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Federico Urales, “Sobre la Síntesis de Sebastián Faure” (1929)

No sabemos si nuestro muy querido amigo Sebastián Faure y cuantos han hablado de su síntesis anarquista, continuarán discutiendo el tema de la unión libertaria y el modo de efectuarla. Nosotros queríamos hablar de este mismo tema, discutido ya d asunto, no tanto para decir sobre él la última palabra, cuanto por la demora a que nos obliga el mucho trabajo; pero puesto que. ahora las circunstancias creadas por los reptiles que, por envidia y mala sangre, se dedican a la delación y a las delaciones falsas y profesionales, nos proporcionan un tiempo que antes no teníamos, trataremos el asunto, esté o no terminada su discusión por los que lo han planteado y discutido.

Las divergencias, las disputas, las querellas, las controversias y aun las riñas establecidas alrededor de nuestro caro ideal, obedecen a un estado de alma o de ánimo, para ser más materialista, que tiene muy poco que ver con las ideas.

No discutimos ni reñimos por sentir las ideas de diferente manera, sino por no tener de las ideas su moral.

Los ideales como el nuestro no nos dicen que hayamos de enfadamos con el que lo concibe de otro modo; al contrario, nos dicen que todo el mundo ha de respetar el ajeno sentir, sea como fuere. ¿Por qué, pues, las ideas nos han dividido? Porque no tenemos de las ideas su salud moral.

Aun las disputas entre los partidos políticos autoritarios, se comprenden. Ellos tienen un programa político y dentro de su programa han encerrado una verdad. Por su verdad y su programa pelean contra otra verdad y otro programa. Dentro de la monarquía, dentro de la república, dentro del socialismo, pueden crearse varios partidos que peleen entre sí, porque no han concebido la eterna evolución de las ideas o porque hay más personas que quieren vivir de las doctrinas de lo que permiten sus recursos económicos y políticos, dentro o fuera del Poder.

Pero en el ideal libertario, que no tiene frontera ni límites ; que no ha de dar vida más que a los que produzcan algo útil a la salud de la sociedad; que a nadie se ha de imponer un criterio contrario al suyo, las riñas y las divisiones son de orden moral y no de orden ideal.

La salud ética del anarquista ha de dar por resultado la tolerancia y la bondad. — Sin tolerancia no puede haber anarquía, porque no puede haber libertad ; sin bondad no puede haber el amor y el cariño necesarios para que todos nos estimemos individuos de una gran familia que ha establecido la libre concordancia.

Luego los que se pelean por entender de diferente manera el ideal, es que no tienen lo que nosotros llamaremos sus virtudes.

A todo buen amante de la libertad y a todo d que de la libertad tiene su sentido moral, no ha de importarle nada que haya anarquistas de diferentes tendencias ; lo que ha de importarle es que una tendencia quiera imponerse a la otra.

Cuantos quieren que por la amenaza o por la fuerza o por el número se imponga su modo de pensar, no saben lo que es anarquía y apenas si tienen un criterio racional.

Con buena voluntad no hay problema. Con tolerancia no hay problema. Con aplicar a las ideas y a los criterios ajenos todas las garantías que queremos para los nuestros, no hay problema. Considerando que nadie es infalible, porque nadie posee ni puede poseer la verdad porque en la eternidad de la especie humana hay muchas verdades y no hay una verdad, no puede existir problema.

De suerte que el problema de la Unión anarquista no está en la concepción que cada uno puede tener de. la sociedad futura, sino en las escasas dotes morales que cada uno posee para vivirla, escasas dotes que nos impiden considerar que el error lo mismo puede estar en la mente ajena que en la propia.

* * *

Además, conviene poner en claro quienes son y quienes no son anarquistas. Aunque tal se llaman, no lo serán quienes estimen necesario un Poder, llámese como se llame, ni quienes, con sus actos, un Poder hagan necesario. Tampoco lo serán cuantos estimen que la anarquía ha de imponerse a golpes y cuantos piensan que, después de la revolución social, será menester un gobierno político o bien económico, que señale, guíe y organice. Estos, no tan sólo dejan de ser anarquistas, sino que no tienen del ideal un concepto aproximado.

Tan cierto es que se trata de una cuestión moral, que está más cerca de la anarquía y de sus prácticas el que, no llamándose libertario, es hombre de bien, que el que, llamándoselo, tiene vicios y es innoble en sus relaciones.

Para ser anarquistas hemos de continuar fomentando admiraciones: «Esto es propio de ángeles» decía ante la gente ignara, al explicársele el hombre y el ideal que queríamos poner sobre la tierra.

No es propio de ángeles: es propio de hombres que pueden ser mejores que los santos, pero es preciso que la gente nos estime santos por nuestras vidas para ser anarquistas, para poseer las virtudes del ideal y para propagarlo por medio de la conducta.

Será también preciso no olvidar, para ser anarquista, que la anarquía no es un ideal de fin, sino de principio. La anarquía no es la meta del ideal humano, sino que es el arranque de una humanidad que hasta aquel momento no tendrá conciencia de sí misma, que hasta aquel momento no se había encontrado.

Pensando así, tendremos una idea aproximada de nuestra humildad y de nuestro escaso saber mental y moral, comparados con los hombres, que empezarán a vivir cuando cada uno sea dueño de sí mismo.

* * *

Siempre hemos dicho que la anarquía era el ejercicio de las autonomías hasta llegar a la del individuo. Hoy añadiremos que la anarquía es la reintegración del individuo a todas las libertades naturales, después de haber pasado por un reajuste de sus facultades.

La autonomía del individuo en la naturaleza, después de haber hecho una revisión moral de su origen.

Mas supongamos que nosotros estemos equivocados en nuestros juicios sobre el ideal y sobre el hombre. Los que quisieran sacarnos de nuestro error a la fuerza o combatiéndonos sañudamente, tendrían un concepto inquisitorial de la anarquía y por tanto no serian anarquistas. En cambio, como tales obrarán aquellos que, no creyendo opinar como nosotros opinamos, respetaran nuestro pensamiento.

Y es que los atavismos de la tiranía resurgen a través del tiempo, teniendo nombre diferente, pero siendo la misma tiranía.

En nuestro sentir, cuanto; estimen necesario un Estado, aunque sea con propósitos providenciales y paternales, como pretenden el Estado fascista y el Estado comunista, son conculcadores de derechos que a nombre de la providencia o de la salud de la patria se comen a sus hijos, cual Saturno y cual Moloch.

Cualesquiera que sean nuestras opiniones, si las encerramos dentro de un Poder serán, en el sentir de humanidades que tengan conciencia de si mismas opiniones prehistóricas ; para nosotros, pigmeos en esta gran fuerza cerebral que se halla inactiva en las mentes, son opiniones de derecho.

En cambio, según nosotros opinamos, son elementos de izquierda cuanto estiman que el hombre puede guiarse por su propio discernimiento, siéndole innecesarios, por su propia perfección moral, jueces y gobernantes.

Pero esta opinión nuestra sobre el sentido izquierdista, no puede armonizarse con la de aquellos que, creyendo que su concepción social es la mejor, quieren que los demás la compartan de buena o de mala gana.

De manera que antes de convencer al prójimo de que la anarquía es la mejor de las formas sociales, hemos de convencerles de que es la mejor de las formas sociales porque dentro de la libertad no quieren imponer ninguna. Sin esta condición la anarquía no existe y si existe en la mente de algún individuo es que este individuo está muy lejos de la concepción social libertaria.

De suerte, que para la unión anarquista lo que hace falta es considerar que todas las concepciones sobre la vida futura son posibles, menos aquellas que quieren imponerse a las demás.

Por otra parte, hay una relación entre la concepción del ideal y nuestros propios actos. Generalmente, el que no tiene una vida limpia moralmente, no tiene un concepto honrado del ideal.

A este, las ideas le servirán, para justificar su vida tortuosa o su vida apartada de la solidaridad humana. En ellos el ideal tendrá un carácter autoritario, impositivo, impropio de las ideas que dicen sustentar, como lo son sus actos. Por esto no es anarquista, no el que no dice no serlo, sino el que no armoniza la vida con las ideas; no las armoniza prácticamente aunque en vano intente armonizarlas teóricamente.

Si tenemos buena voluntad, si tenemos buena fe, si tenemos amor a las ideas y no somos quisquillosos, ni cascarrabias, ni narcisistas, la unión es un hecho. Si no tenemos aquellas virtudes, la unión no será un hecho, pero no seca porque aun no habrá anarquistas sobre la tierra, aunque haya muchos que anarquistas se llamen.

Federico URALES


La Revista Blanca 7 no. 142 2nd series (15 Abril 1929): 642-644.

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Ricardo Mella, “The Bankruptcy of Beliefs” and “The Rising Anarchism” (1902-03)

[These articles present a very challenging vision of the development of a revolutionary anarchism. They continue Mella’s arguments for an anarchism “without adjectives,” but also connect that notion to the idea of an “anarchist synthesis,” long before Voline presented his account of anarchist development and the need for synthesis that emerges from the very nature of anarchism itself. The translation is perhaps a little rough around the edges, but I think the ideas are clear enough.]

THE BANKRUPTCY OF BELIEFS

To my brother J. Prat:

Faith has had its moment; it has also had its noisy bankruptcy. There is nothing left standing at this hour but the lonely ruins of its altars.

Ask the learned people—or those who still wear the intellectual loincloth—and if they wish to answer you conscientiously, they will tell you that faith has died forever: political faith and religious faith, and the scientific faith that has defrauded so many hopes.

When all the past was dead, gazes turned longingly toward the rising sun. Then the sciences had their triumphal hymns. And it came to pass that the multitude was given new idols, and now the eminent representatives of the new beliefs preach right and left the sublime virtues of the dogmatic scientist. The dangerous logorrhea of flattering adjectives, and the never-ending chatter of the sham sages put us on the path to what is rightly proclaimed the bankruptcy of science.

Actually, it is not science that is bankrupt in our day. There is no science; there are sciences. There are no finished things; there are things in perpetual formation. And what does not exist cannot break. If it were still claimed that that which is in constant elaboration, that which constitutes or will constitute the flow of knowledge goes bankrupt in our time, it would only demonstrate that those who said it sought something in the sciences what they cannot give us. It is not the human task of investigating and knowing that fails; what fails, as faith failed in the past, is the sciences.

The ease of creating without examination or mature deliberation, coupled with the general poverty of culture, has resulted in theological faith being succeeded by philosophical faith and later scientific faith. Thus, religious and political fanatics are followed by the believers in a multitude of “isms,” which, if fertilized by the greatest wealth of our understanding, only confirm the atavistic tendencies of the human spirit.

But what is the meaning of the clamoring that arises at every step in the bosom of parties, schools and doctrines? What is this unceasing battle between the catechumens of the same church? It means, simply, that beliefs fail.

The enthusiasm of the neophyte, the healthy and crazy enthusiasm, forges new doctrines and the doctrines forge new beliefs. It desires something better, pursues the ideal, seeks noble and lofty employment of its activities, and barely makes a slight examination, if it finds the note that resonates harmoniously in our understanding and in our heart. It believes. Belief then pulls us along completely, directs and governs our entire existence, and absorbs all our faculties. In no other way could chapels, like churches, small or large, rise powerfully everywhere. Belief has its altars, its worship and its faithful, as faith had.

But there is a fateful, inevitable, hour of dreadful questioning. And this luminous hour is one in which mature reflection asks itself the reason for its beliefs and its ideological loves.

Then the ideal word, which was something like the nebula of a God on whose altar we burned the incense of our enthusiasm, totters. Many things crumble within us. We vacillate as a building whose foundations are weakening. We are upset about party and opinion commitments, just as if our own beliefs were to become unbearable. We believed in man, and we no longer believe. We roundly affirmed the magical virtue of certain ideas, and we do not dare to affirm it. We enjoyed the ardor of an immediate positive regeneration, and we no longer enjoy it. We are afraid of ourselves. What prodigious effort of will is required not to fall into the most appalling emptiness of ideas and feelings!

There goes the crowd, drawn by the verbosity of those who carry nothing inside and by the blindness of those who are full of great and incontestable truths. There goes the multitude, lending with its unconscious action, the appearance life to a corpse whose burial only awaits the strong will of a genius intelligence, who will strip off the blindfold of the new faith.

But the man who thinks, the man who meditates on his opinions and actions in the silent solitude that leads him to the insufficiency of beliefs, sketches the beginning of the great catastrophe, feels the bankruptcy of everything that keeps humanity on a war footing and is aware of the rebuilding of his spirit.

The noisy polemic of parties, the daily battles of selfishness, bitterness, hatred and envy, of vanity and ambition, of the small and great miseries that grip the social body from top to bottom, mean nothing but that beliefs go bankrupt everywhere.

Soon, and perhaps even now, if we delved into the consciences of believers, of all believers, we would find nothing but doubts and questions. All men of good will soon confess their uncertainties. Only the closed-minded belief will be affirmed by those who hope to gain some profit, just as the priests of religions and the augurs of politics continue to sing the praises of the faith that feeds them even after its death.

So, then, is humanity is going to rush into the abyss of ultimate negation, the negation of itself?

Let us not think like the old believers, who cry before the idol that collapses. Humanity will do nothing but break one more link of the chain that imprisons it. The noise matters little. Anyone who does not feel the courage to calmly witness the collapse, will do well to retire. There is always charity for the invalids.

We believed that ideas had the sovereign virtue of regenerating us, and now we find ourselves with ideas that do not carry within themselves elements of purity, justification and truthfulness, and cannot borrow them from any ideal. Under the passing influence of a virgin enthusiasm, we seem renewed, but at last the environment regains its empire. Humanity is not made up of heroes and geniuses, and so even the purest sink, at last, into the filth of all the petty passions. The time when beliefs are broken is also the time when all the fraudsters are known.

Are we in an iron ring? Beyond all the hecatombs life springs anew. If things do not change according to our particular theses, if they do not occur as we expect them to occur, this does not give in to the negation of the reality of realities. Outside of our pretensions as believers, the modification persists, the continuous change is accomplished and everything evolves: means, men and things. How? In what direction? Ah! That is precisely what is left at the mercy of the unconsciousness of the multitudes; that is what, in the end, is decided by an element alien to the work of the understanding and the sciences: force.

After all the propaganda, all the lessons, all the progress, humanity does not have, it does not wish to have any creed but violence. Right? Is this wrong?

And it is force that we accept the things as they are and that, accepting them, our spirit does not weaken. At a critical moment, when everything collapses in us and around us; when we grasp that we are neither better nor worse than others; when we are convinced that the future is not contained in any formulas that are still dear to us, that the species will never conform to the mold of a given form of association, whether it may be called; when we finally assure ourselves that we have done nothing more than forge new chains, gilded with beloved names,—in that decisive moment we must break up all the rubbish of belief, that we cut all the fastenings and we revive personal independence more confidently than ever.

If a vigorous individuality is stirred within us, we will not morally die at the hands of the intellectual vacuum. For man, there is always a categorical affirmation, the “becoming,” the beyond that is constantly reflected and after which it is, however, necessary to run. Let’s run faster when the bankruptcy of beliefs is done.

What does it matter that the goal will eternally move away from us? Men who fight, even in this belief, are those who are needed; not those who find elements of personal enrichment in everything; not those who make of the interests of the party pennant connections for the satisfaction of their ambitions; not those who, positioned to monopolize for their own advantage, monopolize even feelings and ideas.

Even among men of healthier aspirations, selfishness, vanity, foolish petulance, and low ambition take center stage. Even in the parties of more generous ideas there is the leaven of slavery and exploitation. Even in the circle of the noblest ideals, charlatanism and vanity teem; fanaticism, soon intransigence toward the friend, sooner cowardice toward the enemy; fatuity that that rises up swaggering, shielded by the general ignorance. Everywhere, weeds sprout and grow. Let’s not live delusions.

Shall we allow ourselves to be crushed by the grief of all the atavisms that revive, with sonorous names, in us and around us?

Standing firm, firmer than ever, looking beyond any formula whatsoever, will reveal the true fighter, the revolutionary yesterday, today and tomorrow. Without a hero’s daring, it is necessary to pass undaunted through the flames that consume the bulk of time, to take a risk among the creaking timbers, the roofs that sink, the walls that collapse. And when there is nothing left but ashes, rubble, shapeless debris that will have crushed the weeds, nothing will not be left for those who come after but one simple work: to sweep the floor of the lifeless obstacles.

If the collapse of faith has allowed the growth of belief in the fertile field of the human being, and if belief, in turn, falters and bows withered to the earth, we sing the bankruptcy of belief, because it is a new step on the path of individual freedom.

If there are ideas, however advanced, that have bound us in the stocks of doctrinarism, let us smash them. A supreme ideality for the mind, a welcome satisfaction for the spirit disdainful of human pettiness, a powerful force for creative activity, putting thought into the future and the heart into the common welfare, will always remain standing, even after the bankruptcy of all beliefs.

At the moment, even if the mind is frightened, even if all the pigeonholes rebel, in many minds something stirs that is incomprehensible to the dying world: beyond ANARCHY there is also a sun that is born, as in the succession of time there is no sunset without sunrise.


THE RISING ANARCHISM

Sequels are never good. But dear friends who, judging the first installment good, decided to publish it as a pamphlet, ask me to expand the material a few more pages, and I cannot and do not wish to refuse.

I wrote “The Bankruptcy of Beliefs” in a painful moment, impressed by the collapse of something that lives in illusion, but not in reality, which sometimes plays with ideas and with affections, to torment us with our own impotence and our avowed errors.

The truth does not give way before ideological conventions, and those of us who profess to worship it, must not, even through feelings of solidarity, much less through party spirit, sacrifice even the smallest portion of what we understand to be above all doctrines.

Whoever has followed the gradual development of revolutionary ideas, and of anarchism above all, will have seen that in the course of time certain principles began to crystallize in minds as infallible conditions of absolute truth. They will have seen how small dogmas have been elaborated and how, through the influence of a strange mysticism, narrow creeds were finally asserted, claiming nothing less than the possession of the whole truth, truth for today and tomorrow, truth for always. And they will have seen how, after our metaphysical drifts, we have been left with words and names, but completely bereft of ideas. To the worship of truth was succeeded by the idolization of sonorous nomenclature, the magic of sensationalism, almost a faith in the fortuitous combination of letters.

It is the evolutionary process of all beliefs. Anarchism, which was born as a critique, is transformed into an affirmation that borders on dogma and sect. Believers, fanatics and followers of men arise. And there are also the theorists who make of ANARCHY an individualistic or socialist, collectivist or communist, atheistic or materialistic creed, of this or that philosophical school. Finally, in the heart of Anarchism, particularisms are born regarding life, art, beauty, the superman or irreducible egoistic personal independence. The ideal synthesis is thus parceled out, and little by little there are as many chapels as propagandists, as many doctrines as writers. The result is inevitable: we fall into all the vulgarities of party spirit, into all the passions of personalism, into all the baseness of ambition and vanity.

How do we uncover the sore without touching the people, without turning the subject into a source of scandal, into the material of new accusations and insults?

For many, Anarchism has become a belief or a faith. Who would deny it? Because this has become so, passionate quarrels, unjustified divisions and dogmatic exclusivisms have been provoked. That is why, when the evolution has been completed, the bankruptcy of beliefs, a reality in fact, must be proclaimed frankly by all who love the truth.

When Anarchism has gained more ground, the crisis must necessarily arise. Iniquity manifests itself everywhere. Books, magazines, newspapers, meetings reflect the effects of the rare contrast produced by the clash of so many opinions that have sneaked into the anarchist camp. In open competition, doctrinal particularisms fall one by one in the battle of beliefs. None are firm, and they cannot be, without denying themselves.

The illusion of a closed, compact, uniform, pure and fixed Anarchism, like the immaculate faith in the absolute, could live within the enthusiasms of the moment, in febrile imaginations, anxious for goodness and justice, but it is exhausted by truth and reason. It dies fatally when the understanding is clarified and analysis breaks down the heart of the ideality. And the supreme moment comes to shatter our beliefs, to break up the ideological clutter acquired from this or that author, in love with one or another social or philosophical thesis. Why hide it? Why continue to fight in the name of pseudo-scientific and semiological puerilities? Truth is not enclosed in an exclusive point of view. It is not guarded in an ark of fragile planks. It is not there at hand or at the reach of the first daring soul who decides to discover it. As the sciences, as everything human is in formation, it will be perpetually in formation. We are and will always be forced to follow after it through successive trials; in that no other way is the flow of knowledge formed and certainty established.

This is how Anarchism will be surpassed. And when I speak of Anarchism and I say that in minds something stirs that is incomprehensible to the dying world, and that we sense beyond the ANARCHY a sun, which is born because in the succession of time there is no sunset without orthography, I speak of Doctrinal Anarchism, which forms schools, raises chapels and builds altars. Yes; beyond this necessary moment of the bankruptcy of beliefs, is the broad anarchist synthesis that gathers from all the particularisms that are maintained, from all philosophical theses, and from all the formidable advances of the common intellectual work, the established and well-checked truths, whose demonstration every struggle is already impossible. This vast synthesis, a complete expression of Anarchism that opens its doors to everything that comes from tomorrow and everything that remains firm and strong from yesterday and is reaffirmed in today’s clash that scrutinizes the unknown,—this synthesis is the complete denial of all belief.

There is no need to shout: Down with the beliefs! They perish by their own hands. Belief, like faith, is an obstacle to knowledge. And in the restless stirring of so many anarchists speaking, beliefs fail. We will not hide it. Let every one of us throw away the old dogmatism of their opinions, the loves of their philosophical predilections, and launching the mind on the broad paths of unrestricted inquiry, reach as far as the conception of a conscious, virile, generous Anarchism, that has no quarrel except with conventionalism and error, and has tolerance for all ideas, but does not accept, even on a provisional basis, anything except what is well proven.

This Anarchism is the one that is quietly forming. It is the one that is elaborated slowly in the beliefs able to feel the pressure of the atavisms that appear everywhere. It is the one that made me write “The Bankruptcy of Beliefs:” a cry of protest against the reality of the anarchist herd; a cry of encouragement for personal independence; a call for the expansion of the ideal that every day lives stronger in me and encourages me to fight for a future that I will not enjoy, but which will be an era of justice, well-being and love for the men of tomorrow. This Anarchism is the rising Anarchism, capable of collecting within its breast all libertarian tendencies, capable of encouraging all noble rebellions and of impressing on generous spirits the impulse of freedom in all directions, without hindrance and without prejudice, with the sole condition that exclusivism does not raise Chinese walls and that the understanding is delivered entirely and unreservedly to the truth that beats vigorously in the most diverse modalities of the new ideal.

It will no longer be said in the name of Anarchism: No further! Absolute justice, revived in the dogma that now dies, will be but the indeterminate goal that changes as human mentality unfolds. And we will not fall into the strange and singular error of setting a limit, however distant, to the progress of ideas and forms of social benefit.

The rising Anarchism proclaims the beyond endless, after having knocked down all the barriers raised by the age-old intellectual absolutism of men.

Don’t you believe that all the particularisms, all the theories, are now failing, that all the factories of rubble, awkwardly raised for the glory of new dogmas, are collapsing? Don’t you believe that the bankruptcy of beliefs is the last link in the human chain that breaks down and offers us the full breadth the anarchist ideal, pure and without blemish?

Faith will have blinded you. And you wound do well to renounce the word freedom; that can be a herd even in the midst of the most radical ideas.

For our part we limit ourselves to record a fact: anarchists of all tendencies resolutely walk towards the affirmation of a great social synthesis that encompasses all the various manifestations of the ideal. The walking is silent; soon will come the noisy break, if there is anyone who insists on remaining bound to the spirit of clique and sect.

Whoever has not emancipated himself will be left behind with the current movement and will seek redemption in vain. He will die a slave.

Ricardo Mella


Sources:

La bancarrota de las creencias, by Ricardo Mella, «La Revista Blanca», 107, Madrid, December 1, 1902.

El Anarquismo naciente was published as a continuation of La bancarrota de las creencias, in a pamphlet published in Valencia, in 1903, by Ediciones El Corsario.

[Working translation by Shawn P. Wilbur]

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Ricardo Mella, “La bancarrota de las creencias” and “El Anarquismo naciente”

LA BANCARROTA DE LAS CREENCIAS

A mi hermano J. Prat:

La fe tuvo su tiempo; tuvo también su quiebra ruidosa. No queda en pie a estas horas sino solitarias ruinas de sus altares.

Si preguntas lo mismo a las gentes cultas que a las que llevan todavía taparrabo intelectual, y quieren contestarte en conciencia, te dirán que ha muerto para siempre la fe; la fe política, la fe religiosa, hasta la fe científica que ha defraudado tantas esperanzas.

Muerto todo el pasado, las miradas giraron anhelantes hacia el sol naciente. Las ciencias tuvieron sus himnos triunfales. Y sucedió que la multitud se dio nuevos ídolos, y ahora mismo andan los conspicuos de las creencias nuevas predicando a diestro y a siniestro las excelsas virtudes de la dogmática científica. La peligrosa logorrea de encomiásticos adjetivos, la charla sempiterna de los sabios de guardarropía, nos pone en trance de que con razón se proclame la bancarrota de la ciencia.

En realidad de verdad no es la ciencia la que quiebra en nuestros días. No hay una ciencia; hay ciencias. No hay cosas acabadas; hay cosas en perpetua formación. Y lo que no existe no puede quebrar. Si se pretendiera todavía que aquello que está en constante elaboración, aquello que constituye o va constituyendo el caudal de los conocimientos, hace bancarrota en nuestra época, demostraríamos únicamente quien tal dijera que buscaba en las ciencias lo que ellas no pueden darnos. No quiebra la labor humana de investigar y conocer; lo que quiebra, como antes quebró la fe, son las ciencias.

La comodidad de crear sin examen o después de deliberación madura, unida a la pobreza de la cultura general, ha dado por resultado que a la fe teológica haya sucedido la fe filosófica y más tarde la fe científica. Así, a los fanáticos religiosos y a los fanáticos políticos siguen los creyentes en una multitud de «ismos», que si abonan la mayor riqueza de nuestro entendimiento no hacen sino confirmar las atávicas tendencias del humano espíritu.

Pero, ¿qué significa el clamoreo que a cada paso se levanta en el seno de los partidos, de las escuelas y de las doctrinas? ¿Qué es ese batallar sin tregua entre los catecúmenos de una misma iglesia? Es, sencillamente, que las creencias quiebran.

El entusiasmo del neófito, el sano y loco entusiasmo, forja nuevas doctrinas y las doctrinas nuevas creencias. Se anhela algo mejor, se persigue lo ideal, se busca noble y elevado empleo a las actividades, y apenas hecho ligero examen, si se da con la nota que repercute armónicamente en nuestro entendimiento y en nuestro corazón, se cree. La creencia nos arrastra entonces a todo; dirige y gobierna nuestra existencia entera; absorbe todas nuestras facultades. No de otro modo es como las capillas, como las iglesias, chicas o grandes, se alzan poderosas por todas partes. La creencia tiene sus altares, tiene su culto, tiene sus fieles, como los tuvo la fe.

Mas hay una hora fatal, inevitable, de interrogaciones temibles. Y esta hora luminosa es aquella en que un pensamiento maduro se pregunta a sí mismo la razón de sus creencias y de sus amores ideológicos.

La palabra ideal, que era algo así como la nebulosa de un Dios en cuyo altar quemábamos el incienso de nuestros entusiasmos, se bambolea entonces. Muchas cosas se desmoronan dentro de nosotros mismos. Vacilamos como edificio cuyos cimientos flaquearan. Nos sentimos molestos con los compromisos de partido y de opinión, tal como si nuestras propias creencias llegaran a convertirse en atadero inaguantable. Creíamos en el hombre, y ya no creemos. Afirmábamos en redondo la virtud mágica de ciertas ideas, y ya no osamos afirmarla. Gozábamos el entusiasmo de una regeneración positiva inmediata, y ya no la gozamos. Sentimos miedo de nosotros mismos. ¡Qué prodigioso esfuerzo de voluntad para no caer en la más espantosa vacuidad de ideas y de sentimientos!

Allá va la multitud arrastrada por la verbosidad de los que no llevan nada dentro y por la ceguera de los que se creen repletos de grandes e incontestables verdades. Allá va la multitud prestando con la inconsciencia de su acción vida aparente a un cadáver cuyo enterramiento no espera sino la voluntad fuerte de una inteligencia genial que arranque la venda de la nueva fe.

Pero el hombre que piensa, el hombre que medita sobre sus opiniones y actos en la silenciosa soledad a que le lleva la insuficiencia de las creencias, esboza el comienzo de la gran catástrofe, presiente la bancarrota de todo lo que mantiene a la humanidad en pie de guerra y se apercibe a la reedificación de su espíritu.

Las polémicas ruidosas de los partidos, las diarias batallas de personalismos, de enconos, de odios y de envidias, de vanidades y de ambiciones, de las pequeñas y grandes miserias que cogen al cuerpo social de arriba abajo, no significan otra cosa sino que las creencias hacen quiebra por doquier.

Dentro de poco, tal vez ahora mismo, si profundizáramos en las conciencias de los creyentes, de todos los creyentes, no hallaríamos más que dudas e interrogaciones. Confesarán pronto sus incertidumbres todos los hombres de bien. Sólo quedarán afirmando la creencia cerrada aquellos que de afirmarlo saquen algún provecho, del mismo modo que los sacerdotes de las religiones y los augures de la política continúan cantando las excelencias de la fe que aun después de muerta le da de comer.

¿Es, acaso, que la humanidad va a precipitarse en el abismo de la negación final, la negación de sí misma?

No pensemos como viejos creyentes que lloran ante el ídolo que se derrumba. La humanidad no hará otra cosa que romper un anillo más de la cadena que lo aprisiona. El estrépito importa poco. Quien no se sienta con ánimos para asistir sereno al derrumbamiento, hará bien en retirarse. Hay siempre caridad para los inválidos.

Creímos que las ideas tenían la virtud soberana de regenerarnos, y nos hallamos ahora con quien no lleva en sí mismo elementos de pureza, de justificación y de veracidad, no los puede tomar a préstamo de ningún ideal. Bajo el influjo pasajero de un entusiasmo virgen, parecemos renovados, mas al cabo el medio ambiente recobra su imperio. La humanidad no se compone de héroes y genios, y así, aún los más puros se hunden, al fin, en la inmundicia de todas las pequeñas pasiones. La hora en que quiebran las creencias es también la hora en que se conoce a todos los defraudadores.

¿Estaremos en un círculo hierro? Más allá de todas las hecatombes la vida brota de nuevo. Si las cosas no se modifican conforme a nuestras tesis particulares, si no suceden tal como pretendemos que sucedan, ello no abandona la negación de la realidad de las realidades. Fuera de nuestras pretensiones de creyentes, la modificación persiste, el cambio continuo se cumple, todo evoluciona: medio, hombres y cosas. ¿Cómo? ¿En qué dirección? ¡Ah! Eso es lo que precisamente queda a merced de la inconsciencia de las multitudes; eso es lo que, en último término, decide un elemento extraño a la labor del entendimiento y de las ciencias: la fuerza.

Después de todas las propagandas, de todas las lecciones, de todos los progresos, la humanidad no tiene, no quiere tener más credo que la violencia. ¿Acierta? ¿Se equivoca?

Y es fuerza que aceptemos las cosas como son y que, aceptándolas, no flaquee nuestro espíritu. En un momento crítico en que todo se desmorona en nosotros y alrededor de nosotros; cuando nos penetramos de que no somos ni mejores ni peores que los demás; cuando nos convencemos de que el porvenir no se encierra en ninguna de las fórmulas que aún nos son caras, de que la especie no se conformará jamás a los moldes de una comunidad determinada, llámese A o llámese B; cuando nos cercioramos, en fin, de que no hemos hecho más que forjar nuevas cadenas, doradas con nombres queridos, en ese momento decisivo es menester que rompamos todos los cachivaches de la creencia, que cortemos todos los ataderos y resurjamos a la independencia personal más firmes que nunca.

Si se agita una individualidad vigorosa dentro de nosotros, no moriremos moralmente a manos del vacío intelectual. Hay siempre para el hombre una afirmación categórica, el «devenir», el más allá que se refleja sin tregua y tras el cual es preciso correr, sin embargo. Corramos más de prisa cuando la bancarrota de las creencias es cosa hecha.

¿Qué importa la seguridad de que la meta se alejará eternamente de nosotros? Hombres que luchen, aun en esta convicción, son los que se necesitan; no aquellos que en todo hallan elementos de medro personal; no aquellos que hacen de los intereses de partido banderín de enganche para la satisfacción de sus ambiciones; no aquellos que, puestos a monopolizar en provecho propio, monopolizarían hasta los sentimientos y las ideas.

También entre los hombres de aspiraciones más sanas se hace plaza el egoísmo, la vanidad, la petulancia necia y la ambición baja. También en los partidos de ideas más generosas hay levadura de la esclavitud y de la explotación. Aun en el círculo de los más nobles ideales, pululan el charlatanismo y el endiosamiento; el fanatismo, pronto a la intransigencia con el amigo, mas pronto a la cobardía con el adversario; la fatuidad que se empina pavoneándose escudada en la ignorancia general. En todas partes, la mala hierba brota y crece. No vivamos de espejismos.

¿Dejaremos que nos aplaste la pesadumbre de todo lo atávico que resurge, con nombres sonoros, en nosotros y alrededor de nosotros?

Erguirse firme, más firme que nunca, poniendo la mira más allá de una concepción cualquiera, revelará al verdadero luchador, al revolucionario de ayer, de hoy y de mañana. Sin arrestos de héroe, es menester pasar impávido a través de las llamas que consumen la mole de los tiempos, arriesgarse entre los maderos que crujen, los techos que se hunden, los muros que se desploman. Y cuando no quede más que cenizas, cascote, informes escombros que habrán aplastado la mala hierba, no restará para los que vengan después más que una obra sencilla: desembarazar el suelo de obstáculos sin vida.

Si la caída de la fe ha permitido que en el campo fértil del humano crezca la creencia, y la creencia, a su vez, vacila y se inclina marchita hacia la tierra, cantemos la bancarrota de la creencia, porque ella es un nuevo paso en el camino de la libertad individual.

Si hay ideas, por avanzadas que sean, que nos han atado el cepo del doctrinarismo, hagámoslas añicos. Una idealidad suprema para la mente, una grata satisfacción para el espíritu desdeñoso de las pequeñeces humanas, una fuerza poderosa para la actividad creadora, puesto el pensamiento en el porvenir y el corazón en el bienestar común, quedará siempre en pie, aun después de la bancarrota de todas las creencias.

En estos momentos, aunque se espanten los mentecatos, aunque se solivianten todos los encasillados, bulle en muchos cerebros algo incomprensible para el mundo que muere: más allá de la ANARQUÍA hay también un sol que nace, que en la sucesión del tiempo no hay ocaso sin orto.

Ricardo Mella


EL ANARQUISMO NACIENTE

Nunca segundas partes fueron buenas. Pero amigos queridos que, juzgando buena la primera, decidieron editarla en folleto, me piden que amplíe la materia un unas cuantas cuartillas más, y no puedo ni quiero negarme.

Escribí «La bancarrota de las creencias» en un momento de dolorosas impresiones por el derrumbamiento de algo que vive en la ilusión, más no en la realidad, que juega a veces con las ideas y con los afectos para darnos el tormento de nuestra propia impotencia y de nuestros errores reconocidos.

No cede la verdad sus fueros a los convencionalismos ideológicos, y los que nos preciamos de rendirla culto, ni aun por sentimiento de solidaridad, mucho menos por espíritu de partido, habíamos de sacrificar la más pequeña parcela de aquello que entendemos está sobre todas las doctrinas.

Quién quiera que haya seguido atento el desenvolvimiento gradual de las ideas revolucionarias, del anarquismo principalmente, habrá visto que en el curso del tiempo llegaron a cristalizar en los cerebros ciertos principios a modo de condiciones infalibles de la verdad absoluta. Habrá visto cómo se han ido elaborando pequeños dogmas y cómo por el influjo de un misticismo extraño se llegó, en fin, a la afirmación de credos cerrados, pretendiendo nada menos que la posesión de toda la verdad, la verdad de hoy y de mañana, la verdad de siempre. Y habrá visto, cómo después de nuestros escarceos metafísicos, nos hemos ido quedando con las palabras, con los nombres, y vacíos por completo de ideas. Al culto a la verdad sucedió la idolatría por la nomenclatura sonora, la magia del efectismo, casi la fe en la fortuita combinación de las letras.

Es el proceso evolutivo de todas las creencias. El anarquismo, que nace como crítica, se trueca en afirmación que toca los linderos del dogma y de la secta. Surgen los creyentes, los fanáticos, los entusiastas del hombre. Y surgen también los teorizantes que hacen de la ANARQUÍA un credo individualista o socialista, colectivista o comunista, ateo, materialista, de esta o de otra escuela filosófica. Finalmente nacen en el seno del Anarquismo los particularismos por la vida, por el arte, por la belleza, por la superhombría o por la irreductible egoística independencia personal. Se parcela así la síntesis ideal y, poco a poco, hay tantas capillas como propagandistas, tantas doctrinas como escritores. El resultado es fatal: caemos en todas las vulgaridades del espíritu de partido, en todas las pasioncillas del personalismo, en todas las bajezas de la ambición y de la vanidad.

¿Cómo poner la llaga al descubierto sin tocar a las personas, sin convertir el asunto en piedra de escándalo, en materia de nuevas acusaciones e injurias?

Que el Anarquismo ha llegado a ser para muchos una creencia o una fe, ¿quién ha de negarlo? Pues porque ha llegado a serlo se han provocado apasionadas contiendas, divisiones injustificadas, exclusivismos dogmáticos, es por lo que, cumplida la evolución, la bancarrota de las creencias, realidad en los hechos, debe ser proclamada sin rebozo por cuantos amamos la verdad.

Cuando el Anarquismo ha ganado más terreno, debía surgir necesariamente la crisis. La iniquidad se manifiesta en todas partes. Libros, revistas, periódicos, reuniones reflejan los efectos del raro contraste producido por el choque de tantas opiniones que se han colado de rondón en el campo anarquista. En pugna abierta los particularismos doctrinales, caen uno a uno en la batalla de las creencias. Ninguna está firme, no puede estarlo, bajo pena de autonegación.

La ilusión de un Anarquismo cerrado, compacto, uniforme, puro y fijo como la fe inmaculada en lo absoluto, pudo vivir en los entusiasmos de momento, en las imaginaciones febriles, ansiosas de bondad y de justicia; pero exhaustas de verdad y de razón. Muere fatalmente cuando el entendimiento se aclara y el análisis desgaja las entrañas de la idealidad. Y llega el momento supremo de hacer añicos las propias creencias, de romper los cachivaches ideológicos adquiridos en tal o cual autor, en el amorío con ésta o la otra tesis social o filosófica. ¿Por qué ocultarlo? ¿Por qué continuar batallando a nombre de puerilidades pseudos-científicas y semiológicas? La verdad no se encierra en un punto de vista exclusivo; no se guarda en arcas de frágil tabla; no está ahí a la mano ni al alcance del primer osado que resuelva descubrirla. Como las ciencias, como todo lo humano está en formación, estará perpetuamente en formación. Estamos y estaremos siempre obligados a caminar tras ella por tanteos sucesivos, que no de otra suerte se forma el caudal de los conocimientos y se establece la certidumbre.

Es así como el Anarquismo será superado. Y cuando hablo del Anarquismo y digo que bulle en muchos cerebros algo incomprensible para el mundo que muere, y que se presiente más allá de la ANARQUÍA un sol, que nace porque en la sucesión del tiempo no hay ocaso sin orto, es del Anarquismo doctrinario, que forma escuela, que levanta capillas, que edifica altares. Sí; más allá de este momento necesario de la bancarrota de las creencias, está la amplia síntesis anarquista que recoge de todos los particularismos afirmados, de todas las tesis filosóficas, de todos los avances formidables de la común labor intelectual, las verdades establecidas bien comprobadas, por cuya demostración toda lucha es ya imposible. Esta síntesis amplísima, expresión acabada del Anarquismo que abre sus puertas a todo lo que llega del mañana y a todo lo que queda firme y fuerte del ayer y se reafirma en el embate de hoy que escudriña lo desconocido, esta síntesis es la negación terminante de toda creencia.

No es menester gritar: ¡abajo las creencias! Ellas perecen a sus propias manos. La creencia es un obstáculo al conocimiento, como la fe. Y en el rebullir inquieto de cuantos nos decimos anarquistas, las creencias fracasan. No lo ocultaremos. Que cada uno arroje de sí la vieja dogmática de sus opiniones, los amores de su predilección filosófica y, lanzando el espíritu por los anchos senderos de la investigación sin trabas, llegue hasta la concepción del Anarquismo consciente, viril, generoso, que no riñe sino con los convencionalismos y con los errores y tiene tolerancia para todas las ideas, pero que no acepta, ni aun a título provisorio, sino aquello que esté bien comprobado.

Este Anarquismo es el que se halla en formación callada, es el que se elabora lentamente en las creencias capaces de sentir la presión de los atavismos que surgen por doquier, es el que me hizo escribir «La bancarrota de las creencias»: un grito de protesta contra la realidad del rebaño anarquista, de aliento para la independencia personal, de expansión para el ideal que cada día vive más fuerte en mí y me anima a la pelea por un porvenir que no he de gozar, pero que será de justicia, de bienestar y de amor para los hombres de mañana. Este Anarquismo es el Anarquismo naciente, capaz de recoger con su seno todas las tendencias libertarias, de alentar todas las nobles rebeldías y de imprimir a los espíritus generosos el impulso de la libertad en todas las direcciones, sin cortapisas y sin prejuicios, con la sola condición de que el exclusivismo no levante murallas chinescas y de que el entendimiento se entregue por entero y sin reservas a la verdad que late vigorosa en las más diversas modalidades del ideal nuevo.

Ya no se dirá a nombre del Anarquismo: ¡no más allá! La justicia absoluta, revivida en el dogma que muere, no será sino la meta indeterminada que cambia según se desenvuelve la mentalidad humana. Y no caeremos de nuevo en el extraño y singular error de fijar un límite, por lejano que sea, al progreso de las ideas y de las formas de conveniencia social.

El Anarquismo naciente proclama el más allá inacabable después de haber derribado todos los valladares del secular absolutismo intelectual de los hombres.

¿No creen que fracasan actualmente todos los particularismos, todas las teorías; que se derrumban todas las fábricas de cascote levantadas torpemente para mayor gloria de dogmas nuevos? ¿No creen que la bancarrota de las creencias es el último anillo de la cadena humana que se quiebra y nos ofrece la amplitud total de la idealidad anarquista pura y sin mácula?

La fe les habrá cegado. Y harán bien en renunciar a la palabra libertad; que se puede ser rebaño aun dentro de las ideas más radicales.

Por nuestra parte nos limitamos a registrar un hecho: anarquistas de todas las tendencias caminan resueltamente hacia la afirmación de una gran síntesis social que abarque todas las diversas manifestaciones del ideal. El caminar es silencioso; pronto vendrá el ruidoso rompimiento si hay quien se empeñe en continuar amarrado al espíritu de camarilla y de secta.

Quien no se haya emancipado por el mismo quedará rezagado con el movimiento actual y será en vano que busque redentores. Morirá esclavo.

Ricardo Mella


La bancarrota de las creencias, por Ricardo Mella, «La Revista Blanca», número 107, Madrid, 1 de diciembre de 1902.

El Anarquismo naciente se publicó a continuación de La bancarrota de las creencias, en un folleto editado en Valencia, en 1903, por Ediciones El Corsario.

 

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Luigi Fabbri, “La sintesis anarquista” (1928)

“La sintesis anarquista”

Luis Fabbri

Con este titulo nuestro Viejo compañero Sebastian Faure ha publicado una especie de manifiesto a los compañeros, en el cual expone en resumen una concepción integral suya del anarquismo, proponiéndola como programa de organización a una nueva unión de los anarquistas franceses, hace poca formada en contraposición a la veja unión, después del descontento suscitado entre los compañeros por las resoluciones… dictatoriales del ultimo congreso de la U. A. C. R. francesa.

El esfuerzo de S. Faure para llamar de nuevo a la colectividad anarquista a las bases fundamentales del ideal libertario es sumamente laudable: y es preciso desearle todo el éxito que el esfuerzo merece. Yo quiero decir aquí algunas ideas mías sobre esa “síntesis anarquista” no para refutaría, porque en substancia me hallo de acuerdo con S. Faure, sino para proponerle alguna leve modificación, para aclarar alguna de sus partes, para hacer alguna observación de carácter general, susceptible de vencer alguna desconfianza que podría ser suscitada por alguna frase, pasible de diversas interpretaciones.

Ante todo una objeción enteramente formal al nombre mismo de la nueva asociación: “Asociación de los federalistas anarquistas”. Yo soy contrario a todo agregado al nombre de “anarquista”, que parece que disminuye éste y complica la comprensión de la idea. Cuando se hace la propaganda, cuando se explica el programa anarquista es necesario adoptar otras palabras, para que se comprenda en qué sentido entendemos nosotros la anarquía; y entonces es bueno decir cuanto de socialista, de individualista, de organizador hay en nuestro concepto anarquista. Pero cuando queremos simplemente darnos un nombre, dar un nombre a una asociación nuestra, a un periódico, a una iniciativa cualquiera, debe bastar el nombre de “anarquista”—con el orgullo tranquilo de que la concepción integral que nosotros tenemos de la anarquía es la más completamente anarquista que s pueda imaginar, tanto desde el punto de vista histórico como del tradicional y en fin del teórico.

La anarquía, según mi opinión, no tiene necesidad de decirse de una manera especial socialista, comunista, federalista, sindicalista, individualista, organizadora, etc., porque en medidas y sentidos diversos es todos eso simultáneamente y no una de tantas cosas solo. Además cada cual de tales objetivos, por el significado diverso que se les da, tomado por si solo se presta a confusión, a errores de comprensión por parte de los amigos, con pretextos de incomprensión de parte de los enemigos o adversarios. Si yo hubiese debido aconsejar a los compañeros franceses de la tendencia de S. Faure, que es aproximadamente la que yo prefiero, un nombre nuevo, les habría dicho el de “Federación anarquista”, que me parece expresar en dos simples palabras, lo mismo, lo que se quería decir con lo de la asociación de los federalistas anarquistas. Con esta diferencia, que la “federación” es como un hecho, no como un principio. Come principio basta la anarquía.

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Pero vengamos al grano del proyecto programático de S. Faure.

Este examina las tres principales corrientes que dividen actualmente le campo anarquista: 1.o el anarquismo sindicalista; 2.o el anarquismo comunista; 3.0 el anarquismo individualista. De su examen obtiene esta conclusión: que las tres corrientes, lejos de negarse recíprocamente se integran, so el complemento de las otras.

“Las tres corrientes—dice—no tienen nade que las haga inconciliables, nada que proclame su incompatibilidad y que les impida vivir en buena inteligencia y también concertarse en vista de una propaganda y de un acción en común. La existencia de las tres corrientes no solo no perjudica a la fuerza total del anarquismo,—movimiento filosófico y social visto en su conjunto,—pero puede también y debe contribuir a la fuerza de conjunto del anarquismo. Cada una de esas corrientes tiene su puesto, su función, su misión en el movimiento anarquista ya que tienen por objetivo la creación de un ambiente social que asegure a todos y a cada uno el máximo de bienestar y de libertad”.

Para explicarse, Faure asemeja el anarquismo a lo que en química se llama “cuerpo compuesto”, es decir formado por la combinación de más elementos. El anarquismo está compuesto por tres elementos (además de otros menores y de menor importancia), que son el comunista, el sindicalista y el individualista. Son la circunstancias de ambiente y condiciones y de origen que determinan la prevalencia ya del uno, ya del otro elemento; pero los tres elementos se debe en todo caso combinar en él y es esa combinación lo que Faure llama la “síntesis anarquista”.

En todo esto, que es el fundamento de la concepción de Faure, yo (aparte tal vez de la fraseología que él adopta) estoy del todo de acuerdo. También convengo con él en la demostración que hace del porqué las tres corrientes, aun siendo distintas, no están por eso forzadas a estar en contrate. Es muy verdadero que el anarquismo, para triunfar, no puede (como él sostiene) pasarse sin el concurso de las masas obreras que se organizan en el terreno sindical. Es muy verdadero que el anarquismo no puede concebirse sin la negación de la explotación del hombre sobre el hombre, sin la supresión total del capitalismo y sin la puesta en común de los medios de producción, de transporte y de intercambio. Es muy verdadero que el anarquismo no seria tal si no fuese también la expresión mas alta y precisa del derecho del individuo, de todos los individuos, a la liberación de todas las opresiones políticas, económicas y morales, al desarrollo y expansión de todas sus facultades, a la satisfacción de todas sus necesidades. Por estas tres razones el anarquismo es al mismo tiempo sindicalista, comunista e individualista. De acuerdo.

Estoy de acuerdo además con Faure cuando muestra cómo la guerra encarnizada y a menudo desleal que se han hecho esta tres corrientes, una contra las otras, es lo que más mal ha causado a la causa común de la anarquía. Aunque separadas, habrían podido muy bien cooperar en lugar de combatirse, o por lo menos coexistir, desarrollando cada cual su trabajo y su lucha contra las instituciones burguesas, sin perder tiempo y fuerzas en trenzarse entre si hasta el punto de desautorizarse, paralizarse y neutralizarse recíprocamente el trabajo. Es preciso añadir también al respecto, sin embargo, que a menudo en estas luchas intestinas la cuestión de principio no es más que un pretexto; muy a menudo las determinantes verdaderas son cuestiones del todo personales, mezquinos intereses y más mezquinas rivalidades y vanidades, las cuales habrían creado la disidencia aun donde no hubiese existido la divergencia programática.

Creo que también en Francia se puede decir algo de este género, aunque yo estoy poco al corriente sobre los entretelones del movimiento y sus divisiones en este país. Pero sé que hay en otras partes, en otros países lejanos de Francia, divisiones muy ásperas entre fracciones del anarquismo, que están de hecho separadas y en choque entre si, bien que en el terreno de la táctica y de los principios tengan todas el mismo programa y proclamen todos (negando cada cual la sinceridad de las otras) los mismos criterios teoréticos y prácticos.

Si hay algo semejante también en Francia, tal vez S. Faure no ha querido poner el dedo sobre esta llaga, con el laudable propósito de no irritaría. Glissons… Pero en substancia, en la diagnosis del mal, también Faure razón en esto.

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¿Cuál es el remedio a este mal? Sobre el remedio Sebastián Faure no se extiende mucho, no se explica, en mi opinión, de un modo completo. Y es por eso que no estoy seguro de estar de acuerdo o en desacuerdo con él. Tal vez lo estoy solamente en parte.

Dice que los tres elementos constitutivos del anarquismo no están forzadamente condenados a combatirse sino que “están hechos para combinarse y formar una especie de síntesis anarquista, de la cual es preciso intentar pronto la realización practica”…justísimo! ¿Pero tendrá por si sola esta fórmula de la “síntesis anarquista” la virtud de unir a los que hasta aquí se han obstinado en quedar encarnizadamente divididos? He aquí el problema.

Porque si esta síntesis, que Faure traza en teoría, fuese traducible en la practica en la síntesis de todas las fuerzas anarquistas, y el único obstáculo a ella fuese la ausencia de la síntesis teorética, la unión de todas las fuerzas anarquistas seria desde hace mucho una realidad, porque—aparte de la formula general,—en la substancia aquella síntesis la hubo siempre. El anarquismo comunista, en la corriente que antiguamente se decía socialista-anarquista-revolucionaria”, según las ideas de Bakunin, Kropotkin, Gori, Lorenzo, Malatesta, Faure, etc., ha sido siempre la síntesis, la armonía de esos tres conceptos más importantes del anarquismo: puesta en común el a propiedad, libertad individual y colectiva, acción organizada de masas.

Sebastián Faure mismo debe convenir que lo que hoy nos presenta bajo la formula de la “síntesis anarquista” no es más que a repetición de las ideas que no ha conseguido aún—y nosotros, que esta en sus periódicos y en sus conferencias. ¿Cómo es que no ha conseguido aun—y nosotros que estamos e acuerdo con él, no hemos triunfado tampoco, aunque estamos repitiendo estas cosas desde hace treinta años—constituir de hecho, en la practica, en e movimiento aquella síntesis que desea? No por a ausencia de la idea sintética del anarquismo, que existía ya; sino porque la división tenia otras causas, en parte debidas a debilidades y defectos de los hombres, y en parte a la existencia de contrastes de teoría y más aun de táctica, de lo que Faure no tiene toda la cuenta debida, en su llamado apasionado y noble para unir a la mayor cantidad posible de anarquistas en un mismo movimiento orgánico.

No nos preocupamos de las debilidades y defectos inherentes a la naturaleza humana; estamos también nosotros plenos de ellos; pero en esto no tenemos que hacer más que una cosa: tratar de mejorarnos nosotros mismos, sin pretender demasiado ser nosotros los que hayamos de mejorar a los otros. Que cada cual sea severo consigo mismo, indulgente con los demás,—por lo menos con los compañeros. Las diferencias teoréticas las hay, pero, a excepción de ciertas exageraciones que no podríamos consentir, y que ciertamente el mismo Faure no aceptaría, no me párese insuperables. Pero el contraste lo hay, no se puede negar, en el terreno practico, en el modo de aplicar la teoría; y lo habría en el modo de aplicar la misción genérica de los principios a su realización en el una “síntesis” de Faure, apenas pase de la afirma movimiento. Este es el punto débil, no en Faure solamente, sino en todos nosotros.

También Malatesta, más de una vez, en Italia ha repetido que lo que separa las varias fracciones del anarquismo son más que otra cosa cuestiones de palabras. Si se van a analizar los razonamientos de los unos y de los otros, si se desciende al fondo de su móviles sentimentales, se halla a menudo en efecto que hay entre todos los anarquistas más unión substancial de la que parece. Pero… la desunión en la practica queda; y entonces es preciso decir que hay motivos serios de desunión.

A mi me parece que Faure ha descuidado más de la necesario el examen de esos motivos.

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He dicho ya que para os anarquistas comunistas y partidarios de la organización as ideas de la “síntesis anarquista” están contenidas en su programa. Pero la repetición que Faure hace hoy no es inútil, des de e momento que desde hace un tiempo se van infiltrando en la propaganda y en el movimiento anarquista hábitos, tendencias y también afirmaciones teoréticas que están en contraste con uno de los principios fundamentales del anarquismo: el de la autonomía en la organización, de la libertad de iniciativa individual y de grupo que debe estar en la base de toda organización anarquista, por extensa y compleja que esta pueda ser.

Después de la publicación de la “Plataforma” de un grupo de anarquistas rusos, que proponían la constitución de una asociación anarquista sobre bases más especialmente después del congreso de la Union Anarquista Francesca de noviembre pasado, que reafirmaba su constitución interna sobre orientaciones verdaderamente autoritarias y antianarquistas, ciertamente la “síntesis anarquista” viene a tiempo para recordar a los compañeros que se organizan la necesidad y el deber de organizarse “anárquicamente”, que para los anarquistas la organización es un principio irrescindible del de la autonomía. Pero es también verdad que las desviaciones son el hecho de una minoría insignificante en Francia y fuera aun cuando por un momento ha conseguido reclamar sobre si tanta atención y tener la sanción de un congreso de organizadores.

Los anarquistas comunistas y organizadores, en la casi unanimidad, han quedado fieles a sus principios, y no han olvidado de ningún modo ni la idea de que la revolución será hecha por las masas y que por tanto es necesaria la organización de estas tambien sobre el terreno sindical, además del insurreccional; ni la otra idea que la querida por los anarquistas es una “revolución de la libertad”, que debe emancipar el mundo social comenzado por un átomo constitutivo, que es el individuo. Por lo que se refiere a estos tres principios—puesta en común de la propiedad, organización para la lucha y para la vida, libertad individual—están ya de acuerdo con los otros anarquistas que reivindican los mismos principios.

Si no fuese más que para establecer una base programática, en e terreno teórico, podríamos decir que la cosa se ha hecho ya desde hace cerca de cincuenta años. Pero es cuando se trata de constituir organizaciones de hecho entre los adeptos a aquél programa, para desarrollar una acción determinada, para hacer determinadas cosas, que surge la necesidad para los asociados de hallarse de acuerdo no sobre un punto solamente del programa, sino sobre todos. Los anarquistas comunistas organizadores—agrego esta ultima palabra para los anarquistas italianos, en cuyo medio están también los anarquistas comunistas contrarios a la organización,—si quieren constituir una organización efectiva y no contradictoria en sus elementos, es preciso que la funden sobre los tres principios más arriba mencionados, los tres indispensables (en su opinión) al anarquismo. Y por tanto la primera condición para que la organización no sea condenada a verse paralizada por contrastes internos, es que todos sus componentes estén de acuerdo en aceptar esos tres principios y no uno o dos solamente.

Los que no están de acuerdo sobre los tres principios serán anarquistas también; no lo negamos. Queremos estar en buena armonía con ellos y, cuando sea posible, intercalar ayudas para determinadas iniciativas sobre las que se esté de acuerdo. Pero para asociarse duraderamente y en vasta escala, es preciso que los asociados estén de acuerdo sobre todas las cuestiones más importantes; y no sobre otra, y otros aun sobre una tercera exclusivamente, quedando siempre para todos dos motivos de divergencia sobre tres. La divergencia paralizaría toda actividad común de la asociación, pues no es concebible que cada cual, para estar de acuerdo sobre una coso, se adapto a hacer o solo a no combatir las otras cosas que no aprueba o cree nocivas.

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Veamos más de cerca los puntos de divergencia, que imperidian todo funcionamiento a una organización que recogiese las diversas fracciones del anarquismo sin distinción.

¿Podremos, por ejemplo, estar asociados con los llamados “platformistas”, los cuales persistirían en querer introducir en la organización sistemas que nos parecerían autoritarios, como los adoptados por el congreso francés de noviembre pasado? No, ciertamente; y Faure y sus amigos están de acuerdo con nosotros, tanto es así que han salido por esa razón de la U. C. A. R. de que formaban parte. Por una razón de oportunidad yo habría, a decir verdad, preferido que quedasen en ella, porque me parece que así habrían logrado mejor impedir las temidas desviaciones y obrar e modo que las resoluciones antianarquistas del congreso quedasen letra muerta; pero las razones por las que ellos han salido son justísimas, y en todo casi habrían debido salir de ella más tarde, si no hubieran conseguido conservar a la U. C. A. R. el carácter anarquista querido. La separación en el terreno practico de los anarquistas organizados sobre bases poco anarquistas, es decir que olvidanel aspecto autonomista y federalista al mismo tiempo del anarquismo, seria inevitable.

Hay además los anarquistas sindicalistas. Nosotros, comunistas anarquistas organizadores, estamos de acuerdo con ellos en que la organización sindical de la clase obrera es necesaria para la revolución, sea para la lucha, sea para el comienzo de una reconstrucción social sobre bases libertarias; así también estamos de acuerdo en querer dar a la organización sindical la orientación más libertaria y revolucionaria posible. Pero cuando los anarquistas sindicalistas, como ocurre en algunos países, subordinan el anarquismo al sindicalismo, encierran todo su anarquismo en el sindicalismo, se oponen a toda otra forma de organización anarquista, atribuyen a los sindicatos funciones sociales y revolucionarias en contraste con su naturaleza, crean en substancia otro peligro de desviación autoritaria y monopolista en el seno del movimiento y de la revolución, rompen el equilibrio de las fuerzas en el seno del anarquismo, y se colocan por si mismos fuera de una posible organización anarquista,—la cual sobre todo quiere que como un medio subordinado, y no el único, de la revolución por la libertad. Esto es tanto más verdadero cuanto que en los países donde el anarquismo sindicalista es más fuerte, constituye organizaciones por su cuenta, distintas de las organizaciones anarquistas propiamente dichas.

En cuanto a los anarquistas individualistas, la diferenciación es más evidente, aun cuando en la practica es inasible porque es variable hasta el tendencias que se llaman individualistas. Si todo el individualismo consistiese en la afirmación de la soberanía individual, en el principio que Faure toma como termino característico, entonces todos los anarquistas podrían decirse individualistas. Pero cuando los individualistas niegan toda organización que no sea la del grupo ocasional y de afinidad contingente, niegan todo pacto social duradero y que implica compromisos ¿cómo organizarse con ellos? En la propaganda ¿cómo concitar a nuestra para la puesta en común de la propiedad con la suya de a apropiación individual? Y cuando hablamos de libertad para todos los individuos ¿cómo conciliar esta propaganda con la paradoja de tantos conquista su libertad con su fuerza, sin preocuparse de os otros, e incluso en perjuicio de los otros?

Yo creo que S. Faure convendrá en estas observaciones mías. Solo que él me dirá: “Pero si hay comunistas, individualistas y sindicalista que convienen en asociarse sobre bases duraderas y vastas, al contrario de los otros que se cierran en su exclusivismo, aceptando todos los tres principios de la puesta en común de la propiedad, de la organización libertaria y de clase, y de la autonomía individual y de grupo ¿por qué no podrían hacerlo a pesar del nombre diverso y aun cuando hubiese divergencia de opinión entre ellos sobre la importancia mayor o menor que hay que dar a uno o a otro de los tres llamados elementos constitutivos del anarquismo?”

¡De acuerdo! podrian hacerlo, y seria deseable que lo hiciesen. Pero Faure convendra que en tal caso sus nombres diversos no importarian nada, pues en realidad serian todos la misma cosa,—serian nosotros hemos sido siempre: comunistas, revolucionarios y anarquistas.

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Debo advertir que he hecho mías, en ocasión de esta discusión, muchas formas de expresión de Faure, para quedar más íntimamente en sus argumentos, como, por ejemplo, la “puesta en común de la propiedad” que según mi opinió se entiende en un sentido más bien relativo, en el sentido que nadie pueda tener en sus manos el medio económico para explotar a sus semejantes, y que todos tengan, en cambio, los medios para satisfacer las propias necesidades. El modo, luego, de organizar la producción y la distribución,—aun pareciéndome superior el de tipo comunista,—es secundario y puede variar según los lugares, tiempos y circunstancias.

Otra cosa:—Sebastián Faure dice en cierto punto—citando mi nombre,—que yo le he dicho que un ensayo de realización de lo que él llama “síntesis anarquista” se ha hecho en Italia, con la Unione Anarchica Italiana. Le he dicho, en efecto, algo semejante. Pero es preciso que me explique para evita equívocos.

En Italia una división exacta entre las tres fracciones—comunista, sindicalista e individualista—como Faure la precisa no existía. La verdadera división era, y es todavía entre anarquistas organizados y anarquistas antiorganizadores, entre los que eran partidarios de un asociación anarquista constituida orgánicamente, con criterios de solidez y de extensión, y los que le eran adversos o negaban toda organización, o preferían la organización de grupos locales, desligados, ocasionales, temporales. Los anarquistas organizados eran todos de tendencia comunista, y de éstos se decían sindicalistas los que en la practica se dedicaban al movimiento obrero y sindical, pero sin dividirse de los otros más que por detalles o cuestiones secundarias. Ellos pertenecían todos a la Unione Anarchica Italiana; y en los congresos de ésta, a través de la discusiones, se percibía apenas alguna diferencia de mentalidad y de orientación entre unos y otros.

Los anarquistas antiorganizadores, la mayor parte comunistas-anarquistas y en una pequeña minoría individualistas, estaban naturalmente fuera de la U. A. I.; pero algunos de ellos se unían a los anarquistas organizados para iniciativas en común. El diario “Umanitá Nova” dirigido por Malatesta, había salido por los esfuerzos comunes de unos y de otros, y así también el periódico “Fede”. Pero la U. A. I. Desarrollaba su propia actividad por su cuenta, y había periódicos que se mantenían exclusivamente en su orbita. Los anarquistas antiorganizadores le eran completamente extraños, no participaban en sus congresos y tenían también órganos propios.

La Unione Anarchica Italiana comprende a todos los anarquistas concordes en la lucha organizada contra el capitalismo y contra el Estado, por la revolución que realice a emancipación individual y colectiva, de clase y humana, con a igualdad y a libertad para todos, sobre la base de la solidaridad y de la asociación voluntaria de los esfuerzos. Su programa, redacto por Errico Malatesta, contiene todas las ideas constitutivas del anarquismo, que Sebastián Faure llama comunistas, sindicalistas e individualistas; pero ninguno de esos adjetivos es adoptado. Es decir están expuestas las ideas del anarquismo integral, que Faure reúne en su síntesis, diciendo lo que los anarquistas asociados quieren y se proponen hacer, pero sin adoptar otra especificación teorética fuera de la “anarquista”. Así, el que apruebe entenderse después con os otros asociados sobre las formas y maneras de organización interna, se en los grupos como en los congresos.

Este tipo de organización me parece susceptible e recoger a su alrededor el mayor numero de anarquistas. Pero, no obstante, no podría recogerlos todos. De aquí la necesidad de resolver el problema e las relaciones, no solo entre anarquistas asociados en una dada organización, sino también de estos con anarquistas de otras organizaciones o grupos, con los mismos anarquistas desorganizados de todas las tendencias del anarquismo. Ahora no se puede pretender resolver este problema fundando simplemente una nueva organización. No puede ser resuelto más que sobre le base de la reciproca comprensión y tolerancia, y de a persuasión que cada cual tiene derecho a organizarse a su modo con aquellos que piensan como él, o a no organizarse de ningún modo,—sin que por esto sean imposible entre todos as mejores relaciones de cordialidad y de fraternidad, y sin que nadie pueda para si o para su tendencia pretender la infalibilidad o el monopolio del anarquismo.

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No quiero cerrar estas notas a la “Sintesis” de S. Faure sin advertir que no quieren ser de ninguna manera ni una critica ni una refutación de las ideas de nuestro valeroso compañero francés, con el cual, repito, me hallo casi del todo de acuerdo, sino más bien un agregado al trabajo hecho por él, una aclaración mayor de alguna de sus partes, una contribución a su propaganda, contribución que se suma a ella y no disminuye nada de su eficacia.


[Suplemento Quincenal de La Protesta (Buenos Aires) 7 no. 286 (June 15, 1828): 329-333.]

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Max Nettlau, “El buen acuerdo anarquista” (1928)

EL BUEN ACUERDO ANARQUISTA

Max Nettlau

Desde hace largo tiempo el anarquismo militante no ha producido un documento más razonable y bienvenido que La Síntesis anarquista de Sebastián Faure (20 de febrero de 1929; suplemento del “Trait d’Union”, boletín mensual, Paris, 55, rue Pixerecourt, XX). La copa del aislamiento y del fanatismo estaba llena y se ha desbordado por fin; después de la “Plataforma” y el congreso de octubre de 1927 ha venido la repulsión, la vuelta al buen sentido, la necesidad de ver vivir las diversas corrientes anarquistas, principalmente el anarco-sindicalismo, el comunismo libertario y el individualismo anarquista, en buena inteligencia, en buen acuerdo, “pasando la esponja sobre nuestros errores recíprocos y adquiriendo el compromiso de no remover esas tristezas”. Si esta iniciativa tomada por Sebastián Faure es seguida de ejecución sobre una gran escala y en todos los países, el anarquismo habrá adquirido en fin una de las condiciones esenciales a todo movimiento viviente y progresivo, saldría de la inmovilización doctrinaria de la restricción en limites, por no decir fronteras, estrechos, del acogotamiento brutalizante y fanatizante, en una palabra del sectarismo miope que limita toda su fuerza de atracción.

Porque a los ojos de todo investigador reflexivo ha debido presentarse el gran contraste la amplitud de las concepciones anarquistas generales y la estreches de las proposiciones prácticas, sobre todo de las concepciones económicas preconizadas al mismo tiempo—con une mano parece que se ofreciera la más gloriosa manifestación de la libertad sin limites, y con la otra mano se quita una gran parte de esa libertad a favor de alguna solución-panacea económica, única y superior a todas las demás posibilidades. Ese no varietur de las doctrinas económicas daba a la concepción tan amplia de la humanidad libre y solidaria, ese sello pequeño y restringido que enfurece a los buscadores de libertad y n atrae más que a un numero restringido de creyentes. Sin duda la elaboración de proposiciones económicas y de semejantes especializaciones es inevitable y necesaria para ejercita nuestra inteligencia, completar la imagen de la vida porvenir que cada cual se crea en espíritu, pero se habría debido decir siempre altamente que esas no son más que hipótesis, posibilidades de la expresiones de nuestros deseos y predilecciones personales, algo que nosotros, disfrutando de libertad y de riqueza sociales, trataríamos de realizar, mientras que otros ensayarían otras realizaciones,—y que no son soluciones, necesidades, caminos únicos, fuera de lo cual no hay más que lo absurdo y lo reaccionario.

En un pasado ya lejano los primeros socialistas, casi todos como hijos de su época autoritaria, llenos de fe en la potencia de una autoridad bienhechora ellos mismos, y completamente privados de todo medio de acción practica y directa, han propuesto sus ideas de una sociedad libre, igualitaria y feliz, bajo forma de utopías, de sociedades imaginarias, en las cuales fuerzas autoritarias benevolentes e incorruptibles regularían la producción y la distribución y toda otra actividad de la vida social. Más adelante otros autores han hecho lo mismo en los sistemas socialistas que no fueron más que utopías teoréticas, sin cuadro romántico ficticio. El Code de la Nature de Morelly (1755) es uno de los primeros. Esta forma, tomada tal vez a los sistemas religiosos con sus cosmogonías, origen de todas los cosas, y sus escatologías, las cosas futuras y ultimas, era magnifica para atraer a los creyentes fervientes, pero repulsiva para los espíritus críticos que se veían siempre ante un conjunto del cual se les decía más o menos: hay que tomar o que dejar, pero no hay que tocar ahí.

Los primeros anarquistas tocaron, como hicieron, por ejemplo, Godwin y Max Stirner, Proudhon y Bakunin, demoliendo tanto el sistema estatista y capitalista como el socialismo erigido en sistema autoritario. Sin embargo, con mucha frecuencia, sea por las disposiciones personales (como quizás para Josiah Warren, que tenía el temperamento del inventor que trata de abrirse un camino y acaba por volverse egocéntrico), sea porque los adeptos les piden consejos prácticos o los adversarios les desafían a probar su caso mediante proposiciones detalladas, etcétera, sea porque ellos mismos están completamente penetrados de sus ideas y no salen de ese circulo—en tales condiciones también los anarquistas han elaborado sistemas demasiado completos, demasiado detallados para no volverse así demasiado estrechos, demasiado su propio producto personal, su utopia individual. Yo pienso que entre los anarquistas mas conocidos como autores y pensadores, al lado de Warren, sobre todo Proudhon y Kropotkin pertenecen a ese número. Uno y otro han hecho lo mejor de lo que había en su tiempo, en critica social y en concepciones generales de las tendencias que conducen a la anarquía—no tengo nado que hacer aquí con esa parte durable de su obra,—pero precisamente Proudhon y Kropotkin han elaborado también el detalle del mutualismo y del comunismo con talento y ardor, para hacer de ellos algo que es muy bello cuando se le considera como se contemplan los cuadros, como se goza ante una obra de arte o de ingenio, pero cuando se toma por camino definitivamente trazado, por programa inalterable—entonces se engaña uno: no es otra cosa que el porvenir entrevisto por los anteojos de dos hombres muy inteligentes y muy abnegados, pero eso no es ningún descubrimiento definitivo, ninguna guía, por decirlo así, del viajero anarquista hacia el bello país de la anarquía. Casi todos reconocen hoy que tal es la verdad respecto de las concepciones de Proudhon, hemos visto rodar una tras otra las previsiones de Marx sobre el provenir, y seriamos lógicos no atribuyendo una superioridad excepcional a las concepciones, en tanto que especializadas en una parte de sus escritos constructivos, de Kropotkin o de otro cualquiera.

Hay anarquistas que se han guardado bien de caer así en el detalle, como se podría decir. Bakunin se ha limitado estrictamente a mostrar lo que era preciso demoler y cuáles eran los primeros fundamentos de una sociedad nueva libre y de qué garantías debía estar rodeada en su comienzo contra la reacción y las desviaciones autoritarias; todo lo demás, según él, se refiere al porvenir y a los hombres futuros. No se encontrará Tampico en la obra de Eliseo Reclus una inclinación a levantar ese gran velo que cubre el provenir; entrevé las bellezas de una sociedad tan perfecta como posible, de la identidad de la libertad y la solidaridad en la fraternidad universal, el amor, pero se guarda bien de precisar el detalle, aun teniendo, con buen derecho, predilecciones, tolerancias y aversiones personales. Me parece probable que si Kropotkin hubiera podido decir más ampliamente sus últimos pensamientos—su prefacio a la Palabras de un Rebelde rusas de diciembre de 1919 me lo hace presumir—habría tratado de coordinar sus ideas personales con otras ideas que él veía abrirse camino también. Y creo que Malatesta haría lo mismo si pudiese hablarnos.

He mostrada en otros artículos y escritos cómo ya en las concepciones sociales de James Guillaume (1874-76) el detalle económico (colectivismo, comunismo) dependía de la que seria la situación del grupo en la hora dad (de si hubiese abundancia o no, etcétera). Lo mismo en España, hace cuarenta años, Tarrida del Mármol, Mella y otros han propuesto el anarquismo sin epíteto económico, admitiendo a la vez los arreglos comunistas y los colectivistas. Igualmente Voltairine de Cleyre, en 1901, que ponía al mismo nivel los cuatro matices de anarquismo que establece, y explico su diferenciación por causas locales y otras, y no por errores, extravíos, descubrimientos, progresos victoriosos de la nuevo sobre lo viejo, como se ha hecho tan a menudo y se hace todavía. Yo mismo he sido en otro tiempo convencido de la superioridad absoluta del comunismo anarquista y de la falta de valor y de las cualidades de superado y de anticuado de los matices colectivista e individualista. Pero desde 1897 aproximadamente vi las cosas de otra manera, reconozco a cada matiz su derecho a la existencia, no pretendo prever el porvenir, no temo la diversidad, sino que la quiero, comprendo que no se subordinará nunca la humanidad a algún sistema único, aunque fuese el mejor, y me complace ver a los hombres por el mayor numero posible de caminos y de métodos encaminarse hacia una vida de espíritu libre y buen sentido social, de que seria verdaderamente presuntuoso querer canalizar la expansión y conducir el océano personal, individualista, colectivista o comunista. Sin embargo, se sabe por la carta de Kropotkin a mi en marzo de 1902, publicada en esta revista en 1926, que entonces me defensa de la ideas semejantes fue vana, como fue lo que escribí al respecto entonces y hasta 1914 en Freedom, Mother Earth y Temps Nouveaux. En 1929 se reimprimió en New York en ingles un articulo de ese genero mío, tomado de Freedom de febrero de 1914, y ese articulo fue luego traducido y discutido por anarquistas italianos en sus periódicos, un 1926, esta vez no ya con la intransigencia negativa absoluta o la indiferencia que encontró en los años hasta 1914 casi en todas partes.

Hay, pues, en fin, un poco de progreso en la apreciación de esta idea de la tolerancia mutua y de la buena inteligencia entre todos los anarquistas, cualesquiera que sean las hipótesis económicas que a cada uno le parecen más probables o le son más simpáticas y que cada cual realizará en una sociedad libre, lo que estará en su derecho incontestable.

Por eso deseo buena suerte a Sebastián Faure que levanta su voz, en fin, a favor de esta misma idea de la cual dice: “Yo no he descubierto nada y no propongo nada de nuevo”, mencionando al respecto precedentes en la organización Nabat de Ukrania y en la Unione Anarchica Italiana. Habria podido buscar esos precedentes más atrás, como acabo de hacerlo yo, y habría podido insistir sobre las grandísimas resistencias que esa idea encontró siempre—¡ojalá esas resistencias queden ahorradas a su iniciativa de 1928!

Si puedo aventurar una critica, el nombre de síntesis anarquista no me parece bien elegido. Si los tres matices del anarquismo de que Faure habla no son elementos estrictamente aislados que se repudian uno a otro, como productos hostiles de la especie del agua y del fuego, por ejemplo, el nombre seria excelente. Serán, pues, ante todo elementos tan autónomos como hasta aquí, pero que no se combaten más y viven en “buena inteligencia, incluso concertándose en vista de una propaganda y de una acción comunes”—allí donde les conviene. Muy bien, pero de ahí a una síntesis, a una “combinación de varios elementos” hay gran trecho. Tal combinación podrá resultar de la verdadera experiencia en una vida social libre, y aun entonces no será un resultado permanente, no será más que una grada de la escala de donde subirá luego a una grada más elevada. No se comienza, pues, por un síntesis; es un esfuerzo preconcebido, premeditado, ¿y quién impondrá ese esfuerzo? ¿Alguna inteligencia superior al margen? Nosotros no queremos jefes inspiradores. ¿O los componentes del grupo? Entonces la síntesis variará de grupo de grupo y en los grupos según la entrada o la salida de miembros. Se estaría ante una especie de representación proporcional, mecanismo que para las idas no vale nada: una idea no cambia de buena en mala, o al revés, según la cifra de sus adherentes. Así yo no veo qué se podría “poner junto”, sin-tetizar, com-poner ahora, sino cosas del todo exteriores y formales.

Seria mejor decir buen acuerdo anarquista, convivencia anarquista, respeto mutuo anarquista, lo que garantiza las autonomías y deja a un lado las síntesis prematuras que pueden ser tan molestas como los aislamientos. La verdadera síntesis llegará o no llegará, es decir que, cuando se sea verdaderamente libre y se esté en posesión de las riquezas sociales, no habrá más que la vida libre con sus combinaciones y constelaciones incalculables e innumerables que no se tomará uno ya el trabajo de llamar síntesis; no habrá más que una fase cualquiera de nuestras actividades e inter-relaciones continuas, del movimiento permanente del cual formamos algunos granos de polvo.

* * *

¿Será posible ver pronto esta idea de la buena amistad entre los anarquistas de todos los matices generalmente aceptada? Ella implica, come Faure insiste muy justamente, el paso de la esponja sobre el pasado, la cesación de las guerras, polémicas y recriminaciones mutuas. Allí apela a las disposiciones sociales, a las cualidades personales, al valor moral que se posee o que no se posee.

Es imposible conciliar cualidades antagónicas, pero por eso no hay ninguna necesidad de devorarse o de estrangularse unos a otros. El mundo no está de tal modo poblado de anarquistas que cada cual no pueda ir por donde quiera y volver las espaldas a un ambiente que no le agrada, y no hay necesidad de entablar una lucha por eso, sobre todo cuando se tiene leal—y sobre todo es lastimoso hacer eso—pero que no se acaba nunca con un adversario desleal que renueva siempre la querella y no quiere la paz.

¿No estamos demasiado, aunque sea inconscientemente, bajo la influencia de procedimientos autoritarios que vemos a nuestro alrededor toda la vida?

Así en organización todo el mundo desciende de las organizaciones democráticas autoritarias que el siglo XVIII ha creado, se tiene aun el ejemplo de las organizaciones secretas, el de las organizaciones obreras de defensa práctica e inmediata (trade unions) y el de las corporaciones antiguas de visiones más estrechas, y el de los gobiernos y administraciones de todos los días. De todo eso se deriva una rutina y a menudo una mentalidad más o menos autoritaria, y lo que la anarquía ha tratado de crear en su propio espíritu, el grupo y la federación, o bien el grupo autónomo sufre sin embargo por las infiltraciones autoritarias que sus miembros, educados, come lo estamos todos, en el ambiente autoritario, aportan a él sin saberlo y sin quererlo. Entonces o bien nuestras organizaciones adquieren un sello autoritario, o salvándose de ese peligro, se cae en una indiferencia, en una negligencia, en una falta de puntualidad, etc. Que disminuye mucho su eficacia, o se erige en principio un antiorganizacionismo, lo que es fácil de decir en principio, pero que carece de contenido real, activo, creador, como toda negación pura.

Y el espectáculo de las guerras, de las violencias, del militarismo, ese verdugo colectivo permanente de los pueblos, de las querellas y litigios envenenados por los tribunales, todo ese salvajismo que fomenta la crueldad y la intratabilidad, todo eso aceptado como la cosa más natural por el patriotismo y la mentalidad del Señor-Todo-el-Mundo—¿no hay en todo eso un estimulante perpetuo para nuestras guerras intestinas, para nuestras polémicas envenenadas y incurables, para nuestros odios y querellas que, ahora, llenan y manchan los periódicos, pero que, como se ve en Rusia desde hace diez años, los de los socialistas que tienen el poder material se siguen e intensifican por la muerte, la prisión dura y la deportación de sus adversarios en ideas, suprimiendo al mismo tiempo toda expresión de un soplo de oposición y de disidencia?

Y como los hombres están recluidos en Estados, separados por lenguas y nacionalidades, organismos de inter-hostilidad permanente que no buscan más que la oportunidad de erigir su superioridad uno sobre otro, si no de destruir y englobar enteramente a los más débiles, y como raramente alguna cuestión común a todos puede ser resuelta equitativamente, salvo al fin de las transacciones meas complicadas (pensad en el “desarme” discutido en Ginebra desde hae tantos añas, en la libertad de comercio cada vez más reducida, etc.) ¿se cree que eso no tiene un efecto deletéreo sobre la mentalidad de los hombres avanzados también?

La diplomacia de los Estados, lenta y pesada, malvada y dilatoria, ineficaz en suma para hacer otra cosa que llenar de intrigas y de banalidades los intervalos entre las guerra, tiene su contraparte en la diplomacia obrera y socialista, sindicalista y anarquista. También aquí la organización es un organismo que posee las cualidades de un Estado, que ante todo mantiene su potencia, sus intereses, su prestigio. Los Estados no pueden y no quieren llegar a ninguna solución relativamente equitativa y razonable sobre el desarme, las obstrucciones aduaneras y sobre cualquier otra cuestión importante, como no pueden ni quieren llegar a un poco de verdadera solidaridad, de internacionalismo no nominal y de frase, sino practico y de hecho, las organizaciones de los movimientos que acabo de nombrar. He dicho ya en otra parte que desde el congreso de Basilea de la Internacional en 1869, hace casi sesenta años, nunca han deliberado juntos sobre un terreno igual, entre cantidades de delegados espontáneamente constituidos, en una atmosfera mutuamente amistosa. (Es inútil recordar aquí algunas raras ocasiones posteriores que yo podría fácilmente enumerar: examinándolas de cerca se vería que las condiciones de igualdad fraternal y de representación amplia y espontánea de 1869 no han existido en los congresos o reuniones posteriores que, por lo demás, han cesado enteramente desde hace ya mucho tiempo). Desde 1870 la situación política en Europa fue la de hostilidad permanente que se manifestaba en guerras y preparaciones de guerra—fue lo mismo desde 1871 (conferencia de Londres), 1872 (congreso de La Haya), en la Internacional, escidida desde entonces, y ni los Estados ni los obreros socialistas después. A la situación particular creada desde 1917-19 por la revolución rusa y los tratados de “paz” en Europa, corresponde el seccionamiento de los obreros sindicados en las tres Internacionales, la de los países de la Entente en primer lugar, la de Rusia y de sus vanguardias comunistas por otra parte y la que corresponde más o menos al sentimiento de los países neutrales. Y parece que esas escisiones y grupos de los Estados y de las organizaciones obreras tienen verdaderamente un denominador común que es la mentalidad general presente en cada país, de la cual los partidos avanzados, incluidos los anarquistas, no saben emanciparse. Esto es quizás inevitable, puesto que una atmosfera asfixiante ataca a todos; en fin, si es así, es preciso darse cuenta de ello bien pronto y abrir las ventanas de par en par o, de lo contrario, sucumbiremos todos.

En fin, si se es de esta lentitud y de esta falta de buena voluntad desesperantes para entenderse relativamente, para llegar a un modus vivendi un poco más social y solidario que perro y gato, agua y fuego, ¿cuál será entonces la situación en tiempo de una revolución social? Todo el mundo con el cuchillo fuera, como hoy las arengas y las plumas son infatigables en el estredesgarramiento. ¿Y cómo organizar con tales hábitos inveterados una producción y una distribución solidarista, sea mutualista, colectivista o comunista? Localmente se estará bajo el imperio de los odios y aversiones acumuladas de los unos contra los otros, y en los territorios e internacionalmente se tendrán los hábitos del prestigio local, de las compensaciones, de las transacciones dilatorias, y si se tratase de transportar producios locales a una distancia alejada donde se les necesita, eso se podrá hacer aquí y allí rápidamente, con ímpetu, sin calculo, será ciertamente en la mayor parte de los casos objeto de negociaciones, compensaciones exigidas, tentativas de prevalerse de alguna superioridad local, en una palabra, no marcharía más pronto que los trabajos de la Liga de las Naciones de Ginebra y no habría que asombrase si, a consecuencia de las postergaciones, de las dilaciones la impaciencia se hace sentir y si algunos creen necesarias decisiones violentas, el régimen personal, la dictadura.

Para evitar eso es preciso el aprendizaje de la libertad y de la solidaridad y convivencia y tolerancia, y ese espíritu no caerá en nosotros en forma de paloma como el Espíritu Santo, sino que hay que formarlo por la practica de todos los días en el intervalo, grande o pequeño, que nos separa de las crisis sociales nuevas. Todos hemos fracasado en las grandes ocasiones de acción internacional presentadas por la revolución rusa y el fin de la guerra, en 1917-19, hemos fracasado en las ocasiones que se presentaron después, desde Italia en 1920 a China en 1927. Tratemos, pues, de obrar mejor por fin y de no presentar al capitalismo, desunido individualmente, pero, sin embargo, más unido que nunca en la defensa violenta de sus acaparamientos y privilegios, el espectáculo de desmenuzamiento y de entredesgarramiento individual, al cual no corresponde una voluntad revolucionaria colectiva desgraciadamente: si hay alguna cohesión en la defensa obrera, no hay ninguna en el ataque obrera y no la habrá después de una revolución social, en le tren que van las cosas y según lo que nos muestra el ejemplo de Rusia desde 1917…

Sin exagerar, sufrimos, pues, todos mucho la influencia de la atmosfera autoritaria que respiramos por cada soplo de aliento. Hay, sin embargo, ya en el mundo presente algunos ambientes en que le aire está un poco menos viciado. Así la ciencia y el arte han pasado ya a través de esos periodos tenebrosos y se han creado una vida libre. Lo mismo ocurre en la ciudad, de la aldea a la capital; se ha desarrollado en ella una convivencia local que permite la residencia sin interferencia de hombres de los oficios, de las nacionalidades, de las religiones, de las opiniones más diversidad, y este ejemplo, con todas sus imperfecciones que no desconozco, es más edificante que el ejemplo de las escisiones cada vez más envenenadas que ofrecen los movimientos avanzados. La convivencia es una forma social superior al aislamiento, puesto que el ambiente social agrega fuerzas al individuo que, aislado, o bien se empobrece y se atrofia o bien acapara las fuerzas de otro sin reciprocidad, se convierte o permanece un ser antisocial, que engorda a expensas de una colectividad a quien explota.

¿Cómo podremos reproducir en una sociedad futura libre, al menos la comodidad, la seguridad, los conforts que han sido creados por la convivencia apacible en las ciudades—en oposición a la vida antisocial de los jefes feudales con sus siervos sometidos, banditos y nómadas, que vivían a expensas de la comunidad y al margen de ella,—si estamos virtualmente en el estado de esos jefes feudales, bandidos y nómadas fuera de las ciudades que se oprimían, se robaban y se mataban unos a otros?

No; será preciso desembarazarnos de ese espíritu de intolerancia mutua, que nos llega ante todo de la religión que, como la patria, como el posesor y el privilegiado, no conoce más que a ella misma como fin único y que es hostil a todo lo que está fuera de ella. Si el católico detesta al protestante o al libre-pensador, y si el comunista detesta al individualista y viceversa, si la Internacional II detesta a la Internacional III, etc., es siempre exactamente el mismo espíritu; es el fanatismo ciego que ha conducido en otro tiempo a los autos de fe, como conduce ahora a la prisión o al muro en Rusia y como inspira las polémicas de la mayor parte de nuestros periódicos.

Por tanto, si la iniciativa de Sebastián Faure de crear un modus vivendi entre anarco-sindicalistas, comunistas libertarios anarquistas individualistas en Francia, triunfa, seria excelente, pero no seria más que el primero de los pasos de la superación que nos hace falta. Porque no estamos solo en el mundo, y si en otro tiempo, hace mucho, se ha podido esperar que, en algunos países al menos, las ideas anarquistas serian aceptadas por la gran mayoría y por todos los hombres activos y alertas del proletariado, seria preciso estar ciegos para no ver que tales situaciones no existen ya hoy o bien no existen más que de un modo por completo local. Entonces, además, se trataba de un número restringido de países; ahora esas cuestiones se agitan en los cinco continentes y sabemos bien que una inmensa mayoría del proletariado se contenta con un socialismo y un tradeunionismo muy anodinos, y que muchos elementos activos y militantes, están en todas partes fascinados por los oropeles de la dictadura. En esta situación hay, pues, el menos, res grandes tendencias—la libertaria, reformista y dictatorial—que están siempre a la obra para extenderse, que cada cual estará en su lugar el día de las grandes crisis sociales, que cada cual hará todo lo posible por dominar a la otra y ponerla contra el muro si puede (como en Rusia): ¿estaríamos así verdaderamente ante una fatalidad inevitable, contra la cual no hay absolutamente nada que hacer?

Si apresuramos el advenimiento de la revolución, las otras dos estarán allí para tomar el poder y caeríamos del estado de derecho relativo a vivir que nos garantiza incluso el sistema presente, en el estado, sea de lucha a muerte contra los socialistas, sea de derrota y de represión absoluta como en Rusia después de 1918. Es verdaderamente curioso que los países capitalistas de nuestros días son el único lugar en que podemos hacer una propaganda oratoria y literaria relativa no absolutamente obstaculizada, mientras que en el país socialista, Rusia, se ha vuelto tan imposible como en el país medioeval, la Italia del fascismo. ¿Hemos de aceptar todo eso con fatalismo y resignación o más bien debemos luchar contra ello?

Un anarquismo unido (no unificación, sino un franco conjunto de todos sus matices), lo mismo que un sindicalismo solidario, que deja juego libre a las diversas etiquetas de marcas rivalizantes, lo mismo que los movimientos progresivos voluntarios de toda especie (cooperación, libre pensamiento, educación libre, mujeres, paz, etc.), una tal colectividad de voluntades humanitarias y, en grados diversos, antiautoritarias, libertarias y sociales deberían tratar a su vez con los grandes bloques reformistas y dictatoriales, y llegar a hacer reconocer su derecho a la existencia, al respeto y, si por crisis de revolución el poder y el monopolio capitalista caen, su derecho a partes del patrimonio social común de todos, de la tierra, de las riquezas sociales y del libre ejercicio de su género de vida preferida, en proporción a sus dimensiones. Eso quiede decir que en estas condiciones podrá haber convivencia entre todas esas tendencias, estado de cosas que no es todavía la perfección (que no puede existir nunca al principio de una evolución nueva), pero que me parece infinitamente superior a lo que ha ocurrido en Rusia estos diez años y que se repetirá en todas partes si no se encara por fin una acción del buen sentido contra su advenimiento.

O se hace eso o se perderá aun lo que se tiene, los países caerán en el fascismo o en el bolchevismo y seremos puestos todos en la posición creada a los que están forzados a vegetar en Rusia y en Italia. Comencemos por nosotros mismos y sepultemos el tomahawk, sacrifiquemos el sencillismo personal al gran fin de una anarquía de buen acuerdo que asociara a todas las buenas voluntades vecinas y que acupará una posición distinta entonces tanto en el mundo presente como en los días de las grandes crisis y en el gran mañana. Desgarrada como está, ese encuentra próxima a convertirse en una cantidad descuidable, a perder aun lo poco que le queda. No síntesis, sino buen acuerdo mutuo y un buen sentimiento de las proporciones que no se detiene en las pequeñas cuestiones mezquinas de detalle y de personalidades, sino que marcha recta hacia el gran objetivo, cada cual por el camino y con el ritmo que mejor a un lado todas las excrecencias y de ponernos seriamente en marcha, cada cual como mejor pueda, sin rivalidades ni criticas incesantes.

28 de marzo de 1928.


[Suplemento Quincenal de La Protesta (Buenos Aires) 7 no. 284 (May 14, 1828): 278-282.]

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Voline, “On Synthesis” (1924) (part 2 of 2)

[Continued from Part I]

IV

If we would consider anarchism and its aspirations, we must also note, to our keen regret, that we find there, and at each step, the same errors, demanding the same work of rectification; that there as well we are still very distant from correct methods of seeking the truth and, consequently, from correct conceptions.

Here also our habitual method remains the same: after having found and established a certain bit of truth (often even long since discovered), we begin by closing our eyes to the errors and defects mixed in there, we do not seek to understand and eliminate them, then we begin to proclaim that bit as being a crown of creation, constant and unshakeable, we hasten to consider it as an immutable and complete truth, we forget the necessity of moving to a work of synthesis and end up neglecting to account for movement in its capacity as major function of vital development, especially in the domain of social creativity. This is also why we habitually entrench ourselves, with pettiness and blindness, in some very small nook of truth, defending ourselves furiously from the desire to enter into other corners, even [when] perfectly well lit,—and this instead of setting ourselves to work seeking synthesis embracing the work in its entirety.

I read, for example, the articles of comrade Maximoff (“Benchmarks”, in the Russian paper from America, Golos Truzhenika) and I see that he is concerned with establishing, in the most meticulous manner, not just the general plan, but even the most minute details to be adopted by the future social structure in the course of the social revolution. I say to myself: “All of that is very good and has already been sufficiently dwelt upon. But how does comrade Maximoff think that he can usefully stuff or pile the complicated, hectic ensemble of life, all that enormous, lively synthesis, within the cold margins of his dried-out plan made on paper?” I know that life will refuse to introduce itself into this scheme; I know that this scheme will only contain some few bits of truth, surpassed by numerous faults and gaps. And to the extent that comrade Maximoff means to make of his formula a finished thing, polished and solid, in so far as he pretend that this formula (or any other similar in its place) contains the sole and only truth, and that everything that is not that truth must be criticized and condemned,—I am, myself, of the opinion that it (or any other precise schematizing) only exaggerates the importance of the factor of organization, correct by itself and having great significance, but far from being the only factor, and imbued with certain defects for which it is indispensable to account, without which and apart from the synthesis with other factors of an equal importance it would lose all significance.

When the “anarcho-syndicalists” say that syndicalism (or anarcho-syndicalism) is the single, only way of salvation and reject with indignation everything not adapted to the standard established by them, I am of the opinion that they exaggerate the importance of the bit of truth in their possession, that they do not want to account for the defects inherent in that bit, nor for the other elements forming, in concert with it, the correct truth, nor for the necessity of synthesis, nor for the factor of vital, creative movement. I am, then, of the opinion that they distance themselves from the truth. And I greatly fear that they will find themselves in no state, when necessary, to resist the temptation to impose and inculcate by force their scholastic opinion, which the true life will refuse to accept as being opposed to its vital truth.

When the “communist-anarchists” open the question by the same process and, admitting only their own truth, immediately reject syndicalism (or anarcho-syndicalism), they deserve the same reproach.

When the “individualist anarchist,” thumbing their nose at syndicalism and communism, only admits their “self” as reality and truth, and when they mean to reduce to this little “self,” the whole of the great vital synthesis, they still commit the same error.

When I read in the article “The Unique Means” (cf. Анархический вестник / Anarkhicheskii Vestnik, no. 1, July 1923) that the internal perfection of the personality and the reasonable of conscious personalities in agricultural community forms the one and only truth and the only path to salvation, I think of the anarcho-syndicalists and of their “ unique means” too; and I realize that all these people, instead of seeking the truth in synthesis, each peck at their little grain of millet without ever being satiated.

And if it is “makhnovists” who believe that the only true form of the movement is their own and who reject everything that is not it, they are as distant from the truth as the others.

And when I hear it said that the anarchists should only do work of critique and destruction and that the study of positive problems does not fall within the domain of anarchism, I consider that assertion a grave error in relation to the synthetic character [synthèticité] indispensable to our research and ideas.

However, it is precisely the anarchists who more than anyone must constantly recall the synthesis and the dynamism of life. For it is precisely anarchism as a conception of the world and life that, by its very essence, is profoundly synthetic and deeply imbued with the living, creative and motive principle of life. It is precisely anarchism that is called to begin—and perhaps even to perfect—the social scientific synthesis that the sociologists are always in the process of seeking, without a shadow of success, the lack of which leads, on the one hand, to the pseudo-scientific conceptions of “marxism,” of an “individualism” pushed to the extreme and to various other “isms,” all more narrow, stuffier, and more distant from truth that the last, and, on the other hand, to a number of recipes for conceptions and practical attempts of the most inept and most absurd sort.

The anarchist conception must be synthetic: it must seek to become the great living synthesis of the different elements of life, established by scientific analysis and rendered fruitful by the synthesis of our ideas, our aspirations and the bits of truth that we have succeeded in discovering; it must do it if it wishes to be that precursor of truth, that true and undistorted factor, not bankrupting of human liberation and progress, which the dozens of sullen, narrow and fossilized “isms” obviously cannot become.

I am not an enemy of syndicalism: I only speak out against its megalomania; I protest against the tendency (of its non-worker personalities) to make a dogma of it, unique, infallible and ossified—something of the sort of marxism and the political parties.

I am not an enemy of communism (anarcho-communism, naturally): I only speak out against all sectarian narrowness of views and intolerance; I protest against its dogmatic perversion and against its mortification.

I am not an enemy of individualism: I only speak out against its egocentric blindness.

I am not an enemy of the moral perfection of the self: but I do not accept that it be recognized as the “unique means.”

I am not an enemy of organization: but I do not want anyone to make a cage of it.

I find that the work of the emancipation of humanity demands by equal title: the idea of free communism as the material basis of a healthy life in common; the syndicalist movement as one of the indispensable levers à the action of the organized masses; the “makhnovstchina” as an expression of the revolutionary uprising of the masses, as insurrection and élan; the wide circulation of individualist ideas that reveal to us radiant horizons, that teach us to appreciate and cultivate the human personality; and the propaganda of aversion towards violence that must put the Revolution on its guard against the possible excesses and deviations…

It seems to me that each of these ideas, that each of these phenomena contain a granule of truth that will manifest itself clearly one bright day, as well as faults, errors and perversions; and the exaggerations will be rejected.

It seems to me that all these granules—all these phenomena and these ideas—will find sufficient place under the wide wings of anarchism, without there being any need of mutually making a bitter war. It is enough to want [to] and to know [them] to unite and unify them.

In order to attain that goal, the anarchists must begin by raising themselves above the prejudices imported from outside into their milieu and absolutely foreign to the essence of the anarchist conception of the world and life, from the prejudices of human narrowness, from a petty exclusivity and from a repulsive egocentricity; it is indispensable that all put themselves to work,—each in no matter what sphere of ideas and phenomena, in conformity to their situation, their temperament, their preferences, their convictions and their faculties,—closely linked and united, and respecting the liberty and personality of the others; it is necessary to work hand in hand, seeking to mutually lend aid and assistance, demonstrating a friendly tolerance, respecting the equal rights of each of the comrades and admitting their liberty to work in the chosen direction, according to their tastes and their way of seeing—the liberty to fully develop every conviction. This posed, the task will fall to us to decide on forms that this unified collaboration should adopt.

It is only on such a basis that an attempt could be made at true union between the workers of anarchism, at the unification of the anarchist movement. For, it seems to me, it will only by on that basis that our antinomies, our exaggerations pushed to the extreme, our sharpness and our sourness could be mellowed, that our errors and deviations could be rectified, and that, tightening more and more our ever vaster ranks, crystallizing in living form, burning with an ever more ardent flame, appearing always more clearly and with ever greater grandeur—the Truth.

VOLINE.


ON SYNTHESIS

(Second Article)

In the preceding article, we stopped at the question of the method of the search for truth, the general manner of theoretically considering the problem.

We have expressed the opinion that this manner must be synthetic, that instead of persisting in a single recognized part of the complete truth, thus disfiguring it and distancing us from it, we must, on the contrary, seek to know and embrace as many parts of it as possible, bringing ourselves as a result as close to the true truth as possible. In the opposite case, instead of a coordinated and fraternal labor, expanding and productive, we will surely get bogged down in interminable and absolutely senseless disputes and disagreements. We will always fall into those coarsest errors, which inevitably accompany exclusivism, narrowness, intolerance and sterile, doctrinaire dogmatism.

Let us now address, also in broad strokes, another essential question. Who, what forces will bring about the social revolution,—especially these immense creative tasks? And how? What will be the essence, character and forms of this whole magnificent process?

First of all, it is incontestable that the social revolution will be, in the final account, an extremely vast and complicated creative phenomenon, and that only the great popular masses, working freely and independently, organized in one manner or another, could resolve the gigantic problem of social reconstruction happily and fruitfully.

Whatever we mean by the process of social revolution, however we imagine the content, the forms and the immediate results of the great future social transformation,—all of our tendencies must reach agreement on certain essential points: an anarcho-syndicalist, anarchist-communist, an individualist and the representatives of other libertarian currents will inevitably fall into agreement that the process of the social revolution will be an phenomenon [that is] infinitely extensive, many-sided and complex, that it will be a most fundamentally creative social act, and that it cannot be realized without an intense action from the vast, free, independent and organized masses, in whatever form, united in one manner or another, linked among themselves and acting as a whole .

So what will these great masses do in the social revolution? How will they create? How will they resolve the task, so vast and so complex, of the new construction?

Will they concern themselves directly, precisely and uniquely, with building anarchist communes? Certainly not. It would be absurd to suppose that the only path and the only form of social and revolutionary action will be the construction of the communes, that those communes alone will be the foundations and instruments of the new construction, the creative cells of the new society.

In their revolution, will the masses follow exactly and uniquely the “syndicalist” path? Of course not. It would be no less absurd to think that the syndicates, and the workers’ organizations in general, would alone be called to achieve the great social reconstruction, and that precisely and uniquely they will be the levers and cells of the future society.

It would be as absurd to believe that the tasks of the social revolution will be resolved solely by some individual efforts by some isolated, conscious personalities and [by] their associations of ideas, which alone out of such unions, associations or grouping by ideological community will serve as the bases for the coming world.

It would be generally absurd to imagine that this enormous, formidable work of the social revolution—this creative and living act—could be channeled into one uniform path, that this form, that method, or some particular aspect of struggle, organization, movement, or activity would be the only “true” form, the sole method, the unique face of the social revolutionary process.

The fecund social revolution, advancing with a firm step, truly triumphant, will be executed by the oceanic masses driven to its necessity by the force of things, launched in this powerful movement, seeking widely and freely the new forms of social life, devising and creating them fully and independently. Either this will occur, or the creative tasks of the revolution will remain unresolved, and it will be sterile, as were all the previous revolutions. And if this is the case, and we imagine for a moment this whole gigantic process, this enormous creative movement of the vastest masses and its innumerable points of application, it will then appear absolutely clear that that they will move along a broad front, that they will create, that they will act, that they will advance in multiple ways at once—ways that are diverse, bustling, and often unexpected by us. The reconstruction by the great masses of all the social relations—economic, social, cultural, etc., given also the variety of localities, that of the composition of the populations, of the immediate requirements of the character and aims of the economic, industrial and cultural life of the various regions (and perhaps countries),—such a task will certainly demand the creation, application and creative coordination of the most varied forms and methods.

The great revolution will advance by a thousand routes. Its constructive tasks will be accomplished through a thousand forms, methods and means, intertwining and combining. The syndicates, the professional unions, the factory committees, the organizations of productive workers, etc., with their branches and federations in the cities and industrial regions, the cooperatives and all sorts of connecting associations [organes de liaison], perhaps also the soviets and every other potential organization that is living and mobile, the peasant unions in the countryside, their federations with the workers’ organizations, the armed forces for defense, the truly libertarian communes, the individual forces and their ideological unions,—all these forms and methods will be at work; the revolution will act through all these levers; all these streams and torrents will spring up and flow in a natural fashion, forming the vast general movement of the great creative process. It is through all their measures, through all their forces and instruments that the vast working masses engaged in the true revolutionary process will act. We are convinced that even the present reformist and conservative workers’ organizations will inevitably and rapidly “revolutionize” in the course of this process, and, having abandoned their recalcitrant leaders and the political parties acting behind the scenes, will take their place there, will reunite with the other currents of the impetuous, creative revolutionary torrent.

This movement will not be, naturally, a simple pulverization of society; it will not have the character of a rout and a general disorganization. It will aspire, on the contrary, naturally and inevitably, to a harmony, a reciprocal liaison of the parties, to a certain unity of organization to which, as well as to the creation of the forms in themselves, it will be driven urgently by the vital, immediate tasks and needs. This unity will be a living and mobile combination of the varied forms of creation and action. Certain of these forms will be rejected, others will be reborn, but all will find their place, their role, their necessity, their destination, amalgamating gradually and naturally into a harmonious whole. Provided that the masses remain free in their action; provided that a “form” destroying all creation is not restored: power. On the thousand local (and other) conditions will depend the circumstances and the creative forms that will emerge will be rejected or gain a foothold. In any case, there will not be place for only one single form, much less for an immutable and rigid form, or even for a single process. From different localities, diverse conditions and varied necessities will arise as many varied forms and methods. And as for the general creative torrent of life, de the construction and the new unity of society, it will be a living synthesis of these forms and methods. (It is in this way that we understand, among others, a true federation, living and not formal. We believe that the icons that we quite often make in our federalist milieus, especially among the “anarcho-syndicalists,” of a uniform means, method or economic and social form of organization, absolutely contradict the true notion of a federation as a free union, exuding all the fullness and multiplicity of life, not molded, and, consequently, creative and progressive, natural and mobile, of social cells [that are] naturally varied and mobile.)

The economic essence of this synthesis will certainly be the successive realization, evolution and strengthening of the communist principle. But its constituent elements, its means of construction and its vital functions will be multiples, just as multiple as the cells, organs and functions of the body, that other living synthesis. Just as it would be absurd to affirm that it is precisely the nervous or muscular cells, the digestive or respiratory organs that alone are the creative, active and “true” cells and organs of a living organism, without accounting for the fact that the organism is a living synthesis of cells and organisms of various types and purposes, just so it would be absurd to believe that precisely one or another method and form would be the only “true” method and form of the future social construction, of the new, emerging social ensemble.

The true social life, the social creation and the social revolution are phenomena of plurality in synthesis, that plurality and that synthesis being made up of living, mobile, variable elements. (It is, particularly, the social life [that is] currently musty, stationary and fashioned by force, that inspires in so many among us, thoughtlessly, this erroneous point of view that the revolution must advance along some specific, unique and determined path. It is as if we do not know how to free ourselves from this anemic, miserable and colorless existence. It holds our thoughts, our ideas in a vise that involuntarily mold the future. But once that modeled existence is rejected, and the sources of a vast creative movement open, the true revolution will transform social life precisely in the direction of a spectacular general movement, of the greatest variety and its living synthesis.) We must resolutely account for this circumstance, that is to say, we must no longer trip ourselves up with a single model, but to seek to count on that plurality and begin as much as possible that synthesis (without forgetting the mobility of the elements), if we want our aspirations and our social constructions to match the veritable ways of true emancipation and become a real force, called to aid these means and aspirations to be clarified and realized.


Thus, also, from the purely practical point of view, we come to note that the plurality and its living synthesis are the true essence of things and the fundamental foundation stone necessary for our reasoning and our constructions.

The answer to the questions posed at the beginning is:

The social revolution will be accomplished by the great masses with the aid of a connection and of a combined action of different forces, levers, methods, means and forms of organization born from diverse conditions and necessities. In its essence, in its character and its forms, this whole magnificent process will consequently be “plural-synthetic.”

What good then to squabble endlessly and break lances over the question, if it is the workers’ syndicates, the communes or the individual associations, if it is the “class-based organizations” or the “groups of sympathy” and the “revolutionary organizations” that will bring about the social revolution, which will be the “true” forms and instruments of the revolutionary action and creation, the cells of the future society? We see in these disputes absolutely no reason to exist. In the light of what has come before, the object of these quibbles seems completely void of sense. For we are convinced that the syndicates, the workers’ unions, the communes, the individual associations, the class-based organizations, the sympathetic groups, the revolutionary organizations, etc.,—will all take part, each in its own sphere, in proportion to their strength and impact, in the construction of the new society and the new life.

Now, it is enough to note attentively our press, our organizations, to lend an ear to our discussions in order to see that it is for this empty question, rather than for some purely philosophical differences, that a bitter struggle takes place in our ranks, that we deck ourselves out, and that we highlight by dividing in this way our forces still more, with all sorts of labels: “anarcho-syndicalists,” “anarchist-communists,” “anarchist-individualists,” etc., and that our movement is thus crushed and broken in a senseless manner.

We believe that it is high time that the anarchists of different tendencies recognize, in this regard, the absence of any serious foundation for these scissions and divisions. A great step forward toward our rapprochement will have been made when we recognize this fact. There will be one less pretext for dissensions. Each can give preponderance to some particular factor, but admit at the same time the presence and significance of other factors, recognizing, as a consequence, the same right for other anarchists to give the preponderance to other factors. It is in this way that the comrades will take a step towards knowing how to work hand-in-hand in the same organization, in the same organ, in a common movement, by each developing their ideas and activity in the direction that interests them, by struggling ideologically, by confronting their convictions in a common camaraderie and not between hostile camps excommunicating one another. To establish such relations would provide a solid cornerstone to the edifice of the unified anarchist movement.

VOLINE.


[Working translation by Shawn P. Wilbur]

Comments Off on Voline, “On Synthesis” (1924) (part 2 of 2)

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Voline, “Synthesis (Anarchist)”

volineSYNTHESIS (ANARCHIST)

We designate by the term “anarchist synthesis” a tendency existing presently in the heart of the libertarian movement, seeking to reconcile and then to “synthesize” the different currents of ideas that divide this movement into several fractions, more or less hostile to one another. It is a question, at base, of unifying, to a certain degree, anarchist theory and also the anarchist movement in a harmonious, organized, finished whole. I say “to a certain degree,” since, naturally, the anarchist idea could never, should never become rigid, immutable, stagnant. It must remain flexible, living, rich in varied ideas and tendencies. But flexibility must not signify confusion. And, on the other hand, between immobility and free floating there exists an intermediary state. It is precisely that intermediary state that the “anarchist synthesis” seeks to specify, settle and attain.

It was especially in Russia, during the revolution of 1917, that the necessity of such a unification, such a “synthesis,” made itself felt. Already very materially weak (few militants, no good means of propaganda, etc. ) in comparison to other political and social currents, anarchism saw itself weaken still more, during the Russian Revolution, through some internal disputes that tore it apart. The anarcho-syndicalists did not want to get along with the anarchist-communists and, at the same time, both quarreled with the individualists (not to mention other tendencies). That state of things made a painful impression on several comrades of various tendencies. Persecuted and finally chased from Great Russia by the Bolshevik government, some of these comrades went to campaign in Ukraine where the political atmosphere was more favorable, and where, at first with some Ukrainian comrades, they decided to create a unified anarchist movement, recruiting serious and active militants where they found them, without distinction of tendencies. The movement rapidly acquired an exceptional breadth and vigor. In order to gain a foothold and establish itself once and for all, it lacked only one thing: a positive theoretical basis.

Knowing me to be a resolute enemy of the harmful quarrels among the various currents of anarchism, and believe that I felt, like them, the necessity of reconciling them, some comrades came to seek me in a little town in central Russia where I was staying, and proposed that I depart from Ukraine, to take part in the creation of a unified movement, to furnish it with a theoretical basis and develop the thesis in the libertarian press.

I accepted the proposition. In November 1918, the unified anarchist movement in Ukraine was finally underway. Several groups would form and send their delegates to the first constitutive conference, which created the “Nabat Anarchist Confederation of the Ukraine.” That conference drafted and unanimously adopted a Declaration proclaiming the fundamental principles of the new body. It was decided that in the very near future that brief declaration of principles would be amplified, completed and commented upon in the libertarian press. The stormy events prevented that theoretical work. The Nabat confederation was bound to lead to uninterrupted and bitter struggles. Soon it was, in its turn, “liquidated” by the Bolshevik authorities that were installed in Ukraine. Apart from some newspaper articles, the Declaration of the first conference of Nabat was and remains the sole exposé of the unifying (or “synthesizing”) tendency in the Russian anarchist movement.

The three dominant ideas that must, according to the Declaration, be accepted by all serious anarchists in order to unify the movement, are the following:

1) Definitive acceptance of the syndicalist principle, which indicates the true method of social revolution;

2) Definitive acceptance of the (libertarian) communist principle, which establishes the organizational basis of the new society that is forming;

3) Definitive acceptance of the individualist principle, the total emancipation and the happiness of the individual being the true aim of the social revolution and the new society.

While expanding on these ideas the Declaration tried to clearly define the notion of the “social revolution” and to destroy the tendency of certain libertarians seeking to adapt anarchism to the so-called “transitional period.”

That said, we would prefer, instead of again taking up the arguments of the Declaration, to develop the theoretical arguments for the synthesis ourselves.

The first question to resolve is this:

Is the existence of various hostile anarchist currents, arguing among themselves, a positive or negative fact? Does the separation of the libertarian idea and movement into several tendencies opposing one another, does it foster or, on the contrary, does it hinder the success of the anarchist conception? If it recognized as favorable, all discussion is useless. If, on the contrary, it is considered harmful, we must draw from that admission all the necessary conclusions.

To this first question, we respond here:

In the beginning, when the anarchist idea was still little developed, confuse, it was natural and useful to analyze it from all sides, to break it down and examine each of its elements in depth, to compare them, to contrast them with one another, etc. That is what has been done. Anarchism was broken down into several elements (or currents.) Thus the whole, too general and vague, was dissected, which helped to deal in depth, to study thoroughly that whole as well as those elements. In that period, then, the dismemberment of the anarchist idea was a positive thing. Various people concerning themselves with the various currents of anarchism, both the details and the whole gained in depth and precision. But afterwards, once that first work was accomplished, after the elements of anarchist thought (communism, individualism, syndicalism) were turned over and over in every way, it was necessary to think of recreate, with these well worked elements, the organic whole from which they came. After a fundamental analysis, it was necessary to return (deliberately) to the beneficial synthesis.

A bizarre fact: we no longer think of that necessity. The people interested in a given element of anarchism end up substituting it for the whole. Naturally, they soon find themselves in disagreement and soon in conflict with those who treat other bits of the entire truth in the same manner. So, instead of reaching the idea of merging the scattered elements (which, taken separately, were no longer good for much of anything) into an organic whole, the anarchists undertook for long years the fruitless task of hatefully opposing their “currents” to one another. Each considered their “current,” their fragment as the only truth and fought bitterly with the partisans of the other currents. Thus commenced, in the libertarian ranks, that milling in place, characterized by blindness and mutual animosity, which continues into the present and which must be considered harmful to the normal development of the anarchist idea.

Our conclusion is clear. The carving up of the anarchist idea into several currents has fulfilled its role. It no longer has any utility. Nothing can justify it any longer. Now, it leads the movement into an impasse, causes it enormous harm and no longer offers it—nor can offer it—anything positive. The first period—when anarchism sought itself, defined itself and inevitably divided itself at the task—has ended. It belongs to the past. It is high time to move on.

If the dispersion of anarchism is presently a negative, detrimental fact, we must seek to put an end to it. It is a question of remembering the entire ensemble, of sticking the scattered elements back together, of rediscovering and deliberately reconstructing the abandoned synthesis.

Then another question looms: is this synthesis actually, presently possible? Wouldn’t it be a utopia? Could we furnish it a solid theoretical basis?

We respond: yes, a synthesis of anarchism (or, if you wish, a “synthetic” anarchism) is perfectly possible. There is nothing utopian about it. Rather strong reasons of the theoretical order speak in its favor. Let us briefly note some of these reasons, the most important, in their logical series:

1) If anarchism aspires to life, if it counts on a future triumph, if it seeks to become an organic and permanent element of life, one of its active, fertilizing, creative forces, then it must seek to situate itself as close as possible to life, to its essence, to its ultimate truth. It’s ideological bases must agree as much as possible with the fundamental elements of life. It is clear, in fact, that if the primordial ideas of anarchism we found in contradiction with the true elements of life and evolution, anarchism could not be vital. Now, what is life? Could week, in some way, define and formulate its essence, grasp and settle its characteristic traits? Yes, we can do it. It is a question, certainly, not of a scientific formula of life—a formula that does not exist—but of a more or less clear and correct definition of its visible, palpable, conceivable essence. In this order of ideas, life is, above all, a great synthesis: and immense and complicated ensemble, an organic and original whole, of multiple and varied elements.

2) Life is a synthesis. So what is the essence and what is the originality of this synthesis? The crux of life is that the greatest variety of its elements—which, moreover, finds itself in a perpetual movement—realizes, at the same time and as perpetually, a certain unity or, rather, a certain equilibrium. The essence of life, the essence of it sublime synthesis, is the constant tendency towards equilibrium, indeed the constant realization of a certain equilibrium, in the greatest diversity and in a perpetual movement. (Not that the idea of an equilibrium of certain elements as being the bio-physical essence of life is confirmed by scientific physico-chemical experiments.)

3) Life is a synthesis. Life (the universe, nature) is an equilibrium (a sort of unity) in the diversity and in the movement (or, if you wish, a diversity and a movement in equilibrium). Consequently, if anarchism desires to march hand in hand with life, if it seeks to be one of its organic elements, if it aspires to agree with it and lead to a true result, instead of finding itself in opposition with it in order to be finally rejected, it must, also, without renouncing the diversity or movement, to realize also, and always, the equilibrium, the synthesis, the unity.

But it is not enough to affirm that anarchism can be synthetic: it must be synthetic. The synthesis of anarchism is not only possible, not only desirable: it is indispensable. While preserving the living diversity of its elements, while avoiding its stagnation, which accepting its movement—essential conditions of his vitality—anarchism must seek, at the same time, the equilibrium in that diversity and that movement itself.

Diversity and movement without equilibrium is chaos. Equilibrium without diversity or movement is stagnation, death. Diversity and movement in equilibrium, such is the synthesis of life. Anarchism must be varied, moving and, at the same time, balanced, synthetic, unchanging. In the opposite case, it would not be vital.

4) Let us note, finally, that the true heart of the diversity and movement of life (and therefore of the synthesis) is creation, the constant production of new elements, new combinations, new movements, of a new equilibrium. Life is a creative diversity. Life is an equilibrium in an uninterrupted creation. Consequently, no anarchist could pretend that “their” current is the unique and constant truth, and that all the other tendencies in anarchism are absurdities. It is, on the contrary, absurd that an anarchist would let themselves enter into the impasse of a single little “truth,” their own, and thus forget the great, real truth of life: the perpetual creation of new forms, of new combinations, of a constantly renewed synthesis.

The synthesis of life is not stationary: it creates, it constantly modifies its elements and their mutual relations.

Anarchism seeks to participate, in the domains that are accessible to it, in the creative acts of life. Consequently, it must be, within the limits of its idea, broad, tolerant, synthetic, while finding itself in creative movement.

The anarchist must observe attentively, with perspicacity, all the serious elements of libertarian thought and of the libertarian movement. Far from diving into any single element, he must seek the equilibrium and synthesis of all the elements given. He must, moreover, constantly analyze and monitor his synthesis, by comparing it with the elements of life itself, in order to always be in perfect harmony with life. Indeed, life never rests in one place; it changes. And, consequently, the role and the mutual relations of the various element of the anarchist synthesis will not always remain the same: in various cases, it will sometimes be one, sometimes another of these elements that must be stressed, relied on, put into action.

A few words on the concrete realization of the synthesis.

1) We must never forget that the realization of the revolution, that the creation of the new forms of life will be incumbent not on us, anarchists isolated or grouped by ideology, but on the vast popular masses who will, alone, will be quite capable of accomplishing that immense destructive and creative task. Our role, in that realization, will be limited to that of a catalyst, of an element of cooperation, guidance and example. As for the forms in which that process will be completed, we can only glimpse them very approximately. It is so much more uncalled for of us to quarrel over some details, instead of preparing ourselves, with a common desire, for the future.

2) It is no less misplaces to reduce all the immensity of life, of the revolution, of the future creation, to some trivial little ideas and some petty disputes. Faced with the great tasks that await us, it is ridiculous, it is shameful to concern ourselves with these petty matters. The libertarians should unite on the basis of the anarchist synthesis. They must create an anarchist movement that is stable, whole, vigorous. As long as they have not created it, they will remain apart from life.

In what concrete forms could we foresee the reconciliation, the unification of the anarchists and then the creation of a unified libertarian movement?

We should emphasize, above all, that we do not imagine that unification as a “mechanical” assembly of the anarchists of various tendencies in a sort of multicolored camp where each would remain in their intransigent position. Such a unification would not be a synthesis, but a sort of chaos. Certainly, a simple, amicable rapprochement of the anarchists of various tendencies and a greater tolerance in their mutual relations (cessation of a violent polemic, collaboration in anarchist publications, participation in the same active organizations, etc.) would be a great step forward in relation to what occurs now in the libertarian ranks. But we consider this reconciliation and this tolerance as only the first step towards the creation of the true anarchist synthesis and of a unified libertarian movement. Our idea of the synthesis and unification goes much farther. It foresees something more fundamental, more “organic.”

We believe that the unification of the anarchists and of the libertarian movement should be pursued, simultaneously, in two ways, notably:

a) We must begin immediately a theoretical work seeking to reconcile, to combine, to synthesize our ideas, which appear, at first sight, heterogeneous. It is necessary to find and to formulate in the various currents of anarchism, on the one hand, everything that must be considered false, not coinciding with the truth of life and needing to be rejected; and, on the other hand, everything that must be noted as being accurate, significant, accepted. It is necessary, then, to combine all the accurate and valuable elements, creating with them a synthetic whole. (It is especially in this first preparatory work that the reconciliation of the anarchists of various tendencies and their mutual tolerance could have great importance as a first decisive step.) And, finally, that ensemble must be accepted by all the serious and militants of anarchism as the basis of the formation of a stable libertarian body, whose members will thus be in agreement on an ensemble of fundamental these accepted by all.

We have already cited the concrete example of such a body: the Nabat confederation, in Ukraine. Let us add here to what we have already said above, that the acceptance by all the members of Nabat of certain common theses did not prevent the comrades of various tendencies from leaning especially, in their activity and propaganda, on the ideas that were dear to them. Thus, some (the syndicalists) occupied themselves above all with the problems concerning method and the organization of the revolution; others (communists) preferred to concern themselves with the economic basis of the new society; the third group (individualists) specifically emphasized the needs, real value and aspirations of the individual. But the mandatory condition, in order to be accepted in Nabat, was the acceptance of all three elements as indispensable parts of the whole and the renunciation of the state of hostility between the various tendencies. The militants were thus united in an “organic” manner, for the all accepted a certain collection of fundamental theses. It is in this way that we depict the concrete unification of the anarchists on the basis of a synthesis of libertarian ideas establish theoretically.

b) Simultaneously and in parallel with that theoretical work, an organization must be created, unified on the basis of anarchism synthetically understood.

To end, let us emphasize once more that we do not at all renounce the diversity of ideas and currents within anarchism. But there is diversity and diversity. That, notably, which exists in our ranks today is an evil, a form of chaos. We would consider its maintenance as a very serious fault. We are of the opinion that the variety of our ideas could be and will be a progressive and fecund element only in the heart of a common movement, of a unified body, constructed on the basis of certain general theses accepted by all the members and on the aspiration to a synthesis.

It is only in the atmosphere of a common urge, it is only under the condition of the search for accurate theses and their acceptance, that our aspirations, our discussions and even our disputes would have value, will be useful and productive. (It was precisely thus in Nabat.) As for the disputes and polemics between little schools of thought, each preaching “its” unique truth, they an only lead to the continuation of the present chaos, to interminable internal quarrels and the stagnation of the movement.

We must discuss when striving to find the fecund unity, and not to impose at any cost “our” truth over that of another. It is only discussion of the first sort that leads to truth. As for the other discussion, it only leads to hostility, to vain quarrels and collapse.

VOLINE.

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Voline to Max Nettlau (1923)

  1. VII. 1923

Dear Comrade,

I will write to you in French, for I write that language easily enough.

So, you ask me for some explanations.

Here they are.

If, in my letter, I have alluded to certain [   ] and [   ], it was precisely because I supposed you in possession of No. 2-3 of the “Rab. Put” [Rabochii Put‘] where our group and I are attacked by the comrades A. Chapiro [Alexander M. Schapiro] and E[fim]. Yartschouk on the subject of the “affaire Rostchine [Rostchin, mentioned by Berkman as in “old anarchist” in The Bolshevik Myth].” (I do not know if you are aware of the situation.) I want to make you aware that these [?] should not play a role in the decisions concerting our theoretical and literary enterprise, should not damage the task, the labor and the relations ayant trait à our revue.—The comrades of the “Comité de la defense anarcho-syndicaliste” have also attacked us (on the same subject—Rostchine) in an American journal (“Голос труженика” of Chicago.) [The Russian characters in the first word are hard to read, but from context it appears the reference is to “Golos truzhenika,” “The Worker’s Voice,” an IWW paper later edited by Maximov.] We respond to these attacks, but that does not prevent us at all from addressing ourselves to all these comrades with the same proposition—to collaborate on our revue. The differences of opinion that exist, from the syndicalist point of view or another, count for nothing there. This is what I want to say to you first of all. Our revue does not combat this or that anarchist idea. It is not a war. It is just the opposite: we strive to seek a libertarian synthesis, precisely making space in it for all the opinion and currents of the anarchist idea. This is the very basis of our revue. And then, I consider myself (and also several of my comrades) syndicalist to a certain degree. Not only are we far from any exclusivism, be it is precisely that we combat every exclusivism

I do not say more for the moment, for I hope that you are already in possession of issue No. 1 of our revue. That issue should tell you more.

To have a more precise idea of the character and direction of our revue, I particularly recommend to your attention:

1) The appeal: “Ко всем товарищи-анархисты и [согбембующи_?]” [“To all fellow anarchists and [?]”] (page 84);

2) The appeal: “Товарищи-анархисты!” [“Fellow anarchists!”] (page 83);

3) The declaration of the Editors: “Oт редакции” [“From the editors”] (page 1).

In translating your article, I was astonished at the agreement I noted on certain points with our mentality. Doubtless, you will easily notice it yourself, by attentively reading the articles indicated.

Also take not of all the “construction” of the revue. It will tell you enough. And then—you will decide.

——

Santillan has given me your manuscript. I am in the process of translating it for No. 2. We are completely in agreement with Santillan on this. It will do no harm to “La Protesta.”

Yes, Santillan has asked me to give him the manuscript, when the translation is done. That is what I will not fail to do.

I recently had some copies of “Гонение” [?] in French. [The reference is almost certainly to “”La persécution contre l’anarchisme en Russie Soviétique,” a translation made by Voline.] But I no longer have them. If you want them, you have only to write to the “Libertaire:” they will send them to you.

We have begun the French translation of “The History of the Makhnovist Movement.” That will be finished around the beginning of the month of September.

We will also translate several articles and extracts from the revue into French (and, perhaps, into German.)

If you come to Berlin, I would be happy to make your acquaintance. It would be necessary then that you warn me of your arrival through “Der Syndikalist” (Warschamerstrasse, 62) or through one of the comrades (Linder or Rocker) for I am terribly busy (there are only two of us here for all the work of editing, correspondence, caisse, literature, translation, etc.) and I live in the vicinity of Berlin.

I await, then, your more or less definitive response.

Write to me in French. If you send articles for the revue, it would be best if they were also written in French.

Cordially,

Voline

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