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Federico Urales, “Sobre la Síntesis de Sebastián Faure” (1929)

No sabemos si nuestro muy querido amigo Sebastián Faure y cuantos han hablado de su síntesis anarquista, continuarán discutiendo el tema de la unión libertaria y el modo de efectuarla. Nosotros queríamos hablar de este mismo tema, discutido ya d asunto, no tanto para decir sobre él la última palabra, cuanto por la demora a que nos obliga el mucho trabajo; pero puesto que. ahora las circunstancias creadas por los reptiles que, por envidia y mala sangre, se dedican a la delación y a las delaciones falsas y profesionales, nos proporcionan un tiempo que antes no teníamos, trataremos el asunto, esté o no terminada su discusión por los que lo han planteado y discutido.

Las divergencias, las disputas, las querellas, las controversias y aun las riñas establecidas alrededor de nuestro caro ideal, obedecen a un estado de alma o de ánimo, para ser más materialista, que tiene muy poco que ver con las ideas.

No discutimos ni reñimos por sentir las ideas de diferente manera, sino por no tener de las ideas su moral.

Los ideales como el nuestro no nos dicen que hayamos de enfadamos con el que lo concibe de otro modo; al contrario, nos dicen que todo el mundo ha de respetar el ajeno sentir, sea como fuere. ¿Por qué, pues, las ideas nos han dividido? Porque no tenemos de las ideas su salud moral.

Aun las disputas entre los partidos políticos autoritarios, se comprenden. Ellos tienen un programa político y dentro de su programa han encerrado una verdad. Por su verdad y su programa pelean contra otra verdad y otro programa. Dentro de la monarquía, dentro de la república, dentro del socialismo, pueden crearse varios partidos que peleen entre sí, porque no han concebido la eterna evolución de las ideas o porque hay más personas que quieren vivir de las doctrinas de lo que permiten sus recursos económicos y políticos, dentro o fuera del Poder.

Pero en el ideal libertario, que no tiene frontera ni límites ; que no ha de dar vida más que a los que produzcan algo útil a la salud de la sociedad; que a nadie se ha de imponer un criterio contrario al suyo, las riñas y las divisiones son de orden moral y no de orden ideal.

La salud ética del anarquista ha de dar por resultado la tolerancia y la bondad. — Sin tolerancia no puede haber anarquía, porque no puede haber libertad ; sin bondad no puede haber el amor y el cariño necesarios para que todos nos estimemos individuos de una gran familia que ha establecido la libre concordancia.

Luego los que se pelean por entender de diferente manera el ideal, es que no tienen lo que nosotros llamaremos sus virtudes.

A todo buen amante de la libertad y a todo d que de la libertad tiene su sentido moral, no ha de importarle nada que haya anarquistas de diferentes tendencias ; lo que ha de importarle es que una tendencia quiera imponerse a la otra.

Cuantos quieren que por la amenaza o por la fuerza o por el número se imponga su modo de pensar, no saben lo que es anarquía y apenas si tienen un criterio racional.

Con buena voluntad no hay problema. Con tolerancia no hay problema. Con aplicar a las ideas y a los criterios ajenos todas las garantías que queremos para los nuestros, no hay problema. Considerando que nadie es infalible, porque nadie posee ni puede poseer la verdad porque en la eternidad de la especie humana hay muchas verdades y no hay una verdad, no puede existir problema.

De suerte que el problema de la Unión anarquista no está en la concepción que cada uno puede tener de. la sociedad futura, sino en las escasas dotes morales que cada uno posee para vivirla, escasas dotes que nos impiden considerar que el error lo mismo puede estar en la mente ajena que en la propia.

* * *

Además, conviene poner en claro quienes son y quienes no son anarquistas. Aunque tal se llaman, no lo serán quienes estimen necesario un Poder, llámese como se llame, ni quienes, con sus actos, un Poder hagan necesario. Tampoco lo serán cuantos estimen que la anarquía ha de imponerse a golpes y cuantos piensan que, después de la revolución social, será menester un gobierno político o bien económico, que señale, guíe y organice. Estos, no tan sólo dejan de ser anarquistas, sino que no tienen del ideal un concepto aproximado.

Tan cierto es que se trata de una cuestión moral, que está más cerca de la anarquía y de sus prácticas el que, no llamándose libertario, es hombre de bien, que el que, llamándoselo, tiene vicios y es innoble en sus relaciones.

Para ser anarquistas hemos de continuar fomentando admiraciones: «Esto es propio de ángeles» decía ante la gente ignara, al explicársele el hombre y el ideal que queríamos poner sobre la tierra.

No es propio de ángeles: es propio de hombres que pueden ser mejores que los santos, pero es preciso que la gente nos estime santos por nuestras vidas para ser anarquistas, para poseer las virtudes del ideal y para propagarlo por medio de la conducta.

Será también preciso no olvidar, para ser anarquista, que la anarquía no es un ideal de fin, sino de principio. La anarquía no es la meta del ideal humano, sino que es el arranque de una humanidad que hasta aquel momento no tendrá conciencia de sí misma, que hasta aquel momento no se había encontrado.

Pensando así, tendremos una idea aproximada de nuestra humildad y de nuestro escaso saber mental y moral, comparados con los hombres, que empezarán a vivir cuando cada uno sea dueño de sí mismo.

* * *

Siempre hemos dicho que la anarquía era el ejercicio de las autonomías hasta llegar a la del individuo. Hoy añadiremos que la anarquía es la reintegración del individuo a todas las libertades naturales, después de haber pasado por un reajuste de sus facultades.

La autonomía del individuo en la naturaleza, después de haber hecho una revisión moral de su origen.

Mas supongamos que nosotros estemos equivocados en nuestros juicios sobre el ideal y sobre el hombre. Los que quisieran sacarnos de nuestro error a la fuerza o combatiéndonos sañudamente, tendrían un concepto inquisitorial de la anarquía y por tanto no serian anarquistas. En cambio, como tales obrarán aquellos que, no creyendo opinar como nosotros opinamos, respetaran nuestro pensamiento.

Y es que los atavismos de la tiranía resurgen a través del tiempo, teniendo nombre diferente, pero siendo la misma tiranía.

En nuestro sentir, cuanto; estimen necesario un Estado, aunque sea con propósitos providenciales y paternales, como pretenden el Estado fascista y el Estado comunista, son conculcadores de derechos que a nombre de la providencia o de la salud de la patria se comen a sus hijos, cual Saturno y cual Moloch.

Cualesquiera que sean nuestras opiniones, si las encerramos dentro de un Poder serán, en el sentir de humanidades que tengan conciencia de si mismas opiniones prehistóricas ; para nosotros, pigmeos en esta gran fuerza cerebral que se halla inactiva en las mentes, son opiniones de derecho.

En cambio, según nosotros opinamos, son elementos de izquierda cuanto estiman que el hombre puede guiarse por su propio discernimiento, siéndole innecesarios, por su propia perfección moral, jueces y gobernantes.

Pero esta opinión nuestra sobre el sentido izquierdista, no puede armonizarse con la de aquellos que, creyendo que su concepción social es la mejor, quieren que los demás la compartan de buena o de mala gana.

De manera que antes de convencer al prójimo de que la anarquía es la mejor de las formas sociales, hemos de convencerles de que es la mejor de las formas sociales porque dentro de la libertad no quieren imponer ninguna. Sin esta condición la anarquía no existe y si existe en la mente de algún individuo es que este individuo está muy lejos de la concepción social libertaria.

De suerte, que para la unión anarquista lo que hace falta es considerar que todas las concepciones sobre la vida futura son posibles, menos aquellas que quieren imponerse a las demás.

Por otra parte, hay una relación entre la concepción del ideal y nuestros propios actos. Generalmente, el que no tiene una vida limpia moralmente, no tiene un concepto honrado del ideal.

A este, las ideas le servirán, para justificar su vida tortuosa o su vida apartada de la solidaridad humana. En ellos el ideal tendrá un carácter autoritario, impositivo, impropio de las ideas que dicen sustentar, como lo son sus actos. Por esto no es anarquista, no el que no dice no serlo, sino el que no armoniza la vida con las ideas; no las armoniza prácticamente aunque en vano intente armonizarlas teóricamente.

Si tenemos buena voluntad, si tenemos buena fe, si tenemos amor a las ideas y no somos quisquillosos, ni cascarrabias, ni narcisistas, la unión es un hecho. Si no tenemos aquellas virtudes, la unión no será un hecho, pero no seca porque aun no habrá anarquistas sobre la tierra, aunque haya muchos que anarquistas se llamen.

Federico URALES


La Revista Blanca 7 no. 142 2nd series (15 Abril 1929): 642-644.

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Federica Montseny, “La defensa del ideal” (1929)

La defensa del ideal

LIGERO INTROITO O DIGRESIÓN

A PESAR de que esta Revista tenga también su unidad moral, tienda también hacia una unión de esfuerzos, hacia un fin común y dentro de los enunciados principales de una misma idealidad, confieso que mis puntos de vista no hablan estado, hasta hoy, del todo de acuerdo con esta tendencia unitaria de la publicación.

Dije en el artículo del número anterior que ante tantas unidades morales le daban a uno ganas de proclamarse apóstol de la desunión. Después de estas palabras, las que preceden pueden parecer una rebusca de originalidad o una manifestación extemporánea de snobismo ideal.

Por temperamento no he podido nunca sentir la necesidad de la coordinación. Sé perfectamente que en la lucha a muerte entablada entre el capitalismo y el proletariado, entre la sociedad que muere y el mundo que nace, sin una unión de esfuerzos, sin una unidad moral de los individuos que aspiran a un mismo fin, seremos vencidos. Pero sé también que toda unidad, que toda coordinación exige, o mucha tolerancia, resultado de una elevación moral, a cuyo nivel aun no hemos llegado, o cierta esclavitud particular, cierta disciplina voluntaria del individuo, sus ideas y sus iniciativas, sacrificadas al interés común de la colectividad. Y como me conozco bien, como sé cuan insoportable me es toda sensación coercitiva, todo pensamiento disciplinado, toda meta señalada a mi espíritu y a mi actividad, como quiero elegir libremente mis compañías y prefiero mil veces la soledad a ciertos acompañamientos morales, de ahí que la tan cacareada unidad encontrase hasta ahora en mi un tibio defensor. Procuro, ante todo, ponerme de acuerdo conmigo misma y no me comprometo, por tanto, a nada que choque con mi manera personal de ser.

Pero, en realidad, mis particularidades nada tienen que ver y poco pesan en la balanza general. Por encima de ellas y fuera de ellas, yo misma puedo mirar los problemas y buscarles soluciones en las que, no obstante, no comprometo mi actitud. Aquello que es el bien de todos será, positivamente, mi propio bien. Mas con frecuencia he asumido actitudes y seguido caminos que de antemano sabía habían de ser una desgracia para mi. Al bien general he podido aportar, he aportado, aporto y aportaré todo mi esfuerzo, todo mi entusiasmo y toda mi voluntad. Pero me reservo la libertad de no aceptar para mi el bien, de escoger el mal y de luchar o de ser vencida por él. Sintetizando y sacando alguna idea clara de todo este conjunto de bizarras digresiones: el momento actual exige una unidad de acción, basada en lo que hay de común en cada tendencia ideal. Ello puede dar al anarquismo mucha de la fuerza que las luchas intestinas que siempre le han corroído, le restan. El bien general de cuantos profesamos la idealidad y el de la idealidad misma, exigen esa unidad. Yo soy, como anarquista, un defensor de ella. Pero, personalmente, como individuo, recabo la libertad ¡que tengo a no aceptar para mi un bien que para los otros deseo. No recabo ni el derecho al martirio ni el derecho al pataleo, que siempre han sido libres. Recabo únicamente el derecho personal a la franqueza o a la brutalidad, que ambas se confunden un tantico. Este derecho lo recabo, no para el presente, sino para el futuro, para ruando el momento llegue de dirimir, por encima de toda unidad, cuentas pendientes y que deberán ser liquidadas.

UNIONISMO Y FEDERALISMO

Será necesario que, como en el asunto de la Plataforma, pasemos revista a un ejemplo cercano de unionismo peligroso, sobre el que me permitiré sacar algunas consecuencias que pueden ser aplicadas a España.

En Francia hace ya tiempo apareció esa tendencia dichosa de la unidad. Aparte la unidad comunista, los anarquistas también fueron atraídos por las voces de sirena de la unión. ¿Cómo no? ¿Hay nada más encantador, más idílico que ese bello ideal de la unidad de esfuerzos, de la fraternidad, del cese de luchas fratricidas, que ese general abrazo de Vergara de todas las tendencias ácratas, que ese armisticio de las pequeñas hostilidades, que esa sordina puesta a las lenguas de los militantes de crítica y comadreo, que son ahora, peregrinamente, los únicos representantes visibles del anarquismo?

No más polémicas entre hermanos, no más tiquismiquis, no más diferencias sobre si, en la sociedad futura, los hombres vivirán cada uno sólito en una cueva o unidos en numerosísima familia. Paz absoluta, tolerancia mutua, abrazo mutuo, pacto tácito y colectivo de amistad. Y, una vez logrado ese fin dichoso, una vez todas las manos en contacto, coordinar una acción inteligente y, a la una, a las dos, a las tres, transformada la actual sociedad. Un buen golpe de mano, bien coordinado, bien organizado y henos en el Paraíso perdido. Los menos optimistas pensaban quizá, únicamente, en una renovación vital del anarquismo languideciente, en una nueva eflorescencia de la idealidad, cobrando fuerzas, preparándose y fortaleciéndose para oponerse a la futura guerra y convertirla en futura revolución social. Entre estos últimos contémonos nosotros, optimistas razonables, que no estamos más que a medias fuera de la realidad.

No obstante, todo este programa, tan útil, tan noble, tan defendido por todos, no se ha podido realizar. La más espantosa de las desuniones, el más horrible maremágnum ideal ha sido el resultado del parto, o aborto, de la unión. El recién nacido vino al mundo tan monstruoso, tan distinto de como era esperado y los resultados han sido tan fatales, que la fe en la unidad ha debido quebrantarse un poco.

Los que pasen la mirada por la prensa ácrata en Francia en la hora presente, podrán hacerse fácilmente cargo de lo que ha sido la unidad; bandera de que se han apoderado aquellos que quieren la unión que signifique subordinación ; la unión que signifique ahogo de toda independencia de criterio y de toda iniciativa particular ; la unión que signifique estancamiento de las ideas, sumisión a un criterio general, enmudecimiento de toda protesta, sacrificio de toda dignidad ideal en el altar de la conveniencia colectiva, del interés creado del fin común.

Frente a esta unión de que son usufructuarios los Plataformistas y portavoz «Le Libertaire», hase alzado la voz mesurada y noble de Sebastián Faure, con su «Síntesis anarquista» y con la «Voix Libertaire» por portavoz. Frente al unionismo rebañero, de ovejas dóciles y de pastores avisados, el federalismo anarquista, la constitución de una unidad moral que deje a cada individuo su independencia de criterio y a cada rama de la idealidad común sus aspiraciones, federándose, no uniéndose, en un común enunciado cuya síntesis es la «Synthése anarchiste» de Faure.

Esta síntesis ha abierto el camino hacia la constitución de una nueva y verdadera unidad : la Federación Anarquista Internacional, o sea, la federación de todos los anarquistas en una internacional libre que sintetice todas las tendencias ácratas y que sea la coordinación de todas las buenas voluntades reunidas y tendiendo a un fin común : la propaganda del ideal y la preparación en las conciencias del estado social y ético del futuro.

En apariencia, los fines son los mismos. Pero, ¡qué diferencia hay de la síntesis anarquista de Faure a la «Plataforma de organización de los anarquistas», aborto unionista que tiende a representar una perturbación o desviación del ideal!

En la «Síntesis» renace la tradición federalista de Europa, que nosotros, los anarquistas españoles, hijos espirituales de Bakunin y de Pi y Margall, debemos continuar. Federación significa pacto libre, entre hombres o entre colectividades. Unión significa soldamiento de individuos o comunidades, unidos para un fin común. Es lo mismo y muy distinto. La palabra federalismo conserva la independencia y la dignidad de las ideas y de los individuos. Federarse es solidarizarse, hermanarse libremente a no importa qué ni quién. Unirse significa agregarse, juntarse, fundirse, desaparecer individual y colectivamente en el conjunto reunido y casi siempre dirigido, que va hacia no importa qué.

Sutil y clarividente, ha percibido Sebastián Faure la diferencia al dar, con su «Síntesis anarquista», base ideal a la Federación Anarquista o unidad moral de los anarquistas federalistas, frente al Plataformismo impregnado de espíritu leniniano e inspirado, de lejos o de cerca, por ese enorme sacrificio de la dignidad individual humana, del hombre individualmente considerado, sometido al interés creado, al fin supremo de la revolución y a la característica de mesianismo clásico del hombre providencial, que el mundo conoce con el nombre de revolución rusa.

Frente a la Síntesis de Faure, los de la Plataforma se han levantado. No contentos con expulsar a Faure y a Lentente de la Unión Anarquista Francesa, con matar espiritualmente todo un movimiento, arremeten contra el viejo camarada, de gloriosa y larga historia, cuyas canas no inspiran respeto a ese grupo de buenos mozos, no atormentados por ninguna inquietud moral y en los cuales la idealidad adquiere espíritu de Ejército de Salvación o de Legión Extranjera. P

ara ellos la Síntesis anarquista «no es más que una farsa inventada para justificar una culpable actitud», como la califica «Le Libertaire». Sebastián Faure y los anarquistas federalistas que, como él, han defendido la tradición libertaria, son hombres atrasados, reaccionarios, fuera de las realidades presentes y que; no han hecho la famosa experiencia de la revolución, experiencia que hizo con provecho personal el desaprensivo Colomer y con hondo trastorno ético los apóstoles o aspirantes a hombres providenciales de la Plataforma.

No obstante, alrededor de la Síntesis anarquista deberemos irnos agrupando internacionalmente todos los anarquistas. Alrededor de la Síntesis anarquista, todos los que sen timos el ideal, todos los que lo aceptamos íntegramente, todos los que no estamos dispuestos a sacrificar a ningún interés creado la tradición independiente del anarquismo, todos los que aspiramos a la libre renovación y a volver las ideas anarquistas a su historia de abnegación y de libertad continua y militante, todos los viejos que han podido salvar sana e intacta su conciencia en esos grandes naufragios colectivos que se han llamado guerra mundial y revolución rusa, todos los jóvenes que hemos venido al mundo de las ideas puros de ese gran pecado moral del mundo de que todos los Jordanes no podrán purificar, en muchos años, a las ideas y a las costumbres de la época, iremos formando esa gran Federación Anarquista que conserve la pureza y la dignidad de las ideas y que de ellas lave y vaya expurgando, paulatina e insensiblemente, todas las manchas y los malos rebrotes.

LO QUE QUEDA EN LOS IDEALES

No es necesario que lo diga: El daño, tan general como general fué la causa, es pueril localizarlo. No son España, ni Francia, ni Italia, la cuna de la epidemia, que no somos nosotros solos a sufrir, pues lo nuestro no es más que manifestación esporádica de un mal universalmente esparcido.

Pero aquí como en Francia, las características son las mismas, hemos vivido los mismos períodos y pasado por las mismas pruebas. Hemos vivido diez años de desorden espiritual, de caos moral, durante los que han quebrado todos los valores y durante los cuales las ideas sólo han podido mantenerse puras gracias a grandes núcleos de anónimos, de almas fervorosas, cada día renovadas y enriquecidas. El sindicalismo, con el mal de sus grandes masas sin idealidades morales, impulsadas sólo por la jornada baja y el jornal más alto ; con sus líderes, que reproducían todas las maneras de los grandes caudillos políticos ; con el espíritu de rebaño que crearon los pastores que lo necesitaban para esquilmarlo; las desviaciones del anarquismo militante, que, si puro y digno en una gran mayoría anónima, cayó en lamentables extravíos en manos de una minoría militante, extravíos que no es ahora el momento de discutirlos, han producido en España un estado latente de conmoción, de lucha y de inestabilidad que a la postre podrían también matar un movimiento siempre persistente, continuado a prueba de persecuciones cruentas y de grandes calvarios del proletariado.

Se trata, pues, aquí como en todas partes, de ir a una federación anarquista, a una constitución de una unidad, de un pacto libre entre hermanos : entre todos cuantos acepten el anarquismo tal como lo concibieron Bakunin y Kropotkin, Reclus y Grave y Faure y Malatesta y Malato y Gille, tal como lo continúan los Nettau, los Rocker, los Fabbri, abierto a todas las manifestaciones del espíritu humano y susceptible de todas las renovaciones y aportaciones individuales, como ideal ilimitado y libre, que cada día se enriquece, que se revisiona continuamente, que no puede ni podrá ser jamás programa de partido.

Nuestro anarquismo es el anarquismo de los grandes hombres que lo amaron y lo avaloraron con su vida, de tal forma que ideal y existencia son una misma cosa ; nuestro anarquismo es el anarquismo que significó desinterés, abnegación, sacrificio, que se honró en la honradez de sus hombres y que alzó muy alta la bandera del espíritu humano, colocándose al frente de todo pensamiento y de toda causa justos. Nuestro anarquismo, nuestros anarquistas, aquellos a los que queremos unirnos voluntariamente, aquellos con quienes constituiremos la libre federación, el libre pacto de unidad moral, son los que dignifican el ideal con la dignidad de sus vidas y de sus pensamientos, con la bondad de sus almas y la nobleza de sus actitudes, con la elevación de sus pensamientos y su esfuerzo perseverante, que edifica piedra a piedra, y deja, al morir, la inmortalidad de una obra y de una vida que no mueren porque viven, exaltadas y puras, en todos los corazones y en todas las memorias.

El anarquismo, los anarquistas son estos, somos estos, sí, que entre ellos, con orgullo, con ímpetu, con dignidad y con razón puedo contarme, me contaré siempre.

¿Qué importa que otros, indignamente, quieran ostentar y usurpar sin derecho este nombre glorioso? ¿Qué importa que surjan, como en toda idealidad, los fariseos, los escribas, los sacerdotes, los Judas, los aprovechadores de la doctrina pura y los sapos que sobre ella escupen? En el acervo ideal, ¿qué es lo que queda? La obra y la vida de un Kropotkin, la vida y la obra de un Reclus. ¿De qué sé enriquece el ideal: de esputos sanguinolentos de tísicos morales, que quieren emponzoñar con su miseria orgánica toda obra y toda vida florecientes; matar toda salud moral y acabar con toda lozanía del pensamiento, o de la tranquila tenacidad de nuestros sabios, de nuestros militantes, de nuestros bravos anónimos, que escriben silenciosamente grandes epopeyas del ideal, la mayor parte desconocidas?

En el ideal queda lo bueno, lo noble, lo digno, lo sano, lo sereno, lo puro, lo generoso, lo abnegado, lo leal, lo que se cimenta sobre una ética libre y superior y sobre un concepto elevado y firme de la dignidad y de las ideas. Lo demás se esfuma, desaparece, muere, sin dejar herencia ni sucesión, que el odio y la envidia son estériles, como las tierras pedregosas, impotentes, como aquellos a los que se privó del don de crear.

No he terminado aún.

FEDERICA MONTSENY.


II

LA TRAGEDIA DE NUESTROS LUCHADORES

ANTES de continuar tratando el lema de la unidad moral de todos los anarquistas que aceptamos el anarquismo tal como lo han ido elaborando nuestros teóricos, quiero tratar una cuestión previa, sentando las bases de una posición ante el mundo y las realidades que nos impone la relación colectiva con los que comparten nuestras ideas. Estas realidades, por duras que sean, es necesario no ignorarlas y ha de ser contando con ellas como debemos afrontar todos los problemas.

El ideal necesitamos defenderlo no tan sólo de la persecución autoritaria, de la oposición del mundo, no tan sólo de esas influencias nefastas que pretenden desviarlo y perturbarlo, sino que también debemos defenderlo en el alma y en la vida de nuestros luchadores, de los que lo encarnan y en ellos se ha hecho vida y corazón humano.

Debemos defenderlo en ellos y debemos defenderlo precisamente de nosotros mismos : de nuestras ruindades, de nuestra estrechez de criterio, de nuestra inconsciencia y de ese mal entendido iconoclasticismo que arrincona por inútil todo cariño y todo respeto.

Quizá ha sido el anarquismo el único campo donde se han cometido esos grandes parricidios morales que algunas veces costaron la vida física de ciertos hombres.

¡Oh, nosotros no hemos pensado nunca en la responsabilidad que como hombres y como anarquistas nos incumbe cuando uno de esos asesinatos morales se perpetra! Sobre nuestra conciencia deberíamos llevar perennemente el peso de nuestra gran culpa : culpa de todos, sí, porque aquellos que no son culpables directos, son cómplices con su silencio en el crimen.

Las persecuciones de los poderes constituidos, los sufrimientos que nos deparan nuestras ideas, esta lucha entablada entre nosotros y la sociedad burguesa, en donde vamos dejando, internacionalmente, jirones de nuestra carne y trozos de nuestra alma, ¿qué son, comparados con la amargura, con el dolor moral, con el íntimo y trágico derrumbe de ilusiones que nos espera a medida que vamos en nuestro ambiente comprobando las bajezas, los egoísmos, las crueldades, las ferocidades que lo pueblan, que han ido agostando, poco a poco, tantas y tantas mentes?

El movimiento de cada país tiene en su haber una o varias de estas víctimas. Cada militante que haya vivido un poco, tiene tras si y sobre sí el peso abrumador de esta amargura ; abrumador, porque es inesperado ; abrumador, porque cae traidoramente sobre nuestra espalda y nos aplasta y amenaza destruirnos moralmente.

Nuestra buena y santa Teresa Claramunt me decía un día, con lágrimas en los ojos y en la voz, que los años de cárcel, que las persecuciones, que toda una vida de trabajo, no los había apenas sentido. Todo lo sobrellevaba alegremente, pensando que era lógico que la sociedad burguesa se defendiera, que era legítima la lucha, que era leal la acometida, que era voluntario y gozoso el sacrificio de toda su existencia. Pero lo que había acabado con ella, lo que había destrozado su pobre corazón y minado su salud antes poderosa, eran las luchas asesinas, los ataques que hieren por la espalda, la lenta muerte moral que va matando traidora y solapadamente, porque el arma viene de manos que se dicen hermanas, y asesina con la insidia, con el odio, con la calumnia, con la bajeza, con la ruindad.

El anarquismo internacional tendrá eternamente sobre sí dos responsabilidades colectivas : aquella que ha ido produciendo la retirada de tantos y tantos militantes que abandonaron la lucha, no por temor a las persecuciones gubernamentales, sino sin fuerzas ya para resistir al asco moral que de ellos se había apoderado ante las injusticias y las lacras de nuestros medios, ante el acoso de que eran víctimas, por demasiado inteligentes y activos, de parte de los eternos y universales envidiosos e incapaces. Así, de esta manera, ¡cuántos hombres hemos ido perdiendo! El doctor García Viñas, que dejó la lucha militante, aunque no el íntimo amor y fidelidad a las ideas, es un ejemplo palpable y elocuente.

Y acerca de las victimas que nosotros mismos hacemos, sobre su conciencia tendrá siempre el anarquismo americano la muerte de John Most, asesinado moralmente porque no pudo resistir a la injusticia, al crimen que contra él se cometió y murió a manos de los que le calumniaban, de los miserables a los que nada decía su vida de sacrificio constante, de continua lucha, para los que la «Freiheit», baluarte glorioso del anarquismo de habla alemana, no era otra cosa que un modo de vida de Most y su familia.

Recuerdo que leyendo «John Most : La vida de un rebelde», de Rodolfo Rocker, mis ojos se llenaron de lágrimas al llegar a la caria de la viuda de Most, en la que, humilde y patéticamente, cuenta la gran tragedia moral de su pobre compañero, una de las siluetas más puras y más esforzadas del anarquismo ; uno de los hombres que más sufrieron en la vida y uno de los casos, el de su fin y la «Freiheit», que más deshonran a los medios libertarios.

La otra responsabilidad es de gran envergadura y entraña uno de los problemas universales del anarquismo. Quizá en otro articulo intentaré desarrollarlo. En este me limito a señalar simplemente su existencia. Es este el problema de nuestros intelectuales, de los hombres que tienen la desgracia de haber cursado una carrera, de dedicarse a un ramo del arte o del saber humano, y son anarquistas.

¡Oh, el tema, cuan complejo es! Diré sólo que he acabado por echarme a reir cuando algún anarquista despotrica contra el mundo burgués, su materialismo egoísta y las injusticias sociales, citando el caso de un Camoens, muerto de hambre y frío ; de un Cervantes, subviniendo penosamente a sus necesidades ; de un Wagner o un Beethoven, luchando con la miseria ; de un Poe, escribiendo febril de hambre sus poemas desgarradores ; de un Balzac, terminando una obra mientras aporrean la puerta acreedores iracundos. Pero, ¿es que en nuestros medios se tiene derecho a echar nada en cara a la sociedad burguesa? ¿Es que no somos nosotros culpables de un crimen mil veces peor que el que comete un mundo que tiene por norma la lucha por la existencia; nosotros, que deseamos mejorar moral y materialmente la condición del hombre?

Otra vez y en otro artículo pienso desarrollar el tema, porque no es este el propósito que en el presente me mueve.

EL IDEAL Y NUESTROS HOMBRES

Nuestra idealidad no es, indudablemente, una aspiración reducida, encerrada dentro del cuadro de una capilla o de una secta. Nuestro ideal es un propósito y un pensamiento generosos que pensaron hombres, por cuya realización lucharon y luchan hombres y que deberán gozar los hombres.

No obstante, el ideal, como todas las manifestaciones de la actividad, material o moral, del ser humano, se encarna en figuras que lo representan, que a él van agregando sus aportaciones individuales, las lecciones de su experiencia y el enriquecimiento de la evolución de sus mentes. Son representantes del ideal, propagadores del ideal, hombres del ideal y además parte intrínseca del ideal mismo, puesto que el ideal se va formando, adquiriendo carácter, historia, literatura, personalidad en la vida del mundo, gracias a su! esfuerzo, a su trabajo, por reflejo e influjo de sus personas. El ideal no es una verdad transmitida de ningún dios ni anunciada por ningún profeta. El ideal es una serie de ideas y de propósitos elevados y generosos que se van soldando unos a otros, constituyendo un cuerpo de doctrina que tiene por base la libertad y la felicidad del hombre.

Y el ideal tiene, por tanto, no sus profetas ni sus sacerdotes, sino padres e hijos de ideas. Los padres de hoy, fueron hijos dé ayer; los hijos de ahora serán padres de mañana.

Hacia un padre, el más elemental de los sentimientos nos reclama ternura y respeto ; nos dice que, si hoy nos sostiene en la debilidad de nuestra infancia, mañana nosotros debemos sostenerle en su senilidad débil. ¿Es que nosotros hemos abrigado nunca este pensamiento con relación a nuestros hombres? ¿Es que hemos pensado nunca en que debíamos respeto y amor de hijos a aquellos que son padres de nuestras ideas?

Nos hemos declarado inconoclastas. Iconoclasticismo, ya se sabe lo que quiere decir : brutalidad, ausencia de todo pensamiento delicado, de todo espontáneo y cálido movimiento de alma que nos aproxime, no a los ídolos, que aquellos que valen verdaderamente jamás piensan en serlo, sino a los padres ; que nos haga premiar, con nuestro cariño y nuestro respeto, el don de vida moral que nos han ido haciendo.

El ideal, que es no tan sólo el cuerpo de doctrina, el conjunto de ideas pensadas, sino también la serie de hombres que a él han ido aportando sus pensamientos y sus especulaciones, sus estudios y su experiencia, debe ser igualmente defendido en el alma de estos hombres. Porque cuando una de estas almas es herida por una saeta escapada de nuestras manos, una base, una riqueza pasada, presente y futura del ideal recibe el golpe.

El ideal necesita nuestra vigilancia de centinelas y nuestra actividad de militantes y nuestra unión espontánea y libre y nuestro amor de padres y de hijos.

Defender el ideal no es sólo escribir un artículo, perorar en un mitin, unirse libremente, pasar meses en la cárcel, morir en el patíbulo o en la horca. Defender el ideal es limpiarlo, dentro de nosotros, de toda suciedad moral, separarlo de todo impuro contacto, darle todo lo mejor de nosotros mismos : nuestros amores, nuestras ilusiones, nuestras más profundas ternuras y aquellas delicadezas que sólo se tienen para las madres y para las amadas o amados.

Defender el ideal es comprenderlo y respetarlo en sus hombres, en aquellos que lo han ido construyendo, que nos han ido formando a nosotros, para que a nuestra vez formemos nuevos hombres y enriquezcamos el ideal nunca cerrado ni finito, cada día más amplio y que, como dijo Tarrida del Mármol, jamás llegará a realizarse, porque cada día será una cosa más grande y más alta, más ideal, es decir, más imposible de ser realizada.

Defender el ideal es confundirlo con nosotros mismos, vivirlo en nosotros, honrarlo en nosotros, alzarlo en nosotros, de modo que él y nosotros no seamos más que una misma cosa. Defender el ideal es limpiar nuestra mente de toda idea ruin y de todo pensamiento emponzoñado; es ser continuamente los mejores de cada época, contando con que en cada época los hombres se van mejorando.

Defender el ideal es todo esto, pero ¿es que habrá algún lector que no piense, como yo en este instante, que el desventurado que se proponga defender al ideal de esta suerte será victima ofrecida a la rapiña y a la crueldad de todos?

DEL IDEAL A LA REALIDAD

Un hombre que pensara así, ¡qué horrible suerte sería la suya! ¡Qué negro y corto porvenir le esperaría!

Es preciso, pues, descender, de un golpe, del terreno ideal a la realidad, de la cumbre a que habíamos logrado levantar nuestra mente, al llano en que nos debatimos.

Aquellos que más virginidad de alma aportaron a las ideas, que más llenos de fe y de ilusión vinieron a la lucha, han sido los que, eterna y universalmente, antes fueron quebrantados, antes cedieron y se aislaron, huyendo, horrorizados, de la realidad asesina.

Yo he tenido la fortuna inmensa de venir ya con el alma fuera de su corteza candida. Lo confieso sin rubor, aunque no sin tristeza : he carecido siempre de esa buena fe inicial que se va perdiendo a lo largo de los años. Me he conocido a mí misma v he sabido comprender que, fogosa y exaltada como soy, la muerte de una ilusión habría sido para mí la muerte total e irremediable. Me he salvado de ella, negándome a las ilusiones. Lo he dicho hablando muchas veces : para no tener ningún desengaño, que en mí habría sido cuestión de vida o muerte, no me he ilusionado nunca. Como aquellos que sufren del corazón huyen de las emociones, he huido yo de toda ilusión y de toda esperanza. Esto me ha salvado, me ha acorazado el corazón contra toda traidora sorpresa, me ha armado de serenidad y de un vago e íntimo desprecio.

Comprendo que es horrible e inmoral lo que estoy diciendo, pero más horrible c inmoral es vivirlo, y yo lo vivo. Lo vivo, y me atrevo a decir que es la única solución que resta para salvar el ideal en nosotros y ante el choque duro de las realidades.

Esos pobres hombres que murieron deshechos, destruidos moralmente : Bakunín, herido de muerte por aquella monstruosa trama que logró deshonrarle y para la que han sido precisos todo el cariño y la tenacidad de un Nettlau para desenredarla y restablecer la justicia y la verdad histórica ; esos militantes retirados, no por temor a las persecuciones, sino por los desengaños ; Most, no resistiendo a tanta calumnia y a tanta miseria contra él desencadenadas ; Grave, sufriendo las acometidas de toda una jauría mordiéndole las piernas ; Malatesta, acusado de cobarde por individuos que no están en Italia, que no tienen setenta y cuatro años y que no han demostrado ni demostrarán nunca el valor por Malatesta siempre probado ; estos pobres hombres y cuántos más que han ido muriendo un poco cada día, destruidos por los mismos que se llaman hermanos (!), han sufrido y sufren tanto, han podido morir de sufrimiento porque no supieron establecer la suficiente diferencia y la distancia bastante entre ellos y el mundo ; entre el ideal que estaba en ellos y era ellos, y la realidad que eran los otros, todos los otros.

A aquel que veo ingenuo, lleno de ilusiones, de optimismo y de buena fe desbordante, le sentencio de antemano a una deserción próxima. Pienso : este no durará mucho. ¡Pobre muchacho! Está desnudo, en un país helado y erizado de matorrales espinosos.

Debe haber una gradación especial, una construcción singular de alma, que nos deje intacto, en nosotros, guardado y amado, el ideal y las delicadezas, las virtudes y las bondades que él da y asimila. Que nos haga ser, individualmente, un trozo de ideal vivido en cada hora de nuestra vida, en cada acto nuestro honrado y demostrado. Y ante los otros, ideal también individualmente, realidad colectiva, ante todos los otros, un mundo provisto de todos los elementos morales necesarios para bastarse a sí mismo, para dar siempre de si mismo, pero para no esperar, jamás, nada de los otros.

Aquello que damos, nos alegra y nos fortalece moralmente. Aquello que recibimos nos humilla. Y cuando esperamos recibir algo y no recibimos nada, ¡cuan hondo y profundo el desencanto y penetrante la herida! Debemos, pues, pensar en dar siempre y no confiar nunca en recibir nada : ni apoyo, ni comprensión, ni respeto, ni cariño. Aquello que damos, no es nunca ni debe ser nunca agradecido. Cuando lo damos, es que pedemos darlo. La palabra sacrificio debemos desterrarla por vaga e inútil. El sacrificio es inmoral. Aquello que hacemos, es que podemos y queremos hacerlo. Es un goce de sensación distinta y su premio está en el propio goce.

De este modo nos defendemos de nosotros mismos, de los demás, amigos y enemigos, defendemos el ideal, que nos tendrá siempre, porque la realidad no podrá destruirlo en nosotros.

* * *

Una vez terminada esta nueva y larguísima digresión, volveré a tomar el tema, en un próximo artículo, donde lo dejé en el anterior.

FEDERICA MONTSENY


III

LA TENDENCIA HACIA LOS ORÍGENES

EN otra parte de este mismo número, reproducimos un artículo publicado en «La Protesta», de Buenos Aires, que trata de esa crisis universal del anarquismo, crisis de ideas y de individuos, cuya solución no se ve por parte alguna. No se ve la solución, porque aun son muchos los que se niegan a comprender la causa, los que no atinan con los motivos que nos han llevado a este problema internacional, a ese desquiciamiento que amenaza quebrantar las bases más firmes del anarquismo; pero que no las quebrantará.

En el mencionado articulo se habla de generaciones revolucionarias educadas por el fascismo. Es cierto. La palabra fascismo no debemos circunscribirla a un país, ni a la sota etimología de partido armado que logró apoderarse del Poder en Italia. El fascismo ha devenido ya un estado latente en la conciencia humana contemporánea. Buscar los orígenes de ese estado de ánimo, de esa posición ante la vida, reclamaría un estudio largo y profundísimo, perdido ya en los dominios de la psicología experimental y de la filosofía de la historia. Desde luego, no es la primera vez que semejantes fenómenos se dar en la vida humana. La cronología de los hechos históricos ofrece otras manifestaciones esporádicas de degeneración moral, de reacción y retroceso mental colectiva, abarcando todos los aspectos y todas las ideas de las apocas respectivas.

Cada hora tiene su mata, como cada estación sus flores, como cada edad sus problemas y sus inquietudes. Cada época tiene sus característica histórica y algunas veces la característica histórica de las épocas se resulte a lo largo de los siglos.

Así esa manifestación de fascismo internacional, del que forman parte el propio comunismo de Rusia y todas esas tendencias autoritarias que se pretenden introducir en el anarquismo y que se introdujeron en el sindicalismo, haciéndole adoptar esas maneras dictatoriales, de imperialismo y centralismo, en pugna con la tradición federalista, con las normas de organización inauguradas por la primera Federación Regional Obrera Española y que no eran más que reflejo fiel de los procedimientos orgánicos de la primera Internacional.

Una reacción paralela, como esta disfrazada de renovación y de innovación, fué la Reforma ; reacción contra el paganismo que renacía en Roma, contra la libertad de costumbres que la Iglesia, atacada de humanismo, permitía e impulsaba. Entonces como ahora, surgieron los hombres providenciales, los que quisieron salvar el mundo, los que, atrincherados tras a barrera eterna del fin supremo, continuaron la tradición de intolerancia y puritanismo de la religión cristiana.

Así Calvino y Lutero y Bokold, Calvino, figura siniestra, que sólo tiene su igual en la de Felipe II, fué la encarnación más terrible y odiosa del hombre providencial, del Lenín religioso, que, en aras de su respectivo fin supremo, esclavizó, sometió, torturó, mató sin piedad. La muerte de Servet, en sus manos, simboliza la lucha y la gran tragedia de todas las épocas en uno desús momentos: e espíritu de independencia, la personalidad humana encadenada, vencida, sometida momentáneamente a la fuerza monstruosa que arrastra tras de sí, como reacción química del atavismo, como consecuencia de la fuerza centrípeta del cuerpo social, todo aquel que tiende hacia los orígenes de la Humanidad. Lotero, hombre de buena fe, es d hombre providencial esclavo de su propio empeño salvador. En cuanto a Bokold es el gran tragi-cómico de esa tragi-comedía universal: es el comediante que representa bien su papel, que engaña y se nutre de la imbecilidad y la cobardía humanas: es et Mussolini de ayer.

Tras grandes sacudidas históricas, tras esfuerzos excesivos de] espíritu y Ja acción humanos, acostumbran a venir esas reacciones, esas degeneraciones del genio evolutivo de la humanidad. La Reforma siguió al Renacimiento. Tras un siglo XIX rico en hombres y en ideas, vino la guerra, catástrofe social que inauguró a una generación y a una era de reacciones, de tendencia hacia los orígenes de la Humanidad.

Es conveniente buscar, lejos las causas de esto que tenemos cerca de nosotros. Cuanto más empequeñecemos y reducimos un problema, tanto más nos apena y atormenta su existencia; si, por el contrario, lo sumamos al conjunto, lo vemos en sus medidas exactas ; simple chispa, esquejo o salpicón de algo históricamente lógico y actualmente universal, establecemos las naturales dimensiones y somos capaces de encontrar, si no la solución, tanto más difícil cuanto más complejo es, por lo menos la suficiente serenidad para no dejamos llevar del pesimismo, para recobrar la calma y no abandonamos a esas desesperaciones pueriles que han hecho equivocarse a tantos sabios.

LA ENCRUCIJADA EN QUE NOS HALLAMOS

Es este uno de los grandes momentos críticos ; la Humanidad vive una hora de reacción, de tendencia hacia sus orígenes. Todos los instintos primitivos, las ideas primarias del hombre, reaparecen y se manifiestan obscuramente, como vemos revivir, en los nietos, los gestos, las facciones, los caracteres, los defectos y las enfermedades de los abuelos. A veces la revivencia se retrotrae y se remonta a algunos siglos.

La Humanidad evoluciona a saltos: dos hacia adelante, uno hacia-atrás. De aquello que ganamos en los dos saltos hacia delante, dejamos una parte en el salto hacia atrás. Y fijémonos bien : cuando adelantamos en un orden de conocimientos y de actividades humanas, no adelantamos en otro. El siglo pasado fué siglo de ejercicio, de adelanto del pensamiento. Este siglo es siglo de avance mecánico: Las ciencias aricadas progresan ; se realizan todas las maravillas de la electricidad, todos los prodigios del aire; todas las epopeyas de la onda y del átomo, captados y utilizados es beneficio del animal humano.

Las ciencias morales, el cultivo del pensamiento, la especulación filosófica, permanecen estancadas. Nos limitamos a repetir la historia, a manosear las teorías, a darles vueltas, a desquiciarlas y a bracear en el mundo del empirismo filosófico, resucitando posiciones y actualizando tendencias muertas. Se ha interrumpido el ascenso moral, lógico y paulatino ; sólo, como consecuencia de algo universalmente sentido, de una formidable eclosión, hasta ahora contenida y ahora desbordada, hemos avanzado en el terreno de los problemas sexuales, que hoy se debaten, cuando menos, aunque no hayan hallado la solución adecuada.

En los otros aspectos del pensamiento humano, podemos decir que nos hallamos en una encrucijada, detenidos en el cruce de múltiples caminos: no avanzamos, indecisos, no sabiendo por cuál tomar, Y en la indecisión nos asaltan todas las dudas, todos los sobresaltos, todos los temores ancestrales : renacen en nosotros, en el reposo, en la obscuridad de una noche moral humana, las obscuras humanidades de nuestros antepasados, los temores pueriles de una existencia primaria. Y son ellos los que hacen renacer la mentalidad de rebaño, el movimiento instintivo de acoplamiento, de reunión, de subconsciente gregarismo de los tropeles primitivos, de las hordas agrupadas para la defensa y el ataque.

Y es, en este momento, cuando surgen los pastores, los hombres providenciales; las aspiraciones rudimentarias en las masas retrotraídas al primitivismo, la característica mesiánica en los eternos conductores, jefes de tribu en la antehistoria de las sociedades, sacerdotes ayer, héroes más tarde, caudillos militares luego, caudillos políticos u obreros en este hoy que se extiende dentro de un ciclo de 50 años.

¿Cómo era posible que el anarquismo no sufriese también de esa parada, de los íntimos asaltos ancestrales consiguientes a ella, de los efectos que todo eso trae aparejados, si el anarquismo forma parte de la especie humana, si está sujeto a todas las variaciones y reacciones y revoluciones inherentes al hombre y sus sociedades?

Los ha sufrido y los sufre, los sufrirá por algún tiempo. Y que reconozcamos el mal, y la apreciamos y lo cataloguemos, no quiere decir que nos sometamos a ésa especie de fatalismo filosófico. No es posible ni conveniente adoptar esa posición de no resistencia al mal. Al mal debemos resistirlo. Oponernos a su avance y aunar todas esas fuerzas que hayan podido ser salvadas; todas esas voluntades y todos esos pensamientos que, universal y eternamente, han podido, pueden y podrán salvarse de esa fatal, repetida y sucesiva tendencia hacia los orígenes. Todas esas individualidades que han sido flores de los inviernos humanos y que han simbolizado a la personalidad, a la independencia y al genio evolutivo de la especie, si un día muerto en uno o en cien hombres, siempre, como perenne Fénix, en uno y en cien hombres renacido de sus cenizas, prolongado, superpuesto, reencarnado espiritualmente de tal forma que no ha dejado, no deja ni dejará de existir un solo instante.

LA TRADICIÓN DE LA INDEPENDENCIA

Formaremos, naturalmente, minoría. Seremos, naturalmente, los menos y nos esperarán días y luchas cruentísimas. Deberemos oponernos, con la sola barricada de nuestros pechos, con la única fuerza de nuestra personalidad y de la justicia y el derecho que nos asisten, a la acometida universal de los rebaños, dirigidos por los pastores que, eterna y universalmente, han sido los enemigos naturales, los polos opuestos de los hombres independientes. Deberemos sostenernos pacientemente en nuestro sitio, en la defensa desesperada de nuestras posiciones, del ideal que asimilamos y soldamos a nuestra vida, del ideal en el que pusimos la razón de nuestra existencia y al que convertimos en objetivo y meta de ella. Y, en él, sin desmayo, con estoicismo y dispuestos a esperarlo todo, a resistir todos los males imaginables, aguardar los refuerzos que vendrán luego, que saldrán de estos mismos rebaños contemporáneos, de estas mismas generaciones educadas por el fascismo, pero en cuyos hijos renacerá la estirpe humana de los abuelos, de los que escribieron las epopeyas revolucionarias del siglo pasado, de los que exaltaron al espíritu humano en el romanticismo y murieron sacrificados en la pira de las libertades del pueblo.

Pero como la vida no habrá pasado en vano, como no existen ni se dan dos cosas exactamente iguales, será también distinto el proceso, lo viviremos de distinta forma. y será también otra la idealidad de estas generaciones nonnatas, que habrán sufrido nuevas experiencias, que vendrán a la vida dejando tras si y trayendo con ellas muchas inquietudes y muy hondos problemas.

Nuestro propio anarquismo será otro. Será otro y el mismo, pues es sólo a esta admirable prerrogativa de evolución y renovación, de aportación y ampliamiento, a lo que debe el ideal ácrata sus condiciones de eternidad. En él hay un margen ilimitado para el progreso y la formación del hombre. No es únicamente su futurismo contemporáneo lo que garantiza a las ¡deas libertarias el dominio del porvenir. Es toda su característica de amplitud sin límites, de meta infinita, de visión perdida en el océano del mañana, sin frontera alguna, sin norma ni coto alguno.

Y es precisamente todo esto, también, lo que más indefenso lo deja ante los asaltos actuales. Por lo mismo que no tiene límite, ni están delineados sus terrenos, ni nadie puede otorgar patentes de anarquismo, mejor pueden introducirse en él de contrabando las perturbaciones, las perversiones, los elementos extraños, las tendencias hacia los orígenes que amenazan detener su curso de ascenso natural y paulatino.

Mas puede haber una contraseña que nos reconozca a todos los buenos, una palabra cabalística, un gesto universal que nos indique cuáles son los que han aportado al anarquismo el enriquecimiento de sus vidas y de sus ideas, y cuáles los que no van impulsados por otro fin que sus destinos propios, los que no han podido salvarse del aire de la época; los que, también en el anarquismo, están educados por el fascismo.

Por esto dije que alrededor de la a «Síntesis anarquista» deberíamos irnos agrupando internacionalmente todos los anarquistas: todos aquellos que aceptamos, en líneas generales, aquellas bases sobre que se asienta la idealidad, para lanzarse, desde ellas, hacia todas las audacias del pensamiento y las valentías de la acción. El anarquismo tiene sentados unos principios primordiales, de donde arranca la idealidad y que universalmente aceptamos: la desaparición del Estado, la implantación de una sociedad sin gobierno, la independencia del individuo, la libertad del pensamiento, la igualdad sote la vida, la pugna por establecer un orden social que asegure el libre desenvolvimiento de todos los seres.

Todo esto no puede ni debe ser modificado. Aportemos, cada uno, aquellas innovaciones y aquellos enriquecimientos que estén en nosotros, pero que sean, todos ellos, más avanzados que las bases primarias de la idealidad. Y no vale presentar como nuevas ideas viejas ; pasamos de contrabando productos averiados, pintarnos de nuevo, como hacen los chalanes, burros ideales desdentados y despelados. No vale jugar a los vocablos y al escondite con las ideas ; malabarear con los conceptos y cultivar el sofisma y la redundancia.

Nuestras ideas son claras, definidas y terminantes. Tienen una historia, una literatura, una riqueza en vidas incalculable. Son tan meridianas que todo en ellas se transparenta. No caben, pues, ni velos ni aguas turbias.

Y como todos los campos son libres, y están abiertas todas las puertas, en ellas y de ellas se sale y se entra con facilidad increíble. No es necesario, pues, que nadie haga las ideas a su imagen y semejanza, si no tiene bastantes virtudes para hacerse a imagen y semejanza de ellas. El mundo es amplísimo y en esa encrucijada en que nos hallamos son múltiples los caminos que se ofrecen para atraer los rebaños, confusos y desorientados, que en la rotonda se agolpan. Que sigan, aquellos que tienen aspiraciones de pastores, aquellos que tienen decidida vocación para ser esquilmados, las rutas por donde podrán transitar fácilmente los segundos tras los primeros.

Pero los que conservamos la dignidad de nosotros mismos, los que queremos continuar la tradición de independencia del espíritu humano, los que nos hemos salvado de esa educación fascista; los que tenemos el amor, la voluntad y la obstinación del ideal, estos, donde siempre estuvieron, eterna y universalmente, los que, frente a la tendencia hacia los orígenes, fuerza centrípeta del cuerpo social, opusieron la fuerza centrífuga, la tendencia hacia el superior destino, que nos impulsa y nos dirige hacia el porvenir.

* * *

Estos artículos siguen coordinación escasa. No obstante, algo les va ligando unos a otros y acabará de soldarlos cuando dé por bastante desarrollado el tema, ofreciéndolo a la mejor pericia y más profunda inteligencia de los que lo hayan visto de otra suerte o acierten a suplir todas mis deficiencias.

FEDERICA MONTSENY


La Revista Blanca 7 no. 134 2nd series (15 Diciembre 1928): 389-393.

La Revista Blanca 7 no. 135 2nd series (1 Enero 1929): 422-426.

La Revista Blanca 7 no. 136 2nd series (15 Enero 1929): 458-461.

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Max Nettlau, “Alrededor de la ‘Síntesis anarquista'” (1929)

Alrededor de la “Síntesis anarquista”

Apreciados camaradas :

Me habéis remitido la «Síntesis anarquista» de Sebastián Faure, fechada en 20 de febrero de 1928, y tengo la seguridad de que reeditaréis este documento notable, o que, por lo menos, lo daréis a conocer a vuestros lectores. Bajo esta condición me permito emitir algunas notas a este asunto que es, no cabe duda, de un interés capital para el movimiento anarquista de todos los países.

Hace cuestión de unos treinta años que yo también llegué a conclusiones semejantes, a saber que no podemos prever la situación económica, u otra, desde el principio, y aun menos en las etapas ulteriores de una sociedad libre ; no podemos predecir las disposiciones nuevas del hombre de estos tiempos futuros; tampoco podemos adquirir hoy, por la experimentación, suficientes y claros conocimientos sobre el funcionamiento práctico de los métodos de producción y distribución.

Todo esto exige que nos ocupemos tanto del lado económico como de los demás aspectos prácticos del anarquismo, como de alguna cosa sobre la cual podamos fundar hipótesis, pero referente a las cuales no somos capaces de emitir afirmaciones positivos. No podemos ser más que agnósticos frente a todas estas consideraciones prácticas. Podemos tener una preferencia sentimental para una u otra de las distintas posibilidades, y tenemos, también, el derecho de decir que si se presentara la ocasión de practicar nuestras ideas, tendríamos la libertad de obrar como mejor hubiésemos escogido por nuestra propia voluntad y no de la manera que nos quisiera imponer una mayoría cualquiera (todo esto naturalmente dentro de; los limites razonables, es decir, si nos vemos metidos en ello por motivos serios y no por simple capricho, que entonces sería perjudicial para los demás). En consecuencia, lo que habían dicho los primeros anarquistas comunistas y lo que dejaron expuesto Proudhon, Tucker y los anarquistas individualistas, en favor de sus respectivas soluciones económicas, forma una documentación de gran valor, pero no pueden marcar una salida. La situación se parece al origen de una raza cuando la inteligencia y la presciencia humanas—por esfuerzos que hagan—no pueden producir más que conyunturas con respecto al ganante, puesto que el resultado permanece siempre desconocido, al poder ser siempre derrotados los favoritos por cualquier simple outsider.

La lectura de los periódicos antiguos me ha demostrado que este asunto fué también discutido en España hacia fines del año 80, cuando los anarquistas colectivistas más inteligentes, apurados por los anarquistas comunistas que representaban, a su parecer, una doctrina más joven y más perfecta, propusieron adoptar el nombre de anarquista simplemente, de anarquista sin otro epíteto, dejando a cada uno la libertad de escoger entre los arreglos económicos colectivistas y comunistas. Tarrida del Mármol y Ricardo Mella eran los que más amplio criterio tenían en aquel tiempo, y Mella propuso esta idea internacionalmente en una relación que escribió para el Congreso Internacional Anarquista de París, de septiembre de 1900 que, dicho sea de paso, no pudo celebrarse abiertamente ; pero la relación fué publicada completamente en 1901, con motivo de haber profesado los mismos principios la propagandista Voltairine de Cleyre, en una conferencia sobre el anarquismo dada en Filadelfia y publicada por la Free Society : sostenía ella que cada tendencia del anarquismo tenia su base histórica y local y sus adherentes fervientes, pero que ninguna tenía derecho de superioridad hacia las otras puesto que las cuatro tienen aún que demostrar lo que pueden hacer cuando sea posible la experiencia. Puede también afirmar que Bakunín se había limitado siempre a esbozar solamente el primer paso, la piedra fundamental inicial de la sociedad libre, declarando que era cuestión del pueblo del periodo correspondiente el continuar la construcción sobre esta nueva base segura y sanamente libertaria. James Guillaume, en su esbozo de una sociedad libre (1874-76) había previsto un desarrollo gradual de las bases colectivistas hacia las comunistas que dependían del acrecentamiento de la abundancia (base indispensable del comunismo), y hasta Kropotkín, en su prefacio del 5 de diciembre de 1919 a la edición rusa de «Palabras de un Rebelde», se da cuenta de que la situación inicial después de una revolución podría ser tal, que se hiciera imposible la realización del comunismo integral.

Pero en los años 1898-1902, a los que me remontan mis recuerdos, los Tarrida, Mella, Voltairine de Cleyre y yo éramos solos o casi solos, contra todos los que estaban profundamente convencidos de que su propia variedad de anarquismo era absolutamente justa y que las variedades disidentes eran absolutamente falsas. Conozco este exclusivismo fanático, porque fui víctima de él durante muchos años ; casi todos los camaradas lo fueron y lo son aún. Traté de discutir la cuestión con Kropotkín en una conversación y por carta que dio el lamentable resultado que puede verse por su misiva fechada en 5 de marzo de 1902 y mis explicaciones al margen de dicha carta («Plus loin» »927). El Freedom, de Londres, me habla proporcionado varias veces la ocasión de exponer en él mis opiniones sobre este asunto. La última vez fué en febrero de 1914—y especialmente en un artículo que fué impreso una docena de años más tarde en el «Road to Freedom» de New York, sin que yo lo hubiese sabido de antemano (en este caso habría podido modernizarlo), y de donde pasó a los periódicos anarquistas italianos, que lo discutieron. Si comparo la actitud negativa de todos, en 1914, a las opiniones expresadas en 1926, noto un marcado progreso de la amplitud de criterio y un retroceso del exclusivismo; pero ambos creo que son aún insuficientes para que pueda instaurarse la verdadera camaradería amistosa allí donde reinan desde ha mucho tiempo el orgullo, el fanatismo y la fe ciega.

* * *

¡ Ojalá la actual iniciativa de los camaradas franceses tenga mejor suerte ! Dado el espectáculo de la absoluta intolerancia bolchevista que siembra la ruina y la destrucción física de los socialistas de todas las tendencias, y el espectáculo de la invasión de un fanatismo despiadado en el seno de los movimientos ruso y francés por la plataforma y por cierto reciente congreso, la rebelión se hacia inevitable, la copa estaba ya llena ; el esfuerzo hacia una esfera de amistosa camaradería debe ser sostenido hoy con una gran fuerza de propulsión inicial. Dejemos que esta impulsión se desarrolle y que el trabajo se haga en gran escala ; dejemos que los fanáticos se unan entre si ; pero hagamos que los camaradas de sentimientos sociales se den las manos. Los frutos del fanatismo están ante nosotros, desde 1917, en el bolchevismo y el fascismo, y de la misma manera que con el tiempo, todos los fanáticos del mundo se arrimarán a estos dos polos magnéticos de la autoridad y de la antihumanidad, debemos esperar que nuestro polo de libre camaradería, de tolerancia mutua y de benevolencia atraerá a todos los elementos libertarios y sociales de la humanidad, sean actualmente conscientes anarquistas o no. Por demasiado tiempo, la humanidad había visto dos fases en el anarquismo—la profesión del mayor amor y respeto hacia la libertad, y la preconización de un remedio único de solución económica, arreglado ya de antemano…—contradicción manifiesta que, tengo la completa convicción de ello, ha debilitado considerablemente el poder de atracción del anarquismo para los que razonan, y ha hecho de él, ante todo, una cuestión de fe o de creencia, de preferencia personal y de sentimiento.

Me permitiré manifestar que la «Síntesis Anarquista» no expresa, a mi parecer, lo que habría podido ser, o lo que se le debería de haber hecho.

Nosotros rechazamos este anarquismo destilado, aislado, artificialmente construido y que se niega a combinarse con un anarquismo de otra tendencia—trato de situarme en el terreno de la comparación química de S. Faure—rechazamos el producto aislado, el producto único. Muy bien. Mas, ¿por qué saltar de allí a la síntesis, por qué reunir las diversas partes constituyentes? Una evolución así, puede ser, d algunos experimentos, una variedad; algo que podemos ver y preparar por anticipado, como el funcionamiento de una de las hipótesis económicas aisladas. Además, si por ejemplo, diez grupos estuviesen compuestos de uno a diez de cada una de las tres variedades del anarquismo, se obtendrían diez síntesis diferentes y estas cambiarían si la proporción de los miembros fuese diferente ; ninguna de estas síntesis estaría necesariamente segura de poder responder a las necesidades prácticas reales de las situaciones locales o de! momento. Y los que desean permanecer libres, rehusando toda ingerencia, no querrán ser «mezclados» o combinados sintéticamente, o hasta arrojados en el mismo crisol para ser allí amalgamados sintéticamente.

Me parece que la palabra síntesis habría debido ser reemplazada por simbiosis, «convivencia», cohabitación, es decir, camaradería amistosa sin ingerencia entre todas las tendencias de opiniones, su marcha y actividad, en un terreno de amistad recíproca, hacia una finalidad común, cada uno por sus propios medios. Unirían sus fuerzas para fines prácticos determinables—cosa muy deseable—, pero no sin necesidad o regularmente. Podrían estar en relación por medio de los miembros que obran en dos o varios medios, si lo desean, o en la proporción por ellos deseada. Si todo esto acabará algún día por llevarnos a nuevas combinaciones más o menos estables, a síntesis, es cosa que ya veremos, pero no debemos ni forzar ni influenciar tales desarrollos.

Queremos simplemente reemplazar el exclusivismo por la camaradería, la fe ciega y la afirmación orgullosa por una actitud critica y no queremos, para los anarquistas, fronteras con vigilantes aduaneros—guardianes de la pureza de las doctrinas—exactamente como los que son verdaderamente internacionalistas no quieren fronteras entre territorios y Estados que, inevitablemente, son hostiles entre sí igual como lo son las doctrinas. Las doctrinas son tan poco sociales como los Estados, y muchas de nuestras acciones cotidianas, incluso entre los anarquistas, las hacemos inconscientemente bajo pautas autoritarias y estadistas. Exclusivismo nacional, de Estado, de guardianes de doctrinas, sindicalistas, anarquistas (por la palabra, por escrito o por medio <ie fusiles y prisiones, como en la Rusia actual), organización en gobiernos, organizaciones obreras, por federaciones anarquistas o grupos, y muchos otros fenómenos del mismo orden. Todo esto, aunque manipulado por manos anarquistas, pertenece al tipo autoritario y no puede simplemente ser asimilado por el espíritu libertario y debe, temprano o tarde, cansar a los más abnegados camaradas.

Existen, no obstante, muchos medios en los que el espíritu libertario puede prosperar inconscientemente y sin embargo, a conciencia. Me refiero a los productos de la vida social verdadera ; los talleres en todas las esferas del trabajo útil, en los que la competencia material conduce a un trabajo eficaz y exige la estrecha cooperación de todos ; la esfera de las ciencias y de las artes donde todos trabajan con ardor para objetos que interesan a todo el mundo : la capital, la ciudad, la villa, el pueblo, donde gente de todas las profesiones y ocupaciones, de todas las opiniones y nacionalidades viven unos al lado de otros como habitantes y que, por lo menos, tienen esto de común : el deseo, generalmente, de llevar una vida tranquila sin la menor ingerencia, y que no haya guerra entre ellos. En estas comunidades, de pueblo a metrópoli, la convivencia social está realizada en un grado inexistente entre Estados y naciones y que cada vez se hace menos posible existir. Estos medios son los modelos que los anarquistas desembarazados del lastre del exclusivismo y del fanatismo, deberían imitar y encontrarán en ello un trabajo incesante: progreso, grande o pequeño; cooperación de toda especie, emulación a fin de alcanzar una eficacia más elevada y otros factores semejantes del verdadero progreso. Pero no encontrarían en ello síntesis prematuras (o sólo la encontrarían acá y allá como obstáculo al progreso), sino solamente la convivencia, la benevolencia mutua, la emulación amistosa, toda clase de esfuerzos, gracias a los cuales la colectividad puede alcanzar, de una manera independiente, grados muy elevados de eficacia y perfección.

Por estas razones, queridos camaradas, estoy contra una síntesis al principio, porque ella resultaría una hueva inmovilización ; y estoy en favor de sentimientos amistosos hacia todos los que, no siendo exclusivistas, prueban que pueden obrar como libertarios. Los exclusivistas serán, tarde o temprano, reabsorbidos por los autoritarios, a quienes pertenecen por su mentalidad. Es ya tiempo de que el anarquismo dé este paso en dirección al progreso ; es sólo apenas un paso ; de momento, nuestro ideal sólo necesita librarse del fanat,ismo exclusivista, estrechq en el cual entró desde hace tiempo, gracias a la inexperiencia, a la superafirmación y a la impulsión febril, y donde todo vegeta desde hace años en el estancamiento y el aislamiento.

MAX NETTLAU


“Alrededor de la ‘Sintesis Anarquista’” La Revista Blanca 7 no. 141 (April 1, 1929): 616-619.

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Max Nettlau, Authority and Freedom (1929)

Authority and Freedom in Their Ages-Old and World-Wide Struggle.

[minimally edited; most spelling, punctuation, etc. is Nettlau’s]

Many of us who know and feel the beauty of the anarchist ideal, are struck and at times disheartened when they see what a small place anarchism seems to hold in modern life and thought. It is indeed strange to see the disproportion of the numbers of those whom our always strenuous propaganda reaches directly and the many hundreds of million[s] on this globe who are under the sway of immensely developed means of determined, mostly forcible propaganda, by press, pulpit, politics and every other kind of publicity, in the interest of capitalists, militarists, priests, Bolsheviks, social democrats or of simple emptyheadedness, the loads to be filled by organized réclame for the fashion of the hour in hats or neckties or the latest religion or conception of the mysteries of life. From the huge North American world, worshipping business and success, success and business, to the immense Russian world, apparently struck dumb in admiration before the benefits which a benevolent Marxist dictatorship heaps upon it, to the distorted and distracted mentalities of the many European countries of which, a few neutral nooks and corners excepted, not one has recovered a mental equilibrium since 1914 and all abandon themselves to authoritarian regimes, cloaked or cynically unbared like Mussolini’s,—everywhere authority appears paramount. And what [is] more, the socialist and labour parties, swelled into dozens of millions of nominal adherents by now, are part and parcel of these orgies of authority: not only the bolshevist usurpators come from their ranks, but the men at the head of the largest European countries, the Briand, Macdonald and Snowden, Hermann Müller and Hilferding, and the men who represent the deepest abysses of reaction, the Mussolini and the Pilsudski.

Does this, then, means that modern mankind has finally taken sides for authority and the modern proletariate for authoritarian socialism in whatever form, suave or crude, it is crammed down its through, and that there is no hope left for freedom and its most thorough and complete exponent, anarchism?

By no means this is the case, in my full conviction. Only the quickened pace of evolution, leading first to the period of sterile convulsions, in [the] midst of which—who knows at which stage of it?—we linger, before a salutary revolution sweeps away the dross and gives space and light to the many healthy elements disposed to build up a free society, only this convulsionary crisis made so many masks fall of[f], so many scales fall from eyes, and we see things very much clearer than before and this is a good advantage in any case, and can and ought to be made a much greater one, if we examine these new aspects with attention and drawn the right consequences from it and act upon this new insight. But to explain my meaning and put forward my hypothesis, I must go back into the past and try to get at the roots of certain matters. In the still young intellectual life of applied freedom, that is anarchism, little, if anything, is as yet finally settled and in a real living organism this could not well be otherwise; from apparent stability the road leads to decay and death.

However authority may primarily derivate from experience and protection and their imparting for the benefit of the weak, however freedom to the weak, say, to a newborn child, may under some circumstances mean abandonment and ruin, [2] and how salutary the delicate fusion of both may be in some cases like the mother’s care for the helpless infant and an intelligent teacher’s co-operation with his ignorant pupil, yet is could not be expected that delicacy, adequate equitable solutions should be found and made to prevail in this respect in the innumerable relations between men which their life, rising from primitivity into always more complicated forms constantly made and unmade and formed again.

Hence authority an freedom both natural functions within their spheres, expanded, competed, wrestled, intermixed and entered strange combinations, producing the rough and coarse fabric of early forms of organized society with both authority and freedom in almost every case in the wrong place and seldom, if ever, in the right place. Protection then became domination, education became severity and enforcement, freedom became privilege and tyranny, the social use of things was replaced by their private use, property, and by the ceaseless accumulation of property, monopoly, with the corresponding spoliation of the weaker, the propertyless who became the enslaved. In this first great struggle then, as presumably those who hold authority by means of experience and strength and talent were superior as a fighting element to those who stood up for their freedom, but were yet immature, weak and inexperienced, the authoritarians have won and had their own way from these immemorably prehistorical days to this present day, a long spell of time, which however, if mankind is to reach a really humane stage, worthy of it, such as its best thinkers and prophets always foresaw, is still but an initial stage of its development.

So the prospering and prominent authoritarians of the present glorious epoch have really nothing to be very proud of, except the extreme vestustity and obsoleteness of their system. They are still the worthy direct descendents of the caveman, they knock their opponents on the head as those did and they have perfectioned the instruments of mutual destruction and the implements of keeping their slaves (mostly called fellow citizens or even tovarishes) in submission to a degree which would strike the caveman with awe and win their full support. This, then, is the result of an evolution where freedom was systematically eliminated and authority was interbreeding: only deformities could be the products. Whether the worst stage is reached or what may yet be before us, we cannot foresee.

Turning away from this sore spectacle, let us look at the history of freedom, relegated to the background and ill-treated by brute authority, but never uprooted, never admitting to have been beaten, always bravely struggling forward.

Driven from public life and from the access to the riches of the Earth, henceforth usurpated by monopoly, freedom lived in individuals, in private life, in the feelings and sometimes the actions of anonymous collectivities; its sphere were intellect and feelings, thought and conduct. Its products were sociability and science, ethics and human dignity in conduct, sometimes rebellious defiance of authority and hard blows struck at authority. Life which would have been impossible in the hellish whirlpool of authority—just as it is felt to become intolerable in countries under a super-authoritarian pressure, with no free breathing air, as fascist Italy and bolshevist Russia—owes everything to freedom, every lightening of its crushing burden, authority and monopoly, every mitigation of the primitive [   ] mentality of the victims of authority, those who wield it and those who submit to it, every progress in knowledge and its application in practical life, everything then, indeed. [3]

As the use of intellect, the essential factor enabling experiment, research and valid progressive results, is dependent of conditions of freedom, and as the thorough applications of such results is equally dependent, in its degree of efficiency, from the most favorable conditions which are those of the least quantity of obstacles, that is, of the greatest quantity of freedom, it is evident that freedom is the most vital factor in the development of humanity and that authority—the nearest plausible solution for very primitive people—must step back and if, as is in its very nature, it resists, it must be overthrown. For authority is by its very origin a conservative, a non-productive, non-creative factor; it can impart acquired experience, but it cannot acquire experience itself. It is merely executive, not thinking. It is only capable to obey orders or to outstep them in a wrong direction, making things worse. It is like the sentinel placed to guard a pile of wood and which will be stationed in that place for a hundred years, if not countermanded by a new order. In exactly this way centenarian and older laws still weigh upon us. The result is that the results of free human intellect, created usually under most difficult conditions, are always applied in a still more imperfect and obstructed way and mankind benefits by them indefinitely less than it might under the free play and exercise of freedom.

So authority is pertinently the most antisocial factor, as freedom is the most social factor, and humanity is bound to understand this and then to act upon it, and in this lays our unquestionable and best founded hope for an evolution towards conditions favorable to the realization of anarchism. Antisocial forces by and by get out of touch with the living world and become unfit to live; just as this happened to the prehistoric overlarge and ill-proportioned fauna, from the ichthyosaurus to the diplodocus, so the unsocial State organisms and the parasitic capitalist [   ] will die off and live-fit, right proportioned, efficient and associative organisms will take their place.

This great task, to replace uncouth, inefficient, grasping and wasteful authority by the operation of brisk, efficient, sociable and disinterested freedom is the one great problem of human progressive evolution and all men and collectivities of real value have at all times worked for it in the most varied ways and in every domain, whilst all domineering and parasitic elements, all vested interests centring in their conservative egoism, have bitterly opposed it, by all means, among which the mental enslavement of the uneducated toiling disinherited masses has always been the most efficient one. They made these victimized masses worship authority, God and their kings and masters, and fostered that spirit which Etienne de la Boëtie in the sixteenth century already called the spirit of voluntary servitude (servitude volontaire), a spirit not only of resignation and fatalism, but of real auto-suggestion of the innate rightfulness of submission and obedience, the spirit which in the English language some generations ago created for the rich and middle classes the unchallenged description as “your betters,” “our betters,” as if two races of man had been “created by God,” the “vile multitude” and the “betters”!

Resistance and rebellion against the all pervading authoritarian system must therefore be all-embracing also, comprehending the intellectual, social, political, oral and every other domain, as everything was and is misshaped and travestied by authoritarian influence, for the keeping up of privilege and monopoly. This absolutely necessitates the universality of the struggle for emancipation which must be total, intellectual, social, political, moral, sexual, ethical, artistic, etc. All these efforts have their own rhythm, methods, chronological and local conditions of development, but are parts of a large general effort, and this general effort, the rally for the great struggle, is the present and coming struggle for complete emancipation, for a free or, as we call it, an anarchist society. Let it be well understood then, that we value every one of the partial efforts, components of this total effort, but we understand that only the total effort can bring real emancipation, partial efforts cannot. [4]

Thus we value infinitely the freethought effort, but by itself alone it is no remedy: bourgeois and statist freethinkers are as opposed to social and political emancipation as the religious people themselves.

Thus we value equally well the greatest amount of political freedom, but we recognize that the reduction of State-interference to a minimum, Herbert Spencer’s ideas literally realized, will not prevent this minimum of a State to protect property and to remain the bitter enemy of socialism and up in arms against it.

Thus, again, we value every bit of work done for socialism, but we see that unfree forms of socialism, from reform-mongering State socialism to dictatorially regulated bolshevist so-called communism, bring no freedom to the people, make everybody—except the directly profiting dictatorial apparatus—not only unhappy, but by the inevitable incompetence of such an artificial imposition, also more destitute and suffering than he [they] ever may have been.

These partial emancipations therefore, welcome by themselves as every liberating effort must be, are just the initial, fragmentary stages of emancipation and are likely to become extinct again, if they remain isolated. Thus the freethought movements, as sympathetic as can be to me, for certain, remain stationary, as the freethinkers, divided upon most other subjects, seldom move forward collectively in other respects on the roads leading to freedom. Again, liberalism, radicalism, even when accepting freethought, may remain completely antisocialist and immobilized in that way. And socialism, blindly accepting Statism and scorning Anarchism, equally has landed in the blind alleys of reformist collaborationism and of dictatorial Communism, enforced by a governing minority with the help of the bureaucracy, the army and the open and secret police.

This demonstrates the non-viability of such partial emancipations, if they disregard or reject or combat solidarity with every other effort for emancipation. This was always understood by real anarchists, and Bakunin’s Federalism, Socialism and Antitheologism, later expressed as Atheism, Anarchism and Collectivism, and thus accepted by the antiauthoritarians of the International, is the result of this insight into the inseparability of intellectual, political and social emancipation, to which the other domains, above mentioned, implicitly belong as well. Such a socialism alone is, then, a complete and fit-to-live socialism, whilst what comes short of it, is valuable as a substance, but defectuous as an organism, just as the one arm, the one leg, which a mutilated man may possess, are valuable as such, being better than no arms, no legs at all, but none the less leave this poor man a cripple.

A century ago and ever since the French Revolution which, in the wake of the American Revolution—like the rebellions and revolutions of the sixteenth and seventeenth centuries (German peasants, Netherlands, England, etc.)—had shown the possibilities of mass movement for thorough changes, socialism was conceived as such a mass movement swayed by enthusiasm, intelligent conviction, organization, the effect of experiment, social rebellion, conspiracy or any other powerful factor to [5] become universal, all powerful, victorious and then able to realize one or the other broad, generous forms of socialism. The age of Washington and Mirabeau, Danton and Napoleon believed in such all sweeping possibilities and according to their personal disposition and inclination, the leading socialist thinkers imagined motive powers as just described as the irresistible impulses towards an onslaught on the capitalist system by rebellion, towards its abandonment after successful socialist experimentation (Fourier, Robert Owen) or they constructed an automatic collapse of capitalism (Marx), they believed in immense forces of rebellion awakening [   ] the people (Bakunin), in cool reasoning accepting the principles of equitable exchange and fair contracts (Josiah Warren, Proudhon), etc. The workers seemed disposed to organize on a large scale (trade unionism) and were indeed, irrespective of socialism, driven to do this in sheer defense of their physical life threatened by the atrocious factory system, which then, in its initial greedy impetus, devoured men, women and children in the factories, as their furnaces devoured coals. The workers seemed also disposed to exercise collective political and social pressure (Chartism) and it became soon usual to keep them together, where they had the franchise, as labor electors, to organize them into labour parties which sent representatives into the elective bodies, etc.

All this produced an overwhelming variety of socialist criticism, plans, systems, tactics and experiments and also a constant collision, rivality, mutual refutation and very serious enmity between the schools of socialist thought. At that time science had but just began to elevate itself above a similar state of intolerance and internecine war and perpetuous quarreling, and the establishment of criteria for objective measurement of the value of scientific work and the friendly co-operation of scientists were just in the making. On the other hand centuries of religious warfare, in [   ] vituperation, by the stake or by the most cruel wars, of political favatism, of every crude form to enforce authority, lay only just behind the period of more brotherly feelings which gave the impulse to these early socialists. So they were, one and all, as intolerant as preachers of [   ] sects, as seventeenth century philologists on the warpath, as the statesmen of the French Revolution themselves who sent their opponents under the knife of the guillotine, and this intolerance was to them a sacred duty; laxity, as they would have termed tolerance, was treason in their judgment. Under these conditions, which the early socialist literature permits us to see in every detail and which intimate historical studies emphasize still more, the hundred-years-socialist-war, as one might style the never discontinued struggle between rivalizing socialist conceptions, began and there is not yet an end to it; on the contrary, what was fought out on paper and by oratory in the beginning, is not fought out by the methods practiced in Russia since the autumn of 1917 and threatens to be so in every other country where material power might fall into the hands of one of the hostile factions which each claim to represent the only true type of socialism.

To this degree socialism is penetrated by authoritarianism, that it tolerates “no other God” besides it and that every fraction really believes that it is possible and necessary to universalize its own opinions, and in this respect it does not matter at all whether it expects to do this by persuasion or by force, for the monstrous thing is the belief itself that ever mankind will accept at the same time one unique system either voluntarily or by submitting to force. Fanat[ic]ism (like patriotism), fashion (appealing to atavistic imitative urges), advertising (practicing every cunning device) may make sweeps of mass sentiments, but socialism, we all agree, stands upon a higher place and requires the conscious consent of all the very best that resides in a man to be of real value and efficiency. It is equally obvious, [6] that public favor, etc. cannot decide the merits of a case, that future developments cannot be foreseen in present or older systems, that isolation, a cause of weakness in every domain, cannot mean strength in the case of some system, which might succeed by hook and crook to oust all other systems and then to domineer in dictatorial isolation. In short, this intolerance is paralyzing and inter-destroying socialism and has done so all the time. It is moreover a Sisyphus task: Marxism did what it could, to destroy every other kind of socialism and from beginning to end Marx’ hand was raised against every other socialist and anarchist, but when it had produced scission over scission and—apart from anarchism which had gone its own way—had made a desert round it of socialists slain or driven away (both on paper only in those mild times of yore), what did happen? It fell to pieces itself (Bernstein and Kautsky, Plechanov and Lenin, reformists, collaborationists, social-traitors, bolshevists right- and left-wing, Trotskyists and whatnot!)….

Well, all this is also a warning to those anarchists who need such a warning. We are fortunate to possess brilliant interpretations of anarchism and conceptions of its future inner working and how it might overcome the obstacles and be first realized by most notable authors and in most cases very militant comrades, by Godwin, Warren, Proudhon, Max Stirner, Coeurderoy, Elisée Reclus, Bakunin, James Guillaume, César De Paepe, Malatesta, Kropotkin, Ricardo Mella, Voltairine de Cleyre, Gustav Landauer, Jean Grave, Sébastien Faure, Pietro Gori, Luigi Galleani, [   ] Most, Alexander Berkman, Emma Goldman, Lev Tschornyi, [   ] besides Leo Tolstoi and other near sympathizers with anti-statism, and this last might easily be lengthened indefinitely by mentioning those who take independent positions in the many discussions on anarchist problems and add something of new value to their exploration, the intellectual debaters on anarchism, as they might be called. Besides every independent comrade has his own opinion upon matters where he has experience or to which he has given special attention.

Does anybody pretend that all these exponents of anarchism agree upon some unique doctrine? Obviously they do not. Does any one imagine that they refute each other in such an efficient degree that a single one or a few nearer related come out mechanically as the winners, just as in a race one of the runners must first pass the post? No doubt, nonentities and minor values are thus eliminated, but I gave here just the very best names, all of which stand upright to this day or are thankfully remembered. Is Proudhon anything the worse, because Kropotkin did not agree with him? Is the collectivism of some a foolish thing, because others are communists? Is individualism wrong, because some no not like or misunderstand Max Stirner? Is communism wrong, because collectivists have raised objections? Nor was a consensus of opinions ever obtained by tacit agreement in the matter here present. Every such affirmation being challenged and every or most of the earlier shades of opinion are still before the public of comrades and new conceptions are being elaborated.

It is our good fortune that we possess this richness of varieties, and this alone is sufficient to remember us of the free play of varieties in an anarchist future when all the now latent forces will unfold and lead their own life, not that decreed for them in the name of some theory. What the future will bring, what often the next day may bring, we cannot foresee and we can best meet it by being prepared for every possibility [   ] this reason. Otherwise we should be slaves of doctrines and by spreading them intellectual dictators. [7]

This was very clearly seen forty years ago already by comrades, mainly in Spain, who professed then anarchism without an economic epithet (expressing an economic hypothesis), anarchism pure and simple, but their example and advice was disregarded, as every one was proud to proclaim his conviction of the exclusive right value of his particular hypothesis, individualist, collectivist or communist.

Similar initiatives were taken at other times since then and are still under discussion. I see the best sign that this conception makes at least some headway in the recent Declaration of Principles of the American Continental Association of Workers, constituted by the Continental Congress held in Buenos Aires in May—comprising most country from the Argentine to Mexico—where it is said: “…without recognizing a special form of organization of the future economic relations, [the A. C. A. de Trabajadores] [   ] recommends communism as that condition which promises the amplest guarantee of social well being and individual freedom.” As to the abolition of the State, the words are, that the Association “demands (quiere) a society of the free and the equal, hence an anarchist society)!… One demands the abolition of a recognized evil (the State), one recommends the economic solution, always a hypothesis, which one considers the best one: this is the right way to proceed and I hope that this example, which is the result of serious thought on the subject, will be followed. We can only recommend, we must never proclaim, decree, dictate.

As we recognize that there must not and cannot be the hegemony of a doctrine, to the exclusion of all others, within socialism, within anarchism, we must also recognize the fact and draw the consequences from it, that during and after a revolution, in a reorganized society, the present varieties of socialist and anarchist opinions will continue and will endeavor to find satisfaction and realizations. It is an idle hope that such differences will vanish like morning mist when the sun rises; experience shows that, even if silenced in short spells of general excitement, they will turn up the more sure the next day and will most likely lead to bitter strike with violent means. We cannot escape from this problem that social changes are aspired by an infinity of elements in all stages of authoritarian and libertarian development and that there will be the most desperate struggle of life between them, if appropriate mutual aid arrangements are not made in time, and this time cannot arrive quick enough, as the task has been neglected for a century; every one always praised his own doctrine or school as the only right one—and there we are, now the field is overcrowded by rivals, there was, when the coronation of socialism seemed to have arrived in 19171 a crash with the weaker trampled upon and destroyed, infinitely more disastrous to the lives of socialists, as the ominous catastrophe on the Chodinskoe Pole was when the last czar was coronated—let it also be the last bolshevism thus coronated at the cost of countless victims! But unless all set to work, similar socialist catastrophes will happen again—one faction will win, all the others will be crushed, and the people will be miserable, and the final outcome….who dares to imagine it?

All this the result of socialist feelings, however noble and lofty by themselves, being combined with an authoritarian will, and authoritarian mentality—and if anarchist feelings are combined with such self-consciousness, intolerance and the will to enforce them as a unique system, the result will be the same. Those who cannot see this, are but skindeep anarchists and are authoritarians from then to the core. Our roads divide and theirs head back to the authoritarian fold.

If any practical conclusions can be drawn from these remarks, [8] in my opinion they would be about the following, expressed briefly as the end of this article must be near.

Freedom is as manifestly a higher and later stage than authority in the development of mankind, as the adult man is higher developed and posterior to the helpless infant. So between both conciliation and fusion are impossible and only some modus on non-interfering convivance (living one aside the other) can at times alternate with the direct struggle. This relative convivance exists even to-day in howsoever precarious forms, when periods of persecution or systematic wholesale denial of all freedom (fascism, bolshevism) do not prevail. Before authority becomes extinct or extremely attenuated in the minds of men, where it is deeprooted, no change for the better can be expected. Meanwhile every particle and shred of libertarian, liberal, humanitarian, social feeling and impulses must be rallied to check the present prominence of authority. This means that we, as anarchists, must not only work for anarchism in general, but must enter in broadminded contact with all the liberal, nonauthoritarian, voluntaryist consorts everywhere and must try to rekindle the love of, the desire for freedom in the broadest sense.

We must not find an excuse for not doing this, in the incomplete, insufficient, sometimes in our opinion defectuous aspirations of others for any kind or degree of freedom. We ought to remember that our solidarity with labour’s present claims and complaints and with every anticapitalist labour move, however authoritarian, brings us in constant co-operation and practice of solidarity with workers and working class socialists who are bitter enemies of anarchist freedom or do not care a rap for our aspirations. Yet, we do not break solidarity with them, if they act in defense or attack against capital. We own exactly the same degree of solidarity to every liberal cause, as it is an act of resistance or of defiance against authority, against the State, moral prejudice, the slave drivers’ and the slaves’ mentality.

Individually, no doubt, many anarchists do their best in this respect already now and broaden their sphere of work and help for freedoms. But others are as particular to do nothing of the kind, they sit upon the highest perches, in the most inaccessible ivory towers, in splendid isolation, in immaculate white robes, right as if their mission in life was to be spotless saints, like the anchorites in the desert who squatted on high stone pillars or had themselves immured in cells, so as to shun every contact with the sinful life. Or the group replaces personal isolation, just as the social life of the convent replaced the eremit’s narrow cell. This in early Christianity the most sincerely convinced Christians wasted their lives in isolation and the result was that their who church fell into the hands of the vulgar business Christians, and we see the social movements similarly fall into the hands of vulgar professionals, since the best often isolate themselves.

If, then, the anarchists of all shades, and the sympathizers with anarchism, conscious of what their responsibilities are towards the great cause of freedom, so beset by authoritarian enemies in these times, were to deepen their respect for freedom by the practice of mutual tolerance, to broaden their views, to enter into helpful contact with every voice for freedom, however weak and incomplete, they would rouse the sympathies of the best for freedom itself and for their own cause which, properly investigated and known, is that of the most complete and perfect form of socialism. Then this cause, so little known at present, would attract interest and sympathies and then it would begin to grow seriously. Then also the authoritarians, now so much before the world, because the libertarians are so little before it, would loose the support which very many give them just because they see at present so little done on the side of freedom.

Such work must begin within and by ourselves. It is no use to sit by year after year, expecting the tide to turn. In this case we ourselves are the living force which can, which must and which will turn the tide. Let us hope that soon vigorous efforts be made in this direction: things cannot well be let to become worse and worse.

August 8, 1929.

M. Nettlau

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