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X.X.X. [Max Nettlau], “La libertad de la sociedad del mañana” (1936)

¿Sobre qué bases han de apoyarse las relaciones humanas en la sociedad futura para asegurar el máximo de libertad?

En apariencia se nos presenta una pregunta sencilla, pero en realidad de difícil contestación si ha de elevarse esta contestación por encima de fáciles generalizaciones. El máximo de libertad no puede fundarse más que sobre una libertad que exista antes de alcanzarse el máximo, una cantidad de libertad ya existente y operante, siendo imposible que graduemos hoy por anticipado tal o cual cantidad y tal o cual calidad de aquella libertad base de sustentación para alcanzar el máximo, como es también imposible que valoricemos por anticipado y podamos prever su existencia y ritmo cuando se dé el enorme impulso caudaloso hacia la libertad.

Como tengo repetido en las columnas de esta misma revista, a pesar de ser la libertad el principio creador y vivificador de todo, sólo se manifiesta de manera que podíamos llamar funcional en momentos de insurrección. Fuera de estos momentos, apenas alienta la libertad más que como contrabando, siendo acaparados casi siempre los frutos de la libertad por la autoridad, que los explota en beneficio propio. Las masas obtienen alguna libertad, pero muy indirectamente. La libertad íntegra no reside verdadera y excepcionalmente más que en ciertas naturalezas humanas que tienen excedente de vitalidad, vigor y generosidad, en hombres completos cuyo mundo interior les impulsa a intervenir en las luchas nuevas venciendo cualquier obstáculo que se oponga a los valores de creación y expansión. Aumentar el número de estos educadores sería la primera urgencia. Pero la eficacia de la obra depende de las masas entre las que aquellos educadores surgieron. Y las masas vacilan siempre porque la autoridad ofrece a sus ojos engaños y pocas dificultades, desdeñando la masa la bella ruta de la libertad porque esta ruta no deja de ser penosa como todo esfuerzo elevado.

Contemplemos hoy la ola de reivindicaciones sociales que se extiende sobre Francia, consiguiendo en pocos días lo que no se pudo conseguir en cuarenta años de intensa agitación sindicalista. Se nota un despertar general que se contempla con simpatía. ¿Qué camino lleva? Todo se orienta por la ruta de nuevas normas y nuevas estabilidades, poderes autoritarios por crear congruentes con nuevas dictaduras en potencia. A los dictadores débiles que andan a tientas seguirán los dictadores fuertes con objetivos determinados. Ya conocemos la evolución inversa, la marcha atrás que desemboca en hombres de puño cerrado adueñados de la totalidad del Poder : la tiranía de las ciudades griegas, el cesarismo romano, el despotismo de los Borgias en el Renacimiento, los dos imperios napoleónicos y las dictaduras que pululan por el mundo desde 1917.

Escuchemos la voz de Bakunin leyendo lo que escribió en París en abril de 1868: «…Igualdad sin libertad es malsana ficción elaborada por los picaros para engañar a los tontos. Igualdad sin libertad equivale a despotismo del Estado y el Estado despótico no podría vivir ni un día sin contar por lo menos con una clase explotadora y privilegiada s la burocracia… Nuestro gran Proudhon, el verdadero maestro de todos nosotros, dijo… que la alianza más desastrosa que podría darse sería la que reuniera socialismo y absolutismo, la que reuniera tendencias del pueblo hacia la emancipación económica y el bienestar con la dictadura y la concentración de los poderes todos, políticos y sociales, en el Estado. Que el porvenir nos libre, pues, de los favores del despotismo, pero que nos salve de las consecuencias desastrosas y embrutecedoras del socialismo autoritario, doctrinario o estatal. Seamos socialistas sin convertirnos en pueblo-rebaño. No busquemos la justicia integral, toda la justicia, política, económica y social, más que por el camino de la libertad. Nada que sea vital, nada que sea humano puede darse sin libertad, y el socialismo que la rechazara de sí o no la aceptara como único principio creador y fundamental nos llevaría en línea recta a la esclavitud y a la bestialidad…»

Estas palabras se publicaron en pleno Paris imperial hace 68 años, aunque se leen como si se escribieran hoy, porque resumen las tristes experiencias de una veintena de años aproximadamente. «Esclavitud y bestialidad» han llegado a ser realidades en nuestros días, realidades que nos amenazan a todos y tienen por arranque o iniciación el funesto socialismo autoritario : el socialismo ruso convertido en blanquista (dictatorial); la socialdemocracia, que se hizo colaboradora de la burguesía: un régimen brutalmente autoritario y mussoliniano que rechaza a la bella anarquía italiana iniciada por Pisacane y Bakunin, continuada por Malatesta. La Francia de Proudhon y de Eliseo Recias se inclina ante el comunismo de Moscú.

En estas condiciones resulta imposible prever hoy el origen del necesario movimiento liberal y humano. único capaz de conducirnos a una sociedad nueva que asegure el máximo de libertad. Las sociedades autoritarias dictatoriales que se insinúan o preparan no sienten la menor preocupación por asegurar no ya un máximo de libertad, sino ni siquiera un mínimo. Las masas se han contentado con este panorama lamentable durante los últimos veinte años, y si exceptuamos a España, sacrifican la libertad a la ambición de procurar o ejercer el Poder. Es un hecho lamentable que en vano trataríamos de atenuar, y por mucho que nos cueste hemos de confesar que exceptuando a los verdaderos anarquistas el socialismo no ha libertado, intelectual y éticamente, a las masas; por el contrario, las militarizó, las empapó de idolatría posesiva y avidez de conquista, esa avidez que sabe, lanzando una voz de mando, llevar miles de hombres desde Italia a Etiopía arrojándose todos ellos sobre este país y sus riquezas supuestas, exactamente igual que hace cuarenta años fué incitado el país británico a arrojarse sobre África del Sur con sus minas de oro y diamantes. Un Estado socialista que posee los instrumentos de producción y organiza al pueblo como ejército del trabajo para poner en marcha el socialismo estatal no hace cosa distinta y establece la esclavitud universal como se estableció en tiempo de los Faraones del antiguo Egipto. Las masas se contentan con este marasmo, pero los hombres libres son perseguidos de nuevo como lo fueron en los siglos negros todas las conciencias independientes.

Es evidente que ni siquiera invocando las más justas reivindicaciones económicas tiene derecho el socialismo a disminuir la libertad; no puede atri, buir a ella carácter de papel moiado y completamente inútil; no puede creer que la libertad es un artículo de luío o una invención burguesa como se dice en Rusia. Si una evolución determinada resulta negativa es porque no sobrepasa un nivel de libertad conseguido ya, no siendo evolución, sino retroceso, reacción. La dictadura es siempre una y siempre la misma, porque su característica esencial consiste en cerar la fuente del progreso que es la libertad. Esta libertad, tan menospreciada hoy, que se quiere eliminar, es la libertad de conciencia y de opinión; la libertad para la buena vecindad y para la convivencia; la libertad de vivir y de emplear las libertades que se tienen por autonomía; la libertad del experimento libre, de la propaganda ilimitada; la expansión de las organizaciones variadas y múltiples sin unificarse y sin acribillar a tiros a sus adversarios. Todas estas libertades se usaron en el siglo XIX en plena era burguesa, aunque lo mismo entonces que hoy se empleó la receta autoritaria sirviéndose sus parciales de la libertad, sin la cual hay que permanecer callado como un muerto o hacerse lacayo de un partido, de una fuerza organizada que espía perpetuamente la oportunidad de hacerse con una presa arrojándose sobre ella en son de conquista. Nosotros sabemos lo que es libertad, tenemos amor por ella y no queremos perderla ni siquiera obedeciendo a sofismas económicos o igualitarios, como no la sacrificamos obedeciendo a clérigos ni a fascistas, sino que la afirmamos y acreditamos.

El socialismo no libertario es para nosotros una desbandada, un retroceso que puede aprovechar como heredero un sistema fascista o peor si cabe. Hacer que comprendan esta verdad nuestros contemporáneos es el deber que nos incumbe de momento antes de que sea tarde. Las relaciones humOñas habrán de basarse en primer término sobre las libertades que conocemos ya para alcanzar gradual’ mente un nivel más alto de libertad.

Con el término gradualmente no quiero identificar etapas intermedias, estabilizadas y obligatorias, sino que pienso en las desigualdades naturales y en las condiciones, naturales también, más o menos favorables de los hechos decisivos para producir siempre y en cada caso grados distintos de crecimiento y eficacia, grados y ritmos distintos, que refutan por sí mismos permanentemente el sofisma de la unificación artificial, instituido por los autores de sistemas legislativos reforzados por los subalternos de gobernantes y dictadores.

Es preciso querer ser libre y saber ser libre; es preciso no creer tan sólo que la libertad es posible, sino creer también que es la base misma, el juridamento de cualquier expansión, de cualquier desarrollo sano y normal. Es necesario reunir estas cuatro cualidades en la propia intimidad y suscitarlas en quien no las posea o posea solo alguna de ellas. Es preciso salir hoy al paso de quienes en nombre de cualquier dogma de sociología como ayer en nombre de cualquier dogma religioso, niegan la libertad, dicen que es ésta imposible y que hará falta siempre tener autoridad, como antaño se decía que era imposible vivir sin rey y sin divinidad o divinidades. Saber ser libre es difícil para todos. Nadie demostró como Tolstoi que hay que empezar por superarnos nosotros mismos. La enseñanza y la cultura demuestran el papel de la libertad en la Historia y son de primera importancia para todos.

Ascender hacia mayor número de libertades, a una libertad más intensa, ha de ser obra de la solidaridad, obra que tendrá realización en formas perfeccionadas de futuro que no podemos prever hoy. Todo será captado y asimilado gracias a condiciones nuevas, con el criterio de que ya hoy puede hacerse mucho más de lo que se hace, si se quiere que la progresión sea completa mañana. La solidaridad organizada es a menudo puramente nominal. Hemos leído estos días que el número de adherentes de la C. G. T. francesa ha pasado ahora desde un millón a dos millones y medio. ¿Dónde estaban tantos recién llegados de repente ahora antes de estas semanas culminantes de éxito imprevisto? ¿Dónde estarán cuando pase cierto tiempo, sobre todo si es tiempo de prueba? Todo está por hacer porque todo procede de la solidaridad efímera que sigue al éxito material y no se pasa a la solidaridad íntima, que no supone nada ni cuenta para los apreiurados. Aunque existe hace tiempo en las pequeñas agrupaciones empezando por la familia bien unida, en gran escala carece de realidad. Por ello puede considerarse ociosa la controversia sobre los méritos relativos del comunismo, de la retribución colectivista y del intercambio mutualista igual. Estos métodos y sus combinaciones intermedias o mixtas se emplearán siempre según los grados de solidaridad existente entre los participantes, de la misma manera que igual ayer que hoy varía el grado de confianza y crédito que se tiene de distintas personas. Un sistema determinado no podrá emplearse universalmente hasta que la experiencia compruebe que los perjuicios del mismo y las pérdidas anejas a su uso por mala aplicación y abuso de confianza son tan insignificantes que pueden desdeñarse si se comparan con los beneficios que reportan. Sabemos también que cualquier sistema económico de distribución libre depende en primer lugar de la abundancia, ya que sólo ésta permite en realidad un consumo verdaderamente ilimitado. Y todavía habría necesidad de entenderse y ponerse de acuerdo sobre los artículos susceptibles de producirse en abundancia, cosa perfectamente hacedera cuando todos sean o hayan aprendido a ser desinteresados. Si estas coyunturas y buenas posibilidades se ven interrumpidas por resoluciones autoritarias o bien por mayorías o consejos técnicos, de estadística, etc., se volverá rápidamente a un nuevo sistema autoritario.

Así, pues, la solidaridad habría de empezar por ser efectiva y consolidarse en los pequeños medios autónomos, propagándose desde aquellos círculos gradualmente — empleo este término en el sentido indicado en un pasaje anterior — hacia esferas distantes. Lo contrario conduciría a un Estado nuevo. El respeto a las distintas autonomías sería una garantía positiva para difundir y desarrollar integralmente cada solidaridad local. Las autonomías serían federales sin impulsar ningún estacionamiento, ninguna estabilización. Habría que interpretar en el mismo grado el derecho a permanecer autónomo un núcleo determinado, así como el derecho libre de secesión o separación. En resumen, estas actividades habrían de desarrollarse como los episodios que se dan en la vida de relación entre amigos que están en condiciones parecidas de existencia y se separan o unen según voluntad mutua y espontánea, sin que intervenga nunca la supervisión ajena o el control de ninguna autoridad, sin que se dé el caso de crítica adversa ni sanción. Para conseguir este resultado es evidente que precisa arrojar por la borda a los políticos. Están acostumbrados a entrometerse en asuntos ajenos que no les importan en absoluto, y de la misma manera que se elimina severamente de nuestra vida privada a los intrigantes cuando se inmiscuyen en ella, así se eliminará en la vida nueva a los políticos. No habrá entonces vida política en el sentido que hoy se da al vaivén político de los entrometidos; habrá tan sólo intenso intercambio de relaciones desinteresadas entre seres independientes hasta el punto de no tolerar ningún entrometimiento en la vida propia y en la relación de unos con otros, aunque se disfrace aquel entrometimiento con palabras insinuantes, sofismas y pretextos especiosos. Si se empieza por preconizar delegaciones, comisiones y comités se acaba en el Estado y en la dictadura. Las derivaciones autoritarias no pueden evitarse más que empezando por actuar directamente los pequeños núcleos por sí mismos, sabiendo éstos extender la relación a seres que viven en otras latitudes y son merecedores de confianza por afinidad de conciencia y desenvolvimiento.

Convendría, en consecuencia, desentenderse después de la revolución, y lo antes posible, de los organismos que atienden a las luchas presentes, organismos cuya razón de ser caducará al derrumbarse el régimen actual, como caduca la actividad militar al terminar la guerra. Si se conserva el ejército después de la paz, evidentemente se prepara. otra guerra, y así es como la guerra no se proscribe nunca de raíz. Si después de triunfar un movimiento revolucionario no sienten sus protagonistas todos el deseo vehemente de crear valores de futuro y el impulso certero de romper todas las viejas cadenas ; si sólo son capaces de permanecer arrumbados en los clásicos sindicatos como inscritos en sus cuadros, lo hecho no será una revolución libertaria, sino un cambio de nombre en el régimen imperante por turno. En el nuevo régimen se dirá que los hombres no son gobernados sino adminis^ irados. En realidad serán más gobernados que hoy, puesto que el Estado administrador pesará sobre ellos con más rigor que el Estado capitalista de hoy. Lo que se requiere es valor y conciencia para no creer en la continuidad necesaria de estas instituciones artificiosas” La tarea de la hora y la sucesiva para acreditar una sociedad nueva son tareas muy disrintas.

La continuidad que exige la sociedad futura con respecto a la presente es una continuidad de produC’ ción y distribución. Nada más. Así como en la convivencia nueva no habrá lugar para las instituciones capitalistas, tampoco podrá haberla para las anticapitalistas. Tan sólo el aparato técnico, el utillaje y las instituciones neutras continuarán funcionando. Cuanto menos se altere la complejidad presente mejor funcionará la convivencia nueva, que no tendrá que empezar a manifestarse con privaciones, restricciones, racionamiento y dosificación de alimentos, maneras de imponer la dieta y el hambre. Estos estragos habrán de ser evitados a toda costa, puesto que la opinión que engendran es desfavorable, provocando la constitución de conglomerados autoritarios, los comités llamados de salvación pública, la supuesta regularidad y efectiva centralización de la vida, los depósitos o almacenes públicos y la dictadura económica. Será preciso, por el contrario, que la vida pública permanezca varia» da, lo más fácil y abundante posible, atractiva y agradable, cosa hacedera si se cancela pira siempre el temor a la escasez. Este temor se deriva de la impresión, indeleble aún, de los estragos del hambre en Rusia en los años inmediatamente posteriores a 1917. La guerra había agotado a Rusia; por otra parte, se daba la incompetencia de los nuevos gobernantes bolcheviques, el atraso del extenso país ruso y la hostilidad del capitalismo mundial. Se produjo a consecuencia de tantos y tan desfavorables factores tal anormalidad en’el sistema industrial que bien puede calificarse de inaudito. De aquellos hechos se deriva el pesimismo actual, tan preocupado con juntas, comités, planes y consejos; ese pesimismo que se propone programas reconstructivos a base de técnica y estadística para empezar a vivir de nuevo.

Los anarquistas pecaron antaño por el extremo opuesto. Creyeron que la abundancia acumulativa de productos seria fácil de conseguir y que el comunismo libre podría consolidarse sin preocupaciones por largo espacio de tiempo. Opinión errónea, porque lo que quiere el Capitalismo es que se produzca poco a fin de vender a precio alto. No es partidario el capitalismo de acumular sin vender; más bien considera esta última acumulación estacionada como la más grave de las crisis. Podemos decir que tanto la abundancia como la escasez, tanto las excelencias de Jauja como las penurias inevitables y fatales son leyendas. Lo cierto es que existen primeras materias en cantidad que sobrepasa la de las necesidades normales, que se cuenta con un utillaje de enorme potencial y mecanismo perfecto, además de haber un excedente de brazos por ocupar y multitudes enormes inocupadas. Ojnvendría, pues, que se procurara la continuidad productora después del hecho revolucionario para evitar el autoritarismo que supone la organización de la dieta pública. Los verdaderos órganos de producción son los que saben producir hoy y sabrán hacerlo mañana, los hombres del taller y de la fábrica, los campesinos y transportistas. Evidentemente los sindicatos no tienen nada que hacer con la producción técnica y crearían un estado de desorden sin intervinieran en su control una vez desaparecida la burguesía, puesto que se produciría ya desde un principio guerra civil y dictadura. Aquí o allá habría dictadura sindical ; en otro lugar se lucharía en pro de la autonomía de los productores o se invocaría la necesidad de atender primordialmente a la economía de los Municipios. Estos factores locales llegarían a entrar en colisión unos con otros y también todos ellos con sus distintas y complicadas ramificaciones, nacionales e internacionales, multiplicándose las dficultades de relación y tránsito con núcleos alejados productores de primeras materias y consumidores de artículos elaborados sobrantes. En fin, habría luchas apasionadas, y como en el curso de estas luchas no faltarían los vencedores, se impondrían al fin los cotizadores de la victoria estableciendo la dictadura.

Tan sólo una verdadera y efectiva humanización de las relaciones intersociales puede prevenir y evitar estos inconvenientes. Tal humanización únicamente puede hacerse desde lo reducido a la proporción grande, desde abajo hacia arriba — como decía Bakunin — contando con la favorable coyuntura de buenas condiciones locales, sin verse paralizada la acción progresiva por ninguna clase de autoridad, antigua o nueva, aunque se tratara de los sindicatos más activos y de sus funcionarios más probos. El hombre a quien se coloca en una situación cualquiera será siempre instrumento; lo será por pasividad y rutina o por ambición y afán de dominio. Sólo el hombre que actúa por sí mismo, el capaz de esfuerzo solidario directo puede dar de sí lo que es. Hombres así lo serán los que iriauguren la vida nueva, tratando de que se viva en ella con un máximo de libertad si no se invalida antes su tarea imponiéndoles organismos caducos y esas determinaciones llamadas transitorias que son, en realidad, con sus normas y restricciones, prolegómenos de dictadura.

Se puede luchar ya inmediatamente, desde hoy mismo, en pro de las ideas y de la causa, valores eternos, y no en nombre de organismos necesariamente transitorios. Seamos los hombres del comunismo libertario, no los patriotas de tal o cual organización. Una organización determinada no puede hacer más que establecer su propia dictadura — lo cual sería fatal — o bien declarar que se extingue al triunfar — lo que significa una generosa abdicación. No todos los componentes de aquella organización serían tal vez capaces de abdicar generosamente, sobreviniendo disensiones, escisiones y descontento, sobre todo cuando el patriotismo orgánico de los amigos estuviera caldeado y encrespado. Si puede realizarse y ser efectiva la sociedad libre tendrá origen en la expansión de las ideas del comunismo libertario; no tendrá origen en la acción o en el prestigio de la organización obrera, que por esencia es una corporación de resistencia del trabajo contra el capital, no una agrupación a base de ideas. Si la sociedad nueva ha de ser viable sabrá crear valores nuevos sin necesidad de lazos orgánicos con el pasado.

No carece de importancia el tema y merece que lo aireemos puesto que sin ejercer la libertad todo podría caer en manos de una nueva burocracia y ésta es siempre dictatorial, velada o abiertamente. Al parecer sólo se quiere proceder hoy mediante escalas jerarquizadas de los organismos, como si el hombre en sí y por sí no significara nada y fuera tan sólo un ente aislado, más bien molesto que útil. Toda la sensatez del universo aparece concentrada en unos cuantos cerebros organizadores. Este espectáculo es en realidad un reflejo de la política burguesa, pues sabido es que en ésta todo ocurre entre unos cuantos prohombres. La misera plebs está tutelada por ellos. Podrá servir esta absorción para sostener la gerencia del mundo burgués con su movimiento de negocio y especulación; podrá servir a los planes de socialistas y comunistas gubernamentales, pero a los libertarios no nos convence. Si quieren los hdmbres libertarios que renazca verdaderamente la libertad y que se realice el ideal libertario, habrá que reanudar la modesta pero efec tiva y eficaz tarea de la propaganda directa de las ideas.

Estas ideas, las libertarias, a pesar de la propaganda sonora y escrita, son conocidas insuficientemente por el pueblo y a menudo presentadas a éste en versiones apodícticas, doctrinarias, sectarias, exclusivistas. Por lo que respecta a España, los amplios conceptos del comunismo libertario dan a las ideas una expresión excelente. Por doquier sufrieron los inconvenientes de la rutina y se vieron también deformadas por infiltraciones autoritarias o reformistas por lamentables desviaciones y limitaciones. Las ideas libertarias aparecen hoy a nuestra vista más vivas y vigorosas que nunca, y la falta de intérpretes excepcionales — como tuvieron otras veces — no las apoquece absolutamente en nada.

Contesto a la pregunta inicial de este trabajo diciendo que la sociedad futura realizadora de un máximo de libertad, me parece que ha de ser diferente del organismo semisindicalista semicomunista libertario que asocia hoy meritorios esfuerzos. Si sobrevive el sindicato a la revolución, el comunismo libertario se desenvolverá con dificultad. Si el comunismo libertario invalida al sindicato no tendrá razón de ser el sindicalismo y sin embargo, es probable que no se resigne a desaparecer por completo. Amalgamar el sindicalismo con el comunismo libertario es un artificio y este artificio exigiría autoridad para sostenerse y ser estable. Ahora bien, la mayor estabiiiij^v. no haría sino prolongar la lucha y el fomento de las dictaduras. Que los sindicalistas se entreguen a las batallas de hoy, ya que les queda mucho terreno que ganar. En Francia luchan con ardor. Que den apoyo individual en favor directo del comunismo libertario y que renuncien a ser el sector preponderante en la sociedad futura. Los que preparan el comunismo libertario, que den vida a los ideales de autonomía, solidaridad generosa, federación libre y secesión igualmente libre; actividad individual sin mediadores, progreso incesante y diferenciado según condiciones de cada caso, experiencia libre, variedad y atractivo en la sociabilidad como en la economía empezando siempre y en todo por nosotros y desde ahora mismo, fuera de las cuestiones orgánicas que están en plano ajeno a vida y trabajo. Por estas rutas creo que se caminará hacia un máximo de libertad. Por las opuestas sólo se podrá desembocar en una algarabía de luchas intestinas y en una dictadura.

No se pierda nunca de vista la espinosa y fatal cuestión del totalismo. Entusiastas de nuestro ideario, somos de cierta manera totalistas porque rechazamos la opinión adversa y creemos en el triunfo exclusivo de la propia. Como tengo ya dicho, una íi ciega, rencorosa, seguida de intolerancia truculenta, inspiró siempre a los sectarios religiosos, tanto cristianos, hebreos y paganos como católicos y protestantes. Las persecuciones no pudieron acabar con tanta hostilidad productora de guerras, fanatismo, inquisición y represión jesuítica en países ensangrentados, mentalmente deficientes o rezagados; tampoco las guerras invalidaron el fanatismo religioso sino que lo avivaron; no pudieron suprimir el fanatismo las ciencias ni el librepensamiento ni tampoco sirvió la prueba de falsedad e irrealidad que se repitió con respecto a la religión. No cedió la lucha fanática; pero cuando el siglo xvill cortó las alas al fanatismo y el XIX lo redujo al silencio se produjo — al menos exteriormente — un cierto ambiente de convivencia entre los creyentes, quedando la religión en muchos territorios como entidad inofensiva o estéril y privada de medios violentos para eliminar al adversario. Esta convivencia — al menos formal — entre los creyentes de distinta etiqueta religiosa ¿se da en el sector socialista? No. Los socialistas son totalitarios en Rusia y profesaron a todas horas el exclusivismo marxista. Cuando anarquistas y sindicalistas invitan a aquellos marxistas a la convivencia, nunca se ven correspondidos con una contestación clara y neta, sino que se ven frecuentemente acribillados a balazos. No creo en una cooperación entre autoritarios y libertarios que no sea desastrosa para estos últimos; pero creo también que el mundo es suficientemente grande y capaz para todos y que sería más juicioso evitar los encontronazos en vez de pelear perpetuamente.

Es tan buena nuestra causa que me asombra no verla presentada más frecuentemente con toda su efectiva belleza ante el pobre mundo aterido. No sabemos qué clase de tesoro poseemos con nuestras ideas y dejamos que se confundan con oropel, dejamos que se mezclen con cosas ajenas a ellas. Por ello las contempla el mundo muy de tarde en tarde en su aspecto integral, quedando eclipsado su atractivo para una mayoría inmensa de seres que se debaten entre miserias y constituyen la sociedad presente. No preconizamos una ideología abstracta sino que profesamos las generosas ideas más en relación con las realidades de la vida, triste vida que los demás sacrifican a la avidez concupiscente y a la sed de dominio o bien a la esterilidad doctrinaria que siempre va hacia atrás en beneficio de la reacción.

Para llegar a un máximo de libertad es indispensable hacer el mejor uso posible del mínimo existente, digno de que lo fomentemos con el más exquisito celo. De lo contrario, estamos en trance de perder el mínimo de libertad disponible para caer en el capitalismo feroz, en el socialismo autoritario o en el fascismo. Cualquiera de estos sistemas imperantes nos llevará más pronto que tarde, como dice Bakunin, «en línea recta a la esclavitud y a la bestialidad».

X. X. X.

(Trad. de F. Aláiz.-)


X. X. X., “La libertad de la sociedad del mañana” La Revista Blanca 14 no. 387 (July 15, 1936): 74-78.

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X.X.X [Max Nettlau], “El reino fatal de la abstracción, una de las fuentes de la autoridad” (1936)

El primer despertar del pensamiento humano condujo a la generalización y desde ésta a las abstracciones simplistas. Se observa lo que hay común entre un objeto y otro, haciéndose entonces una regla. Poco a poco va construyéndose el ente abstracto que posee las cualidades atribuidas a distintos objetos y seres. Lo que no coincida con este conjunto de cualidades regulares es una excepción y está mal visto, por lo cual se critica hasta que entre en lo que se considera normalidad. Y ocurre que siendo la diversidad lo único que real y positivamente constituye la realidad, el fenómeno que es el producto de la vida misma no se respeta y pasa a segundo término, siendo constantemente reprimida aquella diversidad para someterla a una tendencia unificadora. Ya estamos, pues, en uno de los orígenes de la mentalidad autoritaria. Del ente abstracto que tiene todas las buenas cualidades y las virtudes todas no se tarda en hacer un fetiche divino por ensanchamiento de aquellas cualidades poseídas hasta un extremo infinito de sublimidad. De ahí que se considere la vida real como una serie de equivocaciones, divagaciones, excepciones y diversidades que necesitan una autoridad que obligue a transitar sólo por el camino de las reglas y de las leyes. Para la religión, el hombre es el pecador inveterado; para la ley, el criminal en potencia, sospechoso siempre; para la Administración, el contribuyente que trata de no pagar impuestos o el temerario que se atreve a criticar a los gobernantes. Es indudable que la autoridad tiene otras fuentes, pero la abstracción es una de las más insidiosas, porque vició la vida intelectual y moral de los seres humanos en grado sumo, a la vez que sirvió para justificar las más directas y brutales violencias inquisitivas. El individuo, la vida misma son valores eternamente sospechosos y reprimidos, sacrificados al fetiche de la abstracción.

Quien aprende mecánicamente un idioma se congratula de que haya reglas generales y maldice las excepciones. Quien estudia la verdadera estructura de un idioma con todo lo que puede reconstituir respecto a su origen y a su pasado, queda fascinado por las excepciones porque atestiguan estas una vitalidad de belleza precisamente en la diversidad que sobrevive y se revela en las excepciones mientras que el resto, lo comprendido en la regla general, quedó aplastado, igualado por pesada rutina y analogías a menudo dudosas, por una masa de regularización secundaria y uniformada al carecer de vida propia. Este proceso degenerativo se da también y puede estudiarse en el hombre. Los espíritus autoritarios quieren que los hombres se adapten casi generalmente a las mil normas de la conducta considerada como normal. Los espíritus emancipados de estos prejuicios saben que el progreso se debe precisamente a las excepciones, que son lo vital, no a las masas de víctimas que están interpoladas en la rutina y carecen de vida propia.

El progreso se cumple en tres etapas. Tiene origen en la actividad de ciertos seres que laboran en unas condiciones lo más favorablemente posibles, consiguiendo producir valores nuevos; estos valores nuevos, estas creaciones, se propagan, gracias a su fuerza inherente y a su utilidad social, sobre un número elevado de hombres venciendo los obstáculos que se presentan. Hasta aquí, las dos etapas primeras. La transición desde la segunda a la tercera etapa, choca también con dificultades y obstáculos; pero el progreso no logra realizarse en su forma más perfecta sino cuando es diferenciado, adaptado a las necesidades individuales y locales de los hombres en su misma vida íntima y directa. Esta es la tercera etapa. La transición entre la segunda y la tercera etapa presenta también grandes obstáculos sobre todo cuando en la segunda etapa se reviste una idea progresiva de formas abstractas según el error autoritario. Sumida la idea avanzada en formas abstractas, no halla ya la manera de caminar hacia la vida real, hacia las diversidades, las únicas que permiten vivir una vida real. Tal es el caso, en mi opinión, de la idea socialista.

La idea socialista debe su origen a las mejores iniciativas — innumerables — de todas las edades ; iniciativas que trataban de acabar con el régimen de opresión, explotación, violencia intelectual y moral que reinaba por doquier. De las ideas propuestas cristalizaron inevitablemente las más viables, quedando como aspiraciones, esperanzas y reivindicaciones de las masas populares, de los pensadores y de los rebeldes en buen número de países. Pero esta selección natural quedó interrumpida por los fanáticos de la abstracción, por los elaboradores de sistemas. Uno de estos elaboradores — Marx — produjo obras maestras de abstracción doctrinaria, construyendo un socialismo que no puede realizarse más que empleando un máximum de coacción y una autoridad universal, capaz de ubicuidad. Esta teoría fascinó a muchos hombres, sin abandonar su sectaria característica de religión. Esta no puede imponerse tampoco sino mediante una ralea eterna de clérigos, que velan siempre sobre los pueblos cuando no comprenden éstos las abstracciones religiosas. De la misma manera el marxismo tendría al pueblo en eterna tutela con los burócratas que en realidad serían gobernantes en nombre de una abstracta divinidad: el Estado socialista. Este es una ficción, como lo es igualmente la divinidad abstracta en nombre da la cual los clérigos se hacen mantener por el pueblo. En religión no hay más que un pretendido ser que posee todas las buenas cualidades concentradas en la divinidad. A esto corresponde en el marxismo el Estado o la Administración, concluyéndose que todos han de servir a una ficción como el Estado y la burocracia, de la misma manera que se servía a la divinidad. Las religiones se apoyan en lo que llaman pobres de espíritu, en los creyentes y obedientes. El marxismo se apoya sobre las mismas categorías de disciplinados y electores. El éxito del socialismo descansa en el mínimo esfuerzo individual de inteligencia y rebeldía que requiere. Sólo quiere que se espere cierta misteriosa evolución que ya entrevió Marx y otros calificados profetas. Llegará o acontecerá esto o lo otro si acaso no acontece otra cosa…

Es evidente que en la beatitud del creyente marxista y también en la rutina de su casta dirigente no hay camino de vida real en los distintos países. Antaño hubo socialdemocracia y hoy hay comunismo. Tanto éste como aquélla tratan de imponer formas idénticas de evolución; en la práctica, sistemas idénticos de la propia dominación, por lo que respecta a regiones diferenciadas del mundo, un esfuerzo que con la dictadura más cruel puede ser sostenido todavía en Rusia, sin que haya podido prevalecer en ningún otro país. Ningún país permite jamás que se le imponga todo un sistema a menos de que .’e trate de un país vencido a merced del conquistador y con imposición de aquel sistema contra la voluntad de la víctima como yugo de una dictadura extranjera.

Aprendamos por nosotros mismos y si alguien duda convénzase por la experiencia que salta a la vista de que en el terreno anarquista como en el sindicalista no puede dejar de ocurrir lo mismo: una. abstracción no encuentra el camino de la vida real. La abstracción no es vital por sí misma y por consiguiente ¿cómo ha de tener realización en la vida? Estábamos en plena abstracción anarquista totalitaria. Para unos, no había salvación fuera del intercambio legal, del mutualismo; para otros, estaba la salvación en el colectivismo y para otros en el comunismo. El buen sentido prevaleció en nuestros medios al referirse los camaradas de otro tiempo a la anarquía sin adjetivos, a secas, lo que llamaba Malatesta el anarquismo socialista y hoy se llama comunismo libertario, no sectario, el que acepta todas las ordenaciones económicas libremente consentidas y permanentes en la esfera de la solidaridad. Hemos sabido ver el camino de la abstracción unilateral a la luz variada de los fenómenos vitales y lo veremos siempre porque tenemos respeto y amor a la libertad y nos horroriza la uniformidad en nombre de la abstracción. Y podrá superarse la ilusión de la ideología sindicalista cuando después de la expropiación se conozca la verdadera esencia del trabajo libre. En todos los siglos, investigadores y sabios conocieron el placer exquisto de trabajar por difícil y penoso que fuera el trabajo cuando éste se aplicaba libremente para conseguir un buen objetivo. De un espíritu semejante estarán penetrados los trabajadores libres olvidando los cuadros sindicales de igual manera que un hombre hecho y derecho no se sienta ya en los bancos de la escuela.

Tenemos, pues, que cumplir la eminente labor de aprender a conducir todas nuestras aspiraciones desde la esfera de la abstracción a la vida real; y hemos de hacer honor a la tarea no menos importante de demostrar al mundo entero que es indispensable seguir en todo vías paralelas para ir desde la abstracción a la realidad, renunciando a imponer ficciones abstractas como se impone un yugo. Sin esta claridad de propósitos las aspiraciones del pueblo se confunden en el fango del fanatismo y al ser impuestas por la dictadura se transforman en odiosas vejaciones. Lo que había de producir alivio, libertad, alegría, felicidad, impone la desesperación, sentimiento de vivir más que nunca en estado de esclavitud, tristeza y desdicha. Los hombres libres ven a los dictadores comunistas con el horror que ven a los dictadores fascistas. Si la humanidad no se libra de esta pesadilla nos asfixiaremos. Tanto va reduciéndose paulatinamente el aire respirable.

Acostumbrémonos a pensar que todas las realizaciones, lo mismo libertarias que otras, diferirán de programas, teorías, planes y previsiones. Adaptadas a individuos, ambientes, localidades y condiciones generales, todas tan varias, tomarán formas distintas como la vida misma, de la cual serán parte integrante. La propia Naturaleza nos da ejemplo. Sería absurdo esperar que lo que es ley natural universal no entrará en actividad para intervenir en los cambios sociales de un porvenir más o menos próximo.

Los animales y las plantas, incluso los minerales, tienen innumerables variedades regionales y locales. Lo mismo los hombres. Se diferencian ya por las lenguas, cuya literatura resulta accesible por medio de aquéllas, si bien refleja ante todo el temperamento local, el ritmo local. Ni la cultura internacional, ni las máquinas, ni las aplicaciones técnicas, ni las costumbres internacionales pueden neutralizar las diferencias en cuestión. Examinado este problema atentamente se ve que incluso en las cosas más internacionales se echa de ver por doquier la influencia local. Sobre este terreno el internacionalismo es también una abstracción irreal. Su verdadera interpretación reconoce, tolera y respeta las diversidades mientras que el nacionalismo las odia instintivamente y trata de combatirlas a la vez que aspira a extenderse valiéndose de la conquista. Un socialismo autoritario totalitario no sería menos agresivo, no haría más que perpetuar las guerras puesto que no reconocería ni respetaría las autonomías locales. El comunismo ruso no ha hecho más que seguir esta doctrina de exclusivismo puesto que en los demás países declaró su propósito de invadirlos para implantar la propia dictadura.

Interpretado con propiedad el internacionalismo contiene todo lo que deseamos pero ¡qué pocos actúan en un sentido acorde con esta interpretación! Si se siguieran las inspiraciones internacionalistas la vida se desarrollaría con agrado en uno y otro sector territorial, se respetarían las autonomías locales y se multiplicarían las relaciones más varias a base de las costumbres de unos y otros. Se elegirían las relaciones de los más próximos en ideas. Con el mismo derecho se atendería a la relación con finalidad de eficacia o con otra finalidad distinta. Con estas bases de convivencia la vida local y las relaciones internacionales florecerían paralelamente, produciéndose nuevas diferenciaciones y nuevas asimilaciones.

Creo que convendría repetir estos enunciados con más voz y con más frecuencia. Hay excesivo orgullo en nuestros movimientos, lo que depende de la herencia autoritaria, ya que el sentimiento de superioridad y la agresividad llevada hasta el totalismo son próximos parientes. El hombre verdaderamente sensato que capta una verdad se regocija, pero no se enorgullece. Sabe que sus investigaciones no tienen fin, que precisa continuarlas, que tal vez una experiencia nueva eche por tierra la que creyó concluyente. ¿Estamos seguros de que lo considerado hoy como excelente organización, programa lógico o táctica razonable ha de ser imperecedero, infalible y permanente? El hecho de sentir orgullo demuestra que hay colapso, que se cree estar de vuelta de todo. Esto equivale a retroceder.

Estamos en momentos propicios para que los seres no sean orgullosos ni intolerantes. Los que no son fanáticos ni totalitarios han de ver la manera de encontrarse, cualesquiera que sean sus opiniones. Sólo de ellos puede nacer un esfuerzo renovador para fundar la convivencia interhumana. Los demás no aspiran más que a una dictadura cualquiera, a animar abstracciones y a que el mundo sienta nuevos yugos.

* * *

La abstracción ejerce asimismo su fatal autoridad en el terreno de la organización. La cooperación más o menos reglamentada, lo que se llama organización, es resultado de una perfección que pocos animales han podido alcanzar como las hormigas y las abejas; otros animales son perfectos en cuanto a habilidad constructiva como ciertos pájaros, c! castor y las arañas, pero trabajan paralelamente sin ayudarse mutuamente; hay muchas especies que se reproducen, alimentan y cuidan mediante cooperación temporal del macho y la hembra. Sólo el hombre ha llegado primero a una cooperación técnica múltiple; sucesivamente a la organización de este trabajo para finalidades determinadas; a la especialización, al trabajo profesional susceptible de dirección, explotación y demanda, susceptible también de agrupar a los trabajadores para protegerse éstos, concertarse y organizarse. Estas organizaciones crecieron en número y fuerza. Constituyen uno de los medios de emancipación del trabajo. Para conseguir esta finalidad las organizaciones han de penetrarse de idea y voluntad, han de ser eficaces respecto a éstas como base y elementos constitutivos. No basta con que estas cualidades se den o se supongan a los dirigentes sin que tengan efectividad en los adherentes, los cuales en tal caso no hacen más que bulto y número. Por esta causa ha quedado muy disminuida la eficacia de las organizaciones, pues se han impuesto costumbres determinadas por la abstracción.

Se empieza por la delegación, abandono del derecho y de la iniciativa de muchos en favor de un delegado. Después del nombramiento de ésle, la delegación se convierte en permanente. Unos cuantos delegados constituyen comisiones y así sucesivamente van formándose los comités superiores, etc., quedando los adherentes representados por poderosas minorías que se erigen en directoras, lo mismo que si fueran gobernantes. En teoría, estos comités superiores son la quintaesencia de los adherentes al organismo; en realidad, la voluntad de estas minorías es la que reemplaza a la voluntad de los organizados. Son abstracciones vivas en el peor sentido, son como el clérigo que substituye a la inexistente divinidad, como el funcionario que pretende representar al Estado siendo éste una abstracción, una irrealidad. Por esta encarnación de abstracciones en hombres encargados de representarlas fielmente, las cuestiones que afectan a las organizaciones, todos los problemas, por importantes que sean, están en manos de unos cuantos hombres que son los más significados y batalladores — los mejores patriotas por decirlo así — teniendo a gala que no haya paz entre las distintas organizaciones, exactamente igual que los estadistas impiden que haya paz entre los Estados. Cuanto más potente es una organización menos puede y por regla general quiere menos ponerse de acuerdo con otras.

Se quiso remediar este inconveniente constituyendo Internacionales. Pero lo cierto es que éstas no han sido organismos completos. Después de consumarse las escisiones se han convertido en agrupaciones de! mismo partido hostiles a las de partido distinto. Por rivalidad entre unas y otras en censo y en influencia, la actividad de todas es distinta y para aventajar a la rival, son enrolados los miembros en masa, muchas veces fanatizados y sin tiempo para capacitarse en el sentido de las ideas ni en el de las organizaciones. Si una de éstas siente deseo de aliarse con otra, el deseo se convierte en asunto diplomático entre prohombres de ambas más que en impulso espontáneo de !a colectividad. Caso de pactarse la alianza, no se pacta sin reservas mentales. Lo regular es que fracase la alianza, como fracasan las tentativas de pacifismo entre los Estados. Las organizaciones son excesivamente grandes y cuentan con muy pocas posibilidades de manifestarse. Lo mismo que en todos los casos la mejora y el progreso están en la descentralización, en la autonomía de grupo y en el mayor grado de actividades directas, sin delegación. La cooperación hace el mejor uso posible de los adheridos; la organización que funciona con delegados hace lo contrario. Esta inercia relativa de las grandes organizaciones, limitadas además en la acción por el sentido de responsabilidad, es tan visible como observamos hace pocas semanas en Francia y en otras partes, donde los grandes movimientos desbordan el control de las organizaciones. Evidentemente hay influencias más o menos conocidas en tales movimientos, pero aquellas influencias de nada sirvieron otras veces porque no se hizo caso de ellas. El hecho de la enorme repercusión actual de las huelgas más allá de la cuadrícula sindical me parece demostrar que la fe del pueblo en las grandes organizaciones está en decadencia, tan en decadencia como la fe en partidos y programas. Huérfanos los hombres de ideal libertario en casi todo el mundo menos en España, no saben producir nada bueno y quieren el poder aceptando la autoridad lo mismo que los beneficios que le produce el Estado o la ley; beneficios que le prometen o le dan figuradamente, incapaces de producir nada. Los movimientos de Francia y Bélgica no servirán a la causa libertaria; pero los hechos nos demuestran que a la pasividad ha sucedido el movimiento y que no faltan grandes organizaciones sino ideas libres, esas ideas que no se propagaron apenas entre las masas.

Después de la guerra hubo una libertad de propaganda relativamente grande, como también cierta libertad de movimientos aunque temporalmente y con excepciones. De todas maneras hubo descuido en no servirse de aquella ocasión preciosa para sembrar ideas de libertad. Se sentía la fascinación de Rusia a pesar de la degeneración operada allí tan pronto. Orgullosamente se hablaba del poder y se hacían concesiones al credo autoritario. Los libertarios perdieron casi en todas partes sus antiguas iniciativas y no han sabido reanudarlas posteriormente. Se nos dice que lo que hacen los autoritarios no tiene consistencia y se derrumba. Triste consuelo, porque aquéllos actúan a expensas y en perjuicio de la humanidad entera, cuya generación actual y juvenil están intelectualmente destruidas, quedando agotados los recursos acumulados y viendo las sociedades de vida mediocre a pocos pasos el espectro de la guerra destructora de todo. ¿Cómo llegar a nuestro ideal libertario con una Humanidad que se tambalea y quedaría reducida a ruinas? El eclipse libertario de los años posteriores a 1918 contribuyó en gran manera a que se produjera una situación tan desastrosa.

Abominemos, pues, del culto a las abstracciones y volvamos a la vida. Devolvamos su autonomía a la cultura local, a las ideas que se manifiestan en cada país, al grupo libre de afinidades vecinas, a su acción directa. Desconfiemos de las abstracciones porque en nombre de ellas se dominó siempre y se explotó. La abstracción, a pesar de sus defectos, tiene la ventaja de presentar lo que hay de común en un cierto número de fenómenos. Sin embargo, esta visión no es lo concluye me sino lo incompleto. Precisa aterrizar desde la abstracción a la vida aprovechando la crítica lucha contra la abstracción y sin dejar que ésta marque la huella más ligera sobre nuestra vida.

Jamás triunfará nuestra causa con una victoria unilateral de ideas o de organización únicas, ni siquiera de clase única. Estas victorias, sean mayoritarias o minoritarias, no pueden conducir más que a la dictadura que hace odiosas las causas, incluso las mejores. Todos los acontecimientos revolucionarios históricos fueron producidos por el descontento, por una excitación y un furor casi unánimes en el momento decisivo: Revolución francesa de 1789; julio de 1830 y febrero de 1848 en París; revoluciones continentales de 1848; el 4 de septiembre de 1870 y el 18 de marzo de 1871 en París; la primera sacudida del zarismo en 1905 y su caída en marzo de 1917; el 14 de abril del 31 en España, etc. Una revolución social libertaria no se produciría de otra manera. Las dictaduras no pueden nunca preparar el camino a la revolución social libertaria. En Rusia ya se vio que desde la instauración del bolchevismo en otoño de 1917 sólo hubo aplastamiento de los esfuerzos socialistas no oficiales empezando por el bombardeo del local de los anarquistas en Moscú en la primavera de 1918 mientras en todo el mundo socialistas y hasta anarquistas, pésimamente informados todos, glorificaban a los bolcheviques llamados maximalistas a consecuencia de un curioso error del que ellos se aprovecharon y beneficiaron ampliamente. Lo mismo la dictadura rusa que las dictaduras fascistas sólo serán destruidas por impulsos y explosiones casi unánimes como las que tantas veces han puesto el pie en el cuello de los tiranos. La verdad histórica se da en este sentido y no veo que pueda suponerse cosa distinta por lo que atañe al porvenir.

Progresan los hombres desde la edad de las cavernas y harán todavía grandes cosas, pero sólo en estado de libertad. La Humanidad se reanima al menor soplo del espíritu libre, como un aguacero reanima las flores mustias. Siempre vivió la Humanidad gimiendo: desde que se vio atada a la religión hasta que cayó en servidumbre de socialismo autoritario y fascismo. Apetece la libertad y muchas veces los hombres que se tienen por no autoritarios se la niegan; y cuando no se la niegan, intentan disuadir a la humanidad de su ideal. ¿Por qué el sindicalismo no declara de una vez francamente que no tiene ambición de sobrevivirse y tal vez perpetuarse en una sociedad nueva? ¿Por qué las tendencias libertarias no se declaran exentas de aspiraciones totalitarias? ¿Por qué no hacen constar que establecerán un modus vivendi con otros matices no agresivos? Estas interrogantes se comprenden mejor que antes, mejor que hace poco tiempo, aunque puede decirse que su profesión abierta y su confesión no son generales. Cada cual espera que su causa llegue a ser universal. Me parece que este pensamiento delata residuos autoritarios evidentes. Tengo simpatía por una causa y me parece que universalizarla es poco natural. No es posible desear que se extinga toda la espléndida variedad floreal para que sobreviva únicamente mi especie preferida. Guardémonos de esta uniformidad, de esta malsana abstracción.

Creo que no abogo en pro de una causa perdida. No hay más que deshacerse de la multitud de argumentos seudocolectivistas que nos inundan. Se dice que e! individuo en sí nada es, que sólo la masa y el grupo tienen importancia. Esta es la opinión de los autoritarios todos, pero no es un hecho real, ni una constatación social. Siempre ocurrió así en los medios indiferentes, por lo que hubo dos desarrollos opuestos en les mismos: el individuo jefe que domina y explota a la masa frente al hombre progresivo y desinteresado que avanza y allana el camino para que se liberte la masa. Perseguir a estos hombres desinteresados, hacerles imposible la vida fué siempre el objetivo de la reacción. La justificación teórica y abstracta no faltó nunca. Jehovah arrojó del paraíso al hombre temerario. Zeus, otra divinidad, encadenó al rebelde Prometeo a una roca del Cáucaso. Para los sociólogos pedantes, el hombre que no se inclina ante las nuevas ideologías autoritarias, ante los errores que directa o sinuosamente conducen al fascismo, es un réprobo a quien hay que castigar. Si se dice a los hombres de nuestro tiempo que el poder de los Estados, el aparato burocrático y maquinista y los ejércitos aumentan; si se les repite que el hombre no es nada por si más que en masa y que el técnico le dirá lo que le corresponde hacer; si se le alimenta intelectualmente por los jefes y elaboran éstos la teoría de que cuanto más grandes sean las empresas estatales o capitalistas más lejos se estará de la vida individual, lo que se predica es la esclavitud. Se oculta malignamente que contra aquellos estragos autoritarios lucharon siempre los mejores hombres y seguirán luchando sus afines progresivos. El Estado y sus burócratas se derrumbarán, lo mismo que las fuerzas armadas cuando éstas y aquéllos dejen de tener paga. Los técnicos sabrán rectificar su obra adaptando la máquina a las necesidades humanas en vez de refinarla para producir armamentos. Las masas sabrán vivir su propia vida y esto es lo que desean precisamente. Todas las dificultades, todas las complicaciones desaparecerán cuando en serio se quiera que desaparezcan. Sólo entonces podrán desarrollarse en la vida autónoma las facultades latentes que duermen en la intimidad de los seres.

Ahora bien: para conducir a los hombres a estas realizaciones es preciso tener esperanza y valor, no entregándose a la semiabdicación de las abstracciones autoritarias, por desgracia tan frecuentes. Hay muchos hombres de buena fe que creen necesario hacer toda clase de concesiones a las costumbres autoritarias. Se adviene también una resignación mal situada y mal interpretada que debilita y achica los movimientos cuando lo que necesitan éstos es impulso y decisión. Si se dieron exageraciones, no causaron tantos estragos como la prudencia que se deriva de falta de fe y de la necesidad de apoyarse en soportes autoritarios. Hay quien insiste en sostener la necesidad de emplear procedimientos que se llaman transitorios y en realidad no son sino dictaduras veladas, con la misma inclinación que las dictaduras a convertirse en permanentes. Con esta pusilanimidad no nos libraremos de la esclavitud actual aunque puede tener ésta un aspecto atenuado algo más soportable y acomodaticio. Si la gota taladra la piedra, sólo un torrente puede destruir el obstáculo que representa la piedra. Los pequeños actos minan la sociedad presente como la pota de agua taladra la piedra, pero sólo los grandes hechos son capaces de provocar un derrumbamiento.

Entre estas dos formas de acción se sitúan los medios renovadores, ¡os de regeneración y reconstrucción incipiente a que me referí: en primer término, nuestra propia regeneración, emancipándonos de las taras autoritarias; la regeneración de los medios sociales autónomos capaces de solidaridad íntima y sincera; la de los grupos más diversos por afinidad de ideas; la vida de relación próxima o lejana mediante unas bases más íntimas que el lazo orgánico formulario; y en fin, la posibilidad de convivir amigablemente todos los no autoritarios, los nos agresivos. La mentalidad que suponen estos signos progresivos ha de permanecer viva y lozana cuando la cólera general produzca la victoria del pueblo. De lo contrario se verán nacer nuevo autoritarismos. Éstos pueden ser evitados si no se impide que la revolución haga labor completa como hasta ahora no pudo hacer.

La abstracción tal como trato de presentarla es una potencia del pensamiento humano que es preciso dominar a menos de no querer ser dominados por ella. Nos eleva por un momento sobre la vida colocándonos en un nivel superior de observación. Si no olvidamos que es un nivel ficticio como es ficticia la existencia del punto geométrico, estamos perdidos. Es entonces cuando nos sumimos en el reino de la abstracción, que siempre halla la manera de explotar y gobernar a los pueblos sometidos. El hombre consiguió el dominio del fuego y el dominio de otros elementos naturales capaces de ser destructor-.s o útiles y tendrá que aprender a penetrar en el secreto de la abstracción en nombre de la cual se le explota y se le gobierna, libertándose al propio tiempo de nuevas abstracciones si se presentan estas para obstaculizar el avance progresivo. Dios y el Estado son dos ficciones, pero toda nueva autoridad es una nueva ficción. La base del hombre es la vida misma, su propia vida y no otra cosa. La experiencia demuestra ya desde las tenebrosas edades de la animalidad que la vida ha de ser social y solidaria a la vez que individualizada, localizada y diferenciada. Fuera de una vida semejante no existe más que el remo de la abstracción y en su lamentable práctica la servidumbre que aprovechan las castas privilegiadas para vivir de ella: clérigos, capitalistas y otras autoridades de hoy como de mañana si los hombres no se redimen de la abstracción. Arabo de analizar el peligro y el remedio único: vuelta a la vida con sus autonomías, su solidaridad, sus diferenciaciones y su libre expansión.

X. X. X.

(Trad. de F. Alárz.)


X. X. X., “El reino fatal de la abstracción, una de las fuentes de la autoridad” La Revista Blanca 14 no. 388 (August 15, 1936): 112-116.

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Max Nettlau, “El buen acuerdo anarquista” (1928)

EL BUEN ACUERDO ANARQUISTA

Max Nettlau

Desde hace largo tiempo el anarquismo militante no ha producido un documento más razonable y bienvenido que La Síntesis anarquista de Sebastián Faure (20 de febrero de 1929; suplemento del “Trait d’Union”, boletín mensual, Paris, 55, rue Pixerecourt, XX). La copa del aislamiento y del fanatismo estaba llena y se ha desbordado por fin; después de la “Plataforma” y el congreso de octubre de 1927 ha venido la repulsión, la vuelta al buen sentido, la necesidad de ver vivir las diversas corrientes anarquistas, principalmente el anarco-sindicalismo, el comunismo libertario y el individualismo anarquista, en buena inteligencia, en buen acuerdo, “pasando la esponja sobre nuestros errores recíprocos y adquiriendo el compromiso de no remover esas tristezas”. Si esta iniciativa tomada por Sebastián Faure es seguida de ejecución sobre una gran escala y en todos los países, el anarquismo habrá adquirido en fin una de las condiciones esenciales a todo movimiento viviente y progresivo, saldría de la inmovilización doctrinaria de la restricción en limites, por no decir fronteras, estrechos, del acogotamiento brutalizante y fanatizante, en una palabra del sectarismo miope que limita toda su fuerza de atracción.

Porque a los ojos de todo investigador reflexivo ha debido presentarse el gran contraste la amplitud de las concepciones anarquistas generales y la estreches de las proposiciones prácticas, sobre todo de las concepciones económicas preconizadas al mismo tiempo—con une mano parece que se ofreciera la más gloriosa manifestación de la libertad sin limites, y con la otra mano se quita una gran parte de esa libertad a favor de alguna solución-panacea económica, única y superior a todas las demás posibilidades. Ese no varietur de las doctrinas económicas daba a la concepción tan amplia de la humanidad libre y solidaria, ese sello pequeño y restringido que enfurece a los buscadores de libertad y n atrae más que a un numero restringido de creyentes. Sin duda la elaboración de proposiciones económicas y de semejantes especializaciones es inevitable y necesaria para ejercita nuestra inteligencia, completar la imagen de la vida porvenir que cada cual se crea en espíritu, pero se habría debido decir siempre altamente que esas no son más que hipótesis, posibilidades de la expresiones de nuestros deseos y predilecciones personales, algo que nosotros, disfrutando de libertad y de riqueza sociales, trataríamos de realizar, mientras que otros ensayarían otras realizaciones,—y que no son soluciones, necesidades, caminos únicos, fuera de lo cual no hay más que lo absurdo y lo reaccionario.

En un pasado ya lejano los primeros socialistas, casi todos como hijos de su época autoritaria, llenos de fe en la potencia de una autoridad bienhechora ellos mismos, y completamente privados de todo medio de acción practica y directa, han propuesto sus ideas de una sociedad libre, igualitaria y feliz, bajo forma de utopías, de sociedades imaginarias, en las cuales fuerzas autoritarias benevolentes e incorruptibles regularían la producción y la distribución y toda otra actividad de la vida social. Más adelante otros autores han hecho lo mismo en los sistemas socialistas que no fueron más que utopías teoréticas, sin cuadro romántico ficticio. El Code de la Nature de Morelly (1755) es uno de los primeros. Esta forma, tomada tal vez a los sistemas religiosos con sus cosmogonías, origen de todas los cosas, y sus escatologías, las cosas futuras y ultimas, era magnifica para atraer a los creyentes fervientes, pero repulsiva para los espíritus críticos que se veían siempre ante un conjunto del cual se les decía más o menos: hay que tomar o que dejar, pero no hay que tocar ahí.

Los primeros anarquistas tocaron, como hicieron, por ejemplo, Godwin y Max Stirner, Proudhon y Bakunin, demoliendo tanto el sistema estatista y capitalista como el socialismo erigido en sistema autoritario. Sin embargo, con mucha frecuencia, sea por las disposiciones personales (como quizás para Josiah Warren, que tenía el temperamento del inventor que trata de abrirse un camino y acaba por volverse egocéntrico), sea porque los adeptos les piden consejos prácticos o los adversarios les desafían a probar su caso mediante proposiciones detalladas, etcétera, sea porque ellos mismos están completamente penetrados de sus ideas y no salen de ese circulo—en tales condiciones también los anarquistas han elaborado sistemas demasiado completos, demasiado detallados para no volverse así demasiado estrechos, demasiado su propio producto personal, su utopia individual. Yo pienso que entre los anarquistas mas conocidos como autores y pensadores, al lado de Warren, sobre todo Proudhon y Kropotkin pertenecen a ese número. Uno y otro han hecho lo mejor de lo que había en su tiempo, en critica social y en concepciones generales de las tendencias que conducen a la anarquía—no tengo nado que hacer aquí con esa parte durable de su obra,—pero precisamente Proudhon y Kropotkin han elaborado también el detalle del mutualismo y del comunismo con talento y ardor, para hacer de ellos algo que es muy bello cuando se le considera como se contemplan los cuadros, como se goza ante una obra de arte o de ingenio, pero cuando se toma por camino definitivamente trazado, por programa inalterable—entonces se engaña uno: no es otra cosa que el porvenir entrevisto por los anteojos de dos hombres muy inteligentes y muy abnegados, pero eso no es ningún descubrimiento definitivo, ninguna guía, por decirlo así, del viajero anarquista hacia el bello país de la anarquía. Casi todos reconocen hoy que tal es la verdad respecto de las concepciones de Proudhon, hemos visto rodar una tras otra las previsiones de Marx sobre el provenir, y seriamos lógicos no atribuyendo una superioridad excepcional a las concepciones, en tanto que especializadas en una parte de sus escritos constructivos, de Kropotkin o de otro cualquiera.

Hay anarquistas que se han guardado bien de caer así en el detalle, como se podría decir. Bakunin se ha limitado estrictamente a mostrar lo que era preciso demoler y cuáles eran los primeros fundamentos de una sociedad nueva libre y de qué garantías debía estar rodeada en su comienzo contra la reacción y las desviaciones autoritarias; todo lo demás, según él, se refiere al porvenir y a los hombres futuros. No se encontrará Tampico en la obra de Eliseo Reclus una inclinación a levantar ese gran velo que cubre el provenir; entrevé las bellezas de una sociedad tan perfecta como posible, de la identidad de la libertad y la solidaridad en la fraternidad universal, el amor, pero se guarda bien de precisar el detalle, aun teniendo, con buen derecho, predilecciones, tolerancias y aversiones personales. Me parece probable que si Kropotkin hubiera podido decir más ampliamente sus últimos pensamientos—su prefacio a la Palabras de un Rebelde rusas de diciembre de 1919 me lo hace presumir—habría tratado de coordinar sus ideas personales con otras ideas que él veía abrirse camino también. Y creo que Malatesta haría lo mismo si pudiese hablarnos.

He mostrada en otros artículos y escritos cómo ya en las concepciones sociales de James Guillaume (1874-76) el detalle económico (colectivismo, comunismo) dependía de la que seria la situación del grupo en la hora dad (de si hubiese abundancia o no, etcétera). Lo mismo en España, hace cuarenta años, Tarrida del Mármol, Mella y otros han propuesto el anarquismo sin epíteto económico, admitiendo a la vez los arreglos comunistas y los colectivistas. Igualmente Voltairine de Cleyre, en 1901, que ponía al mismo nivel los cuatro matices de anarquismo que establece, y explico su diferenciación por causas locales y otras, y no por errores, extravíos, descubrimientos, progresos victoriosos de la nuevo sobre lo viejo, como se ha hecho tan a menudo y se hace todavía. Yo mismo he sido en otro tiempo convencido de la superioridad absoluta del comunismo anarquista y de la falta de valor y de las cualidades de superado y de anticuado de los matices colectivista e individualista. Pero desde 1897 aproximadamente vi las cosas de otra manera, reconozco a cada matiz su derecho a la existencia, no pretendo prever el porvenir, no temo la diversidad, sino que la quiero, comprendo que no se subordinará nunca la humanidad a algún sistema único, aunque fuese el mejor, y me complace ver a los hombres por el mayor numero posible de caminos y de métodos encaminarse hacia una vida de espíritu libre y buen sentido social, de que seria verdaderamente presuntuoso querer canalizar la expansión y conducir el océano personal, individualista, colectivista o comunista. Sin embargo, se sabe por la carta de Kropotkin a mi en marzo de 1902, publicada en esta revista en 1926, que entonces me defensa de la ideas semejantes fue vana, como fue lo que escribí al respecto entonces y hasta 1914 en Freedom, Mother Earth y Temps Nouveaux. En 1929 se reimprimió en New York en ingles un articulo de ese genero mío, tomado de Freedom de febrero de 1914, y ese articulo fue luego traducido y discutido por anarquistas italianos en sus periódicos, un 1926, esta vez no ya con la intransigencia negativa absoluta o la indiferencia que encontró en los años hasta 1914 casi en todas partes.

Hay, pues, en fin, un poco de progreso en la apreciación de esta idea de la tolerancia mutua y de la buena inteligencia entre todos los anarquistas, cualesquiera que sean las hipótesis económicas que a cada uno le parecen más probables o le son más simpáticas y que cada cual realizará en una sociedad libre, lo que estará en su derecho incontestable.

Por eso deseo buena suerte a Sebastián Faure que levanta su voz, en fin, a favor de esta misma idea de la cual dice: “Yo no he descubierto nada y no propongo nada de nuevo”, mencionando al respecto precedentes en la organización Nabat de Ukrania y en la Unione Anarchica Italiana. Habria podido buscar esos precedentes más atrás, como acabo de hacerlo yo, y habría podido insistir sobre las grandísimas resistencias que esa idea encontró siempre—¡ojalá esas resistencias queden ahorradas a su iniciativa de 1928!

Si puedo aventurar una critica, el nombre de síntesis anarquista no me parece bien elegido. Si los tres matices del anarquismo de que Faure habla no son elementos estrictamente aislados que se repudian uno a otro, como productos hostiles de la especie del agua y del fuego, por ejemplo, el nombre seria excelente. Serán, pues, ante todo elementos tan autónomos como hasta aquí, pero que no se combaten más y viven en “buena inteligencia, incluso concertándose en vista de una propaganda y de una acción comunes”—allí donde les conviene. Muy bien, pero de ahí a una síntesis, a una “combinación de varios elementos” hay gran trecho. Tal combinación podrá resultar de la verdadera experiencia en una vida social libre, y aun entonces no será un resultado permanente, no será más que una grada de la escala de donde subirá luego a una grada más elevada. No se comienza, pues, por un síntesis; es un esfuerzo preconcebido, premeditado, ¿y quién impondrá ese esfuerzo? ¿Alguna inteligencia superior al margen? Nosotros no queremos jefes inspiradores. ¿O los componentes del grupo? Entonces la síntesis variará de grupo de grupo y en los grupos según la entrada o la salida de miembros. Se estaría ante una especie de representación proporcional, mecanismo que para las idas no vale nada: una idea no cambia de buena en mala, o al revés, según la cifra de sus adherentes. Así yo no veo qué se podría “poner junto”, sin-tetizar, com-poner ahora, sino cosas del todo exteriores y formales.

Seria mejor decir buen acuerdo anarquista, convivencia anarquista, respeto mutuo anarquista, lo que garantiza las autonomías y deja a un lado las síntesis prematuras que pueden ser tan molestas como los aislamientos. La verdadera síntesis llegará o no llegará, es decir que, cuando se sea verdaderamente libre y se esté en posesión de las riquezas sociales, no habrá más que la vida libre con sus combinaciones y constelaciones incalculables e innumerables que no se tomará uno ya el trabajo de llamar síntesis; no habrá más que una fase cualquiera de nuestras actividades e inter-relaciones continuas, del movimiento permanente del cual formamos algunos granos de polvo.

* * *

¿Será posible ver pronto esta idea de la buena amistad entre los anarquistas de todos los matices generalmente aceptada? Ella implica, come Faure insiste muy justamente, el paso de la esponja sobre el pasado, la cesación de las guerras, polémicas y recriminaciones mutuas. Allí apela a las disposiciones sociales, a las cualidades personales, al valor moral que se posee o que no se posee.

Es imposible conciliar cualidades antagónicas, pero por eso no hay ninguna necesidad de devorarse o de estrangularse unos a otros. El mundo no está de tal modo poblado de anarquistas que cada cual no pueda ir por donde quiera y volver las espaldas a un ambiente que no le agrada, y no hay necesidad de entablar una lucha por eso, sobre todo cuando se tiene leal—y sobre todo es lastimoso hacer eso—pero que no se acaba nunca con un adversario desleal que renueva siempre la querella y no quiere la paz.

¿No estamos demasiado, aunque sea inconscientemente, bajo la influencia de procedimientos autoritarios que vemos a nuestro alrededor toda la vida?

Así en organización todo el mundo desciende de las organizaciones democráticas autoritarias que el siglo XVIII ha creado, se tiene aun el ejemplo de las organizaciones secretas, el de las organizaciones obreras de defensa práctica e inmediata (trade unions) y el de las corporaciones antiguas de visiones más estrechas, y el de los gobiernos y administraciones de todos los días. De todo eso se deriva una rutina y a menudo una mentalidad más o menos autoritaria, y lo que la anarquía ha tratado de crear en su propio espíritu, el grupo y la federación, o bien el grupo autónomo sufre sin embargo por las infiltraciones autoritarias que sus miembros, educados, come lo estamos todos, en el ambiente autoritario, aportan a él sin saberlo y sin quererlo. Entonces o bien nuestras organizaciones adquieren un sello autoritario, o salvándose de ese peligro, se cae en una indiferencia, en una negligencia, en una falta de puntualidad, etc. Que disminuye mucho su eficacia, o se erige en principio un antiorganizacionismo, lo que es fácil de decir en principio, pero que carece de contenido real, activo, creador, como toda negación pura.

Y el espectáculo de las guerras, de las violencias, del militarismo, ese verdugo colectivo permanente de los pueblos, de las querellas y litigios envenenados por los tribunales, todo ese salvajismo que fomenta la crueldad y la intratabilidad, todo eso aceptado como la cosa más natural por el patriotismo y la mentalidad del Señor-Todo-el-Mundo—¿no hay en todo eso un estimulante perpetuo para nuestras guerras intestinas, para nuestras polémicas envenenadas y incurables, para nuestros odios y querellas que, ahora, llenan y manchan los periódicos, pero que, como se ve en Rusia desde hace diez años, los de los socialistas que tienen el poder material se siguen e intensifican por la muerte, la prisión dura y la deportación de sus adversarios en ideas, suprimiendo al mismo tiempo toda expresión de un soplo de oposición y de disidencia?

Y como los hombres están recluidos en Estados, separados por lenguas y nacionalidades, organismos de inter-hostilidad permanente que no buscan más que la oportunidad de erigir su superioridad uno sobre otro, si no de destruir y englobar enteramente a los más débiles, y como raramente alguna cuestión común a todos puede ser resuelta equitativamente, salvo al fin de las transacciones meas complicadas (pensad en el “desarme” discutido en Ginebra desde hae tantos añas, en la libertad de comercio cada vez más reducida, etc.) ¿se cree que eso no tiene un efecto deletéreo sobre la mentalidad de los hombres avanzados también?

La diplomacia de los Estados, lenta y pesada, malvada y dilatoria, ineficaz en suma para hacer otra cosa que llenar de intrigas y de banalidades los intervalos entre las guerra, tiene su contraparte en la diplomacia obrera y socialista, sindicalista y anarquista. También aquí la organización es un organismo que posee las cualidades de un Estado, que ante todo mantiene su potencia, sus intereses, su prestigio. Los Estados no pueden y no quieren llegar a ninguna solución relativamente equitativa y razonable sobre el desarme, las obstrucciones aduaneras y sobre cualquier otra cuestión importante, como no pueden ni quieren llegar a un poco de verdadera solidaridad, de internacionalismo no nominal y de frase, sino practico y de hecho, las organizaciones de los movimientos que acabo de nombrar. He dicho ya en otra parte que desde el congreso de Basilea de la Internacional en 1869, hace casi sesenta años, nunca han deliberado juntos sobre un terreno igual, entre cantidades de delegados espontáneamente constituidos, en una atmosfera mutuamente amistosa. (Es inútil recordar aquí algunas raras ocasiones posteriores que yo podría fácilmente enumerar: examinándolas de cerca se vería que las condiciones de igualdad fraternal y de representación amplia y espontánea de 1869 no han existido en los congresos o reuniones posteriores que, por lo demás, han cesado enteramente desde hace ya mucho tiempo). Desde 1870 la situación política en Europa fue la de hostilidad permanente que se manifestaba en guerras y preparaciones de guerra—fue lo mismo desde 1871 (conferencia de Londres), 1872 (congreso de La Haya), en la Internacional, escidida desde entonces, y ni los Estados ni los obreros socialistas después. A la situación particular creada desde 1917-19 por la revolución rusa y los tratados de “paz” en Europa, corresponde el seccionamiento de los obreros sindicados en las tres Internacionales, la de los países de la Entente en primer lugar, la de Rusia y de sus vanguardias comunistas por otra parte y la que corresponde más o menos al sentimiento de los países neutrales. Y parece que esas escisiones y grupos de los Estados y de las organizaciones obreras tienen verdaderamente un denominador común que es la mentalidad general presente en cada país, de la cual los partidos avanzados, incluidos los anarquistas, no saben emanciparse. Esto es quizás inevitable, puesto que una atmosfera asfixiante ataca a todos; en fin, si es así, es preciso darse cuenta de ello bien pronto y abrir las ventanas de par en par o, de lo contrario, sucumbiremos todos.

En fin, si se es de esta lentitud y de esta falta de buena voluntad desesperantes para entenderse relativamente, para llegar a un modus vivendi un poco más social y solidario que perro y gato, agua y fuego, ¿cuál será entonces la situación en tiempo de una revolución social? Todo el mundo con el cuchillo fuera, como hoy las arengas y las plumas son infatigables en el estredesgarramiento. ¿Y cómo organizar con tales hábitos inveterados una producción y una distribución solidarista, sea mutualista, colectivista o comunista? Localmente se estará bajo el imperio de los odios y aversiones acumuladas de los unos contra los otros, y en los territorios e internacionalmente se tendrán los hábitos del prestigio local, de las compensaciones, de las transacciones dilatorias, y si se tratase de transportar producios locales a una distancia alejada donde se les necesita, eso se podrá hacer aquí y allí rápidamente, con ímpetu, sin calculo, será ciertamente en la mayor parte de los casos objeto de negociaciones, compensaciones exigidas, tentativas de prevalerse de alguna superioridad local, en una palabra, no marcharía más pronto que los trabajos de la Liga de las Naciones de Ginebra y no habría que asombrase si, a consecuencia de las postergaciones, de las dilaciones la impaciencia se hace sentir y si algunos creen necesarias decisiones violentas, el régimen personal, la dictadura.

Para evitar eso es preciso el aprendizaje de la libertad y de la solidaridad y convivencia y tolerancia, y ese espíritu no caerá en nosotros en forma de paloma como el Espíritu Santo, sino que hay que formarlo por la practica de todos los días en el intervalo, grande o pequeño, que nos separa de las crisis sociales nuevas. Todos hemos fracasado en las grandes ocasiones de acción internacional presentadas por la revolución rusa y el fin de la guerra, en 1917-19, hemos fracasado en las ocasiones que se presentaron después, desde Italia en 1920 a China en 1927. Tratemos, pues, de obrar mejor por fin y de no presentar al capitalismo, desunido individualmente, pero, sin embargo, más unido que nunca en la defensa violenta de sus acaparamientos y privilegios, el espectáculo de desmenuzamiento y de entredesgarramiento individual, al cual no corresponde una voluntad revolucionaria colectiva desgraciadamente: si hay alguna cohesión en la defensa obrera, no hay ninguna en el ataque obrera y no la habrá después de una revolución social, en le tren que van las cosas y según lo que nos muestra el ejemplo de Rusia desde 1917…

Sin exagerar, sufrimos, pues, todos mucho la influencia de la atmosfera autoritaria que respiramos por cada soplo de aliento. Hay, sin embargo, ya en el mundo presente algunos ambientes en que le aire está un poco menos viciado. Así la ciencia y el arte han pasado ya a través de esos periodos tenebrosos y se han creado una vida libre. Lo mismo ocurre en la ciudad, de la aldea a la capital; se ha desarrollado en ella una convivencia local que permite la residencia sin interferencia de hombres de los oficios, de las nacionalidades, de las religiones, de las opiniones más diversidad, y este ejemplo, con todas sus imperfecciones que no desconozco, es más edificante que el ejemplo de las escisiones cada vez más envenenadas que ofrecen los movimientos avanzados. La convivencia es una forma social superior al aislamiento, puesto que el ambiente social agrega fuerzas al individuo que, aislado, o bien se empobrece y se atrofia o bien acapara las fuerzas de otro sin reciprocidad, se convierte o permanece un ser antisocial, que engorda a expensas de una colectividad a quien explota.

¿Cómo podremos reproducir en una sociedad futura libre, al menos la comodidad, la seguridad, los conforts que han sido creados por la convivencia apacible en las ciudades—en oposición a la vida antisocial de los jefes feudales con sus siervos sometidos, banditos y nómadas, que vivían a expensas de la comunidad y al margen de ella,—si estamos virtualmente en el estado de esos jefes feudales, bandidos y nómadas fuera de las ciudades que se oprimían, se robaban y se mataban unos a otros?

No; será preciso desembarazarnos de ese espíritu de intolerancia mutua, que nos llega ante todo de la religión que, como la patria, como el posesor y el privilegiado, no conoce más que a ella misma como fin único y que es hostil a todo lo que está fuera de ella. Si el católico detesta al protestante o al libre-pensador, y si el comunista detesta al individualista y viceversa, si la Internacional II detesta a la Internacional III, etc., es siempre exactamente el mismo espíritu; es el fanatismo ciego que ha conducido en otro tiempo a los autos de fe, como conduce ahora a la prisión o al muro en Rusia y como inspira las polémicas de la mayor parte de nuestros periódicos.

Por tanto, si la iniciativa de Sebastián Faure de crear un modus vivendi entre anarco-sindicalistas, comunistas libertarios anarquistas individualistas en Francia, triunfa, seria excelente, pero no seria más que el primero de los pasos de la superación que nos hace falta. Porque no estamos solo en el mundo, y si en otro tiempo, hace mucho, se ha podido esperar que, en algunos países al menos, las ideas anarquistas serian aceptadas por la gran mayoría y por todos los hombres activos y alertas del proletariado, seria preciso estar ciegos para no ver que tales situaciones no existen ya hoy o bien no existen más que de un modo por completo local. Entonces, además, se trataba de un número restringido de países; ahora esas cuestiones se agitan en los cinco continentes y sabemos bien que una inmensa mayoría del proletariado se contenta con un socialismo y un tradeunionismo muy anodinos, y que muchos elementos activos y militantes, están en todas partes fascinados por los oropeles de la dictadura. En esta situación hay, pues, el menos, res grandes tendencias—la libertaria, reformista y dictatorial—que están siempre a la obra para extenderse, que cada cual estará en su lugar el día de las grandes crisis sociales, que cada cual hará todo lo posible por dominar a la otra y ponerla contra el muro si puede (como en Rusia): ¿estaríamos así verdaderamente ante una fatalidad inevitable, contra la cual no hay absolutamente nada que hacer?

Si apresuramos el advenimiento de la revolución, las otras dos estarán allí para tomar el poder y caeríamos del estado de derecho relativo a vivir que nos garantiza incluso el sistema presente, en el estado, sea de lucha a muerte contra los socialistas, sea de derrota y de represión absoluta como en Rusia después de 1918. Es verdaderamente curioso que los países capitalistas de nuestros días son el único lugar en que podemos hacer una propaganda oratoria y literaria relativa no absolutamente obstaculizada, mientras que en el país socialista, Rusia, se ha vuelto tan imposible como en el país medioeval, la Italia del fascismo. ¿Hemos de aceptar todo eso con fatalismo y resignación o más bien debemos luchar contra ello?

Un anarquismo unido (no unificación, sino un franco conjunto de todos sus matices), lo mismo que un sindicalismo solidario, que deja juego libre a las diversas etiquetas de marcas rivalizantes, lo mismo que los movimientos progresivos voluntarios de toda especie (cooperación, libre pensamiento, educación libre, mujeres, paz, etc.), una tal colectividad de voluntades humanitarias y, en grados diversos, antiautoritarias, libertarias y sociales deberían tratar a su vez con los grandes bloques reformistas y dictatoriales, y llegar a hacer reconocer su derecho a la existencia, al respeto y, si por crisis de revolución el poder y el monopolio capitalista caen, su derecho a partes del patrimonio social común de todos, de la tierra, de las riquezas sociales y del libre ejercicio de su género de vida preferida, en proporción a sus dimensiones. Eso quiede decir que en estas condiciones podrá haber convivencia entre todas esas tendencias, estado de cosas que no es todavía la perfección (que no puede existir nunca al principio de una evolución nueva), pero que me parece infinitamente superior a lo que ha ocurrido en Rusia estos diez años y que se repetirá en todas partes si no se encara por fin una acción del buen sentido contra su advenimiento.

O se hace eso o se perderá aun lo que se tiene, los países caerán en el fascismo o en el bolchevismo y seremos puestos todos en la posición creada a los que están forzados a vegetar en Rusia y en Italia. Comencemos por nosotros mismos y sepultemos el tomahawk, sacrifiquemos el sencillismo personal al gran fin de una anarquía de buen acuerdo que asociara a todas las buenas voluntades vecinas y que acupará una posición distinta entonces tanto en el mundo presente como en los días de las grandes crisis y en el gran mañana. Desgarrada como está, ese encuentra próxima a convertirse en una cantidad descuidable, a perder aun lo poco que le queda. No síntesis, sino buen acuerdo mutuo y un buen sentimiento de las proporciones que no se detiene en las pequeñas cuestiones mezquinas de detalle y de personalidades, sino que marcha recta hacia el gran objetivo, cada cual por el camino y con el ritmo que mejor a un lado todas las excrecencias y de ponernos seriamente en marcha, cada cual como mejor pueda, sin rivalidades ni criticas incesantes.

28 de marzo de 1928.


[Suplemento Quincenal de La Protesta (Buenos Aires) 7 no. 284 (May 14, 1828): 278-282.]

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Max Nettlau, “Alrededor de la ‘Síntesis anarquista'” (1929)

Alrededor de la “Síntesis anarquista”

Apreciados camaradas :

Me habéis remitido la «Síntesis anarquista» de Sebastián Faure, fechada en 20 de febrero de 1928, y tengo la seguridad de que reeditaréis este documento notable, o que, por lo menos, lo daréis a conocer a vuestros lectores. Bajo esta condición me permito emitir algunas notas a este asunto que es, no cabe duda, de un interés capital para el movimiento anarquista de todos los países.

Hace cuestión de unos treinta años que yo también llegué a conclusiones semejantes, a saber que no podemos prever la situación económica, u otra, desde el principio, y aun menos en las etapas ulteriores de una sociedad libre ; no podemos predecir las disposiciones nuevas del hombre de estos tiempos futuros; tampoco podemos adquirir hoy, por la experimentación, suficientes y claros conocimientos sobre el funcionamiento práctico de los métodos de producción y distribución.

Todo esto exige que nos ocupemos tanto del lado económico como de los demás aspectos prácticos del anarquismo, como de alguna cosa sobre la cual podamos fundar hipótesis, pero referente a las cuales no somos capaces de emitir afirmaciones positivos. No podemos ser más que agnósticos frente a todas estas consideraciones prácticas. Podemos tener una preferencia sentimental para una u otra de las distintas posibilidades, y tenemos, también, el derecho de decir que si se presentara la ocasión de practicar nuestras ideas, tendríamos la libertad de obrar como mejor hubiésemos escogido por nuestra propia voluntad y no de la manera que nos quisiera imponer una mayoría cualquiera (todo esto naturalmente dentro de; los limites razonables, es decir, si nos vemos metidos en ello por motivos serios y no por simple capricho, que entonces sería perjudicial para los demás). En consecuencia, lo que habían dicho los primeros anarquistas comunistas y lo que dejaron expuesto Proudhon, Tucker y los anarquistas individualistas, en favor de sus respectivas soluciones económicas, forma una documentación de gran valor, pero no pueden marcar una salida. La situación se parece al origen de una raza cuando la inteligencia y la presciencia humanas—por esfuerzos que hagan—no pueden producir más que conyunturas con respecto al ganante, puesto que el resultado permanece siempre desconocido, al poder ser siempre derrotados los favoritos por cualquier simple outsider.

La lectura de los periódicos antiguos me ha demostrado que este asunto fué también discutido en España hacia fines del año 80, cuando los anarquistas colectivistas más inteligentes, apurados por los anarquistas comunistas que representaban, a su parecer, una doctrina más joven y más perfecta, propusieron adoptar el nombre de anarquista simplemente, de anarquista sin otro epíteto, dejando a cada uno la libertad de escoger entre los arreglos económicos colectivistas y comunistas. Tarrida del Mármol y Ricardo Mella eran los que más amplio criterio tenían en aquel tiempo, y Mella propuso esta idea internacionalmente en una relación que escribió para el Congreso Internacional Anarquista de París, de septiembre de 1900 que, dicho sea de paso, no pudo celebrarse abiertamente ; pero la relación fué publicada completamente en 1901, con motivo de haber profesado los mismos principios la propagandista Voltairine de Cleyre, en una conferencia sobre el anarquismo dada en Filadelfia y publicada por la Free Society : sostenía ella que cada tendencia del anarquismo tenia su base histórica y local y sus adherentes fervientes, pero que ninguna tenía derecho de superioridad hacia las otras puesto que las cuatro tienen aún que demostrar lo que pueden hacer cuando sea posible la experiencia. Puede también afirmar que Bakunín se había limitado siempre a esbozar solamente el primer paso, la piedra fundamental inicial de la sociedad libre, declarando que era cuestión del pueblo del periodo correspondiente el continuar la construcción sobre esta nueva base segura y sanamente libertaria. James Guillaume, en su esbozo de una sociedad libre (1874-76) había previsto un desarrollo gradual de las bases colectivistas hacia las comunistas que dependían del acrecentamiento de la abundancia (base indispensable del comunismo), y hasta Kropotkín, en su prefacio del 5 de diciembre de 1919 a la edición rusa de «Palabras de un Rebelde», se da cuenta de que la situación inicial después de una revolución podría ser tal, que se hiciera imposible la realización del comunismo integral.

Pero en los años 1898-1902, a los que me remontan mis recuerdos, los Tarrida, Mella, Voltairine de Cleyre y yo éramos solos o casi solos, contra todos los que estaban profundamente convencidos de que su propia variedad de anarquismo era absolutamente justa y que las variedades disidentes eran absolutamente falsas. Conozco este exclusivismo fanático, porque fui víctima de él durante muchos años ; casi todos los camaradas lo fueron y lo son aún. Traté de discutir la cuestión con Kropotkín en una conversación y por carta que dio el lamentable resultado que puede verse por su misiva fechada en 5 de marzo de 1902 y mis explicaciones al margen de dicha carta («Plus loin» »927). El Freedom, de Londres, me habla proporcionado varias veces la ocasión de exponer en él mis opiniones sobre este asunto. La última vez fué en febrero de 1914—y especialmente en un artículo que fué impreso una docena de años más tarde en el «Road to Freedom» de New York, sin que yo lo hubiese sabido de antemano (en este caso habría podido modernizarlo), y de donde pasó a los periódicos anarquistas italianos, que lo discutieron. Si comparo la actitud negativa de todos, en 1914, a las opiniones expresadas en 1926, noto un marcado progreso de la amplitud de criterio y un retroceso del exclusivismo; pero ambos creo que son aún insuficientes para que pueda instaurarse la verdadera camaradería amistosa allí donde reinan desde ha mucho tiempo el orgullo, el fanatismo y la fe ciega.

* * *

¡ Ojalá la actual iniciativa de los camaradas franceses tenga mejor suerte ! Dado el espectáculo de la absoluta intolerancia bolchevista que siembra la ruina y la destrucción física de los socialistas de todas las tendencias, y el espectáculo de la invasión de un fanatismo despiadado en el seno de los movimientos ruso y francés por la plataforma y por cierto reciente congreso, la rebelión se hacia inevitable, la copa estaba ya llena ; el esfuerzo hacia una esfera de amistosa camaradería debe ser sostenido hoy con una gran fuerza de propulsión inicial. Dejemos que esta impulsión se desarrolle y que el trabajo se haga en gran escala ; dejemos que los fanáticos se unan entre si ; pero hagamos que los camaradas de sentimientos sociales se den las manos. Los frutos del fanatismo están ante nosotros, desde 1917, en el bolchevismo y el fascismo, y de la misma manera que con el tiempo, todos los fanáticos del mundo se arrimarán a estos dos polos magnéticos de la autoridad y de la antihumanidad, debemos esperar que nuestro polo de libre camaradería, de tolerancia mutua y de benevolencia atraerá a todos los elementos libertarios y sociales de la humanidad, sean actualmente conscientes anarquistas o no. Por demasiado tiempo, la humanidad había visto dos fases en el anarquismo—la profesión del mayor amor y respeto hacia la libertad, y la preconización de un remedio único de solución económica, arreglado ya de antemano…—contradicción manifiesta que, tengo la completa convicción de ello, ha debilitado considerablemente el poder de atracción del anarquismo para los que razonan, y ha hecho de él, ante todo, una cuestión de fe o de creencia, de preferencia personal y de sentimiento.

Me permitiré manifestar que la «Síntesis Anarquista» no expresa, a mi parecer, lo que habría podido ser, o lo que se le debería de haber hecho.

Nosotros rechazamos este anarquismo destilado, aislado, artificialmente construido y que se niega a combinarse con un anarquismo de otra tendencia—trato de situarme en el terreno de la comparación química de S. Faure—rechazamos el producto aislado, el producto único. Muy bien. Mas, ¿por qué saltar de allí a la síntesis, por qué reunir las diversas partes constituyentes? Una evolución así, puede ser, d algunos experimentos, una variedad; algo que podemos ver y preparar por anticipado, como el funcionamiento de una de las hipótesis económicas aisladas. Además, si por ejemplo, diez grupos estuviesen compuestos de uno a diez de cada una de las tres variedades del anarquismo, se obtendrían diez síntesis diferentes y estas cambiarían si la proporción de los miembros fuese diferente ; ninguna de estas síntesis estaría necesariamente segura de poder responder a las necesidades prácticas reales de las situaciones locales o de! momento. Y los que desean permanecer libres, rehusando toda ingerencia, no querrán ser «mezclados» o combinados sintéticamente, o hasta arrojados en el mismo crisol para ser allí amalgamados sintéticamente.

Me parece que la palabra síntesis habría debido ser reemplazada por simbiosis, «convivencia», cohabitación, es decir, camaradería amistosa sin ingerencia entre todas las tendencias de opiniones, su marcha y actividad, en un terreno de amistad recíproca, hacia una finalidad común, cada uno por sus propios medios. Unirían sus fuerzas para fines prácticos determinables—cosa muy deseable—, pero no sin necesidad o regularmente. Podrían estar en relación por medio de los miembros que obran en dos o varios medios, si lo desean, o en la proporción por ellos deseada. Si todo esto acabará algún día por llevarnos a nuevas combinaciones más o menos estables, a síntesis, es cosa que ya veremos, pero no debemos ni forzar ni influenciar tales desarrollos.

Queremos simplemente reemplazar el exclusivismo por la camaradería, la fe ciega y la afirmación orgullosa por una actitud critica y no queremos, para los anarquistas, fronteras con vigilantes aduaneros—guardianes de la pureza de las doctrinas—exactamente como los que son verdaderamente internacionalistas no quieren fronteras entre territorios y Estados que, inevitablemente, son hostiles entre sí igual como lo son las doctrinas. Las doctrinas son tan poco sociales como los Estados, y muchas de nuestras acciones cotidianas, incluso entre los anarquistas, las hacemos inconscientemente bajo pautas autoritarias y estadistas. Exclusivismo nacional, de Estado, de guardianes de doctrinas, sindicalistas, anarquistas (por la palabra, por escrito o por medio <ie fusiles y prisiones, como en la Rusia actual), organización en gobiernos, organizaciones obreras, por federaciones anarquistas o grupos, y muchos otros fenómenos del mismo orden. Todo esto, aunque manipulado por manos anarquistas, pertenece al tipo autoritario y no puede simplemente ser asimilado por el espíritu libertario y debe, temprano o tarde, cansar a los más abnegados camaradas.

Existen, no obstante, muchos medios en los que el espíritu libertario puede prosperar inconscientemente y sin embargo, a conciencia. Me refiero a los productos de la vida social verdadera ; los talleres en todas las esferas del trabajo útil, en los que la competencia material conduce a un trabajo eficaz y exige la estrecha cooperación de todos ; la esfera de las ciencias y de las artes donde todos trabajan con ardor para objetos que interesan a todo el mundo : la capital, la ciudad, la villa, el pueblo, donde gente de todas las profesiones y ocupaciones, de todas las opiniones y nacionalidades viven unos al lado de otros como habitantes y que, por lo menos, tienen esto de común : el deseo, generalmente, de llevar una vida tranquila sin la menor ingerencia, y que no haya guerra entre ellos. En estas comunidades, de pueblo a metrópoli, la convivencia social está realizada en un grado inexistente entre Estados y naciones y que cada vez se hace menos posible existir. Estos medios son los modelos que los anarquistas desembarazados del lastre del exclusivismo y del fanatismo, deberían imitar y encontrarán en ello un trabajo incesante: progreso, grande o pequeño; cooperación de toda especie, emulación a fin de alcanzar una eficacia más elevada y otros factores semejantes del verdadero progreso. Pero no encontrarían en ello síntesis prematuras (o sólo la encontrarían acá y allá como obstáculo al progreso), sino solamente la convivencia, la benevolencia mutua, la emulación amistosa, toda clase de esfuerzos, gracias a los cuales la colectividad puede alcanzar, de una manera independiente, grados muy elevados de eficacia y perfección.

Por estas razones, queridos camaradas, estoy contra una síntesis al principio, porque ella resultaría una hueva inmovilización ; y estoy en favor de sentimientos amistosos hacia todos los que, no siendo exclusivistas, prueban que pueden obrar como libertarios. Los exclusivistas serán, tarde o temprano, reabsorbidos por los autoritarios, a quienes pertenecen por su mentalidad. Es ya tiempo de que el anarquismo dé este paso en dirección al progreso ; es sólo apenas un paso ; de momento, nuestro ideal sólo necesita librarse del fanat,ismo exclusivista, estrechq en el cual entró desde hace tiempo, gracias a la inexperiencia, a la superafirmación y a la impulsión febril, y donde todo vegeta desde hace años en el estancamiento y el aislamiento.

MAX NETTLAU


“Alrededor de la ‘Sintesis Anarquista’” La Revista Blanca 7 no. 141 (April 1, 1929): 616-619.

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Max Nettlau, “Una palabra más sobre la tolerancia mutua y la convivencia” (1924)

Una palabra más sobre la tolerancia mutua y la convivencia.

Si pasamos revista a la obra intelectual del socialismo de todos los matices desde hace mas de un siglo, nos hallamos frente, al mismo tiempo, de una abundancia de riquezas, y de una gran pobreza. La parte critica es perfecta, las proposiciones para el porvenir, los caminos y los medios son elaborados de mil modos, pero precisamente ese embarazo de riqueza culmina en la debilidad del resultado definitivo, de un fin y de medios sobre les cuales estén de acuerdo todos los socialistas. ¿Cómo podría ser de otro modo, si el único factor que vivifica las doctrinas, la experiencia, falta aún? Todos hemos visto pasos hacia adelante de la teoría importante al experimento productivo de experiencias, de resultados. Tomemos por ejemplo la aviación: durante muchos siglos se ha dibujado o construido en modelos, sin fuerza motriz, millares de tipos, sin conseguir nada. Cuando apareció el motor, que hacia posible el experimento, se obtuvieron pronto tan grandes resultados que fueron olvidadas la mayoría de las especulaciones anteriores. Es imposible concebir que la empresa gigantesca de hacer de los hombres, competidores hostiles hoy unes de otros, cooperadores y amigos—este es el fin del socialismo—será realizada repentinamente, de un golpe, por la aplicación, no digo de un sistema (que es absurdo de antemano) sino de un método general de proceder—exceptuado un solo método, que es el de la libertad, es decir, la anuencia de un método único o predominante.

El socialismo no depende de la sola voluntad de los hombres, aunque la voluntad, la energía, la constancia, la solidaridad contribuirán a él grandemente. Depende de la facultad técnica de reorganizar la producción y a distribución, el trabajo por consiguiente, los transportes y el consumo, que están regulados en todas partes de acuerdo al sistema presente (propiedad individual, concurrencia, salariado, estatismo), — de reorganizar todo eso para servir del mejer modo las necesidades de todos los hombres en lo sucesivo libres, iguales en derechos y aliados por la solidaridad.

Se trata aun de hacer esta transformación enorme de une manera practica, consecuente, que dé prontos resultados, que sea verdaderamente atractiva. El socialismo no será jamás universal ni se establecerá firmemente si no es atractivo. El sacrificio hace mella en el corazón de un pequeño numero de hombres, de una élite de altruistas, pero no gana las masas. Estas masas son ya tan míseras que sienten la impotencia para nuevos sacrificios. Se les presentó el socialismo como capaz de aportarles la dicha, y no es sino estos últimos años que los esfuerzos muy incapaces de realizar el socialismo, los de los comunistas bolchevistas ocultan una falta de éxito en la teoría forjada por las necesidades de su causa: que es preciso pasar primeramente por un periodo de privaciones, de sufrimientos, de vida precaria, para llegar después a un socialismo de abundancia. Hacen ese periodo de privaciones más agradable por la privación adicional de libertad, por su dictadura, o bien ahogan así el descontento de las masas objeto de ese experimento único, oficial, estatista,—experimento en el cual los sabios experimentadores tienen también el privilegio raro de aprisionar o reducir al silencio a todos los demás investigadores en ese dominio, los demás socialistas y anarquistas de Rusia. Este procedimiento funesto, lleva directamente al individualismo estrecho, puesto que los más fuertes y los más hábiles, que son los que pueden tener en jaque la solidaridad de todos, adquieren el predominio frente a la incompetencia estatista, etiquetaos comunista o burguesa.

Los demás socialistas aprenden en estos acontecimientos cómo no hay quo obrar, pero aquellos que son libertarios ven también que chocará la realización del socialismo siempre en las tendencias monopolistas, dictatoriales de los socialistas autoritarios. Porque, no lo olvidemos, no hay diferencia alguna entre socialdemócratas, parti-obreristas, comunistas reformistas y toda otra escuela autoritaria, pues todas impondrían, si pudiesen, un sistema tan rígidamente exclusivista, monopolista y dictatorial como les comunistas rusos. Además, se dan cuenta de que están prevenidos ahora y serán más ásperos en la conquista del poder a partir del instante de la victoria revolucionaria, acontecimiento provocado, sea por un feliz incidente son por una cooperación momentánea de todos los elementos anticapitalistas. En el memento del éxito general, pues, unos querrán un parlamento de mayoría socialista y un gobierno socialista, otros querrán el sovietismo, es decir, o bien un sovietismo independiente, descentralizado, o bien un sovietismo que no es más que la mascara de una centralización rigorosa, de la dictadura de los jefes comunistas como en Rusia; otros querrán la autonomía y la federación de los sindicatos con o sin organización intersindical; los anarquistas querrán la agrupación libre, pero tendrán aún otras dos tareas indispensables: la de impedir las preparaciones y realizaciones de la dictadura y la de inspirar a las masas y todos los ambientes accesibles con un espíritu libertario. Todas astas tendencias muy diversas (y paso por alto otras) tendrán el apoyo, sea de formaciones armadas, sea de todos los medios de la lucha sindical, huelga, boicot, la influencia decisiva que tienen los oficios indispensables (transporte, alimentación, iluminación, fuerza motriz, carbón, etc.); algunos harán uso del antiguo instrumente preparada para la represión, y el concurso de los reaccionarios de los funcionarios del viejo sistema, no les faltará—en una palabra, el derrumbamiento del viejo sistema parecería una cosa muy simple comparada con esa mezcolanza de la plétora socialista que es de prever en la hora de la victoria popular.

Hay, en efecto,—por la exclusión de la experiencia practica y por la producción sin cesar, durante un siglo, de teorías, de partidos, de creyentes y fanáticos de partidos, de jefes de partidos y de toda su secuela ávida de compartir el poder con estos jefes—una terrible superproducción en socialismo,—es decir, no en la creación de hombres y mujeres penetrados profundamente por el espíritu socialista libertario; de éstos no hay desgraciadamente bastantes, y no habrá demasiado nunca,—sino en la creación de hombres ambiciosos que saben que la hora del socialismo sonará bien pronto y que se creen destinados a convertirse en la clase reinante, en la nueva aristocracia y burocracia reinante, de un socialismo único, monopolista y dictador, que seguirá al sistema capitalista.

¿Qué podrán hacer los anarquistas y todos los demás socialistas que no tienen pretensiones dominadores, contra ese desenvolvimiento inevitable, fratricida que vemos con nuestros ojos en Rusia y no atenuado sino intensificado, cada vez más cruel, cuanto más arraiga el monopolio, y que sabe que le está permitido todo?

Es natural decir que se luchará hasta el extremo contra ese falso socialismo tiránico, nada más evidente. Pero no solo nos condena eso a la lucha continua, sin esperanza de realizar nosotros mismos nuestro ideal y de adquirir por los hechos esa experiencia de que tenemos tanta necesidad como los demás,—sino que el sistema dictatorial en boga desacredita y arruina el socialismo entero en la opinión publica, y hace retroceder la situación en lugar de hacerla adelantar. Por consiguiente se derrocharían esfuerzos en luchas estériles, se patinaría sobre el mismo lugar y el conjunto, la intensidad del espíritu socialista mundial retrocedería, porque un socialismo autoritario no es atractivo, bello y bueno; es repugnante, feo y malvado.

En estas circunstancias—yo, al menos, las veo así—he llegado desde hace mucho tiempo a la idea de la tolerancia mutua y de la coexistencia de los diversos sistemas sociales, todos en estado de experimentación libre. Esta idea no tiene nada que ver con el llamado “frente único” que las situaciones momentáneas y locales crearan o no, nadie puede preverlo, pero que no tendría sino un valor muy precario si el “frente único” contra el capitalismo quiere decir que después de la victoria estaremos de nuevo dispuestos a devorarnos recíprocamente, que después de la victoria, aquel de los autoritarios que llegue primero, pondrá el pié en el cuello de todos sus camaradas de “frente único” y que los libertarios perseguidos como hoy, no tendrán otro recurso que luchar a muerte con sus “hermanos” ante si!

Esta idea de la coexistencia o de la convivencia, como dice Malatesta, quiere decir que sobre una base socialista general, que ningún socialista podría segar: la inalienabilidad de la riqueza social para la explotación en beneficio de intereses privados, los socialistas de todos los matices tendrían acceso a esa riqueza social y servirían de ella para instalar trabajo, consumo y sus otros arreglos,—arreglos que serían regulados y observados por sus camaradas de ideas y que no afectarías a aquellos que prefiriesen pertenecer a otro grupo o vivir solitarios. Añado aun qui sí, por falta de experiencia u otras razones, no se llegase al acuerdo sobre el reparto de la riqueza social entre esos grupo grandes y pequeños, numerosos o poco numerosos (¿quién, puede prever esto?), se neutralizarían provisoriamente o por largo tiempo las funciones en controversia. Esos grupos serian territoriales o se entrecruzarían y nada impediría su cooperación ocasional o regular, sus buenas relaciones mutuas, su paso de un sistema a otro según su deseo, en una palabra, su libre vida social.

Un tal convivencia quitaría a los anarquistas la gran preocupación sobre lo que habría que hacer con hombres que brandados espiritualmente por la larga sumisión a la autoridad e incapaces de comprender nuestra necesidad profunda de libertad; estos hombres, libertados del salario, serán bravos socialdemócratas o comunistas dóciles y se extinguirán como tales; sus hijos podrán quizás sentirse más deseosos de libertad. Una tal coexistencia libre permitiría también a los socialdemócratas y a los comunistas dormir en pez sin ser visitados por los sueños del anarquista que, si estuviera forzado a pertenecer a una, sociedad dominada y monopolizada por ellos, se levantara siempre ante ellos como rebelde para combatirlos, como critico y satírico que se burlará de ellos y los despreciará. Seria una liberación intelectual, moral y física para todos el no tener que perder más tiempo en una lucha mutua sin tregua ni reposo.

Creo, en suma, que en vista del hecho notorio que una parte de los enemigos del sistema capitalista es autoritaria y otra libertaria, hay que reconocer este hecho material, que no es ciertamente un fenómeno accidental o pasajero, y buscar la salida más conveniente que me parece la convivencia. Postergar la revolución hasta la persuasión o la extinción del ultimo autoritario o anarquista—sería la eternizacíon del capitalismo. Desgarrar se y matarse mutuamente al día siguiente de la revolución, como se hace hoy en todos los periódicos y materialmente en la Rusia de los dictadores bolchevistas,—es una guerra fratricida que ocasiona la alegría de los capitalistas. Romperse la cabeza en encontrar un compromiso entre autoridad y libertad, equivale a buscar un cuadrado redondo y un circule cuadrado. ¡Queremos algo mejor que eso! No queda, pues, más que un medio convivendi, que puede ser tal como me lo figuro o que sería mucho más razonable si dedicáramos un poco más de interés a encontrarlo.

Esta no es una cuestión inútil, pienso yo. Si este problema no existía o tenía aún dimensiones de tamaño descuidable para el movimiento social de hace sesenta anos o mas, eso no prueba que no exista hoy. En el congreso de la Internacional, en Basilea, 1869, por ultima vez, los socialistas de diversos matices se reunieron amistosamente—estatistas marxistas, anarquistas colectivistas, proudhonianos, cooperativistas, reformistas, pero la escisión se diseñaba ya, como alboreaba también en el seno de la Comuna entre mayoría y minoría. Desde entonces, 1871, el fuego que carcomía la unidad socialista estalló en 1872 en grandes llamas y desde esa época no ha pasado un año sin que haya dejado de intensificarse esa escisión y lo que sucede en Rusia desde fines de 1917 escribe esa historia con la sangre de la victimas socialistas y anarquistas, martirizadas por los comunistas. ¡Con tales verdugos no es posible hablar de convivencia! esto es claro: pero si no hay que desesperar del socialismo, esos hechos deberían hacer reflexionar a los socialistas de buena fe que existen aun en todas partes y buscar una solución.

Últimamente un viejo camarada y amiga ha discutido esta idea en un periódico francés y piensa que ya tengo una fe demasiado grande en la iniciativa de las masas, que esos masas carecen todavía de educación cívica y no sabrían realizar mi sueño. Yo no creía ser demasiado optimista respecto de las masas, más bien al contrario, y nadie puede deplorar más que yo la iniciativa de esas masas se manifieste aun demasiado poco. Pero en esto no se trata de una iniciativa siquiera, no se trata más que de tolerancia, virtud bastante negativa o pasiva, pero que tiene una gran utilidad siempre que no sea sumisión al mal o convivencia con él.

Me parece que, desgraciadamente, las masas están demasiado habituadas a vivir a tolerar a su lado otro sistema, o más bien los efectos del sistema actual que las empobrece y enriquece a sus explotadores. Toleran ese horroroso sistema por su servidumbre voluntaria. Esto es deplorable, pero en todo caso eso no las hizo intolerantes: ven a través de todas las edades a su lado la riqueza de los demás, instalada con insolencia—por tanto si, satisfechas y felices, vieran más tarde entre ellas o al lado de ellas hombres y mujeres que practicaran otro sistema social que el suyo, no se asustarían. Al contrario, la coexistencia de diversos sistemas de vida socialista, permitiría a cada uno elegir el que correspondiera al ritmo de su energía, como escogerá su iglesia, su capilla o su grupo de libres pensadores o se contentará con la vida alegre y gloriosa, natural, sin etiquetas. No serán nunca las masas las que se opondrán con su propia iniciativa a la convivencia,—no serían sino las masas adoctrinadas, fanatizadas, amotinadas: esto es otra cosa.

Eso seria culpa, crimen de sus jefes, y ¿quiénes serían sus jefes? No son los hombres de una verdadera competencia, los investigadores, los sabios; estos no se detienen para proclamarse jefes en una verdad momentánea que han reconocido. Si hicieran eso renunciarían a su vida intelectual y estabilizarían su empantanamiento. No, continuaran trabajando, estudiando, investigando. Los jefes son los monómanos fanáticos que se figuran haber hallado un dogma fijo y tener por misión imponerlo a los demás, por la persuasión, por la autoridad, por el fuego y la sangre según su más intimo deseo. Y al lado de estos jefes intelectuales, que pueden tal vez ser de buena fe, existe el gran numero de los jefes políticos, que quieren triunfar gracias a la idea hallada por otros y gracias a las masas de sectarios que saben reclutar.

Desgraciadamente, cuanto más se acerca el socialismo, tanto más se convierte en el objeto de las ambiciones de esa clase de jefes el poder enorme, le dominación de toda la vida económica, que ejercería un gobierno socialista que se figurase heredar toda la riqueza capitalista. Son realmente esos hombres los que envenenan las luchas sociales, saben que todos no pueden se ministros, se crean sus partidos e impiden que tenga fin jamás una querella, una simple diferencia de opinión entre socialistas—al contrario, todo es exagerado, falseado, intensificado. ¡Son esos hombres los que no quieren la convivencia, que ambicionan su monopolio personal, su dictadura!

Es en efecto un problema bastante grave y bien triste el que esos jefes originen un problema social aparte. Sus origines son a menudo buenos, son hombres que fueron activos y abnegados al principio. Pero salieron pronto de la filas de sus camaradas, gracias al mecanismo obrero político o sindical cada vez más perfeccionado que parece exigir profesionales—y helos ahí. Forman una categoría, un oficio propio que origina la continuación, la extensión, el avance siempre, como todos los oficios. Y estos hombres se cuentan por millares en todos los países y cada cual tiene el mayor cuidado de no ser considerado inútil, de tener hombrees que crean en ellos y que estén a sus ordenes. Todo ese mundo teme al socialismo que viene y se prepara para absorberlo.

La educación cívica de esos hombres seria mucho más urgente que la de las masas que han sufrido el mal y que sabrán ver realizarse el bien con diversas variantes entre ellas y alrededor de ellas sin conmoverse. Respecto de los jefes, si habrá o no convivencia para ellos, eso dependerá de se discreción; si ven que su estos ha pasado volvería a la vida social—sino, tanto peor para ellos. No creo sus estas consideraciones deban impedir a los socialistas de los matices anti-monopolistas el ensayo para encontrar un media de impedir a los autoritarios arruinar el avenimiento del socialismo libertador, la esperanza del mundo.

Es quizás demasiado esperar que todos los matices socialistas busquen sinceramente une convivencia semejante: la idea es para ellos demasiado inusitada y cada cual creería desfallecer si admitiera la existencia de otra especie de socialismo al lado sayo. Para comenzar, bastaría que dos, tres, cuatro agrupaciones socialistas, sindicalistas, anarquistas, cooperativistas hiciesen entre sí un pacto semejante de coexistencia futura; se vería entonces el que continuaría excluyéndose de esa solidaridad—ese sería el dictador futuro, el enemigo común, que, desenmascarado así, sería sin duda combatido mejor que ahora que se simula todavía como camarada socialista.

En fin, la intensidad y la violencia de los odios nos adelanta tan poco, como se va en todas partes en el mundo alrededor de nosotros, que de una manera o de otra se deberá encontrar un medio para salir de este atolladero.

Max Nettlau

3 de enero de 1924.

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Voline to Max Nettlau (1923)

  1. VII. 1923

Dear Comrade,

I will write to you in French, for I write that language easily enough.

So, you ask me for some explanations.

Here they are.

If, in my letter, I have alluded to certain [   ] and [   ], it was precisely because I supposed you in possession of No. 2-3 of the “Rab. Put” [Rabochii Put‘] where our group and I are attacked by the comrades A. Chapiro [Alexander M. Schapiro] and E[fim]. Yartschouk on the subject of the “affaire Rostchine [Rostchin, mentioned by Berkman as in “old anarchist” in The Bolshevik Myth].” (I do not know if you are aware of the situation.) I want to make you aware that these [?] should not play a role in the decisions concerting our theoretical and literary enterprise, should not damage the task, the labor and the relations ayant trait à our revue.—The comrades of the “Comité de la defense anarcho-syndicaliste” have also attacked us (on the same subject—Rostchine) in an American journal (“Голос труженика” of Chicago.) [The Russian characters in the first word are hard to read, but from context it appears the reference is to “Golos truzhenika,” “The Worker’s Voice,” an IWW paper later edited by Maximov.] We respond to these attacks, but that does not prevent us at all from addressing ourselves to all these comrades with the same proposition—to collaborate on our revue. The differences of opinion that exist, from the syndicalist point of view or another, count for nothing there. This is what I want to say to you first of all. Our revue does not combat this or that anarchist idea. It is not a war. It is just the opposite: we strive to seek a libertarian synthesis, precisely making space in it for all the opinion and currents of the anarchist idea. This is the very basis of our revue. And then, I consider myself (and also several of my comrades) syndicalist to a certain degree. Not only are we far from any exclusivism, be it is precisely that we combat every exclusivism

I do not say more for the moment, for I hope that you are already in possession of issue No. 1 of our revue. That issue should tell you more.

To have a more precise idea of the character and direction of our revue, I particularly recommend to your attention:

1) The appeal: “Ко всем товарищи-анархисты и [согбембующи_?]” [“To all fellow anarchists and [?]”] (page 84);

2) The appeal: “Товарищи-анархисты!” [“Fellow anarchists!”] (page 83);

3) The declaration of the Editors: “Oт редакции” [“From the editors”] (page 1).

In translating your article, I was astonished at the agreement I noted on certain points with our mentality. Doubtless, you will easily notice it yourself, by attentively reading the articles indicated.

Also take not of all the “construction” of the revue. It will tell you enough. And then—you will decide.

——

Santillan has given me your manuscript. I am in the process of translating it for No. 2. We are completely in agreement with Santillan on this. It will do no harm to “La Protesta.”

Yes, Santillan has asked me to give him the manuscript, when the translation is done. That is what I will not fail to do.

I recently had some copies of “Гонение” [?] in French. [The reference is almost certainly to “”La persécution contre l’anarchisme en Russie Soviétique,” a translation made by Voline.] But I no longer have them. If you want them, you have only to write to the “Libertaire:” they will send them to you.

We have begun the French translation of “The History of the Makhnovist Movement.” That will be finished around the beginning of the month of September.

We will also translate several articles and extracts from the revue into French (and, perhaps, into German.)

If you come to Berlin, I would be happy to make your acquaintance. It would be necessary then that you warn me of your arrival through “Der Syndikalist” (Warschamerstrasse, 62) or through one of the comrades (Linder or Rocker) for I am terribly busy (there are only two of us here for all the work of editing, correspondence, caisse, literature, translation, etc.) and I live in the vicinity of Berlin.

I await, then, your more or less definitive response.

Write to me in French. If you send articles for the revue, it would be best if they were also written in French.

Cordially,

Voline

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Max Nettlau, “On Centralization” (1909)

[The essay “On Centralization” is one of the few texts from the collection Critica Libertarian that has remained untranslated. For those interested in the questions addressed here, there was ongoing discussion in Les Temps Nouveaux at the time.]

I am happy that someone has finally thought about proportion (1), which, in my opinion, holds the true, practical (automatic, so to speak) solution of the differences between centralization and decentralization. The problem remains complicated nonetheless, for proportion is not a single, unchanging term. I mean that for every organism there must be a certain minimum of proportion in order for it to be viable, and beyond that, it is possible, a higher degree of proportion in order for that organism to be at least as durable, progressive, etc. as others. We have only to think of the monstrosities that are not viable and of human beings, some of whom are so deformed that we are astonished to see them get by and vegetate all the same (but this is not true life.)

In the same way, we see, in Society, so many defective institutions also drag along their lives. But, in thinking of the future Society, we set aside these debris, which lead an artificial life through efforts outside of themselves, and we think of living and effective organisms—that is why proportion must be the essential condition of these new organisms.

I believe—without having read the details—that Fourier was very concerned to seek the proportion for a productive and consumptive organism and that he arrived at phalanxes of 1000 to 1200 persons, as being best able to be self-sufficient.

That is only one hypothesis. Since then, so many attempts at communist colonies and other examples have at least shown that a much more limited number of men is too small and is not effective, nor even viable. On the other hand, the overly large associations for cooperation show themselves as organisms without real life, as sterile and without interest: here, the ensemble completely escapes the individual, while in the little group the ensemble is too close to it and the individual sees its coils and secrets too clearly.

Let us take the example of present-day production from the point of view of the one who has the greatest interest in that production: it is the capitalist (tomorrow, it will be the public). If his establishment is too small, he is absorbed by his industry, knows nothing else, becomes a being entirely out of proportions, confined to his shop. If the establishment is of suitable proportions, and, without allowing him to live without doing anything, does not absorb him completely, that would be best. If the establishment is too large, either he applies all his forces there and truly becomes its slave, or else the establishment escapes him and will be steered by paid directors who are more or less indifferent, as is already the case with all the joint-stock associations, where the shareholders, whatever is said, are powerless before an administration that thinks of itself first.

As for the worker, a labor that he follows closely, like that of past times, could and should interest him. Work in large industry, where his labor is often only partial and often repeated, can no longer interest him. It is only when he sees the whole and the aim before him that interest is recovered.

It results from the present system that personal interest in production disappears, and this is an evil, because it implies the degradation of labor. We want a society where labor does not make itself felt as a sad and hard necessity, but one where it will be the satisfaction of the healthy man’s natural need for activity. For that, it would be necessary that each once again lives their labor and find interest there. The proportions, the dimensions will be very important in this recovery of labor.

The maintenance of large-scale industry, even under the pretext of economizing on labor, will again separate the worker from the work; the indifference will persist, and then there will be a lack of care for the administration of each industry, waste, etc.

So if the Syndicates took possession of the factories, tools and materials of their present trades, it would be disastrous: they would simply continue a system that we want to destroy; it would only be a change of proprietors. In America, for the various branches of production, everything passes through the hands of the trusts of the capitalists — in revolutionary France, it would be the trust of the workers; in both cases it would be a group of pure interests that sets itself up opposite everyone.

This is what the peasants have done for a long time with a great success in various countries: agreement of the peasants and great proprietors, the agrarian parties are in reality business parties who only do what all the Syndicates do, sell their products at the high price possible, without considering the general interests at all.

We have always taken for the essential characteristic and defect of the present social system that the individual interest (of persons or groups, it is the same thing) tramples under foot the general (collective) interest, and the safeguard of the (collective) interest is the first word of all socialism. From that, it seems to me to follow that the project of an appropriation of everything by the respective Syndicates remains on the terrain of the present Society and distances itself from all socialism; for it will be a new division of social wealth between various groups: from the capitalist trusts we will pass to the worker trusts.

I am told that from there we will pass more swiftly to what we truly desire. That remains to be proven and debated; for we can also very well think that this hoarding, monopolist syndicalism will disgust the world so much with collective efforts that we will fall back into a fierce selfishness that will lead to a new enslavement of the weak.

As for proportion in production, this syndical system seems to me to pull away from it more than ever. If syndicalism accomplished that appropriation (something I do not believe in the least), the syndicalist sentiment would be so developed (by struggle) in the members that it is difficult for me to see with whom one would deal on an equal footing. Such a “patriotism” of the group would be created that the feeling for general interests would be very much weakened.

If then, for the exchange of products, one trade dealt with another, there would always be one that was stronger and one weaker — who would yield? — or else each trade should deal with one collectivity — which? The commune — but it is a local collectivity, very weak in comparison with the trade; what, for example, could any commune do against the immense group represented by the miners? So then the municipalities [communes] lead to federate and to deal collectively with the large trade associations of producers? That would bring us back to what we have today: the State (call it what you wish), the collectivity, against the syndicates; that would be the struggle.

Likewise, such a system will render difficult a more economical production, one sparing useless efforts. There are many useless or barely useful trades that no one would dream of, if it was a question of reorganizing production on a reasonable and proportional basis, but which, but if they were supported by syndicates would wish to remain and survive.

It is not non plus to suppose that a syndicate (a new little State, with all the peculiarities of a State), would reduce itself voluntarily, for it would lose influence; it would have, on the contrary, the same interest that the capitalists have today who want to sell; it would consider its products indispensable. In general, such an organism has never gone away on its own: it is there, it remains and it tends to extend itself; the State has done it and the syndicate will do it.

And yet in reality the syndicate is only the inevitable grouping for the collective struggle against the equally combined strength of the bosses. But after the victory, its reason for being ends, like that of an army after a war. Now, we presently see that the armies do not disappear after the war, that there is always the pretext of a possible future war. And the syndicates, will not go away either to make place for the free groupings that, through essay and experiment, will strive to find the true proportions essential for every organism.

You have, yourselves, spoken recently about this similarity with the armies. I think of this fact often: alongside the French Revolution, which dreamed of the common good for all (as today we dream of socialism, anarchy), grew the armies of the Revolution, which, certainly, would save it from invasion and crushing, and which in that sense would be infinitely useful (as syndicalism is for the defense of the workers against the bosses). But little by little the armies act for themselves; the makes wars of rich conquest, and in France they let it be. The moment would inevitably arrive when the army, in the person of one of its leaders (if it had not been Bonaparte, we would have had Pichegru, Moreau or some other), lays their hands on the country and establishes their dictatorship by strangling the Revolution.

The appropriation of social wealth by the individual Syndicates would be a similar coup d’état, a strangling of all socialism. And we seem to march joyfully towards this disaster, just as during the Revolution they were content in France to see the growing force of the armies — until the moment when we feel their claws at our throat.

And it is rather odd and rather sad to see the bitter enemies of braided militarism fall for this new civil militarism.

I want, in summary, to say two things: that appropriation by the Syndicates is the negation of socialism, and that in order to reorganize production and consumption it is necessary, above all, to pay attention to proportions.

That organization demands full liberty, the liberty of trial and experiment, as it exists in science; which means that it is possible only in anarchy, and that it is a question hen of generalizing that liberty that science, art, and thought have already acquired, and to work according to it on the political and social field.

The Syndicates have their importance in order to eliminate the bosses, etc., by some great blows. But after the struggle they should dissolve and join with the free organisms (cooperatives for production, etc.), already created or only in the process of creation, to let ourselves be overrun by the Syndicates would be a true disaster. So there is, more than ever, reason to strive for true anarchy.

— M. NETTLAU.

(1) This letter was written following a discussion at the group of Les Temps Nouveaux on centralization. It was not destined to be published, but the comrades who were aware of it thought there would be great interest in having it appear in the paper.

The discussion had started from this point that if an economic organization (or some other) gains in strength through the division of labor and a certain degree of expansion (ex.: small stores), there comes a moment when the benefit is destroyed more and more by waste, the result of too great complexity of the mechanisms and the general disproportion of the enterprise (ex.: laarge insurance companies, cooperatives, etc.)

N. D. L. R.

Les Temps Nouveaux 15 no. 1 (May 15, 1909): 2-3.

[Working Translation by Shawn P. Wilbur]

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Bibliography of Anarchy — II — First Works of Anarchist Literature in England

CHAPTER II

First Works of Anarchist Literature in England.

A Vindication of Natural Society: or, a view of the miseries and evils arising to mankind from every species of artificial society. By a late noble writer, namely St-John Viscount Bolingbroke (London, 1756, in-8°). Its true author was Edmund Burke.

Other editions: in Fugitive pieces on various subjects by several authors, vol. 2 (London, 1761; Dublin 1762; London, 1765, 1771; London, 1780, XIV, 106 pp., 81);

A Vindication of Natural Society… in a letter to Lord ***, by Edmund Burke, a new edition (Oxford, 1796, VIII, 62 pp. in-8°);

The Inherent Evils of all State Government demonstrated, being a reprint of Edmund Burke’s Celebrated Essay, entitled A Vindication of Natural Society, with Notes and an appendix briefly enunciating the principles through which “Natural Society” may be gradually realized (London, Holyoake and Co.,… 1858, VI, 66 pp. in-8°), publication anarchiste-individualiste; Boston edition (B. R. Tucker), 1885, 36 pp. in-8°.

__________

An Enquiry concerning Political Justice and its influence on general virtue and happiness, by William Godwin, in two volumes (London, 1793, in February, XIII, 378 and 379 — 895 pp. in-4°), the first strictly anarchist book; second edition, London, 1796; 3rd edition, 1798; Philadelphia edition, 1796, 2 vol.; there has been a 4th edition in this century, in 184 ?. The chapter on property (On Property) has been republished and forms vol. X of the Social Science Series (London 188?), published par H. S. Sait; — German translation: Untersuchung uber die politische by…. (WUrzburg, 1803, in-8°);

Cf. also: The Enquirer. Reflections on education, manners and literature. In a séries of essays (London, 1797; Dublin, 1797; London, 1823); and: William Godwin, his friends and contemporaries, by C. Kegan Paul (2 vol. London, 1876, 387, 340 pp.) and the article Godwin in the Dictionary of National Biography.

__________

The French mutualists have a distinguished precursor in William Thompson, the author of An Inquiry into the Principles of the distribution of wealth most conductive to human happiness, applied to the neicly proposed System of voluntary Equality of Wealth (London, 1824, XXIV, 600 pp., in-8″);

Other editions (abridged?), 1850 and 1869, published by William Pare.

Thompson, who first instituted a strict mutualism, turned to communism, in the course of that work, and his other works were communist (Owenite): Appeal of one half of the human race, Women, against the pretentions of the other half, Men,…. (London, 1825. XVI, 221 pp.) and Labour rewarded… (ib. 1827, VIII, 127 pp., in-8″).

Others were consistent mutualists, like John Gray, author of: A Lecture on Human Happiness (1825); The Social System, a treatise on the principle of Exchange…. (Edinburgh, 1831); An Efficient Remedy for the Distress of Nations... (Edinburgh, 1842), etc. The systems of banks, exchage bazaars, etc., etc., had already been préconisés and even put into practice in England and in America.

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Bibliography of Anarchy — I — Precursors of Anarchy

CHAPTER I

Precursors of Anarchy.

etienne_de_la_boetie_1The anarchist literature has no determined origin, not being the expression of a system invented and progressively elaborated, but the very of systems. It is born of the need to demolish arbitrary power in all its forms, the rules and duties imposed by prejudices or by force, and to give rise to the free development of humanity. Therefore every act that was accomplised and every word that was spoken in hatred of that constraint and in favor of that liberty are conscious or unconscious works of anarchy.

Not having made detailed studies in the ancient literatures, my labor will necessarily be incomplete. Moreover, it is not my intention here to give a list of all the works of libertarian tendencies which, most often, only touch upon the question without seeking its deep roots, but to rediscover the traces of some thinkers who have glimpsed a state of society beyond laws and government, something bolder, in a time when superstition and authority allows to be discussed, only the act of imagining a society, communist perhaps, but still authoritarian as we see so often emerge.

Without going back to the fabulous, evocative tales of the legends, like those of Prometheus, Cain and so many others, History, from its origins, always shows us here and there, and often from all sides at one, some deniers of the principle of authority. In the Middle Ages, we see it attached, in Germany and in all of western Europe, by some heretical sects, formulating with regard to religion their social aspirations, and of which we will only mention the Association of the Brothers and Sisters of the Free Spirit. François Rabelais enumerated the precepts of the Abbey of Thélème, which the practitioners of anarchy could still claim. In the Mondo Savio (V. Mondi celesti, terrestri ed infernali degli Academici Pellegnni…. Vinegia, 1562, irr-8″, pp. 172-184), A. F. Doni presents a theory that would not deny libertarian communism. The peasants of the Bétique (chap. VII of Télémaque) live in communitarian society along with the indigenous people of the Southern Land [Terre australe], in the customs of which the Aventures de Jacques Sadeur…. (1676) have initiated us. Without entering into more details, the descriptions of the golden age in every country and in all the literatures described essentially libertarian customs, but that golden age, relegated to a past so remote that even the memory of it is erased, how few have understood that it is in the future and that it depends on us to realize it; how many invoked Liberty without seeing anything there but an ideal of perfectible democracy!



Let us cite Etienne de la Boëtie with his work: la Servitude Volontaire ou le Contr’un [Discourse on Voluntary Servitude, aka Slaves to Duty](reprinted from the manuscript of Henry de Mesmes by D. Jouaust, Paris, Librairie des Bibliophiles, 1872, XII-66 pp.; many other editions, one of which had a preface by A. Vermorel).



The French literature of the XVIth century has been studied from our point of view by comrade Körner, recently dead, who has recovered, among other interesting works, the Apophthegmes et Discours notables recueillis de divers auteurs: contre la Tyrannie et les Tyrans, fol. 522-554 of Mémoires de l’Estât de France sous Charles IX, vol. II, 1578, s. 1., 12°, second edition (Simon Goulart).

It would be necessary to scour the works of the English socialists anglais of the era of Cromwell and those, incomparably more numerous, fo the French writers of the 18th century, among them Dom Dèschamps (see Emile Beausdre, Antécédents de l’Hégélianisme.., Paris, 1863, in-8° and B. Malon: Dom Deschamps. Un Bénédictin du XVIIIe siècle, précurseur de l’Hegelianisme, du Transformisme et du Communisme Anarchiste, Revue Socialiste, Sept. 1888, pp. 256-266), but especially Diderot (see, for example, the Supplément au Voyage de Bougainville et Les Eleutheromanes, edition of the Centenaire, Paris, 1884, pp. 87-101, 16°; pp. 5-83: commentaire); cf. I costumi del Popolo di Taiti…, Venezia, 1892, 17 pp. (brochure of propaganda published by Carlo Monticelli); with long extracts in Le Glaneur Anarchiste, 1, 2, in the supplement to La Révolte and in El Productor.


  • Emile Beausdre, Antécédents de l’hégélianisme dans la philosophie française Dom Deschamps: son système et son école [Archive.org]
  • Benoit Malon, “Dom Deschamps. Un Bénédictin du XVIIIe siècle, précurseur de l’Hegelianisme, du Transformisme et du Communisme Anarchiste” [Google Books]
  • Denis Diderot, Supplément au Voyage de Bougainville [Wikisource]
  • Denis Diderot, Les Eleutheromanes [Google Books]

From the literature of the Revolution, I will only cite: Dame Nature àsylvain_marechal la Barre de l’Assemblée Nationale (Mother Nature at the Bar of the National Assembly) by Sylvain Maréchal (1791, 46pp., in-8″), asking the Assembly to declare that Nature imposes neither god nor laws on man. But I must say that not having read this lampoon, I cannot affirm the accuracy of the information. The Adresse of Jacques Roux, presented to the National Convention (1793, in-8°) and the Vœux formés par des Français libres…., by Jean Varlet (1791 ? in-4″) could be claimed by the socialists, but not by the libertarians. The Hébertists have still not been sufficiently studied in this regard (See G. Tridon, les Hébertistes, plainte contre une calomnie de l’Histoire, 48 pp.; lre édit. dans “Candide,” end of 1864; Anacharsis Clootz…, of G. Avenel, 1805). Les Enragés, etc.


  • Sylvain Maréchal, Dame Nature à la Barre de l’Assemblée Nationale [Google Books]
  • Jacques Roux, Manifesto of the Enragés [Marxists.org]
  • Jean Varlet, Voeux formés par des Français libres, ou Pétition manifeste d’une partie du souverain à ses délégués pour être signée sur l’autel de la patrie et présenté [sic] le jour où le peuple se lèvera en masse pour résister à l’oppression avec les seules armes de la raison [Gallica]
  • Gustave Tridon, les Hébertistes, plainte contre une calomnie de histoire [Archive.org]
  • Georges Avenel, Anacharsis Cloots, l’orateur du genre humain [Archive.org]

The German literature of the 18th century, represented by Schiller, Lessing, etc., is crossed by a strong libertarian current. (V. Siurm und Drang, die Räuber [The Robbers], etc.; see also E. Weller: Die Freiheitsbestrebungen der Deutschen im 18. und 19. Jahrhundert, dargestellt in Zeugnissen ihrer Literatur [German Aspirations to Freedom in the 18th and 19th Centuries, Represented in their Literary Testimonies], Leipzig, 1847, 344 pp. in-8″). Ideen zu einem Versuch, die Grenzen der Wirksamkeit des Staates zu bestimmen by Wilhelm von Humboldt, 1792, is a curious mixture of essentially anarchist ideas and authoritarian prejudices (edition of 1851, Œuvres de W. v. Humboldt, and that of Leipzig 189?, 206 pp., in16°);—French translation: Essai sur les limites de l’Action d’Etat, two editions, 1866 and 1867;—English translation: The Sphere and Duties of Government,…. (London 1854, new edition 1870).


  • Friedrich Schiller, The Robbers [Gutenburg]
  • Emil Weller, Die Freiheitsbestrebungen der Deutschen im 18. und 19. Jahrhundert, dargestellt in Zeugnissen ihrer Literatur [Google Books]
  • Wilhelm von Humboldt, Ideen zu einem Versuch, die Grenzen der Wirksamkeit des Staates zu bestimmen [Archive.org]; The Sphere and Duties of Government [Archive.org]

 

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Max Nettlau, “Bibliography of Anarchy” (1897)

Bibliography of Anarchy

BY MAX NETTLAU (1897)

PREFACE.

Max_NettlauThe work that we publish today could only be attempted by an erudite bibliophile, having in addition the devoted collaboration of numerous friends. The friends have presented themselves and this unselfish convergence of forces appears to us to be one proof among a thousand that the anarchists, just by “doing as they wish,” know however how to unite their individual wills in a collective will. No leader, no elected or self-imposed council has given the that his book should appear.

The bibliographic essay composed by our friend Nettlau will certainly be very useful to the sincere seekers, to the conscientious historians of socialism, to all those who want to go back to the sources in order to study the problems of the contemporary movement. How many times have honest interlocutors have naively asked us if an anarchist literature existed. We can now respond to them: “Look!”

I admit for my part that I did not know we were so rich: the importance that this collection has assumed, though still incomplete, has greatly surprised me. Anarchist ideas, consciously developed in their present form, are of such recent origin that we willingly imagine that we still find ourselves in an undeveloped period of propaganda. Doubtless, the largest part of the documents cited in this collection are destined to disappear and even to hardly merit being preserved, but some of these works will certainly date in the history of the nineteenth century. Admittedly, if can be hard sometimes for the anarchists to say what they believe to be truth, but no one will be able to accuse them of “hiding their light under a bushel.” We have raised it as high as we can lift our hands, and from now one, no none in the world, let him love us or hate us, can’t pretend to ignore us.

Moreover, the anarchist literature properly speaking is only a tiny part of that which forms the vehicle of our idea. Now our adversaries themselves are responsible for spreading the seeds of revolt. There is hardly a word written, there is not even a single word worth reading, in which is not found a ferment of renewal, either with regard to the formerly conventional morals or traditional religion, or else with regard to the castes in power or orthodox political economy. What is the man of conviction who, in his statements, is not something of a revolutionary? If he can hope to have a certain influence, it is always through the new ideas, socialist or anarchist, of his teaching, for the rest is only a simple repetition, only pure reiteration of what thousands of individuals had reported before him. From their point of view as uncompromising conservatives, the fanatics of law or religion who do not want any book but the Code, the Koran or the Bible were absolutely right! “Every new work is useless if it corroborates the truth, and deadly if it differs from it.” That is to say that all contemporary literature is anarchist in some sense; our direct propaganda is joined by a thousand acts of indirect propaganda from the crowd of poets, novelists, philosophers and sociologists.

eliseereclusnadarBut there has been no book in the world to to set out our ideas as a whole or in their details, the great drama of contemporary society will suffice to show to all thinking people what movement carries us along and what ideal humanity steers towards. We see with how much impatience the individual now suffers the wills and whims of other individuals, noble, rich or constituted in dignity; it is recognized by all that authority no longer maintains itself by the gentle resignation of the weak to poorly understood duties, but that from now on it must be assured by more and more open force, constantly running the risk of breaking: the powers of this world have become the target off all derision and scorn, and their prestige is blown away into space like so many other misleading illusions. On the other hand, we note that the individual, while demanding most energetically what is considers as its individual right to live, associates more closely with all those who are animated by the same ideas and claim to the same extent the complete satisfaction of their needs. We have witnessed the birth of a Workers’ International, which some have constantly sought to destroy, and which has constantly rebuilt itself in greater numbers, promising to soon embrace the whole world, and proclaiming its will in eight, in a hundred different languages, from Europe to the Antipodes.

That is what we are taught by the great book of society open before us, and it is in order to make reading it simpler that Max Nettlau indicates to men of good will all the works of the anarchist propaganda.

Elisée RECLUS.


NOTICE TO THE READER

This bibliography is not presented as definitive: it could not be, given the manner in which it was composed. For a long time I have been occupied, between other labors, with gathering the documents necessary for the elaboration of bibliography as complete as possible — that I hope to publish one day — when some comrades offered to publish a short, succinct selection. This is that selection.

I have neglected to insert here a large number of details of secondary interest, and, on the other hand, having composed it in two months, I have lacked the time to remove the gaps that, in some parts, or only too obvious. There results an inequality in it, a lack of proportion between the different details, that I am the first to recognize.

That inequality seemed inevitable as a result of the difficulties that opposes to the inventory of the majority of the anarchist publications. Those writings, written in more than twenty languages, scattered in more than thirty countries, spread across a whole century, vanished for the most part, literally lost, put out of reach by the great circulation necessary to the propaganda, when they have escaped the continuous prosecutions and police seizures; we must not count on them finding an asylum in the public libraries, which have almost all disregarded them and, as for the most active propagandists, it most often happens that they are least in a position for anyone to make collections of them, being most exposed to the poverty, prison and exile which bourgeois society liberally bestows on them.

However a considerable part of these publications, even of the oldest, has been preserved and I must thank the friends and comrades who have communicated them to me, along with those who have spared neither time nor labor to make this volume appear.

Following the program that I had first sketch out, I will continue to collect the materials for a more sizeable bibliography, which will also include the ephemeral publications, omitted in this attempt: the manifestos, placards, broadsheets, etc., as well as the most important articles from the different newspapers.

For it is especially in the papers that the constant progress of the elaboration of the anarchist idea can be followed. If the bibliographer does not want to only be a bibliophile, if he wants at the same time to see as a historian, his work is quite thankless and retain for him only paltry satisfactions: slave of the printed word, he must — in order to make a bibliography and not a history — resolve himself sometimes to appear to neglect some sympathetic and active militants who, by chance, have only left a few literary traces, while he will mention some mediocre writings which, also by chance, have happened to be printed.

To remedy this problem, I tried to arrange the material of this bibliography, as far as possible, in chronological order and according to the successive evolution of ideas.

I count on the comrades of all countries to help me make from this first attempt a work more worthy of our idea; I ask them to indicate to me the necessary corrections and additions, and to send me all the publications, old or new, that they want to confide in me. They will not be lost: I have taken measures to assure their preservation; let them not disdain to communicate to me even the most ephemeral documents, for they are those which are lost most quickly, and are the most difficult to find.

The reader is requested to take into consideration the corrections indicated in the Errata, placed at the end of the volume.


TABLE OF CONTENTS

  1. Precursors of Anarchy
  2. First works of Anarchist Literature in England
  3. Individualist anarchism
  4. P.-J. Proudhon
  5. Mutualism
  6. Precursors of modern anarchism from 1840 to 1865 (in French)
  7. German anarchism from 1840 to 1880
  8. Mikhail Bakunin
  9. Collectivism in the International. — The Congress of the International. — Communist anarchism
  10. Switzerland
  11. France before 1880
  12. Peter Kropotkin
  13. France (1880-1896)
  14. Bourgeois society faces the Anarchists. Persecutions, Trials, etc.
  15. Belgium
  16. Italy
  17. Spain
  18. The Americas (in Spanish)
  19. Portugal. — Brazil
  20. Germany et Switzerland (in German)
  21. Austria-Hungary
  22. England
  23. Australia
  24. United States of (North) America
  25. Netherlands
  26. Scandinavian countries
  27. Russia
  28. Ukraine
  29. Poland
  30. Anarchist literature in Yiddish
  31. Rumania
  32. Bulgaria
  33. Serbia
  34. Greece
  35. Armenia
  36. Japan
  37. Africa
  38. Libertarian Utopias
  39. Libertarian colonies
  40. Authoritarian socialist criticism of Anarchy
  41. The bourgeois literature on Anarchy
  42. Modern libertarian literature.

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