelta a la vida con sus autonomías, su solidaridad, sus diferenciaciones y su libre expansión.

X. X. X.

(Trad. de F. Alárz.)


X. X. X., “El reino fatal de la abstracción, una de las fuentes de la autoridad” La Revista Blanca 14 no. 388 (August 15, 1936): 112-116.

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J. Quiñonero Gálvez, “¿La anarquía, es programática?” (1935)

¿La anarquía, es programática?

La moneda o sus similares

Hablando metafísicamente, filosóficamente si se quiere, se pueden decir muchas cosas que aunque se contradigan pueden pasar; porque la metafísica ni la filosofía son matemáticas. Pero hablando sociológicamente ya no se pueden decir tantas; porque la sociología ya es el pensamiento y la razón aplicados matemáticamente a los problemas de la vida. En la sociedad comunista-anarquista, la vida social ¿a qué habrá de estar condicionada? Mejor, para si alguien entiende esto, lo transcribiremos aquí: «En la sociedad comunista-anarquista la vida habrá de estar condicionada naturalmente para la máxima garantía de la libertad individual, de la igualdad social y de la equidad humana». ¿Condicionada a qué?

Explicar a continuación que no debemos usar palabras sonoras ni rimbombantes, por no ser ellas las que convencen, sino lo que expresan dejando esto dicho, ¡no sé cómo habremos de explicarnos para que todos nos entiendan! «La ilimitación y la incondición son inexistentes: son afirmaciones y negaciones que no convencen. No puede existir nada sin éstas; condicionado, en cuanto pierde su condición, se deteriora, desaparece o muere.» Que esto lo diga un escolástico o un comunista de la ortodoxia marxista, está bien; pero que lo diga un anarquista, no está bien. Porque un par de zapatos está condicionado; el Código civil también está condicionado; como un ascensor en una escalera, también está condicionado; todas estas cosas, cuando pierden su condición, desaparecen. Pero los hombres no estamos condicionados más que bajo la Constitución y el Código; pero queremos librarnos de ella sin imponer otras condiciones.

Traer aquí lo que significan las leyes o la palabra «ley», para justificar que los hombres cuando hayamos desterrado todos los códigos aun continuaremos viviendo sometidos a nuestra propia «ley», «ley anarquista», es una cosa que considero agotar todos los recursos de las palabras para hacerse comprender y quedar en estado confuso. Porque las leyes han sido los hombres los que las han hecho, y los hombres somos los que las tenemos que desterrar de nuestros usos y de nuestras mentes. No puede importarnos nada sobre este particular la «Ley de la Naturaleza»; nos importa la «Ley de Orden Público» u otra cualquiera; porque podemos decir: la «acción de la Naturaleza», la «acción de Orden Público»; porque acción es por una parte y por otra, puesto que si una ley nos protege y nos ampara, también nos puede matar, sea de los hombres o de la Naturaleza. Mas, teniendo en cuenta que no son las palabras las que convencen, sino las que expresan, nada hay de particular que cuando un anarquista oiga la palabra «ley» se horrorice y la deteste y la combata por todas sus partes, porque puede ser que en nombre de ella le hayan apaleado muchas veces, y porque si tiene ojos, oídos y es sensible, se dará que lo que ella expresa es la justificación del matar y robar.

Así es que considero que se puede sentir horror cuando se oiga la palabra «ley», y se debe combatir sin preámbulos de ningún género; lo mismo que para sentirse libertario se debe hacer uso de las pesas del sentido común, lo mismo que de la lupa de la razón, y no dejar entremezclarse ni un adarme ni una broza en las teorías anarquistas que, con muchas luchas y enconos, los hombres han podido sostener hasta estos nuestros días; porque cada día se va viendo más palpablemente que sólo las teorías anarquistas hacen mella en las conciencias y pondrán al mundo en el camino del progreso; por consiguiente, comenzar, antes y con tiempo a reformar, con palabras que cada cual interpreta a su manera, lo que sólo se puede rectificar bajo la práctica, veo, para mí, que es un ansia mal comprendida, puesto que como las ideas ya son viejas — relativamente —, queremos ver algo más nuevo, sin darnos cuenta que esto se encuentra practicando y no teorizando, pues teóricamente ya está todo inventado en el orden social.

* * *

Hemos dejado transcrito que no son las palabras las que convencen, sino las que expresan, y apuntado, también, que es necesario explicar prácticamente lo que son las ideas. «La constitución del comunismo libertario, pues, asentada sobre la trilogía sostenedora, necesita una nueva economía organizada integrante de un nuevo Derecho establecido, que, en relación con los órganos sostenedores, la ley del equilibrio por la igualdad de gravitación de valores equivalentes.»

Este párrafo entre comillas, que acabo de transcribir, ahora me doy cuenta que no debo comentario yo, sino remitir al lector a los números 295, 297, 299, 303 y 305 de LA REVISTA BLANCA; que él lea los artículos «Anarquía y comunismo libertario. Necesidad previa de una estructuración orgánico-social futura», y que los comente él. Pues en verdad que yo no entiendo lo que quiere decir, ni aun lo que en palabras dice. En cambio, él es sucesor de un artículo que explica la abolición de la moneda en la sociedad futura. Sin tener en cuenta que los que han de abolir la moneda no la conocen más que de nombre y en algunos sitios no cotidianamente, sino temporalmente.

Los que propugnamos por una sociedad mejor, será preciso que aborrezcamos la moneda, y que cuando detestándola hablemos de ella, no la mezclemos con signo de cambio alguno de la sociedad futura; pues en la sociedad futura, ni la colectividad, ni el individuo, serán capaces de valuar el trabajo a nadie; quiere decir esto, que el individuo producirá lo que pueda y consumirá lo que necesite sin términos medios.

Considero que la discusión del signo de cambio en una sociedad socialista-anarquista, es una cosa secundaria. No obstante, hoy es de las de primera fila; porque el que carece de todo sólo piensa en las monedas con que saciarse, y se le hace un poco cuesta arriba suponer siquiera que sin monedas podrá satisfacer su necesidad nunca contentada. Pues la idea de la colectividad forma en su mente un conglomerado de personas insatisfechas que se apretujan para ir a saciar sus ansias a un sitio convenido por todos y donde tendrá que contentarse con lo que le toque. Por esto, con la moneda o -el signo de cambio, él ve mejor satisfechas sus necesidades, pues puede para ello ir donde le plazca. Y por esto hemos de considerar que la conciencia revolucionaria no se forma por un programa más explícito en lo económico y lo social que ningún otro. Pues, ¿no se han dado cuenta los que hablan con el programa en la mano, de la cantidad de confusiones que se engendran en las mentes infantiles de los trabajadores y el resultado lastimoso que ellas dan?

Un hombre del pueblo, de edad corriente, es capaz de cambiar durante un mes en todas sus ideas, y en su conciencia por consiguiente, proponiéndose verdaderamente conseguir una cosa. Sin embargo, vemos cuan poca es la diferencia de unas generaciones para otras, y el problema es el mismo.

Esto, aparentemente, no nos dice nada; en realidad, dice que los hombres de lo último que se ocupan es de sí mismos, y de lo que más se ocupan es de conservar las formas superfluas de la apariencia y de los prejuicios.

Pues bien, los anarquistas hemos de decir: Tú eres quien debes revolucionarte para hacer la revolución, y tú eres quien debes estructurarte tu programa de forma que satisfaga las aspiraciones de todos los demás, al par que las tuyas propias. ¿Esto es imposible? Imposible es si te encierras en tu torre de marfil con tus sueños, o en la costra inmunda de pasividad. Pero si te pones en actividad y haces uso del sentido común y del libre acuerdo, tú serás el primero que comenzarás a hacer concesiones al acuerdo que mejor convenga a todos y menos ofenda a los deseos o gustos de cada cual. Pero esto no sale ni de uno, ni de dos, ni de unas ideas u otras; esto sale de la actividad de los hombres conscientes, de voluntad y buena fe, aplicada a los problemas de la vida práctica, progresando siempre en el libre acuerdo, en la anarquía, que es el libre acuerdo en la colectividad, y siempre dispuesto a enmendar. Esto difiere mucho de ser programa, y si a los programas se tiene que hacer caso, como a las colectividades, yo llamaría imbécil a quien tal hiciera; pues veamos las colectividades como a los programas acarrean.

Las personas de cerebro atrofiado — entiéndase esto: me refiero a las personas cargadas de prejuicios, y no a los seres anormales que los psicólogos llaman anencéfalos —, como las de cerebro no atrofiado, piensan y no siempre son capaces ni se encuentran dispuestas a exteriorizar lo que piensan; el medio en que se encuentran, como las necesidades que sufren, son los que martillean su cerebro y son su personalidad hecha pensamientos. Ellos de por sí se bastarían con su pensamiento, porque piensan cómo solucionarían sus problemas y vivirían muy bien su vida; pero los que tienen prejuicios, se encuentran con que las leyes se lo impiden y con el temor de su honor y de no molestar al vecino; y sus pensamientos se los guardan como cosa íntima que no pueden ver la luz del día; los otros no siempre saben hacer uso de la dialéctica para decir lo que piensan, y no siempre tienen la confianza de que sus pensamientos coinciden con los del otro, y sólo se expresan en las confidencias, y no siempre a las claras. Y he ahí a las multitudes necesitadas e indecisas dispuestas a devorar un hueso reformista, como a desbordarse diciendo granujas como una bandada de perdices.

A estas personas llega el tribuno, que puede ser político o apolítico, o la colectividad: expone sus ideas y dice; «Bueno, quitaréis la moneda; pero en cambio me daréis otra cosa equivalente». Y he aquí que para él la moneda no desaparece en el sentido que debe desaparecer, sino como signo de cambio burgués. Mientras que la desaparición de la moneda es en su sentido de equivalencia, es decir, en su sentido adquisitivo, de valor como productor o como valor de mercancías acumuladas; ahí es donde la moneda debe desaparecer y con ella los signos y carnets de equivalencia. Con respecto a lo económico, no hay ninguna cosa que valga más qué otra; ni ninguno que en su trabajo haga más que otro, ni que consuma más que otro.

Por consiguiente, hemos de tener en cuenta el estado mental, el estado físico-económico y social del individuo y no predisponerlo hablándole de programas, de signos de cambio o de carnets; a ese último estado de la conformidad que es el encontrarse las cosas simples y hechas y darse al descuido de que todo se andará. No; es preciso que se despierte en el individuo el estímulo a estudiar y ver par sí mismo el medio mejor de encauzar las cosas que satisfagan las aspiraciones de cada uno y corone así el éxito revolucionario de todos.

Demasiado mal se hace cuando en la propaganda se halaga el sentimiento burdo de las multitudes — forzosamente — cuando se pone de manifiesto las consecuencias del Estado y de la burguesía y se les invita a que tomen parte en la vida activa de la sociedad, porque son ellos mismos los que la sostienen. Es preciso que las multitudes se den cuenta de la responsabilidad que entraña su pasividad en el orden económico social y que se remita a los sindicatos no a charrar insulsamente, sino a poner de manifiesto lo que se ha producido donde trabaja, cotejarlo con lo de meses anteriores, o años, y teniendo en cuenta el estado y calidad de los útiles y material en uno y otro tiempo, vea cómo se produce más y mejor y si podrá o no vivir un socialismo anarquista.

Es muy bonito ver la cara de simpatía y hasta de boleos que ponen las personas cuando están oyendo recitar o explicar cómo se vivirá en la sociedad del porvenir o de mañana, cuando nos estamos muriendo de asco en esta y no somos capaces de reaccionar en ella, sino que habrán de dárnoslo mascado en la de mañana, y con eso ya hay bastante; y para eso si nos explican cómo comeremos y no hemos comido; o cómo será el carnet y sus páginas, con el que adquiriremos de todo y no tenemos una perra gorda; o cómo habremos desterrado los vicios y hoy somos unos perniciosos; y, en fin, nos pueden explicar cómo será la sociedad en general y nosotros quedamos adormecidos y amodorrados como si nos hubiesen contado un cuento de hadas.

No es extraño que haya muchos compañeros anarquistas que de ninguna manera estén de acuerdo con eso; pero no ya porque, como dicen otros, sea antilibertario, antianárquico, o poner barreras a la libertad del individuo. No; no puede ser por eso, ni mucho menos; pues las cosas concretas son siempre más claras que las cosas confusas; las cosas terminadas son siempre más concisas y más positivas que las cosas en proyecto y en el aire. Pero como de lo que se trata es de hacer la revolución con hombres todo lo más conscientes que se pueda, puntos de vista sobre los problemas que a todos atañen por igual, les da un cierto barniz de cosa imprescindible e inmutable, y de la multitud indecisa salen unos que van a votar y otros a esperar que venga la revolución social. Al tribuno le dicen hombre acertado y listo, y lo discuten entre sí como las beatas discuten a sus sacerdotes religiosos, y dan por bueno todo cuanto el tribuno haya dicho no porque lo hayan comprendido, sino porque les satisfizo los pensamientos que ellos no fueron capaces de exteriorizar. En consecuencia: explicar de una manera redonda o programática las ideas anarquistas, es hacer círculo o lazo con lo que es expansión: y línea recta, no ya porque concretar sea un prejuicio o perjuicio, sino porque concretar el detalle cuando aun la generalidad no se ha puesto en práctica, es el último de la conformidad y de la sugestión revolucionaria.

¿Qué tenemos que concretar hoy en día? ¿Acaso no andan por ahí una multitud de folletos y hasta de libros que te explican de una manera clara y bien concisa cómo podrá vivirse en comunismo libertario y nadie los lee?

Si a nosotros o que nos hace falta son estadísticas locales, comarcales, regionales, etc., todo lo más exactas que sea posible, que los trabajadores sepan o puedan saber lo que producen y lo que consumen tanto de productos locales como del exterior; donde hay posibilidades de abrir nuevos trabajos que rindan producto acto seguido y compense la escasez que pueda producirse o se haya producido por otra parte; en fin, un género de estadística que ponga al detalle todo cuanto pueda haber en la localidad de más o de menos y cómo podrá cambiarse, exportarse o importarse lo más rápido posible, para no escasear de nada, o que los otros no escaseen y que vean las posibilidades de éxito a día.

Pero no detallar con qué habremos substituido la moneda, pues la moneda no tiene substitución; la moneda, como todo cuanto pueda substituirla, debe desaparecer por completo; ni explicar el proceso de la nueva economía bajo el atávico concepto de nueva ley, pues ello engendra en la mentalidad de los trabajadores la última conformidad con respecto al régimen actual, que es la que al preguntarse cómo nos entenderemos económicamente y socialmente, y tropezar con la «nueva ley» que, dispuesta por todos, habrá de acatarse irremisiblemente, y el nuevo signo o carnet no encuentra ni más ni menos que es una nueva forma impuesta por la colectividad del curso de la sociedad actual. Y, a la vez, las ideas anarquistas sufren el deterioro de ser rechazadas por personas que, aunque piensan, no saben lo que piensan, pues las ideas anarquistas en la práctica son para ellas un desbarajuste donde cada cual tira por donde le place y hace lo que la da la gana; y esto es lo que hay que hacer comprender, que las ideas anarquistas, bajo la práctica, son el libre acuerdo, y no lo que a cada uno le da la gana groseramente.

J. QUIÑONERO GÁLVEZ


J. Quiñonero Gálvez, “¿La anarquía, es programática?” La Revista blanca 13 no. 321 (15 Marzo 1935): 256-259.

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Germinal Esgleas, “Anarquismo sin adjetivos” (1934)

CRÍTICA AFIRMATIVA

Anarquismo sin adjetivos

El ideal anarquista jamás puede significar una limitación. Si la Naturaleza se perfecciona y la Humanidad evoluciona, acorde con los principios evolutivos, el horizonte moral de la anarquía, como expresión cada vez más amplia del integral sentido de libertad, se ensancha más y más, hasta el infinito. Ya alguien ha dicho que más allá de la libertad hay siempre, o debe haber, más y mayor libertad.

Reducir la anarquía a un programa más o menos sintético y esquemático, condensarla en cuatro frases hechas es obra en absoluto negativa.

Debiera haber siempre un exceso de savia y de vitalidad ideológica que pugnara por ensanchar y rebasar el límite en que la tendencia de adaptación pretende estancar toda corriente idealista.

Bien que nos tracemos un plan, que sepamos a lo que vamos y qué es lo que queremos; pero la anarquía no avanzaría ni un milímetro más, por muy acabado que pudiera presentarse un programa de vida de la sociedad anarquista, si antes las ideas no fueran sentidas y asimiladas por los individuos como algo propio y vital, es decir, aplicadas en activo por el individuo, sin aguardar la acción milagrera de una fecha o acontecimiento determinado. Cuando se trata de realizaciones colectivas, todo programa es inútil, porque el curso de los acontecimientos escapa a todo control y a toda previsión; y aun en esos casos, la mayor garantía de coordinación en e! sentido de influir en un aspecto determinado es aquella parte de conciencia individual a que hemos hecho referencia.

En la interpretación y definición de programas, por más sencillos que sean, se evaporan y se hacen escurridizas las ideas. Sabemos, en líneas generales, lo que queremos y lo que necesitamos. La manera de realizarlo sólo puede ser obra de la experimentación práctica, con sus consiguientes yerros, tanteos, vacilaciones y rectificaciones. No hay, no puede haber, esquema, ni programa perfecto. Toda matemática aplicada a la biología social falla. No es la Humanidad ni la Sociedad un cuerpo inerte sobre el cual todo el mundo pueda ejercitarse como en una tabla de logaritmos o en un tratado de álgebra aplicados a la mecánica. La matemática rigurosa y exacta, la técnica acabada, nunca podrán estar acordes con el ritmo de la evolución social, que escapa a toda previsión, como a toda coerción escapa el pensamiento humano.

El estudio de las posibilidades de vida anarquista, de los medios económicos de la sociedad del porvenir, su probable organización; de nuestros recursos naturales, industriales, etc., actuales y futuros, de todo cuanto se hace indispensable y necesario a la existencia de una colectividad, bien está que se haga. Pero no pongamos nunca la economía. La norma por encima del hombre; la regla, el plan preconcebido, a la interpretación realista de las necesidades según se manifiesten en el momento en que se vive. No arrastremos el peso muerto de un programa cerrado, que sólo podría servirnos de estorbo. La base moral de la anarquía está bien definida: no gobierno; máxima libertad, máximo bienestar para todos. Esa base moral nunca puede significar una limitación. Todo cuanto nos acerque a su realización, por más variada y diversa procedencia que lenga, obra de los hombres y fruto del esfuerzo individual o de La cooperación colectiva, estará de acuerdo con lo que supone finalidad esencial de la anarquía.

Los programas únicos o exclusivistas serían funestos para el movimiento anarquista. Crearían muchas divisiones innecesarias. En vez de ser aglutinante, serían motivos de disgregación, de excomuniones y rozaduras, por más amplitud moral que a aquéllos dieran sus iniciadores y por más bondad que hubiese en la intención en que se fundaran. La experiencia de la Plataforma en el movimiento anarquista francés y aun la misma experiencia de la F. A. I. en España, abonan lo que decimos.

La Plataforma, fracasada en España, entre los compañeros de Francia dio origen a una serie de disputas. En España, hasta hace poco, la mayoría de anarquistas, particularmente la juventud no muy penetrada de las ideas, tenía todas sus simpatías por la F. A. I., hasta tal punto que muchos eran los que no concebían el anarquismo fuera de ésta. Sin embargo, la F. A. I., en muchas de sus actividades y aun en sus principios orgánicos, a veces no ha estado muy de acuerdo con las ideas anarquistas, cosa que se podrá comprobar el día que se haga una crítica imparcial y serena de su actuación. Ahora, en contra de la F. A. I., achacándola pecados de los que indudablemente no es única responsable, y por parte precisamente de algunos de los que más la habían respaldado, se observa una hostil reacción, que adolece del mismo vicio de origen que contribuyó a la formación y propagación de aquélla, y que en nada tampoco ha de beneficiar a las ideas anarquistas, porque, así como una dio origen al espécimen faísta antes que anarquista, esa nueva corriente creará enfrente a la ya existente el otro espécimen antifaísta, también antes que anarquista, de lo que se derivarán una serie de rencillas y de luchas intestinas que todavía nos debilitarán más ante el adversario.

Muchos reparos, complicaciones y dificultades que a veces hay empeño en hacer resaltar tratándose de un movimiento de ideas, encubren en no pocos casos crisis morales individuales, motivadas por factores diversos, que ese gregarismo «anarquista» de programa, tendencia o comité fomenta como epidemia, desorientando a muchísimas individualidades en formación que, llenas de buena fe, se acercan a nuestro ideal.

Hay que volver por los fueros del anarquismo sin adjetivos, amplio, generoso, comprensivo, tolerante. La anarquía no cabe en un programa ni en un patrón únicos. Los anarquistas tampoco caben ni puede alinearse en una sola organización exclusivista. Hay que aceptar la variedad, la diversidad en el esfuerzo, en la iniciativa, en la acción, en el programa y aun en la organización y en la aplicación práctica de nuestras teorías, sin creernos ni considerarnos más ni menos anarquistas unos que otros.

Sostener un principio absorbente de actividad, de tendencia o de organización es sembrar de sal el campo abonado para que germine la buena semilla anarquista. Y para la corrección de un defecto no hemos de caer en el defecto opuesto.

Nosotros creemos que entre los anarquistas, por muy distintos que sean sus puntos de vista, puede haber unidad moral, no decimos unificación, y puede haber coincidencia, cooperación y colaboración en las actividades y esfuerzos de unos y de otros, sin que nadie se estorbe; pero esto sólo puede ser a condición de que todas esas tendencias hegemónicas, programáticas y exclusivistas que se perfilan se penetren más y más de contenido anarquista y en un amplio plano de tolerancia y de respeto mutuo sepan desenvolverse.

Antes que los programas, las ideas. Fanáticos, no; hombres conscientes, anarquistas a secas.

GERMINAL ESGLEAS


Germinal Esgleas, “Anarquismo sin adjetivos” La Revista blanca 12 no. 288 (27 Julio 1934): 588-589.

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Federico Urales, “Sobre la Síntesis de Sebastián Faure” (1929)

No sabemos si nuestro muy querido amigo Sebastián Faure y cuantos han hablado de su síntesis anarquista, continuarán discutiendo el tema de la unión libertaria y el modo de efectuarla. Nosotros queríamos hablar de este mismo tema, discutido ya d asunto, no tanto para decir sobre él la última palabra, cuanto por la demora a que nos obliga el mucho trabajo; pero puesto que. ahora las circunstancias creadas por los reptiles que, por envidia y mala sangre, se dedican a la delación y a las delaciones falsas y profesionales, nos proporcionan un tiempo que antes no teníamos, trataremos el asunto, esté o no terminada su discusión por los que lo han planteado y discutido.

Las divergencias, las disputas, las querellas, las controversias y aun las riñas establecidas alrededor de nuestro caro ideal, obedecen a un estado de alma o de ánimo, para ser más materialista, que tiene muy poco que ver con las ideas.

No discutimos ni reñimos por sentir las ideas de diferente manera, sino por no tener de las ideas su moral.

Los ideales como el nuestro no nos dicen que hayamos de enfadamos con el que lo concibe de otro modo; al contrario, nos dicen que todo el mundo ha de respetar el ajeno sentir, sea como fuere. ¿Por qué, pues, las ideas nos han dividido? Porque no tenemos de las ideas su salud moral.

Aun las disputas entre los partidos políticos autoritarios, se comprenden. Ellos tienen un programa político y dentro de su programa han encerrado una verdad. Por su verdad y su programa pelean contra otra verdad y otro programa. Dentro de la monarquía, dentro de la república, dentro del socialismo, pueden crearse varios partidos que peleen entre sí, porque no han concebido la eterna evolución de las ideas o porque hay más personas que quieren vivir de las doctrinas de lo que permiten sus recursos económicos y políticos, dentro o fuera del Poder.

Pero en el ideal libertario, que no tiene frontera ni límites ; que no ha de dar vida más que a los que produzcan algo útil a la salud de la sociedad; que a nadie se ha de imponer un criterio contrario al suyo, las riñas y las divisiones son de orden moral y no de orden ideal.

La salud ética del anarquista ha de dar por resultado la tolerancia y la bondad. — Sin tolerancia no puede haber anarquía, porque no puede haber libertad ; sin bondad no puede haber el amor y el cariño necesarios para que todos nos estimemos individuos de una gran familia que ha establecido la libre concordancia.

Luego los que se pelean por entender de diferente manera el ideal, es que no tienen lo que nosotros llamaremos sus virtudes.

A todo buen amante de la libertad y a todo d que de la libertad tiene su sentido moral, no ha de importarle nada que haya anarquistas de diferentes tendencias ; lo que ha de importarle es que una tendencia quiera imponerse a la otra.

Cuantos quieren que por la amenaza o por la fuerza o por el número se imponga su modo de pensar, no saben lo que es anarquía y apenas si tienen un criterio racional.

Con buena voluntad no hay problema. Con tolerancia no hay problema. Con aplicar a las ideas y a los criterios ajenos todas las garantías que queremos para los nuestros, no hay problema. Considerando que nadie es infalible, porque nadie posee ni puede poseer la verdad porque en la eternidad de la especie humana hay muchas verdades y no hay una verdad, no puede existir problema.

De suerte que el problema de la Unión anarquista no está en la concepción que cada uno puede tener de. la sociedad futura, sino en las escasas dotes morales que cada uno posee para vivirla, escasas dotes que nos impiden considerar que el error lo mismo puede estar en la mente ajena que en la propia.

* * *

Además, conviene poner en claro quienes son y quienes no son anarquistas. Aunque tal se llaman, no lo serán quienes estimen necesario un Poder, llámese como se llame, ni quienes, con sus actos, un Poder hagan necesario. Tampoco lo serán cuantos estimen que la anarquía ha de imponerse a golpes y cuantos piensan que, después de la revolución social, será menester un gobierno político o bien económico, que señale, guíe y organice. Estos, no tan sólo dejan de ser anarquistas, sino que no tienen del ideal un concepto aproximado.

Tan cierto es que se trata de una cuestión moral, que está más cerca de la anarquía y de sus prácticas el que, no llamándose libertario, es hombre de bien, que el que, llamándoselo, tiene vicios y es innoble en sus relaciones.

Para ser anarquistas hemos de continuar fomentando admiraciones: «Esto es propio de ángeles» decía ante la gente ignara, al explicársele el hombre y el ideal que queríamos poner sobre la tierra.

No es propio de ángeles: es propio de hombres que pueden ser mejores que los santos, pero es preciso que la gente nos estime santos por nuestras vidas para ser anarquistas, para poseer las virtudes del ideal y para propagarlo por medio de la conducta.

Será también preciso no olvidar, para ser anarquista, que la anarquía no es un ideal de fin, sino de principio. La anarquía no es la meta del ideal humano, sino que es el arranque de una humanidad que hasta aquel momento no tendrá conciencia de sí misma, que hasta aquel momento no se había encontrado.

Pensando así, tendremos una idea aproximada de nuestra humildad y de nuestro escaso saber mental y moral, comparados con los hombres, que empezarán a vivir cuando cada uno sea dueño de sí mismo.

* * *

Siempre hemos dicho que la anarquía era el ejercicio de las autonomías hasta llegar a la del individuo. Hoy añadiremos que la anarquía es la reintegración del individuo a todas las libertades naturales, después de haber pasado por un reajuste de sus facultades.

La autonomía del individuo en la naturaleza, después de haber hecho una revisión moral de su origen.

Mas supongamos que nosotros estemos equivocados en nuestros juicios sobre el ideal y sobre el hombre. Los que quisieran sacarnos de nuestro error a la fuerza o combatiéndonos sañudamente, tendrían un concepto inquisitorial de la anarquía y por tanto no serian anarquistas. En cambio, como tales obrarán aquellos que, no creyendo opinar como nosotros opinamos, respetaran nuestro pensamiento.

Y es que los atavismos de la tiranía resurgen a través del tiempo, teniendo nombre diferente, pero siendo la misma tiranía.

En nuestro sentir, cuanto; estimen necesario un Estado, aunque sea con propósitos providenciales y paternales, como pretenden el Estado fascista y el Estado comunista, son conculcadores de derechos que a nombre de la providencia o de la salud de la patria se comen a sus hijos, cual Saturno y cual Moloch.

Cualesquiera que sean nuestras opiniones, si las encerramos dentro de un Poder serán, en el sentir de humanidades que tengan conciencia de si mismas opiniones prehistóricas ; para nosotros, pigmeos en esta gran fuerza cerebral que se halla inactiva en las mentes, son opiniones de derecho.

En cambio, según nosotros opinamos, son elementos de izquierda cuanto estiman que el hombre puede guiarse por su propio discernimiento, siéndole innecesarios, por su propia perfección moral, jueces y gobernantes.

Pero esta opinión nuestra sobre el sentido izquierdista, no puede armonizarse con la de aquellos que, creyendo que su concepción social es la mejor, quieren que los demás la compartan de buena o de mala gana.

De manera que antes de convencer al prójimo de que la anarquía es la mejor de las formas sociales, hemos de convencerles de que es la mejor de las formas sociales porque dentro de la libertad no quieren imponer ninguna. Sin esta condición la anarquía no existe y si existe en la mente de algún individuo es que este individuo está muy lejos de la concepción social libertaria.

De suerte, que para la unión anarquista lo que hace falta es considerar que todas las concepciones sobre la vida futura son posibles, menos aquellas que quieren imponerse a las demás.

Por otra parte, hay una relación entre la concepción del ideal y nuestros propios actos. Generalmente, el que no tiene una vida limpia moralmente, no tiene un concepto honrado del ideal.

A este, las ideas le servirán, para justificar su vida tortuosa o su vida apartada de la solidaridad humana. En ellos el ideal tendrá un carácter autoritario, impositivo, impropio de las ideas que dicen sustentar, como lo son sus actos. Por esto no es anarquista, no el que no dice no serlo, sino el que no armoniza la vida con las ideas; no las armoniza prácticamente aunque en vano intente armonizarlas teóricamente.

Si tenemos buena voluntad, si tenemos buena fe, si tenemos amor a las ideas y no somos quisquillosos, ni cascarrabias, ni narcisistas, la unión es un hecho. Si no tenemos aquellas virtudes, la unión no será un hecho, pero no seca porque aun no habrá anarquistas sobre la tierra, aunque haya muchos que anarquistas se llamen.

Federico URALES


La Revista Blanca 7 no. 142 2nd series (15 Abril 1929): 642-644.

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Federica Montseny, “Plataformismo o reformismo libertario” (1928)

Plataformismo o reformismo libertario

Los lectores de LA REVISTA BLANCA no deben ignorar el profundo trastorno en Francia producido por el famoso proyecto de organización anarquista presentado por los libertarios rusos refugiados en París. Ha sido, realmente, el asunto de la Plataforma el que ha acabado de hundir el . ya bamboleante edificio del movimiento anarquista francés, corroído por ese mal de las capillitas, de los personalismos, de los grupitos hechos alrededor de pequeños santones, y por ese mal colectivo del amoralismo, que convirtió a los medios ácratas de Francia, en algo vergonzoso y lamentable.

Hasta ahora la epidemia se había localizado en París, con ligeros ecos en el extranjero, ecos que se limitaban, sin embargo, a presentar como un proyecto más, la célebre Plataforma de organización. P

ero ahora hemos recibido, traducido al español por un periódico que se publica en Beziers en lengua hispana, que se ha erigido en campeón de esta nueva modalidad anarquista rusa y que tiene abierta una encuesta en la que hay algunas preguntas sospechosas y desconcertantes, el programa plataformista.

Se ve que el nuevo modismo viene a marchas forzadas hacia España, en donde quizá no tardará en encontrar adeptos.

Y es ahora cuando el momento llega de lanzar la voz de alerta, de preparar el ánimo y de advertir ligeramente sobre los estragos ya producidos por la famosa Plataforma.

* * *

Los imagineros del programa de marras son el Grupo de Anarquistas Rusos en el Extranjero. Estos anarquistas rusos, que han vivido la revolución y que se presentan provistos de sus enseñanzas, son, seguramente, hombres de buena fe, pero que han sufrido la perturbación moral que la revolución rusa produjo en tantas conciencias. Es decir: han visto de cerca la hoguera revolucionaria, pero se han quemado las alas en ella. Esto es, han dejado en ella, consumida, buena parte de lo que había sido su conciencia ácrata.

Han visto la impotencia del anarquismo en Rusia, que no pudo orientar libertaríamente a la revolución, que dejó en manos de los comunistas el norte de las masas, y, en vez de buscar la causa, no de este fracaso, sino de esta imposibilidad—pues el anarquismo en la revolución rusa no ha fracasado, sino que ha carecida de posibilidades—achacan el mal a una causa ya vieja: el anarquismo carece de organización ; movimiento caótico, no cuenta ni con disciplina de partido, ni con ejército revolucionario. organizado.

La Plataforma sienta las bases de esta disciplina y de esta organización de ejército, que asegure la revolución y resista el ataque contrarrevolucionario.

A los espíritus simples, ante los que sólo se presentan preguntas elementales, las razones que los organizadores aportan en apoyo de su tesis, parecerán quizá de peso. No verán, tras ellas, las contrarrazones, la deducción lógica, la asociación de consecuencias, que encadenan unos hechos con otros y que, presentándose todas en bloque en nuestro espíritu, nos muestran el desequilibrio, la enorme conmoción ideal que este proyecto, de prosperar, causarla en el anarquismo.

El concepto que de las ideas tienen los plataformistas, responde, por su estrechez de visión, a la neta influencia leniniana. Ellos, como Lenin, ven el mundo en bloque. El mundo no es ni una reunión de individualidades, ni un conjunto heterogéneo y complejo, cuyas numerosas facetas no pueden ser olvidadas. Es una masa dócil, que manos voluntariosas pueden manejar fácilmente, por medio de la fuerza. Una fuerza armada y organizada, una organización de cuartel y de idealidad homogénea, sujeta a dura disciplina del pensamiento y de la acción, a los que se señala un límite y a los que se les dice : él interés creado de la revolución, la disciplina del partido exigen tu docilidad y tu obediencia, que reduzcas y adaptes tu vida y tu ideal a esta vida y a este ideal que una disciplina moral y material te imponen. Tu libertad, tu personalidad, no existen. Debes ser parte, y parte sumisa, de un todo que necesita una dirección para ser algo.

Bien entendido : la dirección de este todo debe pertenecer a los anarquistas, y, con preferencia a todos, a los anarquistas que han descubierto la clave del universo, la raíz de nuestros males y han hallado, médicos del cuerpo social, el adecuado remedio.

El primer efecto de este proyecto, cuyos enunciados principales son la Unión de todos los anarquistas y la constitución de un ejército anarquista revolucionario, ha sido producir el caos en el anarquismo francés. Sebastián Faure y la parte sana del movimiento, colocáronse enfrente de la Plataforma, volviendo por el prestigio y la integridad de nuestras ideas. Los plataformistas, flanqueados por ese género híbrido de anarquistas, de los que también tenemos aquí algunos raros ejemplares, que no son ni animales acuáticos ni terrestres, ni hembras ni machos, han conseguido apoderarse de la Unión Anarquista Francesa, excomulgar a Sebastián Faure, a Loréal, a los mejores y más serios militantes.

Sebastián Faure, a sus 75 años, hace visto arrinconado por ese grupo de audaces, que aplican la disciplina y el arrojo revolucionarios atacando y atropellando a los viejos luchadores, que cimentan la unión sobre la disciplina servil y silenciosa y cuyo primer acto de fuerza consiste en un golpe de Estado, mediante el cual consiguieron apoderarse de las riendas del único Poder que estaba a su alcance : la dirección de la U. A. F.

* * *

Ahora, con armas y bagajes, de la mano de ese periódico que se publica en español en Beziers y que fué el único que publicó — coincidencia también sospechosa — un escrito contra nosotros, obra de los individuos de la famosa noche del 16, la Plataforma se nos viene encima. Viene a ofrecernos la panacea universal de sus descubrimientos revolucionarios, y a brindarnos el plan de organización del ejército anarquista, y a ponderarnos las necesidades de la disciplina, y a decirnos que Kropotkin, en 1892, ya dijo que «la creación de un partido anarquista en Rusia, lejos de ser perjudicial a la obra revolucionaria común, es, por el contrarió, deseable y útil en el más alto grado». Kropotkin hablaba de un partido anarquista en Rusia, en donde había partido socialista revolucionario y la palabra partido, sin Parlamento popular, no tenía sabor político. Hablar de partido anarquista, en Francia y en España, en donde, más o menos suspendidas y mediatizadas, existen o volverán a existir Cámaras populares, es un tanto sospechoso.

Pero en fin : la Plataforma vendrá a España, y en España esperemos que no será bien recibida. No la recibirán bien los anarquistas sinceros y conscientes, porque ese anarquismo cuartelero y disciplinado, ese partido anarquista, no acabará de convencerles. Escamados y desconfiados, habrán hecho también su experiencia, si no revolucionaria, de militantes y de hombres que aprenden de la vida y juzgan por sí mismos. Los otros, los specimens que no son moluscos ni vertebrados, tampoco la necesitarán para modificar sus puntos de vista.

Tiempo ha que tenemos por acá al posibilismo libertario, al revisionismo y a un sindicalismo que no es político, pero sí a unos sindicalistas que quisieran que fuera político. ¿Plataformismo ahora? ¿Para qué? —dirán ellos—. A no ser que, reforzados en sus tesis por testimonios como tos de Archinoff y los de Mackno, que también forman parte del Grupo ruso, vuelvan a la palestra, dispuestos a la creación del partido anarquista, útil en Rusia en 1892, pero no en España ni en Francia en 1928. Caso de que no resuelvan el problema, coincidiendo todos en una solución química que puede llamarse partido sindicalista : el famoso partido sindicalista de Andalucía, que abortó por falta de madurez diplomática y por sobra de conciencia inteligente en los obreros anarquistas, sobre todo en los andaluces.

Son tantos los que enarbolan la bandera de la unidad moral y sirve ella para tan diversos fines, que a uno le entran ganas de proclamarse apóstol de la desunión, del grito libre y la guerra abierta. Unos, los comunistas, se declaran partidarios del frente único obrero ante el frente burgués internacional. Los anarquistas, o los que nos lo llamamos siéndolo o no siéndolo, tienen un género de unidad moral para cada gusto. Unidad moral de los militantes con vistas a la ideología ácrata ; unidad moral, con vistas a la acción ; unidad moral, ante el problema de las organizaciones obreras ; unidad moral en el movimiento orientador de la Confederación.

Los plataformistas vienen también provistos de su unidad moral. Unidad moral que en ellos significa sumisión moral. Un fin señalado, una homogeneidad de acción ; una disciplina de partido ; una organización de ejército. La colectividad, eligiendo a sus directores; los directores, dirigiendo a la colectividad. Un procedimiento uniforme, un ideal uniforme, un propósito uniforme, una acción uniforme, hasta una revolución uniformada. Para esto se bastan y se sobran los comunistas de Estado.

Por fortuna, las revoluciones, tempestades de los pueblos, se presentan con la espontaneidad y la violencia de las catástrofes siderales y geológicas. Todos los cálculos fallan y una revolución es aquello que el destino de un pueblo quiere que sea. Tras la palabra destino, pongamos estado de cultura, de adelanto, de aspiraciones. Hasta puede influir en ella el signo del Zodíaco bajo que nacieron los acontecimientos revolucionarios.

Pero los plataformistas, simples y poco complicados como su programa y su visión, convierten a todo el problema en un asunto de fuerza. Unidos, harán la fuerza ; disciplinados, la fuerza será obediente; embotellada la idealidad, de ella no escapará la esencia y podrá ser servida, con cuentagotas, por los detentadores de las directivas, a los dirigidos dóciles. Mentalidades de pastores han concebido a la Plataforma. Y mentalidades de borregos serán necesarias para aceptarla.

* * *

Pero como hay creado todo este espíritu de rebaño, como hay que contar con el gregarismo de las masas y la pereza mental de los individuos, que prefieren aceptar aquello que les dan hecho, a fatigarse fabricándose por sí mismos los conceptos ; como vemos latente esa tendencia, en la mayoría, a abandonar el destino propio a la voluntad ajena y no son pocos los que creen necesaria esa disciplina, salvadoras la unidad de acción y la llave echada a las idealidades ; indispensable la organización de una fuerza armada ; fatalmente preciso el puente post-revolucionario, la dictadura de los mayores de edad sobre los menores díscolos, no estará de más estar oído alerta y ojo avizor.

La tendencia viene y vendrá apoyada por una fuerza secreta y diabólica que, por lo menos, si no provoca, azuza y se complace en nuestras discordias, siembra de cizaña los campos y recoge después el fruto. Los otros, los de enfrente, también se complacerán, gustarán del juego que nos entretiene.

Y el ideal, mantenido enhiesto y puro en la mano, el corazón y el pensamiento de muchos hombres buenos, de los mejores, necesitará, en sus choques con la realidad y al bajar entre las multitudes, la vigilancia atenta y el amor celoso de los que, por amarlo, lo queremos limpio y recto.

Convirtámonos, libre y voluntariamente, en centinelas del anarquismo. ¿Qué importa que se ridiculice nuestra vigilancia, que aquellos que quieren introducir de contrabando las modificaciones ideales, nos llamen gendarmería ácrata? Eso si: preparémonos, eximo los centinelas avanzados, a ser blancos propicios de todos los ataques, a recibir las acometidas de los asaltantes y a responder con nuestra vida de la seguridad del campamento—del ideal—puesto bajo nuestra responsabilidad y nuestra guarda.

FEDERICA MONTSENY


La Revista Blanca 7 no. 133 2nd series (1 Diciembre 1928): 364-366

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Federica Montseny, “La defensa del ideal” (1929)

La defensa del ideal

LIGERO INTROITO O DIGRESIÓN

A PESAR de que esta Revista tenga también su unidad moral, tienda también hacia una unión de esfuerzos, hacia un fin común y dentro de los enunciados principales de una misma idealidad, confieso que mis puntos de vista no hablan estado, hasta hoy, del todo de acuerdo con esta tendencia unitaria de la publicación.

Dije en el artículo del número anterior que ante tantas unidades morales le daban a uno ganas de proclamarse apóstol de la desunión. Después de estas palabras, las que preceden pueden parecer una rebusca de originalidad o una manifestación extemporánea de snobismo ideal.

Por temperamento no he podido nunca sentir la necesidad de la coordinación. Sé perfectamente que en la lucha a muerte entablada entre el capitalismo y el proletariado, entre la sociedad que muere y el mundo que nace, sin una unión de esfuerzos, sin una unidad moral de los individuos que aspiran a un mismo fin, seremos vencidos. Pero sé también que toda unidad, que toda coordinación exige, o mucha tolerancia, resultado de una elevación moral, a cuyo nivel aun no hemos llegado, o cierta esclavitud particular, cierta disciplina voluntaria del individuo, sus ideas y sus iniciativas, sacrificadas al interés común de la colectividad. Y como me conozco bien, como sé cuan insoportable me es toda sensación coercitiva, todo pensamiento disciplinado, toda meta señalada a mi espíritu y a mi actividad, como quiero elegir libremente mis compañías y prefiero mil veces la soledad a ciertos acompañamientos morales, de ahí que la tan cacareada unidad encontrase hasta ahora en mi un tibio defensor. Procuro, ante todo, ponerme de acuerdo conmigo misma y no me comprometo, por tanto, a nada que choque con mi manera personal de ser.

Pero, en realidad, mis particularidades nada tienen que ver y poco pesan en la balanza general. Por encima de ellas y fuera de ellas, yo misma puedo mirar los problemas y buscarles soluciones en las que, no obstante, no comprometo mi actitud. Aquello que es el bien de todos será, positivamente, mi propio bien. Mas con frecuencia he asumido actitudes y seguido caminos que de antemano sabía habían de ser una desgracia para mi. Al bien general he podido aportar, he aportado, aporto y aportaré todo mi esfuerzo, todo mi entusiasmo y toda mi voluntad. Pero me reservo la libertad de no aceptar para mi el bien, de escoger el mal y de luchar o de ser vencida por él. Sintetizando y sacando alguna idea clara de todo este conjunto de bizarras digresiones: el momento actual exige una unidad de acción, basada en lo que hay de común en cada tendencia ideal. Ello puede dar al anarquismo mucha de la fuerza que las luchas intestinas que siempre le han corroído, le restan. El bien general de cuantos profesamos la idealidad y el de la idealidad misma, exigen esa unidad. Yo soy, como anarquista, un defensor de ella. Pero, personalmente, como individuo, recabo la libertad ¡que tengo a no aceptar para mi un bien que para los otros deseo. No recabo ni el derecho al martirio ni el derecho al pataleo, que siempre han sido libres. Recabo únicamente el derecho personal a la franqueza o a la brutalidad, que ambas se confunden un tantico. Este derecho lo recabo, no para el presente, sino para el futuro, para ruando el momento llegue de dirimir, por encima de toda unidad, cuentas pendientes y que deberán ser liquidadas.

UNIONISMO Y FEDERALISMO

Será necesario que, como en el asunto de la Plataforma, pasemos revista a un ejemplo cercano de unionismo peligroso, sobre el que me permitiré sacar algunas consecuencias que pueden ser aplicadas a España.

En Francia hace ya tiempo apareció esa tendencia dichosa de la unidad. Aparte la unidad comunista, los anarquistas también fueron atraídos por las voces de sirena de la unión. ¿Cómo no? ¿Hay nada más encantador, más idílico que ese bello ideal de la unidad de esfuerzos, de la fraternidad, del cese de luchas fratricidas, que ese general abrazo de Vergara de todas las tendencias ácratas, que ese armisticio de las pequeñas hostilidades, que esa sordina puesta a las lenguas de los militantes de crítica y comadreo, que son ahora, peregrinamente, los únicos representantes visibles del anarquismo?

No más polémicas entre hermanos, no más tiquismiquis, no más diferencias sobre si, en la sociedad futura, los hombres vivirán cada uno sólito en una cueva o unidos en numerosísima familia. Paz absoluta, tolerancia mutua, abrazo mutuo, pacto tácito y colectivo de amistad. Y, una vez logrado ese fin dichoso, una vez todas las manos en contacto, coordinar una acción inteligente y, a la una, a las dos, a las tres, transformada la actual sociedad. Un buen golpe de mano, bien coordinado, bien organizado y henos en el Paraíso perdido. Los menos optimistas pensaban quizá, únicamente, en una renovación vital del anarquismo languideciente, en una nueva eflorescencia de la idealidad, cobrando fuerzas, preparándose y fortaleciéndose para oponerse a la futura guerra y convertirla en futura revolución social. Entre estos últimos contémonos nosotros, optimistas razonables, que no estamos más que a medias fuera de la realidad.

No obstante, todo este programa, tan útil, tan noble, tan defendido por todos, no se ha podido realizar. La más espantosa de las desuniones, el más horrible maremágnum ideal ha sido el resultado del parto, o aborto, de la unión. El recién nacido vino al mundo tan monstruoso, tan distinto de como era esperado y los resultados han sido tan fatales, que la fe en la unidad ha debido quebrantarse un poco.

Los que pasen la mirada por la prensa ácrata en Francia en la hora presente, podrán hacerse fácilmente cargo de lo que ha sido la unidad; bandera de que se han apoderado aquellos que quieren la unión que signifique subordinación ; la unión que signifique ahogo de toda independencia de criterio y de toda iniciativa particular ; la unión que signifique estancamiento de las ideas, sumisión a un criterio general, enmudecimiento de toda protesta, sacrificio de toda dignidad ideal en el altar de la conveniencia colectiva, del interés creado del fin común.

Frente a esta unión de que son usufructuarios los Plataformistas y portavoz «Le Libertaire», hase alzado la voz mesurada y noble de Sebastián Faure, con su «Síntesis anarquista» y con la «Voix Libertaire» por portavoz. Frente al unionismo rebañero, de ovejas dóciles y de pastores avisados, el federalismo anarquista, la constitución de una unidad moral que deje a cada individuo su independencia de criterio y a cada rama de la idealidad común sus aspiraciones, federándose, no uniéndose, en un común enunciado cuya síntesis es la «Synthése anarchiste» de Faure.

Esta síntesis ha abierto el camino hacia la constitución de una nueva y verdadera unidad : la Federación Anarquista Internacional, o sea, la federación de todos los anarquistas en una internacional libre que sintetice todas las tendencias ácratas y que sea la coordinación de todas las buenas voluntades reunidas y tendiendo a un fin común : la propaganda del ideal y la preparación en las conciencias del estado social y ético del futuro.

En apariencia, los fines son los mismos. Pero, ¡qué diferencia hay de la síntesis anarquista de Faure a la «Plataforma de organización de los anarquistas», aborto unionista que tiende a representar una perturbación o desviación del ideal!

En la «Síntesis» renace la tradición federalista de Europa, que nosotros, los anarquistas españoles, hijos espirituales de Bakunin y de Pi y Margall, debemos continuar. Federación significa pacto libre, entre hombres o entre colectividades. Unión significa soldamiento de individuos o comunidades, unidos para un fin común. Es lo mismo y muy distinto. La palabra federalismo conserva la independencia y la dignidad de las ideas y de los individuos. Federarse es solidarizarse, hermanarse libremente a no importa qué ni quién. Unirse significa agregarse, juntarse, fundirse, desaparecer individual y colectivamente en el conjunto reunido y casi siempre dirigido, que va hacia no importa qué.

Sutil y clarividente, ha percibido Sebastián Faure la diferencia al dar, con su «Síntesis anarquista», base ideal a la Federación Anarquista o unidad moral de los anarquistas federalistas, frente al Plataformismo impregnado de espíritu leniniano e inspirado, de lejos o de cerca, por ese enorme sacrificio de la dignidad individual humana, del hombre individualmente considerado, sometido al interés creado, al fin supremo de la revolución y a la característica de mesianismo clásico del hombre providencial, que el mundo conoce con el nombre de revolución rusa.

Frente a la Síntesis de Faure, los de la Plataforma se han levantado. No contentos con expulsar a Faure y a Lentente de la Unión Anarquista Francesa, con matar espiritualmente todo un movimiento, arremeten contra el viejo camarada, de gloriosa y larga historia, cuyas canas no inspiran respeto a ese grupo de buenos mozos, no atormentados por ninguna inquietud moral y en los cuales la idealidad adquiere espíritu de Ejército de Salvación o de Legión Extranjera. P

ara ellos la Síntesis anarquista «no es más que una farsa inventada para justificar una culpable actitud», como la califica «Le Libertaire». Sebastián Faure y los anarquistas federalistas que, como él, han defendido la tradición libertaria, son hombres atrasados, reaccionarios, fuera de las realidades presentes y que; no han hecho la famosa experiencia de la revolución, experiencia que hizo con provecho personal el desaprensivo Colomer y con hondo trastorno ético los apóstoles o aspirantes a hombres providenciales de la Plataforma.

No obstante, alrededor de la Síntesis anarquista deberemos irnos agrupando internacionalmente todos los anarquistas. Alrededor de la Síntesis anarquista, todos los que sen timos el ideal, todos los que lo aceptamos íntegramente, todos los que no estamos dispuestos a sacrificar a ningún interés creado la tradición independiente del anarquismo, todos los que aspiramos a la libre renovación y a volver las ideas anarquistas a su historia de abnegación y de libertad continua y militante, todos los viejos que han podido salvar sana e intacta su conciencia en esos grandes naufragios colectivos que se han llamado guerra mundial y revolución rusa, todos los jóvenes que hemos venido al mundo de las ideas puros de ese gran pecado moral del mundo de que todos los Jordanes no podrán purificar, en muchos años, a las ideas y a las costumbres de la época, iremos formando esa gran Federación Anarquista que conserve la pureza y la dignidad de las ideas y que de ellas lave y vaya expurgando, paulatina e insensiblemente, todas las manchas y los malos rebrotes.

LO QUE QUEDA EN LOS IDEALES

No es necesario que lo diga: El daño, tan general como general fué la causa, es pueril localizarlo. No son España, ni Francia, ni Italia, la cuna de la epidemia, que no somos nosotros solos a sufrir, pues lo nuestro no es más que manifestación esporádica de un mal universalmente esparcido.

Pero aquí como en Francia, las características son las mismas, hemos vivido los mismos períodos y pasado por las mismas pruebas. Hemos vivido diez años de desorden espiritual, de caos moral, durante los que han quebrado todos los valores y durante los cuales las ideas sólo han podido mantenerse puras gracias a grandes núcleos de anónimos, de almas fervorosas, cada día renovadas y enriquecidas. El sindicalismo, con el mal de sus grandes masas sin idealidades morales, impulsadas sólo por la jornada baja y el jornal más alto ; con sus líderes, que reproducían todas las maneras de los grandes caudillos políticos ; con el espíritu de rebaño que crearon los pastores que lo necesitaban para esquilmarlo; las desviaciones del anarquismo militante, que, si puro y digno en una gran mayoría anónima, cayó en lamentables extravíos en manos de una minoría militante, extravíos que no es ahora el momento de discutirlos, han producido en España un estado latente de conmoción, de lucha y de inestabilidad que a la postre podrían también matar un movimiento siempre persistente, continuado a prueba de persecuciones cruentas y de grandes calvarios del proletariado.

Se trata, pues, aquí como en todas partes, de ir a una federación anarquista, a una constitución de una unidad, de un pacto libre entre hermanos : entre todos cuantos acepten el anarquismo tal como lo concibieron Bakunin y Kropotkin, Reclus y Grave y Faure y Malatesta y Malato y Gille, tal como lo continúan los Nettau, los Rocker, los Fabbri, abierto a todas las manifestaciones del espíritu humano y susceptible de todas las renovaciones y aportaciones individuales, como ideal ilimitado y libre, que cada día se enriquece, que se revisiona continuamente, que no puede ni podrá ser jamás programa de partido.

Nuestro anarquismo es el anarquismo de los grandes hombres que lo amaron y lo avaloraron con su vida, de tal forma que ideal y existencia son una misma cosa ; nuestro anarquismo es el anarquismo que significó desinterés, abnegación, sacrificio, que se honró en la honradez de sus hombres y que alzó muy alta la bandera del espíritu humano, colocándose al frente de todo pensamiento y de toda causa justos. Nuestro anarquismo, nuestros anarquistas, aquellos a los que queremos unirnos voluntariamente, aquellos con quienes constituiremos la libre federación, el libre pacto de unidad moral, son los que dignifican el ideal con la dignidad de sus vidas y de sus pensamientos, con la bondad de sus almas y la nobleza de sus actitudes, con la elevación de sus pensamientos y su esfuerzo perseverante, que edifica piedra a piedra, y deja, al morir, la inmortalidad de una obra y de una vida que no mueren porque viven, exaltadas y puras, en todos los corazones y en todas las memorias.

El anarquismo, los anarquistas son estos, somos estos, sí, que entre ellos, con orgullo, con ímpetu, con dignidad y con razón puedo contarme, me contaré siempre.

¿Qué importa que otros, indignamente, quieran ostentar y usurpar sin derecho este nombre glorioso? ¿Qué importa que surjan, como en toda idealidad, los fariseos, los escribas, los sacerdotes, los Judas, los aprovechadores de la doctrina pura y los sapos que sobre ella escupen? En el acervo ideal, ¿qué es lo que queda? La obra y la vida de un Kropotkin, la vida y la obra de un Reclus. ¿De qué sé enriquece el ideal: de esputos sanguinolentos de tísicos morales, que quieren emponzoñar con su miseria orgánica toda obra y toda vida florecientes; matar toda salud moral y acabar con toda lozanía del pensamiento, o de la tranquila tenacidad de nuestros sabios, de nuestros militantes, de nuestros bravos anónimos, que escriben silenciosamente grandes epopeyas del ideal, la mayor parte desconocidas?

En el ideal queda lo bueno, lo noble, lo digno, lo sano, lo sereno, lo puro, lo generoso, lo abnegado, lo leal, lo que se cimenta sobre una ética libre y superior y sobre un concepto elevado y firme de la dignidad y de las ideas. Lo demás se esfuma, desaparece, muere, sin dejar herencia ni sucesión, que el odio y la envidia son estériles, como las tierras pedregosas, impotentes, como aquellos a los que se privó del don de crear.

No he terminado aún.

FEDERICA MONTSENY.


II

LA TRAGEDIA DE NUESTROS LUCHADORES

ANTES de continuar tratando el lema de la unidad moral de todos los anarquistas que aceptamos el anarquismo tal como lo han ido elaborando nuestros teóricos, quiero tratar una cuestión previa, sentando las bases de una posición ante el mundo y las realidades que nos impone la relación colectiva con los que comparten nuestras ideas. Estas realidades, por duras que sean, es necesario no ignorarlas y ha de ser contando con ellas como debemos afrontar todos los problemas.

El ideal necesitamos defenderlo no tan sólo de la persecución autoritaria, de la oposición del mundo, no tan sólo de esas influencias nefastas que pretenden desviarlo y perturbarlo, sino que también debemos defenderlo en el alma y en la vida de nuestros luchadores, de los que lo encarnan y en ellos se ha hecho vida y corazón humano.

Debemos defenderlo en ellos y debemos defenderlo precisamente de nosotros mismos : de nuestras ruindades, de nuestra estrechez de criterio, de nuestra inconsciencia y de ese mal entendido iconoclasticismo que arrincona por inútil todo cariño y todo respeto.

Quizá ha sido el anarquismo el único campo donde se han cometido esos grandes parricidios morales que algunas veces costaron la vida física de ciertos hombres.

¡Oh, nosotros no hemos pensado nunca en la responsabilidad que como hombres y como anarquistas nos incumbe cuando uno de esos asesinatos morales se perpetra! Sobre nuestra conciencia deberíamos llevar perennemente el peso de nuestra gran culpa : culpa de todos, sí, porque aquellos que no son culpables directos, son cómplices con su silencio en el crimen.

Las persecuciones de los poderes constituidos, los sufrimientos que nos deparan nuestras ideas, esta lucha entablada entre nosotros y la sociedad burguesa, en donde vamos dejando, internacionalmente, jirones de nuestra carne y trozos de nuestra alma, ¿qué son, comparados con la amargura, con el dolor moral, con el íntimo y trágico derrumbe de ilusiones que nos espera a medida que vamos en nuestro ambiente comprobando las bajezas, los egoísmos, las crueldades, las ferocidades que lo pueblan, que han ido agostando, poco a poco, tantas y tantas mentes?

El movimiento de cada país tiene en su haber una o varias de estas víctimas. Cada militante que haya vivido un poco, tiene tras si y sobre sí el peso abrumador de esta amargura ; abrumador, porque es inesperado ; abrumador, porque cae traidoramente sobre nuestra espalda y nos aplasta y amenaza destruirnos moralmente.

Nuestra buena y santa Teresa Claramunt me decía un día, con lágrimas en los ojos y en la voz, que los años de cárcel, que las persecuciones, que toda una vida de trabajo, no los había apenas sentido. Todo lo sobrellevaba alegremente, pensando que era lógico que la sociedad burguesa se defendiera, que era legítima la lucha, que era leal la acometida, que era voluntario y gozoso el sacrificio de toda su existencia. Pero lo que había acabado con ella, lo que había destrozado su pobre corazón y minado su salud antes poderosa, eran las luchas asesinas, los ataques que hieren por la espalda, la lenta muerte moral que va matando traidora y solapadamente, porque el arma viene de manos que se dicen hermanas, y asesina con la insidia, con el odio, con la calumnia, con la bajeza, con la ruindad.

El anarquismo internacional tendrá eternamente sobre sí dos responsabilidades colectivas : aquella que ha ido produciendo la retirada de tantos y tantos militantes que abandonaron la lucha, no por temor a las persecuciones gubernamentales, sino sin fuerzas ya para resistir al asco moral que de ellos se había apoderado ante las injusticias y las lacras de nuestros medios, ante el acoso de que eran víctimas, por demasiado inteligentes y activos, de parte de los eternos y universales envidiosos e incapaces. Así, de esta manera, ¡cuántos hombres hemos ido perdiendo! El doctor García Viñas, que dejó la lucha militante, aunque no el íntimo amor y fidelidad a las ideas, es un ejemplo palpable y elocuente.

Y acerca de las victimas que nosotros mismos hacemos, sobre su conciencia tendrá siempre el anarquismo americano la muerte de John Most, asesinado moralmente porque no pudo resistir a la injusticia, al crimen que contra él se cometió y murió a manos de los que le calumniaban, de los miserables a los que nada decía su vida de sacrificio constante, de continua lucha, para los que la «Freiheit», baluarte glorioso del anarquismo de habla alemana, no era otra cosa que un modo de vida de Most y su familia.

Recuerdo que leyendo «John Most : La vida de un rebelde», de Rodolfo Rocker, mis ojos se llenaron de lágrimas al llegar a la caria de la viuda de Most, en la que, humilde y patéticamente, cuenta la gran tragedia moral de su pobre compañero, una de las siluetas más puras y más esforzadas del anarquismo ; uno de los hombres que más sufrieron en la vida y uno de los casos, el de su fin y la «Freiheit», que más deshonran a los medios libertarios.

La otra responsabilidad es de gran envergadura y entraña uno de los problemas universales del anarquismo. Quizá en otro articulo intentaré desarrollarlo. En este me limito a señalar simplemente su existencia. Es este el problema de nuestros intelectuales, de los hombres que tienen la desgracia de haber cursado una carrera, de dedicarse a un ramo del arte o del saber humano, y son anarquistas.

¡Oh, el tema, cuan complejo es! Diré sólo que he acabado por echarme a reir cuando algún anarquista despotrica contra el mundo burgués, su materialismo egoísta y las injusticias sociales, citando el caso de un Camoens, muerto de hambre y frío ; de un Cervantes, subviniendo penosamente a sus necesidades ; de un Wagner o un Beethoven, luchando con la miseria ; de un Poe, escribiendo febril de hambre sus poemas desgarradores ; de un Balzac, terminando una obra mientras aporrean la puerta acreedores iracundos. Pero, ¿es que en nuestros medios se tiene derecho a echar nada en cara a la sociedad burguesa? ¿Es que no somos nosotros culpables de un crimen mil veces peor que el que comete un mundo que tiene por norma la lucha por la existencia; nosotros, que deseamos mejorar moral y materialmente la condición del hombre?

Otra vez y en otro artículo pienso desarrollar el tema, porque no es este el propósito que en el presente me mueve.

EL IDEAL Y NUESTROS HOMBRES

Nuestra idealidad no es, indudablemente, una aspiración reducida, encerrada dentro del cuadro de una capilla o de una secta. Nuestro ideal es un propósito y un pensamiento generosos que pensaron hombres, por cuya realización lucharon y luchan hombres y que deberán gozar los hombres.

No obstante, el ideal, como todas las manifestaciones de la actividad, material o moral, del ser humano, se encarna en figuras que lo representan, que a él van agregando sus aportaciones individuales, las lecciones de su experiencia y el enriquecimiento de la evolución de sus mentes. Son representantes del ideal, propagadores del ideal, hombres del ideal y además parte intrínseca del ideal mismo, puesto que el ideal se va formando, adquiriendo carácter, historia, literatura, personalidad en la vida del mundo, gracias a su! esfuerzo, a su trabajo, por reflejo e influjo de sus personas. El ideal no es una verdad transmitida de ningún dios ni anunciada por ningún profeta. El ideal es una serie de ideas y de propósitos elevados y generosos que se van soldando unos a otros, constituyendo un cuerpo de doctrina que tiene por base la libertad y la felicidad del hombre.

Y el ideal tiene, por tanto, no sus profetas ni sus sacerdotes, sino padres e hijos de ideas. Los padres de hoy, fueron hijos dé ayer; los hijos de ahora serán padres de mañana.

Hacia un padre, el más elemental de los sentimientos nos reclama ternura y respeto ; nos dice que, si hoy nos sostiene en la debilidad de nuestra infancia, mañana nosotros debemos sostenerle en su senilidad débil. ¿Es que nosotros hemos abrigado nunca este pensamiento con relación a nuestros hombres? ¿Es que hemos pensado nunca en que debíamos respeto y amor de hijos a aquellos que son padres de nuestras ideas?

Nos hemos declarado inconoclastas. Iconoclasticismo, ya se sabe lo que quiere decir : brutalidad, ausencia de todo pensamiento delicado, de todo espontáneo y cálido movimiento de alma que nos aproxime, no a los ídolos, que aquellos que valen verdaderamente jamás piensan en serlo, sino a los padres ; que nos haga premiar, con nuestro cariño y nuestro respeto, el don de vida moral que nos han ido haciendo.

El ideal, que es no tan sólo el cuerpo de doctrina, el conjunto de ideas pensadas, sino también la serie de hombres que a él han ido aportando sus pensamientos y sus especulaciones, sus estudios y su experiencia, debe ser igualmente defendido en el alma de estos hombres. Porque cuando una de estas almas es herida por una saeta escapada de nuestras manos, una base, una riqueza pasada, presente y futura del ideal recibe el golpe.

El ideal necesita nuestra vigilancia de centinelas y nuestra actividad de militantes y nuestra unión espontánea y libre y nuestro amor de padres y de hijos.

Defender el ideal no es sólo escribir un artículo, perorar en un mitin, unirse libremente, pasar meses en la cárcel, morir en el patíbulo o en la horca. Defender el ideal es limpiarlo, dentro de nosotros, de toda suciedad moral, separarlo de todo impuro contacto, darle todo lo mejor de nosotros mismos : nuestros amores, nuestras ilusiones, nuestras más profundas ternuras y aquellas delicadezas que sólo se tienen para las madres y para las amadas o amados.

Defender el ideal es comprenderlo y respetarlo en sus hombres, en aquellos que lo han ido construyendo, que nos han ido formando a nosotros, para que a nuestra vez formemos nuevos hombres y enriquezcamos el ideal nunca cerrado ni finito, cada día más amplio y que, como dijo Tarrida del Mármol, jamás llegará a realizarse, porque cada día será una cosa más grande y más alta, más ideal, es decir, más imposible de ser realizada.

Defender el ideal es confundirlo con nosotros mismos, vivirlo en nosotros, honrarlo en nosotros, alzarlo en nosotros, de modo que él y nosotros no seamos más que una misma cosa. Defender el ideal es limpiar nuestra mente de toda idea ruin y de todo pensamiento emponzoñado; es ser continuamente los mejores de cada época, contando con que en cada época los hombres se van mejorando.

Defender el ideal es todo esto, pero ¿es que habrá algún lector que no piense, como yo en este instante, que el desventurado que se proponga defender al ideal de esta suerte será victima ofrecida a la rapiña y a la crueldad de todos?

DEL IDEAL A LA REALIDAD

Un hombre que pensara así, ¡qué horrible suerte sería la suya! ¡Qué negro y corto porvenir le esperaría!

Es preciso, pues, descender, de un golpe, del terreno ideal a la realidad, de la cumbre a que habíamos logrado levantar nuestra mente, al llano en que nos debatimos.

Aquellos que más virginidad de alma aportaron a las ideas, que más llenos de fe y de ilusión vinieron a la lucha, han sido los que, eterna y universalmente, antes fueron quebrantados, antes cedieron y se aislaron, huyendo, horrorizados, de la realidad asesina.

Yo he tenido la fortuna inmensa de venir ya con el alma fuera de su corteza candida. Lo confieso sin rubor, aunque no sin tristeza : he carecido siempre de esa buena fe inicial que se va perdiendo a lo largo de los años. Me he conocido a mí misma v he sabido comprender que, fogosa y exaltada como soy, la muerte de una ilusión habría sido para mí la muerte total e irremediable. Me he salvado de ella, negándome a las ilusiones. Lo he dicho hablando muchas veces : para no tener ningún desengaño, que en mí habría sido cuestión de vida o muerte, no me he ilusionado nunca. Como aquellos que sufren del corazón huyen de las emociones, he huido yo de toda ilusión y de toda esperanza. Esto me ha salvado, me ha acorazado el corazón contra toda traidora sorpresa, me ha armado de serenidad y de un vago e íntimo desprecio.

Comprendo que es horrible e inmoral lo que estoy diciendo, pero más horrible c inmoral es vivirlo, y yo lo vivo. Lo vivo, y me atrevo a decir que es la única solución que resta para salvar el ideal en nosotros y ante el choque duro de las realidades.

Esos pobres hombres que murieron deshechos, destruidos moralmente : Bakunín, herido de muerte por aquella monstruosa trama que logró deshonrarle y para la que han sido precisos todo el cariño y la tenacidad de un Nettlau para desenredarla y restablecer la justicia y la verdad histórica ; esos militantes retirados, no por temor a las persecuciones, sino por los desengaños ; Most, no resistiendo a tanta calumnia y a tanta miseria contra él desencadenadas ; Grave, sufriendo las acometidas de toda una jauría mordiéndole las piernas ; Malatesta, acusado de cobarde por individuos que no están en Italia, que no tienen setenta y cuatro años y que no han demostrado ni demostrarán nunca el valor por Malatesta siempre probado ; estos pobres hombres y cuántos más que han ido muriendo un poco cada día, destruidos por los mismos que se llaman hermanos (!), han sufrido y sufren tanto, han podido morir de sufrimiento porque no supieron establecer la suficiente diferencia y la distancia bastante entre ellos y el mundo ; entre el ideal que estaba en ellos y era ellos, y la realidad que eran los otros, todos los otros.

A aquel que veo ingenuo, lleno de ilusiones, de optimismo y de buena fe desbordante, le sentencio de antemano a una deserción próxima. Pienso : este no durará mucho. ¡Pobre muchacho! Está desnudo, en un país helado y erizado de matorrales espinosos.

Debe haber una gradación especial, una construcción singular de alma, que nos deje intacto, en nosotros, guardado y amado, el ideal y las delicadezas, las virtudes y las bondades que él da y asimila. Que nos haga ser, individualmente, un trozo de ideal vivido en cada hora de nuestra vida, en cada acto nuestro honrado y demostrado. Y ante los otros, ideal también individualmente, realidad colectiva, ante todos los otros, un mundo provisto de todos los elementos morales necesarios para bastarse a sí mismo, para dar siempre de si mismo, pero para no esperar, jamás, nada de los otros.

Aquello que damos, nos alegra y nos fortalece moralmente. Aquello que recibimos nos humilla. Y cuando esperamos recibir algo y no recibimos nada, ¡cuan hondo y profundo el desencanto y penetrante la herida! Debemos, pues, pensar en dar siempre y no confiar nunca en recibir nada : ni apoyo, ni comprensión, ni respeto, ni cariño. Aquello que damos, no es nunca ni debe ser nunca agradecido. Cuando lo damos, es que pedemos darlo. La palabra sacrificio debemos desterrarla por vaga e inútil. El sacrificio es inmoral. Aquello que hacemos, es que podemos y queremos hacerlo. Es un goce de sensación distinta y su premio está en el propio goce.

De este modo nos defendemos de nosotros mismos, de los demás, amigos y enemigos, defendemos el ideal, que nos tendrá siempre, porque la realidad no podrá destruirlo en nosotros.

* * *

Una vez terminada esta nueva y larguísima digresión, volveré a tomar el tema, en un próximo artículo, donde lo dejé en el anterior.

FEDERICA MONTSENY


III

LA TENDENCIA HACIA LOS ORÍGENES

EN otra parte de este mismo número, reproducimos un artículo publicado en «La Protesta», de Buenos Aires, que trata de esa crisis universal del anarquismo, crisis de ideas y de individuos, cuya solución no se ve por parte alguna. No se ve la solución, porque aun son muchos los que se niegan a comprender la causa, los que no atinan con los motivos que nos han llevado a este problema internacional, a ese desquiciamiento que amenaza quebrantar las bases más firmes del anarquismo; pero que no las quebrantará.

En el mencionado articulo se habla de generaciones revolucionarias educadas por el fascismo. Es cierto. La palabra fascismo no debemos circunscribirla a un país, ni a la sota etimología de partido armado que logró apoderarse del Poder en Italia. El fascismo ha devenido ya un estado latente en la conciencia humana contemporánea. Buscar los orígenes de ese estado de ánimo, de esa posición ante la vida, reclamaría un estudio largo y profundísimo, perdido ya en los dominios de la psicología experimental y de la filosofía de la historia. Desde luego, no es la primera vez que semejantes fenómenos se dar en la vida humana. La cronología de los hechos históricos ofrece otras manifestaciones esporádicas de degeneración moral, de reacción y retroceso mental colectiva, abarcando todos los aspectos y todas las ideas de las apocas respectivas.

Cada hora tiene su mata, como cada estación sus flores, como cada edad sus problemas y sus inquietudes. Cada época tiene sus característica histórica y algunas veces la característica histórica de las épocas se resulte a lo largo de los siglos.

Así esa manifestación de fascismo internacional, del que forman parte el propio comunismo de Rusia y todas esas tendencias autoritarias que se pretenden introducir en el anarquismo y que se introdujeron en el sindicalismo, haciéndole adoptar esas maneras dictatoriales, de imperialismo y centralismo, en pugna con la tradición federalista, con las normas de organización inauguradas por la primera Federación Regional Obrera Española y que no eran más que reflejo fiel de los procedimientos orgánicos de la primera Internacional.

Una reacción paralela, como esta disfrazada de renovación y de innovación, fué la Reforma ; reacción contra el paganismo que renacía en Roma, contra la libertad de costumbres que la Iglesia, atacada de humanismo, permitía e impulsaba. Entonces como ahora, surgieron los hombres providenciales, los que quisieron salvar el mundo, los que, atrincherados tras a barrera eterna del fin supremo, continuaron la tradición de intolerancia y puritanismo de la religión cristiana.

Así Calvino y Lutero y Bokold, Calvino, figura siniestra, que sólo tiene su igual en la de Felipe II, fué la encarnación más terrible y odiosa del hombre providencial, del Lenín religioso, que, en aras de su respectivo fin supremo, esclavizó, sometió, torturó, mató sin piedad. La muerte de Servet, en sus manos, simboliza la lucha y la gran tragedia de todas las épocas en uno desús momentos: e espíritu de independencia, la personalidad humana encadenada, vencida, sometida momentáneamente a la fuerza monstruosa que arrastra tras de sí, como reacción química del atavismo, como consecuencia de la fuerza centrípeta del cuerpo social, todo aquel que tiende hacia los orígenes de la Humanidad. Lotero, hombre de buena fe, es d hombre providencial esclavo de su propio empeño salvador. En cuanto a Bokold es el gran tragi-cómico de esa tragi-comedía universal: es el comediante que representa bien su papel, que engaña y se nutre de la imbecilidad y la cobardía humanas: es et Mussolini de ayer.

Tras grandes sacudidas históricas, tras esfuerzos excesivos de] espíritu y Ja acción humanos, acostumbran a venir esas reacciones, esas degeneraciones del genio evolutivo de la humanidad. La Reforma siguió al Renacimiento. Tras un siglo XIX rico en hombres y en ideas, vino la guerra, catástrofe social que inauguró a una generación y a una era de reacciones, de tendencia hacia los orígenes de la Humanidad.

Es conveniente buscar, lejos las causas de esto que tenemos cerca de nosotros. Cuanto más empequeñecemos y reducimos un problema, tanto más nos apena y atormenta su existencia; si, por el contrario, lo sumamos al conjunto, lo vemos en sus medidas exactas ; simple chispa, esquejo o salpicón de algo históricamente lógico y actualmente universal, establecemos las naturales dimensiones y somos capaces de encontrar, si no la solución, tanto más difícil cuanto más complejo es, por lo menos la suficiente serenidad para no dejamos llevar del pesimismo, para recobrar la calma y no abandonamos a esas desesperaciones pueriles que han hecho equivocarse a tantos sabios.

LA ENCRUCIJADA EN QUE NOS HALLAMOS

Es este uno de los grandes momentos críticos ; la Humanidad vive una hora de reacción, de tendencia hacia sus orígenes. Todos los instintos primitivos, las ideas primarias del hombre, reaparecen y se manifiestan obscuramente, como vemos revivir, en los nietos, los gestos, las facciones, los caracteres, los defectos y las enfermedades de los abuelos. A veces la revivencia se retrotrae y se remonta a algunos siglos.

La Humanidad evoluciona a saltos: dos hacia adelante, uno hacia-atrás. De aquello que ganamos en los dos saltos hacia delante, dejamos una parte en el salto hacia atrás. Y fijémonos bien : cuando adelantamos en un orden de conocimientos y de actividades humanas, no adelantamos en otro. El siglo pasado fué siglo de ejercicio, de adelanto del pensamiento. Este siglo es siglo de avance mecánico: Las ciencias aricadas progresan ; se realizan todas las maravillas de la electricidad, todos los prodigios del aire; todas las epopeyas de la onda y del átomo, captados y utilizados es beneficio del animal humano.

Las ciencias morales, el cultivo del pensamiento, la especulación filosófica, permanecen estancadas. Nos limitamos a repetir la historia, a manosear las teorías, a darles vueltas, a desquiciarlas y a bracear en el mundo del empirismo filosófico, resucitando posiciones y actualizando tendencias muertas. Se ha interrumpido el ascenso moral, lógico y paulatino ; sólo, como consecuencia de algo universalmente sentido, de una formidable eclosión, hasta ahora contenida y ahora desbordada, hemos avanzado en el terreno de los problemas sexuales, que hoy se debaten, cuando menos, aunque no hayan hallado la solución adecuada.

En los otros aspectos del pensamiento humano, podemos decir que nos hallamos en una encrucijada, detenidos en el cruce de múltiples caminos: no avanzamos, indecisos, no sabiendo por cuál tomar, Y en la indecisión nos asaltan todas las dudas, todos los sobresaltos, todos los temores ancestrales : renacen en nosotros, en el reposo, en la obscuridad de una noche moral humana, las obscuras humanidades de nuestros antepasados, los temores pueriles de una existencia primaria. Y son ellos los que hacen renacer la mentalidad de rebaño, el movimiento instintivo de acoplamiento, de reunión, de subconsciente gregarismo de los tropeles primitivos, de las hordas agrupadas para la defensa y el ataque.

Y es, en este momento, cuando surgen los pastores, los hombres providenciales; las aspiraciones rudimentarias en las masas retrotraídas al primitivismo, la característica mesiánica en los eternos conductores, jefes de tribu en la antehistoria de las sociedades, sacerdotes ayer, héroes más tarde, caudillos militares luego, caudillos políticos u obreros en este hoy que se extiende dentro de un ciclo de 50 años.

¿Cómo era posible que el anarquismo no sufriese también de esa parada, de los íntimos asaltos ancestrales consiguientes a ella, de los efectos que todo eso trae aparejados, si el anarquismo forma parte de la especie humana, si está sujeto a todas las variaciones y reacciones y revoluciones inherentes al hombre y sus sociedades?

Los ha sufrido y los sufre, los sufrirá por algún tiempo. Y que reconozcamos el mal, y la apreciamos y lo cataloguemos, no quiere decir que nos sometamos a ésa especie de fatalismo filosófico. No es posible ni conveniente adoptar esa posición de no resistencia al mal. Al mal debemos resistirlo. Oponernos a su avance y aunar todas esas fuerzas que hayan podido ser salvadas; todas esas voluntades y todos esos pensamientos que, universal y eternamente, han podido, pueden y podrán salvarse de esa fatal, repetida y sucesiva tendencia hacia los orígenes. Todas esas individualidades que han sido flores de los inviernos humanos y que han simbolizado a la personalidad, a la independencia y al genio evolutivo de la especie, si un día muerto en uno o en cien hombres, siempre, como perenne Fénix, en uno y en cien hombres renacido de sus cenizas, prolongado, superpuesto, reencarnado espiritualmente de tal forma que no ha dejado, no deja ni dejará de existir un solo instante.

LA TRADICIÓN DE LA INDEPENDENCIA

Formaremos, naturalmente, minoría. Seremos, naturalmente, los menos y nos esperarán días y luchas cruentísimas. Deberemos oponernos, con la sola barricada de nuestros pechos, con la única fuerza de nuestra personalidad y de la justicia y el derecho que nos asisten, a la acometida universal de los rebaños, dirigidos por los pastores que, eterna y universalmente, han sido los enemigos naturales, los polos opuestos de los hombres independientes. Deberemos sostenernos pacientemente en nuestro sitio, en la defensa desesperada de nuestras posiciones, del ideal que asimilamos y soldamos a nuestra vida, del ideal en el que pusimos la razón de nuestra existencia y al que convertimos en objetivo y meta de ella. Y, en él, sin desmayo, con estoicismo y dispuestos a esperarlo todo, a resistir todos los males imaginables, aguardar los refuerzos que vendrán luego, que saldrán de estos mismos rebaños contemporáneos, de estas mismas generaciones educadas por el fascismo, pero en cuyos hijos renacerá la estirpe humana de los abuelos, de los que escribieron las epopeyas revolucionarias del siglo pasado, de los que exaltaron al espíritu humano en el romanticismo y murieron sacrificados en la pira de las libertades del pueblo.

Pero como la vida no habrá pasado en vano, como no existen ni se dan dos cosas exactamente iguales, será también distinto el proceso, lo viviremos de distinta forma. y será también otra la idealidad de estas generaciones nonnatas, que habrán sufrido nuevas experiencias, que vendrán a la vida dejando tras si y trayendo con ellas muchas inquietudes y muy hondos problemas.

Nuestro propio anarquismo será otro. Será otro y el mismo, pues es sólo a esta admirable prerrogativa de evolución y renovación, de aportación y ampliamiento, a lo que debe el ideal ácrata sus condiciones de eternidad. En él hay un margen ilimitado para el progreso y la formación del hombre. No es únicamente su futurismo contemporáneo lo que garantiza a las ¡deas libertarias el dominio del porvenir. Es toda su característica de amplitud sin límites, de meta infinita, de visión perdida en el océano del mañana, sin frontera alguna, sin norma ni coto alguno.

Y es precisamente todo esto, también, lo que más indefenso lo deja ante los asaltos actuales. Por lo mismo que no tiene límite, ni están delineados sus terrenos, ni nadie puede otorgar patentes de anarquismo, mejor pueden introducirse en él de contrabando las perturbaciones, las perversiones, los elementos extraños, las tendencias hacia los orígenes que amenazan detener su curso de ascenso natural y paulatino.

Mas puede haber una contraseña que nos reconozca a todos los buenos, una palabra cabalística, un gesto universal que nos indique cuáles son los que han aportado al anarquismo el enriquecimiento de sus vidas y de sus ideas, y cuáles los que no van impulsados por otro fin que sus destinos propios, los que no han podido salvarse del aire de la época; los que, también en el anarquismo, están educados por el fascismo.

Por esto dije que alrededor de la a «Síntesis anarquista» deberíamos irnos agrupando internacionalmente todos los anarquistas: todos aquellos que aceptamos, en líneas generales, aquellas bases sobre que se asienta la idealidad, para lanzarse, desde ellas, hacia todas las audacias del pensamiento y las valentías de la acción. El anarquismo tiene sentados unos principios primordiales, de donde arranca la idealidad y que universalmente aceptamos: la desaparición del Estado, la implantación de una sociedad sin gobierno, la independencia del individuo, la libertad del pensamiento, la igualdad sote la vida, la pugna por establecer un orden social que asegure el libre desenvolvimiento de todos los seres.

Todo esto no puede ni debe ser modificado. Aportemos, cada uno, aquellas innovaciones y aquellos enriquecimientos que estén en nosotros, pero que sean, todos ellos, más avanzados que las bases primarias de la idealidad. Y no vale presentar como nuevas ideas viejas ; pasamos de contrabando productos averiados, pintarnos de nuevo, como hacen los chalanes, burros ideales desdentados y despelados. No vale jugar a los vocablos y al escondite con las ideas ; malabarear con los conceptos y cultivar el sofisma y la redundancia.

Nuestras ideas son claras, definidas y terminantes. Tienen una historia, una literatura, una riqueza en vidas incalculable. Son tan meridianas que todo en ellas se transparenta. No caben, pues, ni velos ni aguas turbias.

Y como todos los campos son libres, y están abiertas todas las puertas, en ellas y de ellas se sale y se entra con facilidad increíble. No es necesario, pues, que nadie haga las ideas a su imagen y semejanza, si no tiene bastantes virtudes para hacerse a imagen y semejanza de ellas. El mundo es amplísimo y en esa encrucijada en que nos hallamos son múltiples los caminos que se ofrecen para atraer los rebaños, confusos y desorientados, que en la rotonda se agolpan. Que sigan, aquellos que tienen aspiraciones de pastores, aquellos que tienen decidida vocación para ser esquilmados, las rutas por donde podrán transitar fácilmente los segundos tras los primeros.

Pero los que conservamos la dignidad de nosotros mismos, los que queremos continuar la tradición de independencia del espíritu humano, los que nos hemos salvado de esa educación fascista; los que tenemos el amor, la voluntad y la obstinación del ideal, estos, donde siempre estuvieron, eterna y universalmente, los que, frente a la tendencia hacia los orígenes, fuerza centrípeta del cuerpo social, opusieron la fuerza centrífuga, la tendencia hacia el superior destino, que nos impulsa y nos dirige hacia el porvenir.

* * *

Estos artículos siguen coordinación escasa. No obstante, algo les va ligando unos a otros y acabará de soldarlos cuando dé por bastante desarrollado el tema, ofreciéndolo a la mejor pericia y más profunda inteligencia de los que lo hayan visto de otra suerte o acierten a suplir todas mis deficiencias.

FEDERICA MONTSENY


La Revista Blanca 7 no. 134 2nd series (15 Diciembre 1928): 389-393.

La Revista Blanca 7 no. 135 2nd series (1 Enero 1929): 422-426.

La Revista Blanca 7 no. 136 2nd series (15 Enero 1929): 458-461.

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Ricardo Mella, “The Bankruptcy of Beliefs” and “The Rising Anarchism” (1902-03)

[These articles present a very challenging vision of the development of a revolutionary anarchism. They continue Mella’s arguments for an anarchism “without adjectives,” but also connect that notion to the idea of an “anarchist synthesis,” long before Voline presented his account of anarchist development and the need for synthesis that emerges from the very nature of anarchism itself. The translation is perhaps a little rough around the edges, but I think the ideas are clear enough.]

THE BANKRUPTCY OF BELIEFS

To my brother J. Prat:

Faith has had its moment; it has also had its noisy bankruptcy. There is nothing left standing at this hour but the lonely ruins of its altars.

Ask the learned people—or those who still wear the intellectual loincloth—and if they wish to answer you conscientiously, they will tell you that faith has died forever: political faith and religious faith, and the scientific faith that has defrauded so many hopes.

When all the past was dead, gazes turned longingly toward the rising sun. Then the sciences had their triumphal hymns. And it came to pass that the multitude was given new idols, and now the eminent representatives of the new beliefs preach right and left the sublime virtues of the dogmatic scientist. The dangerous logorrhea of flattering adjectives, and the never-ending chatter of the sham sages put us on the path to what is rightly proclaimed the bankruptcy of science.

Actually, it is not science that is bankrupt in our day. There is no science; there are sciences. There are no finished things; there are things in perpetual formation. And what does not exist cannot break. If it were still claimed that that which is in constant elaboration, that which constitutes or will constitute the flow of knowledge goes bankrupt in our time, it would only demonstrate that those who said it sought something in the sciences what they cannot give us. It is not the human task of investigating and knowing that fails; what fails, as faith failed in the past, is the sciences.

The ease of creating without examination or mature deliberation, coupled with the general poverty of culture, has resulted in theological faith being succeeded by philosophical faith and later scientific faith. Thus, religious and political fanatics are followed by the believers in a multitude of “isms,” which, if fertilized by the greatest wealth of our understanding, only confirm the atavistic tendencies of the human spirit.

But what is the meaning of the clamoring that arises at every step in the bosom of parties, schools and doctrines? What is this unceasing battle between the catechumens of the same church? It means, simply, that beliefs fail.

The enthusiasm of the neophyte, the healthy and crazy enthusiasm, forges new doctrines and the doctrines forge new beliefs. It desires something better, pursues the ideal, seeks noble and lofty employment of its activities, and barely makes a slight examination, if it finds the note that resonates harmoniously in our understanding and in our heart. It believes. Belief then pulls us along completely, directs and governs our entire existence, and absorbs all our faculties. In no other way could chapels, like churches, small or large, rise powerfully everywhere. Belief has its altars, its worship and its faithful, as faith had.

But there is a fateful, inevitable, hour of dreadful questioning. And this luminous hour is one in which mature reflection asks itself the reason for its beliefs and its ideological loves.

Then the ideal word, which was something like the nebula of a God on whose altar we burned the incense of our enthusiasm, totters. Many things crumble within us. We vacillate as a building whose foundations are weakening. We are upset about party and opinion commitments, just as if our own beliefs were to become unbearable. We believed in man, and we no longer believe. We roundly affirmed the magical virtue of certain ideas, and we do not dare to affirm it. We enjoyed the ardor of an immediate positive regeneration, and we no longer enjoy it. We are afraid of ourselves. What prodigious effort of will is required not to fall into the most appalling emptiness of ideas and feelings!

There goes the crowd, drawn by the verbosity of those who carry nothing inside and by the blindness of those who are full of great and incontestable truths. There goes the multitude, lending with its unconscious action, the appearance life to a corpse whose burial only awaits the strong will of a genius intelligence, who will strip off the blindfold of the new faith.

But the man who thinks, the man who meditates on his opinions and actions in the silent solitude that leads him to the insufficiency of beliefs, sketches the beginning of the great catastrophe, feels the bankruptcy of everything that keeps humanity on a war footing and is aware of the rebuilding of his spirit.

The noisy polemic of parties, the daily battles of selfishness, bitterness, hatred and envy, of vanity and ambition, of the small and great miseries that grip the social body from top to bottom, mean nothing but that beliefs go bankrupt everywhere.

Soon, and perhaps even now, if we delved into the consciences of believers, of all believers, we would find nothing but doubts and questions. All men of good will soon confess their uncertainties. Only the closed-minded belief will be affirmed by those who hope to gain some profit, just as the priests of religions and the augurs of politics continue to sing the praises of the faith that feeds them even after its death.

So, then, is humanity is going to rush into the abyss of ultimate negation, the negation of itself?

Let us not think like the old believers, who cry before the idol that collapses. Humanity will do nothing but break one more link of the chain that imprisons it. The noise matters little. Anyone who does not feel the courage to calmly witness the collapse, will do well to retire. There is always charity for the invalids.

We believed that ideas had the sovereign virtue of regenerating us, and now we find ourselves with ideas that do not carry within themselves elements of purity, justification and truthfulness, and cannot borrow them from any ideal. Under the passing influence of a virgin enthusiasm, we seem renewed, but at last the environment regains its empire. Humanity is not made up of heroes and geniuses, and so even the purest sink, at last, into the filth of all the petty passions. The time when beliefs are broken is also the time when all the fraudsters are known.

Are we in an iron ring? Beyond all the hecatombs life springs anew. If things do not change according to our particular theses, if they do not occur as we expect them to occur, this does not give in to the negation of the reality of realities. Outside of our pretensions as believers, the modification persists, the continuous change is accomplished and everything evolves: means, men and things. How? In what direction? Ah! That is precisely what is left at the mercy of the unconsciousness of the multitudes; that is what, in the end, is decided by an element alien to the work of the understanding and the sciences: force.

After all the propaganda, all the lessons, all the progress, humanity does not have, it does not wish to have any creed but violence. Right? Is this wrong?

And it is force that we accept the things as they are and that, accepting them, our spirit does not weaken. At a critical moment, when everything collapses in us and around us; when we grasp that we are neither better nor worse than others; when we are convinced that the future is not contained in any formulas that are still dear to us, that the species will never conform to the mold of a given form of association, whether it may be called; when we finally assure ourselves that we have done nothing more than forge new chains, gilded with beloved names,—in that decisive moment we must break up all the rubbish of belief, that we cut all the fastenings and we revive personal independence more confidently than ever.

If a vigorous individuality is stirred within us, we will not morally die at the hands of the intellectual vacuum. For man, there is always a categorical affirmation, the “becoming,” the beyond that is constantly reflected and after which it is, however, necessary to run. Let’s run faster when the bankruptcy of beliefs is done.

What does it matter that the goal will eternally move away from us? Men who fight, even in this belief, are those who are needed; not those who find elements of personal enrichment in everything; not those who make of the interests of the party pennant connections for the satisfaction of their ambitions; not those who, positioned to monopolize for their own advantage, monopolize even feelings and ideas.

Even among men of healthier aspirations, selfishness, vanity, foolish petulance, and low ambition take center stage. Even in the parties of more generous ideas there is the leaven of slavery and exploitation. Even in the circle of the noblest ideals, charlatanism and vanity teem; fanaticism, soon intransigence toward the friend, sooner cowardice toward the enemy; fatuity that that rises up swaggering, shielded by the general ignorance. Everywhere, weeds sprout and grow. Let’s not live delusions.

Shall we allow ourselves to be crushed by the grief of all the atavisms that revive, with sonorous names, in us and around us?

Standing firm, firmer than ever, looking beyond any formula whatsoever, will reveal the true fighter, the revolutionary yesterday, today and tomorrow. Without a hero’s daring, it is necessary to pass undaunted through the flames that consume the bulk of time, to take a risk among the creaking timbers, the roofs that sink, the walls that collapse. And when there is nothing left but ashes, rubble, shapeless debris that will have crushed the weeds, nothing will not be left for those who come after but one simple work: to sweep the floor of the lifeless obstacles.

If the collapse of faith has allowed the growth of belief in the fertile field of the human being, and if belief, in turn, falters and bows withered to the earth, we sing the bankruptcy of belief, because it is a new step on the path of individual freedom.

If there are ideas, however advanced, that have bound us in the stocks of doctrinarism, let us smash them. A supreme ideality for the mind, a welcome satisfaction for the spirit disdainful of human pettiness, a powerful force for creative activity, putting thought into the future and the heart into the common welfare, will always remain standing, even after the bankruptcy of all beliefs.

At the moment, even if the mind is frightened, even if all the pigeonholes rebel, in many minds something stirs that is incomprehensible to the dying world: beyond ANARCHY there is also a sun that is born, as in the succession of time there is no sunset without sunrise.


THE RISING ANARCHISM

Sequels are never good. But dear friends who, judging the first installment good, decided to publish it as a pamphlet, ask me to expand the material a few more pages, and I cannot and do not wish to refuse.

I wrote “The Bankruptcy of Beliefs” in a painful moment, impressed by the collapse of something that lives in illusion, but not in reality, which sometimes plays with ideas and with affections, to torment us with our own impotence and our avowed errors.

The truth does not give way before ideological conventions, and those of us who profess to worship it, must not, even through feelings of solidarity, much less through party spirit, sacrifice even the smallest portion of what we understand to be above all doctrines.

Whoever has followed the gradual development of revolutionary ideas, and of anarchism above all, will have seen that in the course of time certain principles began to crystallize in minds as infallible conditions of absolute truth. They will have seen how small dogmas have been elaborated and how, through the influence of a strange mysticism, narrow creeds were finally asserted, claiming nothing less than the possession of the whole truth, truth for today and tomorrow, truth for always. And they will have seen how, after our metaphysical drifts, we have been left with words and names, but completely bereft of ideas. To the worship of truth was succeeded by the idolization of sonorous nomenclature, the magic of sensationalism, almost a faith in the fortuitous combination of letters.

It is the evolutionary process of all beliefs. Anarchism, which was born as a critique, is transformed into an affirmation that borders on dogma and sect. Believers, fanatics and followers of men arise. And there are also the theorists who make of ANARCHY an individualistic or socialist, collectivist or communist, atheistic or materialistic creed, of this or that philosophical school. Finally, in the heart of Anarchism, particularisms are born regarding life, art, beauty, the superman or irreducible egoistic personal independence. The ideal synthesis is thus parceled out, and little by little there are as many chapels as propagandists, as many doctrines as writers. The result is inevitable: we fall into all the vulgarities of party spirit, into all the passions of personalism, into all the baseness of ambition and vanity.

How do we uncover the sore without touching the people, without turning the subject into a source of scandal, into the material of new accusations and insults?

For many, Anarchism has become a belief or a faith. Who would deny it? Because this has become so, passionate quarrels, unjustified divisions and dogmatic exclusivisms have been provoked. That is why, when the evolution has been completed, the bankruptcy of beliefs, a reality in fact, must be proclaimed frankly by all who love the truth.

When Anarchism has gained more ground, the crisis must necessarily arise. Iniquity manifests itself everywhere. Books, magazines, newspapers, meetings reflect the effects of the rare contrast produced by the clash of so many opinions that have sneaked into the anarchist camp. In open competition, doctrinal particularisms fall one by one in the battle of beliefs. None are firm, and they cannot be, without denying themselves.

The illusion of a closed, compact, uniform, pure and fixed Anarchism, like the immaculate faith in the absolute, could live within the enthusiasms of the moment, in febrile imaginations, anxious for goodness and justice, but it is exhausted by truth and reason. It dies fatally when the understanding is clarified and analysis breaks down the heart of the ideality. And the supreme moment comes to shatter our beliefs, to break up the ideological clutter acquired from this or that author, in love with one or another social or philosophical thesis. Why hide it? Why continue to fight in the name of pseudo-scientific and semiological puerilities? Truth is not enclosed in an exclusive point of view. It is not guarded in an ark of fragile planks. It is not there at hand or at the reach of the first daring soul who decides to discover it. As the sciences, as everything human is in formation, it will be perpetually in formation. We are and will always be forced to follow after it through successive trials; in that no other way is the flow of knowledge formed and certainty established.

This is how Anarchism will be surpassed. And when I speak of Anarchism and I say that in minds something stirs that is incomprehensible to the dying world, and that we sense beyond the ANARCHY a sun, which is born because in the succession of time there is no sunset without orthography, I speak of Doctrinal Anarchism, which forms schools, raises chapels and builds altars. Yes; beyond this necessary moment of the bankruptcy of beliefs, is the broad anarchist synthesis that gathers from all the particularisms that are maintained, from all philosophical theses, and from all the formidable advances of the common intellectual work, the established and well-checked truths, whose demonstration every struggle is already impossible. This vast synthesis, a complete expression of Anarchism that opens its doors to everything that comes from tomorrow and everything that remains firm and strong from yesterday and is reaffirmed in today’s clash that scrutinizes the unknown,—this synthesis is the complete denial of all belief.

There is no need to shout: Down with the beliefs! They perish by their own hands. Belief, like faith, is an obstacle to knowledge. And in the restless stirring of so many anarchists speaking, beliefs fail. We will not hide it. Let every one of us throw away the old dogmatism of their opinions, the loves of their philosophical predilections, and launching the mind on the broad paths of unrestricted inquiry, reach as far as the conception of a conscious, virile, generous Anarchism, that has no quarrel except with conventionalism and error, and has tolerance for all ideas, but does not accept, even on a provisional basis, anything except what is well proven.

This Anarchism is the one that is quietly forming. It is the one that is elaborated slowly in the beliefs able to feel the pressure of the atavisms that appear everywhere. It is the one that made me write “The Bankruptcy of Beliefs:” a cry of protest against the reality of the anarchist herd; a cry of encouragement for personal independence; a call for the expansion of the ideal that every day lives stronger in me and encourages me to fight for a future that I will not enjoy, but which will be an era of justice, well-being and love for the men of tomorrow. This Anarchism is the rising Anarchism, capable of collecting within its breast all libertarian tendencies, capable of encouraging all noble rebellions and of impressing on generous spirits the impulse of freedom in all directions, without hindrance and without prejudice, with the sole condition that exclusivism does not raise Chinese walls and that the understanding is delivered entirely and unreservedly to the truth that beats vigorously in the most diverse modalities of the new ideal.

It will no longer be said in the name of Anarchism: No further! Absolute justice, revived in the dogma that now dies, will be but the indeterminate goal that changes as human mentality unfolds. And we will not fall into the strange and singular error of setting a limit, however distant, to the progress of ideas and forms of social benefit.

The rising Anarchism proclaims the beyond endless, after having knocked down all the barriers raised by the age-old intellectual absolutism of men.

Don’t you believe that all the particularisms, all the theories, are now failing, that all the factories of rubble, awkwardly raised for the glory of new dogmas, are collapsing? Don’t you believe that the bankruptcy of beliefs is the last link in the human chain that breaks down and offers us the full breadth the anarchist ideal, pure and without blemish?

Faith will have blinded you. And you wound do well to renounce the word freedom; that can be a herd even in the midst of the most radical ideas.

For our part we limit ourselves to record a fact: anarchists of all tendencies resolutely walk towards the affirmation of a great social synthesis that encompasses all the various manifestations of the ideal. The walking is silent; soon will come the noisy break, if there is anyone who insists on remaining bound to the spirit of clique and sect.

Whoever has not emancipated himself will be left behind with the current movement and will seek redemption in vain. He will die a slave.

Ricardo Mella


Sources:

La bancarrota de las creencias, by Ricardo Mella, «La Revista Blanca», 107, Madrid, December 1, 1902.

El Anarquismo naciente was published as a continuation of La bancarrota de las creencias, in a pamphlet published in Valencia, in 1903, by Ediciones El Corsario.

[Working translation by Shawn P. Wilbur]

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Ricardo Mella, “La bancarrota de las creencias” and “El Anarquismo naciente”

LA BANCARROTA DE LAS CREENCIAS

A mi hermano J. Prat:

La fe tuvo su tiempo; tuvo también su quiebra ruidosa. No queda en pie a estas horas sino solitarias ruinas de sus altares.

Si preguntas lo mismo a las gentes cultas que a las que llevan todavía taparrabo intelectual, y quieren contestarte en conciencia, te dirán que ha muerto para siempre la fe; la fe política, la fe religiosa, hasta la fe científica que ha defraudado tantas esperanzas.

Muerto todo el pasado, las miradas giraron anhelantes hacia el sol naciente. Las ciencias tuvieron sus himnos triunfales. Y sucedió que la multitud se dio nuevos ídolos, y ahora mismo andan los conspicuos de las creencias nuevas predicando a diestro y a siniestro las excelsas virtudes de la dogmática científica. La peligrosa logorrea de encomiásticos adjetivos, la charla sempiterna de los sabios de guardarropía, nos pone en trance de que con razón se proclame la bancarrota de la ciencia.

En realidad de verdad no es la ciencia la que quiebra en nuestros días. No hay una ciencia; hay ciencias. No hay cosas acabadas; hay cosas en perpetua formación. Y lo que no existe no puede quebrar. Si se pretendiera todavía que aquello que está en constante elaboración, aquello que constituye o va constituyendo el caudal de los conocimientos, hace bancarrota en nuestra época, demostraríamos únicamente quien tal dijera que buscaba en las ciencias lo que ellas no pueden darnos. No quiebra la labor humana de investigar y conocer; lo que quiebra, como antes quebró la fe, son las ciencias.

La comodidad de crear sin examen o después de deliberación madura, unida a la pobreza de la cultura general, ha dado por resultado que a la fe teológica haya sucedido la fe filosófica y más tarde la fe científica. Así, a los fanáticos religiosos y a los fanáticos políticos siguen los creyentes en una multitud de «ismos», que si abonan la mayor riqueza de nuestro entendimiento no hacen sino confirmar las atávicas tendencias del humano espíritu.

Pero, ¿qué significa el clamoreo que a cada paso se levanta en el seno de los partidos, de las escuelas y de las doctrinas? ¿Qué es ese batallar sin tregua entre los catecúmenos de una misma iglesia? Es, sencillamente, que las creencias quiebran.

El entusiasmo del neófito, el sano y loco entusiasmo, forja nuevas doctrinas y las doctrinas nuevas creencias. Se anhela algo mejor, se persigue lo ideal, se busca noble y elevado empleo a las actividades, y apenas hecho ligero examen, si se da con la nota que repercute armónicamente en nuestro entendimiento y en nuestro corazón, se cree. La creencia nos arrastra entonces a todo; dirige y gobierna nuestra existencia entera; absorbe todas nuestras facultades. No de otro modo es como las capillas, como las iglesias, chicas o grandes, se alzan poderosas por todas partes. La creencia tiene sus altares, tiene su culto, tiene sus fieles, como los tuvo la fe.

Mas hay una hora fatal, inevitable, de interrogaciones temibles. Y esta hora luminosa es aquella en que un pensamiento maduro se pregunta a sí mismo la razón de sus creencias y de sus amores ideológicos.

La palabra ideal, que era algo así como la nebulosa de un Dios en cuyo altar quemábamos el incienso de nuestros entusiasmos, se bambolea entonces. Muchas cosas se desmoronan dentro de nosotros mismos. Vacilamos como edificio cuyos cimientos flaquearan. Nos sentimos molestos con los compromisos de partido y de opinión, tal como si nuestras propias creencias llegaran a convertirse en atadero inaguantable. Creíamos en el hombre, y ya no creemos. Afirmábamos en redondo la virtud mágica de ciertas ideas, y ya no osamos afirmarla. Gozábamos el entusiasmo de una regeneración positiva inmediata, y ya no la gozamos. Sentimos miedo de nosotros mismos. ¡Qué prodigioso esfuerzo de voluntad para no caer en la más espantosa vacuidad de ideas y de sentimientos!

Allá va la multitud arrastrada por la verbosidad de los que no llevan nada dentro y por la ceguera de los que se creen repletos de grandes e incontestables verdades. Allá va la multitud prestando con la inconsciencia de su acción vida aparente a un cadáver cuyo enterramiento no espera sino la voluntad fuerte de una inteligencia genial que arranque la venda de la nueva fe.

Pero el hombre que piensa, el hombre que medita sobre sus opiniones y actos en la silenciosa soledad a que le lleva la insuficiencia de las creencias, esboza el comienzo de la gran catástrofe, presiente la bancarrota de todo lo que mantiene a la humanidad en pie de guerra y se apercibe a la reedificación de su espíritu.

Las polémicas ruidosas de los partidos, las diarias batallas de personalismos, de enconos, de odios y de envidias, de vanidades y de ambiciones, de las pequeñas y grandes miserias que cogen al cuerpo social de arriba abajo, no significan otra cosa sino que las creencias hacen quiebra por doquier.

Dentro de poco, tal vez ahora mismo, si profundizáramos en las conciencias de los creyentes, de todos los creyentes, no hallaríamos más que dudas e interrogaciones. Confesarán pronto sus incertidumbres todos los hombres de bien. Sólo quedarán afirmando la creencia cerrada aquellos que de afirmarlo saquen algún provecho, del mismo modo que los sacerdotes de las religiones y los augures de la política continúan cantando las excelencias de la fe que aun después de muerta le da de comer.

¿Es, acaso, que la humanidad va a precipitarse en el abismo de la negación final, la negación de sí misma?

No pensemos como viejos creyentes que lloran ante el ídolo que se derrumba. La humanidad no hará otra cosa que romper un anillo más de la cadena que lo aprisiona. El estrépito importa poco. Quien no se sienta con ánimos para asistir sereno al derrumbamiento, hará bien en retirarse. Hay siempre caridad para los inválidos.

Creímos que las ideas tenían la virtud soberana de regenerarnos, y nos hallamos ahora con quien no lleva en sí mismo elementos de pureza, de justificación y de veracidad, no los puede tomar a préstamo de ningún ideal. Bajo el influjo pasajero de un entusiasmo virgen, parecemos renovados, mas al cabo el medio ambiente recobra su imperio. La humanidad no se compone de héroes y genios, y así, aún los más puros se hunden, al fin, en la inmundicia de todas las pequeñas pasiones. La hora en que quiebran las creencias es también la hora en que se conoce a todos los defraudadores.

¿Estaremos en un círculo hierro? Más allá de todas las hecatombes la vida brota de nuevo. Si las cosas no se modifican conforme a nuestras tesis particulares, si no suceden tal como pretendemos que sucedan, ello no abandona la negación de la realidad de las realidades. Fuera de nuestras pretensiones de creyentes, la modificación persiste, el cambio continuo se cumple, todo evoluciona: medio, hombres y cosas. ¿Cómo? ¿En qué dirección? ¡Ah! Eso es lo que precisamente queda a merced de la inconsciencia de las multitudes; eso es lo que, en último término, decide un elemento extraño a la labor del entendimiento y de las ciencias: la fuerza.

Después de todas las propagandas, de todas las lecciones, de todos los progresos, la humanidad no tiene, no quiere tener más credo que la violencia. ¿Acierta? ¿Se equivoca?

Y es fuerza que aceptemos las cosas como son y que, aceptándolas, no flaquee nuestro espíritu. En un momento crítico en que todo se desmorona en nosotros y alrededor de nosotros; cuando nos penetramos de que no somos ni mejores ni peores que los demás; cuando nos convencemos de que el porvenir no se encierra en ninguna de las fórmulas que aún nos son caras, de que la especie no se conformará jamás a los moldes de una comunidad determinada, llámese A o llámese B; cuando nos cercioramos, en fin, de que no hemos hecho más que forjar nuevas cadenas, doradas con nombres queridos, en ese momento decisivo es menester que rompamos todos los cachivaches de la creencia, que cortemos todos los ataderos y resurjamos a la independencia personal más firmes que nunca.

Si se agita una individualidad vigorosa dentro de nosotros, no moriremos moralmente a manos del vacío intelectual. Hay siempre para el hombre una afirmación categórica, el «devenir», el más allá que se refleja sin tregua y tras el cual es preciso correr, sin embargo. Corramos más de prisa cuando la bancarrota de las creencias es cosa hecha.

¿Qué importa la seguridad de que la meta se alejará eternamente de nosotros? Hombres que luchen, aun en esta convicción, son los que se necesitan; no aquellos que en todo hallan elementos de medro personal; no aquellos que hacen de los intereses de partido banderín de enganche para la satisfacción de sus ambiciones; no aquellos que, puestos a monopolizar en provecho propio, monopolizarían hasta los sentimientos y las ideas.

También entre los hombres de aspiraciones más sanas se hace plaza el egoísmo, la vanidad, la petulancia necia y la ambición baja. También en los partidos de ideas más generosas hay levadura de la esclavitud y de la explotación. Aun en el círculo de los más nobles ideales, pululan el charlatanismo y el endiosamiento; el fanatismo, pronto a la intransigencia con el amigo, mas pronto a la cobardía con el adversario; la fatuidad que se empina pavoneándose escudada en la ignorancia general. En todas partes, la mala hierba brota y crece. No vivamos de espejismos.

¿Dejaremos que nos aplaste la pesadumbre de todo lo atávico que resurge, con nombres sonoros, en nosotros y alrededor de nosotros?

Erguirse firme, más firme que nunca, poniendo la mira más allá de una concepción cualquiera, revelará al verdadero luchador, al revolucionario de ayer, de hoy y de mañana. Sin arrestos de héroe, es menester pasar impávido a través de las llamas que consumen la mole de los tiempos, arriesgarse entre los maderos que crujen, los techos que se hunden, los muros que se desploman. Y cuando no quede más que cenizas, cascote, informes escombros que habrán aplastado la mala hierba, no restará para los que vengan después más que una obra sencilla: desembarazar el suelo de obstáculos sin vida.

Si la caída de la fe ha permitido que en el campo fértil del humano crezca la creencia, y la creencia, a su vez, vacila y se inclina marchita hacia la tierra, cantemos la bancarrota de la creencia, porque ella es un nuevo paso en el camino de la libertad individual.

Si hay ideas, por avanzadas que sean, que nos han atado el cepo del doctrinarismo, hagámoslas añicos. Una idealidad suprema para la mente, una grata satisfacción para el espíritu desdeñoso de las pequeñeces humanas, una fuerza poderosa para la actividad creadora, puesto el pensamiento en el porvenir y el corazón en el bienestar común, quedará siempre en pie, aun después de la bancarrota de todas las creencias.

En estos momentos, aunque se espanten los mentecatos, aunque se solivianten todos los encasillados, bulle en muchos cerebros algo incomprensible para el mundo que muere: más allá de la ANARQUÍA hay también un sol que nace, que en la sucesión del tiempo no hay ocaso sin orto.

Ricardo Mella


EL ANARQUISMO NACIENTE

Nunca segundas partes fueron buenas. Pero amigos queridos que, juzgando buena la primera, decidieron editarla en folleto, me piden que amplíe la materia un unas cuantas cuartillas más, y no puedo ni quiero negarme.

Escribí «La bancarrota de las creencias» en un momento de dolorosas impresiones por el derrumbamiento de algo que vive en la ilusión, más no en la realidad, que juega a veces con las ideas y con los afectos para darnos el tormento de nuestra propia impotencia y de nuestros errores reconocidos.

No cede la verdad sus fueros a los convencionalismos ideológicos, y los que nos preciamos de rendirla culto, ni aun por sentimiento de solidaridad, mucho menos por espíritu de partido, habíamos de sacrificar la más pequeña parcela de aquello que entendemos está sobre todas las doctrinas.

Quién quiera que haya seguido atento el desenvolvimiento gradual de las ideas revolucionarias, del anarquismo principalmente, habrá visto que en el curso del tiempo llegaron a cristalizar en los cerebros ciertos principios a modo de condiciones infalibles de la verdad absoluta. Habrá visto cómo se han ido elaborando pequeños dogmas y cómo por el influjo de un misticismo extraño se llegó, en fin, a la afirmación de credos cerrados, pretendiendo nada menos que la posesión de toda la verdad, la verdad de hoy y de mañana, la verdad de siempre. Y habrá visto, cómo después de nuestros escarceos metafísicos, nos hemos ido quedando con las palabras, con los nombres, y vacíos por completo de ideas. Al culto a la verdad sucedió la idolatría por la nomenclatura sonora, la magia del efectismo, casi la fe en la fortuita combinación de las letras.

Es el proceso evolutivo de todas las creencias. El anarquismo, que nace como crítica, se trueca en afirmación que toca los linderos del dogma y de la secta. Surgen los creyentes, los fanáticos, los entusiastas del hombre. Y surgen también los teorizantes que hacen de la ANARQUÍA un credo individualista o socialista, colectivista o comunista, ateo, materialista, de esta o de otra escuela filosófica. Finalmente nacen en el seno del Anarquismo los particularismos por la vida, por el arte, por la belleza, por la superhombría o por la irreductible egoística independencia personal. Se parcela así la síntesis ideal y, poco a poco, hay tantas capillas como propagandistas, tantas doctrinas como escritores. El resultado es fatal: caemos en todas las vulgaridades del espíritu de partido, en todas las pasioncillas del personalismo, en todas las bajezas de la ambición y de la vanidad.

¿Cómo poner la llaga al descubierto sin tocar a las personas, sin convertir el asunto en piedra de escándalo, en materia de nuevas acusaciones e injurias?

Que el Anarquismo ha llegado a ser para muchos una creencia o una fe, ¿quién ha de negarlo? Pues porque ha llegado a serlo se han provocado apasionadas contiendas, divisiones injustificadas, exclusivismos dogmáticos, es por lo que, cumplida la evolución, la bancarrota de las creencias, realidad en los hechos, debe ser proclamada sin rebozo por cuantos amamos la verdad.

Cuando el Anarquismo ha ganado más terreno, debía surgir necesariamente la crisis. La iniquidad se manifiesta en todas partes. Libros, revistas, periódicos, reuniones reflejan los efectos del raro contraste producido por el choque de tantas opiniones que se han colado de rondón en el campo anarquista. En pugna abierta los particularismos doctrinales, caen uno a uno en la batalla de las creencias. Ninguna está firme, no puede estarlo, bajo pena de autonegación.

La ilusión de un Anarquismo cerrado, compacto, uniforme, puro y fijo como la fe inmaculada en lo absoluto, pudo vivir en los entusiasmos de momento, en las imaginaciones febriles, ansiosas de bondad y de justicia; pero exhaustas de verdad y de razón. Muere fatalmente cuando el entendimiento se aclara y el análisis desgaja las entrañas de la idealidad. Y llega el momento supremo de hacer añicos las propias creencias, de romper los cachivaches ideológicos adquiridos en tal o cual autor, en el amorío con ésta o la otra tesis social o filosófica. ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué continuar batallando a nombre de puerilidades pseudos-científicas y semiológicas? La verdad no se encierra en un punto de vista exclusivo; no se guarda en arcas de frágil tabla; no está ahí a la mano ni al alcance del primer osado que resuelva descubrirla. Como las ciencias, como todo lo humano está en formación, estará perpetuamente en formación. Estamos y estaremos siempre obligados a caminar tras ella por tanteos sucesivos, que no de otra suerte se forma el caudal de los conocimientos y se establece la certidumbre.

Es así como el Anarquismo será superado. Y cuando hablo del Anarquismo y digo que bulle en muchos cerebros algo incomprensible para el mundo que muere, y que se presiente más allá de la ANARQUÍA un sol, que nace porque en la sucesión del tiempo no hay ocaso sin orto, es del Anarquismo doctrinario, que forma escuela, que levanta capillas, que edifica altares. Sí; más allá de este momento necesario de la bancarrota de las creencias, está la amplia síntesis anarquista que recoge de todos los particularismos afirmados, de todas las tesis filosóficas, de todos los avances formidables de la común labor intelectual, las verdades establecidas bien comprobadas, por cuya demostración toda lucha es ya imposible. Esta síntesis amplísima, expresión acabada del Anarquismo que abre sus puertas a todo lo que llega del mañana y a todo lo que queda firme y fuerte del ayer y se reafirma en el embate de hoy que escudriña lo desconocido, esta síntesis es la negación terminante de toda creencia.

No es menester gritar: ¡abajo las creencias! Ellas perecen a sus propias manos. La creencia es un obstáculo al conocimiento, como la fe. Y en el rebullir inquieto de cuantos nos decimos anarquistas, las creencias fracasan. No lo ocultaremos. Que cada uno arroje de sí la vieja dogmática de sus opiniones, los amores de su predilección filosófica y, lanzando el espíritu por los anchos senderos de la investigación sin trabas, llegue hasta la concepción del Anarquismo consciente, viril, generoso, que no riñe sino con los convencionalismos y con los errores y tiene tolerancia para todas las ideas, pero que no acepta, ni aun a título provisorio, sino aquello que esté bien comprobado.

Este Anarquismo es el que se halla en formación callada, es el que se elabora lentamente en las creencias capaces de sentir la presión de los atavismos que surgen por doquier, es el que me hizo escribir «La bancarrota de las creencias»: un grito de protesta contra la realidad del rebaño anarquista, de aliento para la independencia personal, de expansión para el ideal que cada día vive más fuerte en mí y me anima a la pelea por un porvenir que no he de gozar, pero que será de justicia, de bienestar y de amor para los hombres de mañana. Este Anarquismo es el Anarquismo naciente, capaz de recoger con su seno todas las tendencias libertarias, de alentar todas las nobles rebeldías y de imprimir a los espíritus generosos el impulso de la libertad en todas las direcciones, sin cortapisas y sin prejuicios, con la sola condición de que el exclusivismo no levante murallas chinescas y de que el entendimiento se entregue por entero y sin reservas a la verdad que late vigorosa en las más diversas modalidades del ideal nuevo.

Ya no se dirá a nombre del Anarquismo: ¡no más allá! La justicia absoluta, revivida en el dogma que muere, no será sino la meta indeterminada que cambia según se desenvuelve la mentalidad humana. Y no caeremos de nuevo en el extraño y singular error de fijar un límite, por lejano que sea, al progreso de las ideas y de las formas de conveniencia social.

El Anarquismo naciente proclama el más allá inacabable después de haber derribado todos los valladares del secular absolutismo intelectual de los hombres.

¿No creen que fracasan actualmente todos los particularismos, todas las teorías; que se derrumban todas las fábricas de cascote levantadas torpemente para mayor gloria de dogmas nuevos? ¿No creen que la bancarrota de las creencias es el último anillo de la cadena humana que se quiebra y nos ofrece la amplitud total de la idealidad anarquista pura y sin mácula?

La fe les habrá cegado. Y harán bien en renunciar a la palabra libertad; que se puede ser rebaño aun dentro de las ideas más radicales.

Por nuestra parte nos limitamos a registrar un hecho: anarquistas de todas las tendencias caminan resueltamente hacia la afirmación de una gran síntesis social que abarque todas las diversas manifestaciones del ideal. El caminar es silencioso; pronto vendrá el ruidoso rompimiento si hay quien se empeñe en continuar amarrado al espíritu de camarilla y de secta.

Quien no se haya emancipado por el mismo quedará rezagado con el movimiento actual y será en vano que busque redentores. Morirá esclavo.

Ricardo Mella


La bancarrota de las creencias, por Ricardo Mella, «La Revista Blanca», número 107, Madrid, 1 de diciembre de 1902.

El Anarquismo naciente se publicó a continuación de La bancarrota de las creencias, en un folleto editado en Valencia, en 1903, por Ediciones El Corsario.

 

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Luigi Fabbri, “La sintesis anarquista” (1928)

“La sintesis anarquista”

Luis Fabbri

Con este titulo nuestro Viejo compañero Sebastian Faure ha publicado una especie de manifiesto a los compañeros, en el cual expone en resumen una concepción integral suya del anarquismo, proponiéndola como programa de organización a una nueva unión de los anarquistas franceses, hace poca formada en contraposición a la veja unión, después del descontento suscitado entre los compañeros por las resoluciones… dictatoriales del ultimo congreso de la U. A. C. R. francesa.

El esfuerzo de S. Faure para llamar de nuevo a la colectividad anarquista a las bases fundamentales del ideal libertario es sumamente laudable: y es preciso desearle todo el éxito que el esfuerzo merece. Yo quiero decir aquí algunas ideas mías sobre esa “síntesis anarquista” no para refutaría, porque en substancia me hallo de acuerdo con S. Faure, sino para proponerle alguna leve modificación, para aclarar alguna de sus partes, para hacer alguna observación de carácter general, susceptible de vencer alguna desconfianza que podría ser suscitada por alguna frase, pasible de diversas interpretaciones.

Ante todo una objeción enteramente formal al nombre mismo de la nueva asociación: “Asociación de los federalistas anarquistas”. Yo soy contrario a todo agregado al nombre de “anarquista”, que parece que disminuye éste y complica la comprensión de la idea. Cuando se hace la propaganda, cuando se explica el programa anarquista es necesario adoptar otras palabras, para que se comprenda en qué sentido entendemos nosotros la anarquía; y entonces es bueno decir cuanto de socialista, de individualista, de organizador hay en nuestro concepto anarquista. Pero cuando queremos simplemente darnos un nombre, dar un nombre a una asociación nuestra, a un periódico, a una iniciativa cualquiera, debe bastar el nombre de “anarquista”—con el orgullo tranquilo de que la concepción integral que nosotros tenemos de la anarquía es la más completamente anarquista que s pueda imaginar, tanto desde el punto de vista histórico como del tradicional y en fin del teórico.

La anarquía, según mi opinión, no tiene necesidad de decirse de una manera especial socialista, comunista, federalista, sindicalista, individualista, organizadora, etc., porque en medidas y sentidos diversos es todos eso simultáneamente y no una de tantas cosas solo. Además cada cual de tales objetivos, por el significado diverso que se les da, tomado por si solo se presta a confusión, a errores de comprensión por parte de los amigos, con pretextos de incomprensión de parte de los enemigos o adversarios. Si yo hubiese debido aconsejar a los compañeros franceses de la tendencia de S. Faure, que es aproximadamente la que yo prefiero, un nombre nuevo, les habría dicho el de “Federación anarquista”, que me parece expresar en dos simples palabras, lo mismo, lo que se quería decir con lo de la asociación de los federalistas anarquistas. Con esta diferencia, que la “federación” es como un hecho, no como un principio. Come principio basta la anarquía.

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Pero vengamos al grano del proyecto programático de S. Faure.

Este examina las tres principales corrientes que dividen actualmente le campo anarquista: 1.o el anarquismo sindicalista; 2.o el anarquismo comunista; 3.0 el anarquismo individualista. De su examen obtiene esta conclusión: que las tres corrientes, lejos de negarse recíprocamente se integran, so el complemento de las otras.

“Las tres corrientes—dice—no tienen nade que las haga inconciliables, nada que proclame su incompatibilidad y que les impida vivir en buena inteligencia y también concertarse en vista de una propaganda y de un acción en común. La existencia de las tres corrientes no solo no perjudica a la fuerza total del anarquismo,—movimiento filosófico y social visto en su conjunto,—pero puede también y debe contribuir a la fuerza de conjunto del anarquismo. Cada una de esas corrientes tiene su puesto, su función, su misión en el movimiento anarquista ya que tienen por objetivo la creación de un ambiente social que asegure a todos y a cada uno el máximo de bienestar y de libertad”.

Para explicarse, Faure asemeja el anarquismo a lo que en química se llama “cuerpo compuesto”, es decir formado por la combinación de más elementos. El anarquismo está compuesto por tres elementos (además de otros menores y de menor importancia), que son el comunista, el sindicalista y el individualista. Son la circunstancias de ambiente y condiciones y de origen que determinan la prevalencia ya del uno, ya del otro elemento; pero los tres elementos se debe en todo caso combinar en él y es esa combinación lo que Faure llama la “síntesis anarquista”.

En todo esto, que es el fundamento de la concepción de Faure, yo (aparte tal vez de la fraseología que él adopta) estoy del todo de acuerdo. También convengo con él en la demostración que hace del porqué las tres corrientes, aun siendo distintas, no están por eso forzadas a estar en contrate. Es muy verdadero que el anarquismo, para triunfar, no puede (como él sostiene) pasarse sin el concurso de las masas obreras que se organizan en el terreno sindical. Es muy verdadero que el anarquismo no puede concebirse sin la negación de la explotación del hombre sobre el hombre, sin la supresión total del capitalismo y sin la puesta en común de los medios de producción, de transporte y de intercambio. Es muy verdadero que el anarquismo no seria tal si no fuese también la expresión mas alta y precisa del derecho del individuo, de todos los individuos, a la liberación de todas las opresiones políticas, económicas y morales, al desarrollo y expansión de todas sus facultades, a la satisfacción de todas sus necesidades. Por estas tres razones el anarquismo es al mismo tiempo sindicalista, comunista e individualista. De acuerdo.

Estoy de acuerdo además con Faure cuando muestra cómo la guerra encarnizada y a menudo desleal que se han hecho esta tres corrientes, una contra las otras, es lo que más mal ha causado a la causa común de la anarquía. Aunque separadas, habrían podido muy bien cooperar en lugar de combatirse, o por lo menos coexistir, desarrollando cada cual su trabajo y su lucha contra las instituciones burguesas, sin perder tiempo y fuerzas en trenzarse entre si hasta el punto de desautorizarse, paralizarse y neutralizarse recíprocamente el trabajo. Es preciso añadir también al respecto, sin embargo, que a menudo en estas luchas intestinas la cuestión de principio no es más que un pretexto; muy a menudo las determinantes verdaderas son cuestiones del todo personales, mezquinos intereses y más mezquinas rivalidades y vanidades, las cuales habrían creado la disidencia aun donde no hubiese existido la divergencia programática.

Creo que también en Francia se puede decir algo de este género, aunque yo estoy poco al corriente sobre los entretelones del movimiento y sus divisiones en este país. Pero sé que hay en otras partes, en otros países lejanos de Francia, divisiones muy ásperas entre fracciones del anarquismo, que están de hecho separadas y en choque entre si, bien que en el terreno de la táctica y de los principios tengan todas el mismo programa y proclamen todos (negando cada cual la sinceridad de las otras) los mismos criterios teoréticos y prácticos.

Si hay algo semejante también en Francia, tal vez S. Faure no ha querido poner el dedo sobre esta llaga, con el laudable propósito de no irritaría. Glissons… Pero en substancia, en la diagnosis del mal, también Faure razón en esto.

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¿Cuál es el remedio a este mal? Sobre el remedio Sebastián Faure no se extiende mucho, no se explica, en mi opinión, de un modo completo. Y es por eso que no estoy seguro de estar de acuerdo o en desacuerdo con él. Tal vez lo estoy solamente en parte.

Dice que los tres elementos constitutivos del anarquismo no están forzadamente condenados a combatirse sino que “están hechos para combinarse y formar una especie de síntesis anarquista, de la cual es preciso intentar pronto la realización practica”…justísimo! ¿Pero tendrá por si sola esta fórmula de la “síntesis anarquista” la virtud de unir a los que hasta aquí se han obstinado en quedar encarnizadamente divididos? He aquí el problema.

Porque si esta síntesis, que Faure traza en teoría, fuese traducible en la practica en la síntesis de todas las fuerzas anarquistas, y el único obstáculo a ella fuese la ausencia de la síntesis teorética, la unión de todas las fuerzas anarquistas seria desde hace mucho una realidad, porque—aparte de la formula general,—en la substancia aquella síntesis la hubo siempre. El anarquismo comunista, en la corriente que antiguamente se decía socialista-anarquista-revolucionaria”, según las ideas de Bakunin, Kropotkin, Gori, Lorenzo, Malatesta, Faure, etc., ha sido siempre la síntesis, la armonía de esos tres conceptos más importantes del anarquismo: puesta en común el a propiedad, libertad individual y colectiva, acción organizada de masas.

Sebastián Faure mismo debe convenir que lo que hoy nos presenta bajo la formula de la “síntesis anarquista” no es más que a repetición de las ideas que no ha conseguido aún—y nosotros, que esta en sus periódicos y en sus conferencias. ¿Cómo es que no ha conseguido aun—y nosotros que estamos e acuerdo con él, no hemos triunfado tampoco, aunque estamos repitiendo estas cosas desde hace treinta años—constituir de hecho, en la practica, en e movimiento aquella síntesis que desea? No por a ausencia de la idea sintética del anarquismo, que existía ya; sino porque la división tenia otras causas, en parte debidas a debilidades y defectos de los hombres, y en parte a la existencia de contrastes de teoría y más aun de táctica, de lo que Faure no tiene toda la cuenta debida, en su llamado apasionado y noble para unir a la mayor cantidad posible de anarquistas en un mismo movimiento orgánico.

No nos preocupamos de las debilidades y defectos inherentes a la naturaleza humana; estamos también nosotros plenos de ellos; pero en esto no tenemos que hacer más que una cosa: tratar de mejorarnos nosotros mismos, sin pretender demasiado ser nosotros los que hayamos de mejorar a los otros. Que cada cual sea severo consigo mismo, indulgente con los demás,—por lo menos con los compañeros. Las diferencias teoréticas las hay, pero, a excepción de ciertas exageraciones que no podríamos consentir, y que ciertamente el mismo Faure no aceptaría, no me párese insuperables. Pero el contraste lo hay, no se puede negar, en el terreno practico, en el modo de aplicar la teoría; y lo habría en el modo de aplicar la misción genérica de los principios a su realización en el una “síntesis” de Faure, apenas pase de la afirma movimiento. Este es el punto débil, no en Faure solamente, sino en todos nosotros.

También Malatesta, más de una vez, en Italia ha repetido que lo que separa las varias fracciones del anarquismo son más que otra cosa cuestiones de palabras. Si se van a analizar los razonamientos de los unos y de los otros, si se desciende al fondo de su móviles sentimentales, se halla a menudo en efecto que hay entre todos los anarquistas más unión substancial de la que parece. Pero… la desunión en la practica queda; y entonces es preciso decir que hay motivos serios de desunión.

A mi me parece que Faure ha descuidado más de la necesario el examen de esos motivos.

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He dicho ya que para os anarquistas comunistas y partidarios de la organización as ideas de la “síntesis anarquista” están contenidas en su programa. Pero la repetición que Faure hace hoy no es inútil, des de e momento que desde hace un tiempo se van infiltrando en la propaganda y en el movimiento anarquista hábitos, tendencias y también afirmaciones teoréticas que están en contraste con uno de los principios fundamentales del anarquismo: el de la autonomía en la organización, de la libertad de iniciativa individual y de grupo que debe estar en la base de toda organización anarquista, por extensa y compleja que esta pueda ser.

Después de la publicación de la “Plataforma” de un grupo de anarquistas rusos, que proponían la constitución de una asociación anarquista sobre bases más especialmente después del congreso de la Union Anarquista Francesca de noviembre pasado, que reafirmaba su constitución interna sobre orientaciones verdaderamente autoritarias y antianarquistas, ciertamente la “síntesis anarquista” viene a tiempo para recordar a los compañeros que se organizan la necesidad y el deber de organizarse “anárquicamente”, que para los anarquistas la organización es un principio irrescindible del de la autonomía. Pero es también verdad que las desviaciones son el hecho de una minoría insignificante en Francia y fuera aun cuando por un momento ha conseguido reclamar sobre si tanta atención y tener la sanción de un congreso de organizadores.

Los anarquistas comunistas y organizadores, en la casi unanimidad, han quedado fieles a sus principios, y no han olvidado de ningún modo ni la idea de que la revolución será hecha por las masas y que por tanto es necesaria la organización de estas tambien sobre el terreno sindical, además del insurreccional; ni la otra idea que la querida por los anarquistas es una “revolución de la libertad”, que debe emancipar el mundo social comenzado por un átomo constitutivo, que es el individuo. Por lo que se refiere a estos tres principios—puesta en común de la propiedad, organización para la lucha y para la vida, libertad individual—están ya de acuerdo con los otros anarquistas que reivindican los mismos principios.

Si no fuese más que para establecer una base programática, en e terreno teórico, podríamos decir que la cosa se ha hecho ya desde hace cerca de cincuenta años. Pero es cuando se trata de constituir organizaciones de hecho entre los adeptos a aquél programa, para desarrollar una acción determinada, para hacer determinadas cosas, que surge la necesidad para los asociados de hallarse de acuerdo no sobre un punto solamente del programa, sino sobre todos. Los anarquistas comunistas organizadores—agrego esta ultima palabra para los anarquistas italianos, en cuyo medio están también los anarquistas comunistas contrarios a la organización,—si quieren constituir una organización efectiva y no contradictoria en sus elementos, es preciso que la funden sobre los tres principios más arriba mencionados, los tres indispensables (en su opinión) al anarquismo. Y por tanto la primera condición para que la organización no sea condenada a verse paralizada por contrastes internos, es que todos sus componentes estén de acuerdo en aceptar esos tres principios y no uno o dos solamente.

Los que no están de acuerdo sobre los tres principios serán anarquistas también; no lo negamos. Queremos estar en buena armonía con ellos y, cuando sea posible, intercalar ayudas para determinadas iniciativas sobre las que se esté de acuerdo. Pero para asociarse duraderamente y en vasta escala, es preciso que los asociados estén de acuerdo sobre todas las cuestiones más importantes; y no sobre otra, y otros aun sobre una tercera exclusivamente, quedando siempre para todos dos motivos de divergencia sobre tres. La divergencia paralizaría toda actividad común de la asociación, pues no es concebible que cada cual, para estar de acuerdo sobre una coso, se adapto a hacer o solo a no combatir las otras cosas que no aprueba o cree nocivas.

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Veamos más de cerca los puntos de divergencia, que imperidian todo funcionamiento a una organización que recogiese las diversas fracciones del anarquismo sin distinción.

¿Podremos, por ejemplo, estar asociados con los llamados “platformistas”, los cuales persistirían en querer introducir en la organización sistemas que nos parecerían autoritarios, como los adoptados por el congreso francés de noviembre pasado? No, ciertamente; y Faure y sus amigos están de acuerdo con nosotros, tanto es así que han salido por esa razón de la U. C. A. R. de que formaban parte. Por una razón de oportunidad yo habría, a decir verdad, preferido que quedasen en ella, porque me parece que así habrían logrado mejor impedir las temidas desviaciones y obrar e modo que las resoluciones antianarquistas del congreso quedasen letra muerta; pero las razones por las que ellos han salido son justísimas, y en todo casi habrían debido salir de ella más tarde, si no hubieran conseguido conservar a la U. C. A. R. el carácter anarquista querido. La separación en el terreno practico de los anarquistas organizados sobre bases poco anarquistas, es decir que olvidanel aspecto autonomista y federalista al mismo tiempo del anarquismo, seria inevitable.

Hay además los anarquistas sindicalistas. Nosotros, comunistas anarquistas organizadores, estamos de acuerdo con ellos en que la organización sindical de la clase obrera es necesaria para la revolución, sea para la lucha, sea para el comienzo de una reconstrucción social sobre bases libertarias; así también estamos de acuerdo en querer dar a la organización sindical la orientación más libertaria y revolucionaria posible. Pero cuando los anarquistas sindicalistas, como ocurre en algunos países, subordinan el anarquismo al sindicalismo, encierran todo su anarquismo en el sindicalismo, se oponen a toda otra forma de organización anarquista, atribuyen a los sindicatos funciones sociales y revolucionarias en contraste con su naturaleza, crean en substancia otro peligro de desviación autoritaria y monopolista en el seno del movimiento y de la revolución, rompen el equilibrio de las fuerzas en el seno del anarquismo, y se colocan por si mismos fuera de una posible organización anarquista,—la cual sobre todo quiere que como un medio subordinado, y no el único, de la revolución por la libertad. Esto es tanto más verdadero cuanto que en los países donde el anarquismo sindicalista es más fuerte, constituye organizaciones por su cuenta, distintas de las organizaciones anarquistas propiamente dichas.

En cuanto a los anarquistas individualistas, la diferenciación es más evidente, aun cuando en la practica es inasible porque es variable hasta el tendencias que se llaman individualistas. Si todo el individualismo consistiese en la afirmación de la soberanía individual, en el principio que Faure toma como termino característico, entonces todos los anarquistas podrían decirse individualistas. Pero cuando los individualistas niegan toda organización que no sea la del grupo ocasional y de afinidad contingente, niegan todo pacto social duradero y que implica compromisos ¿cómo organizarse con ellos? En la propaganda ¿cómo concitar a nuestra para la puesta en común de la propiedad con la suya de a apropiación individual? Y cuando hablamos de libertad para todos los individuos ¿cómo conciliar esta propaganda con la paradoja de tantos conquista su libertad con su fuerza, sin preocuparse de os otros, e incluso en perjuicio de los otros?

Yo creo que S. Faure convendrá en estas observaciones mías. Solo que él me dirá: “Pero si hay comunistas, individualistas y sindicalista que convienen en asociarse sobre bases duraderas y vastas, al contrario de los otros que se cierran en su exclusivismo, aceptando todos los tres principios de la puesta en común de la propiedad, de la organización libertaria y de clase, y de la autonomía individual y de grupo ¿por qué no podrían hacerlo a pesar del nombre diverso y aun cuando hubiese divergencia de opinión entre ellos sobre la importancia mayor o menor que hay que dar a uno o a otro de los tres llamados elementos constitutivos del anarquismo?”

¡De acuerdo! podrian hacerlo, y seria deseable que lo hiciesen. Pero Faure convendra que en tal caso sus nombres diversos no importarian nada, pues en realidad serian todos la misma cosa,—serian nosotros hemos sido siempre: comunistas, revolucionarios y anarquistas.

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Debo advertir que he hecho mías, en ocasión de esta discusión, muchas formas de expresión de Faure, para quedar más íntimamente en sus argumentos, como, por ejemplo, la “puesta en común de la propiedad” que según mi opinió se entiende en un sentido más bien relativo, en el sentido que nadie pueda tener en sus manos el medio económico para explotar a sus semejantes, y que todos tengan, en cambio, los medios para satisfacer las propias necesidades. El modo, luego, de organizar la producción y la distribución,—aun pareciéndome superior el de tipo comunista,—es secundario y puede variar según los lugares, tiempos y circunstancias.

Otra cosa:—Sebastián Faure dice en cierto punto—citando mi nombre,—que yo le he dicho que un ensayo de realización de lo que él llama “síntesis anarquista” se ha hecho en Italia, con la Unione Anarchica Italiana. Le he dicho, en efecto, algo semejante. Pero es preciso que me explique para evita equívocos.

En Italia una división exacta entre las tres fracciones—comunista, sindicalista e individualista—como Faure la precisa no existía. La verdadera división era, y es todavía entre anarquistas organizados y anarquistas antiorganizadores, entre los que eran partidarios de un asociación anarquista constituida orgánicamente, con criterios de solidez y de extensión, y los que le eran adversos o negaban toda organización, o preferían la organización de grupos locales, desligados, ocasionales, temporales. Los anarquistas organizados eran todos de tendencia comunista, y de éstos se decían sindicalistas los que en la practica se dedicaban al movimiento obrero y sindical, pero sin dividirse de los otros más que por detalles o cuestiones secundarias. Ellos pertenecían todos a la Unione Anarchica Italiana; y en los congresos de ésta, a través de la discusiones, se percibía apenas alguna diferencia de mentalidad y de orientación entre unos y otros.

Los anarquistas antiorganizadores, la mayor parte comunistas-anarquistas y en una pequeña minoría individualistas, estaban naturalmente fuera de la U. A. I.; pero algunos de ellos se unían a los anarquistas organizados para iniciativas en común. El diario “Umanitá Nova” dirigido por Malatesta, había salido por los esfuerzos comunes de unos y de otros, y así también el periódico “Fede”. Pero la U. A. I. Desarrollaba su propia actividad por su cuenta, y había periódicos que se mantenían exclusivamente en su orbita. Los anarquistas antiorganizadores le eran completamente extraños, no participaban en sus congresos y tenían también órganos propios.

La Unione Anarchica Italiana comprende a todos los anarquistas concordes en la lucha organizada contra el capitalismo y contra el Estado, por la revolución que realice a emancipación individual y colectiva, de clase y humana, con a igualdad y a libertad para todos, sobre la base de la solidaridad y de la asociación voluntaria de los esfuerzos. Su programa, redacto por Errico Malatesta, contiene todas las ideas constitutivas del anarquismo, que Sebastián Faure llama comunistas, sindicalistas e individualistas; pero ninguno de esos adjetivos es adoptado. Es decir están expuestas las ideas del anarquismo integral, que Faure reúne en su síntesis, diciendo lo que los anarquistas asociados quieren y se proponen hacer, pero sin adoptar otra especificación teorética fuera de la “anarquista”. Así, el que apruebe entenderse después con os otros asociados sobre las formas y maneras de organización interna, se en los grupos como en los congresos.

Este tipo de organización me parece susceptible e recoger a su alrededor el mayor numero de anarquistas. Pero, no obstante, no podría recogerlos todos. De aquí la necesidad de resolver el problema e las relaciones, no solo entre anarquistas asociados en una dada organización, sino también de estos con anarquistas de otras organizaciones o grupos, con los mismos anarquistas desorganizados de todas las tendencias del anarquismo. Ahora no se puede pretender resolver este problema fundando simplemente una nueva organización. No puede ser resuelto más que sobre le base de la reciproca comprensión y tolerancia, y de a persuasión que cada cual tiene derecho a organizarse a su modo con aquellos que piensan como él, o a no organizarse de ningún modo,—sin que por esto sean imposible entre todos as mejores relaciones de cordialidad y de fraternidad, y sin que nadie pueda para si o para su tendencia pretender la infalibilidad o el monopolio del anarquismo.

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No quiero cerrar estas notas a la “Sintesis” de S. Faure sin advertir que no quieren ser de ninguna manera ni una critica ni una refutación de las ideas de nuestro valeroso compañero francés, con el cual, repito, me hallo casi del todo de acuerdo, sino más bien un agregado al trabajo hecho por él, una aclaración mayor de alguna de sus partes, una contribución a su propaganda, contribución que se suma a ella y no disminuye nada de su eficacia.


[Suplemento Quincenal de La Protesta (Buenos Aires) 7 no. 286 (June 15, 1828): 329-333.]

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