Max Nettlau, “El buen acuerdo anarquista” (1928)

EL BUEN ACUERDO ANARQUISTA

Max Nettlau

Desde hace largo tiempo el anarquismo militante no ha producido un documento más razonable y bienvenido que La Síntesis anarquista de Sebastián Faure (20 de febrero de 1929; suplemento del “Trait d’Union”, boletín mensual, Paris, 55, rue Pixerecourt, XX). La copa del aislamiento y del fanatismo estaba llena y se ha desbordado por fin; después de la “Plataforma” y el congreso de octubre de 1927 ha venido la repulsión, la vuelta al buen sentido, la necesidad de ver vivir las diversas corrientes anarquistas, principalmente el anarco-sindicalismo, el comunismo libertario y el individualismo anarquista, en buena inteligencia, en buen acuerdo, “pasando la esponja sobre nuestros errores recíprocos y adquiriendo el compromiso de no remover esas tristezas”. Si esta iniciativa tomada por Sebastián Faure es seguida de ejecución sobre una gran escala y en todos los países, el anarquismo habrá adquirido en fin una de las condiciones esenciales a todo movimiento viviente y progresivo, saldría de la inmovilización doctrinaria de la restricción en limites, por no decir fronteras, estrechos, del acogotamiento brutalizante y fanatizante, en una palabra del sectarismo miope que limita toda su fuerza de atracción.

Porque a los ojos de todo investigador reflexivo ha debido presentarse el gran contraste la amplitud de las concepciones anarquistas generales y la estreches de las proposiciones prácticas, sobre todo de las concepciones económicas preconizadas al mismo tiempo—con une mano parece que se ofreciera la más gloriosa manifestación de la libertad sin limites, y con la otra mano se quita una gran parte de esa libertad a favor de alguna solución-panacea económica, única y superior a todas las demás posibilidades. Ese no varietur de las doctrinas económicas daba a la concepción tan amplia de la humanidad libre y solidaria, ese sello pequeño y restringido que enfurece a los buscadores de libertad y n atrae más que a un numero restringido de creyentes. Sin duda la elaboración de proposiciones económicas y de semejantes especializaciones es inevitable y necesaria para ejercita nuestra inteligencia, completar la imagen de la vida porvenir que cada cual se crea en espíritu, pero se habría debido decir siempre altamente que esas no son más que hipótesis, posibilidades de la expresiones de nuestros deseos y predilecciones personales, algo que nosotros, disfrutando de libertad y de riqueza sociales, trataríamos de realizar, mientras que otros ensayarían otras realizaciones,—y que no son soluciones, necesidades, caminos únicos, fuera de lo cual no hay más que lo absurdo y lo reaccionario.

En un pasado ya lejano los primeros socialistas, casi todos como hijos de su época autoritaria, llenos de fe en la potencia de una autoridad bienhechora ellos mismos, y completamente privados de todo medio de acción practica y directa, han propuesto sus ideas de una sociedad libre, igualitaria y feliz, bajo forma de utopías, de sociedades imaginarias, en las cuales fuerzas autoritarias benevolentes e incorruptibles regularían la producción y la distribución y toda otra actividad de la vida social. Más adelante otros autores han hecho lo mismo en los sistemas socialistas que no fueron más que utopías teoréticas, sin cuadro romántico ficticio. El Code de la Nature de Morelly (1755) es uno de los primeros. Esta forma, tomada tal vez a los sistemas religiosos con sus cosmogonías, origen de todas los cosas, y sus escatologías, las cosas futuras y ultimas, era magnifica para atraer a los creyentes fervientes, pero repulsiva para los espíritus críticos que se veían siempre ante un conjunto del cual se les decía más o menos: hay que tomar o que dejar, pero no hay que tocar ahí.

Los primeros anarquistas tocaron, como hicieron, por ejemplo, Godwin y Max Stirner, Proudhon y Bakunin, demoliendo tanto el sistema estatista y capitalista como el socialismo erigido en sistema autoritario. Sin embargo, con mucha frecuencia, sea por las disposiciones personales (como quizás para Josiah Warren, que tenía el temperamento del inventor que trata de abrirse un camino y acaba por volverse egocéntrico), sea porque los adeptos les piden consejos prácticos o los adversarios les desafían a probar su caso mediante proposiciones detalladas, etcétera, sea porque ellos mismos están completamente penetrados de sus ideas y no salen de ese circulo—en tales condiciones también los anarquistas han elaborado sistemas demasiado completos, demasiado detallados para no volverse así demasiado estrechos, demasiado su propio producto personal, su utopia individual. Yo pienso que entre los anarquistas mas conocidos como autores y pensadores, al lado de Warren, sobre todo Proudhon y Kropotkin pertenecen a ese número. Uno y otro han hecho lo mejor de lo que había en su tiempo, en critica social y en concepciones generales de las tendencias que conducen a la anarquía—no tengo nado que hacer aquí con esa parte durable de su obra,—pero precisamente Proudhon y Kropotkin han elaborado también el detalle del mutualismo y del comunismo con talento y ardor, para hacer de ellos algo que es muy bello cuando se le considera como se contemplan los cuadros, como se goza ante una obra de arte o de ingenio, pero cuando se toma por camino definitivamente trazado, por programa inalterable—entonces se engaña uno: no es otra cosa que el porvenir entrevisto por los anteojos de dos hombres muy inteligentes y muy abnegados, pero eso no es ningún descubrimiento definitivo, ninguna guía, por decirlo así, del viajero anarquista hacia el bello país de la anarquía. Casi todos reconocen hoy que tal es la verdad respecto de las concepciones de Proudhon, hemos visto rodar una tras otra las previsiones de Marx sobre el provenir, y seriamos lógicos no atribuyendo una superioridad excepcional a las concepciones, en tanto que especializadas en una parte de sus escritos constructivos, de Kropotkin o de otro cualquiera.

Hay anarquistas que se han guardado bien de caer así en el detalle, como se podría decir. Bakunin se ha limitado estrictamente a mostrar lo que era preciso demoler y cuáles eran los primeros fundamentos de una sociedad nueva libre y de qué garantías debía estar rodeada en su comienzo contra la reacción y las desviaciones autoritarias; todo lo demás, según él, se refiere al porvenir y a los hombres futuros. No se encontrará Tampico en la obra de Eliseo Reclus una inclinación a levantar ese gran velo que cubre el provenir; entrevé las bellezas de una sociedad tan perfecta como posible, de la identidad de la libertad y la solidaridad en la fraternidad universal, el amor, pero se guarda bien de precisar el detalle, aun teniendo, con buen derecho, predilecciones, tolerancias y aversiones personales. Me parece probable que si Kropotkin hubiera podido decir más ampliamente sus últimos pensamientos—su prefacio a la Palabras de un Rebelde rusas de diciembre de 1919 me lo hace presumir—habría tratado de coordinar sus ideas personales con otras ideas que él veía abrirse camino también. Y creo que Malatesta haría lo mismo si pudiese hablarnos.

He mostrada en otros artículos y escritos cómo ya en las concepciones sociales de James Guillaume (1874-76) el detalle económico (colectivismo, comunismo) dependía de la que seria la situación del grupo en la hora dad (de si hubiese abundancia o no, etcétera). Lo mismo en España, hace cuarenta años, Tarrida del Mármol, Mella y otros han propuesto el anarquismo sin epíteto económico, admitiendo a la vez los arreglos comunistas y los colectivistas. Igualmente Voltairine de Cleyre, en 1901, que ponía al mismo nivel los cuatro matices de anarquismo que establece, y explico su diferenciación por causas locales y otras, y no por errores, extravíos, descubrimientos, progresos victoriosos de la nuevo sobre lo viejo, como se ha hecho tan a menudo y se hace todavía. Yo mismo he sido en otro tiempo convencido de la superioridad absoluta del comunismo anarquista y de la falta de valor y de las cualidades de superado y de anticuado de los matices colectivista e individualista. Pero desde 1897 aproximadamente vi las cosas de otra manera, reconozco a cada matiz su derecho a la existencia, no pretendo prever el porvenir, no temo la diversidad, sino que la quiero, comprendo que no se subordinará nunca la humanidad a algún sistema único, aunque fuese el mejor, y me complace ver a los hombres por el mayor numero posible de caminos y de métodos encaminarse hacia una vida de espíritu libre y buen sentido social, de que seria verdaderamente presuntuoso querer canalizar la expansión y conducir el océano personal, individualista, colectivista o comunista. Sin embargo, se sabe por la carta de Kropotkin a mi en marzo de 1902, publicada en esta revista en 1926, que entonces me defensa de la ideas semejantes fue vana, como fue lo que escribí al respecto entonces y hasta 1914 en Freedom, Mother Earth y Temps Nouveaux. En 1929 se reimprimió en New York en ingles un articulo de ese genero mío, tomado de Freedom de febrero de 1914, y ese articulo fue luego traducido y discutido por anarquistas italianos en sus periódicos, un 1926, esta vez no ya con la intransigencia negativa absoluta o la indiferencia que encontró en los años hasta 1914 casi en todas partes.

Hay, pues, en fin, un poco de progreso en la apreciación de esta idea de la tolerancia mutua y de la buena inteligencia entre todos los anarquistas, cualesquiera que sean las hipótesis económicas que a cada uno le parecen más probables o le son más simpáticas y que cada cual realizará en una sociedad libre, lo que estará en su derecho incontestable.

Por eso deseo buena suerte a Sebastián Faure que levanta su voz, en fin, a favor de esta misma idea de la cual dice: “Yo no he descubierto nada y no propongo nada de nuevo”, mencionando al respecto precedentes en la organización Nabat de Ukrania y en la Unione Anarchica Italiana. Habria podido buscar esos precedentes más atrás, como acabo de hacerlo yo, y habría podido insistir sobre las grandísimas resistencias que esa idea encontró siempre—¡ojalá esas resistencias queden ahorradas a su iniciativa de 1928!

Si puedo aventurar una critica, el nombre de síntesis anarquista no me parece bien elegido. Si los tres matices del anarquismo de que Faure habla no son elementos estrictamente aislados que se repudian uno a otro, como productos hostiles de la especie del agua y del fuego, por ejemplo, el nombre seria excelente. Serán, pues, ante todo elementos tan autónomos como hasta aquí, pero que no se combaten más y viven en “buena inteligencia, incluso concertándose en vista de una propaganda y de una acción comunes”—allí donde les conviene. Muy bien, pero de ahí a una síntesis, a una “combinación de varios elementos” hay gran trecho. Tal combinación podrá resultar de la verdadera experiencia en una vida social libre, y aun entonces no será un resultado permanente, no será más que una grada de la escala de donde subirá luego a una grada más elevada. No se comienza, pues, por un síntesis; es un esfuerzo preconcebido, premeditado, ¿y quién impondrá ese esfuerzo? ¿Alguna inteligencia superior al margen? Nosotros no queremos jefes inspiradores. ¿O los componentes del grupo? Entonces la síntesis variará de grupo de grupo y en los grupos según la entrada o la salida de miembros. Se estaría ante una especie de representación proporcional, mecanismo que para las idas no vale nada: una idea no cambia de buena en mala, o al revés, según la cifra de sus adherentes. Así yo no veo qué se podría “poner junto”, sin-tetizar, com-poner ahora, sino cosas del todo exteriores y formales.

Seria mejor decir buen acuerdo anarquista, convivencia anarquista, respeto mutuo anarquista, lo que garantiza las autonomías y deja a un lado las síntesis prematuras que pueden ser tan molestas como los aislamientos. La verdadera síntesis llegará o no llegará, es decir que, cuando se sea verdaderamente libre y se esté en posesión de las riquezas sociales, no habrá más que la vida libre con sus combinaciones y constelaciones incalculables e innumerables que no se tomará uno ya el trabajo de llamar síntesis; no habrá más que una fase cualquiera de nuestras actividades e inter-relaciones continuas, del movimiento permanente del cual formamos algunos granos de polvo.

* * *

¿Será posible ver pronto esta idea de la buena amistad entre los anarquistas de todos los matices generalmente aceptada? Ella implica, come Faure insiste muy justamente, el paso de la esponja sobre el pasado, la cesación de las guerras, polémicas y recriminaciones mutuas. Allí apela a las disposiciones sociales, a las cualidades personales, al valor moral que se posee o que no se posee.

Es imposible conciliar cualidades antagónicas, pero por eso no hay ninguna necesidad de devorarse o de estrangularse unos a otros. El mundo no está de tal modo poblado de anarquistas que cada cual no pueda ir por donde quiera y volver las espaldas a un ambiente que no le agrada, y no hay necesidad de entablar una lucha por eso, sobre todo cuando se tiene leal—y sobre todo es lastimoso hacer eso—pero que no se acaba nunca con un adversario desleal que renueva siempre la querella y no quiere la paz.

¿No estamos demasiado, aunque sea inconscientemente, bajo la influencia de procedimientos autoritarios que vemos a nuestro alrededor toda la vida?

Así en organización todo el mundo desciende de las organizaciones democráticas autoritarias que el siglo XVIII ha creado, se tiene aun el ejemplo de las organizaciones secretas, el de las organizaciones obreras de defensa práctica e inmediata (trade unions) y el de las corporaciones antiguas de visiones más estrechas, y el de los gobiernos y administraciones de todos los días. De todo eso se deriva una rutina y a menudo una mentalidad más o menos autoritaria, y lo que la anarquía ha tratado de crear en su propio espíritu, el grupo y la federación, o bien el grupo autónomo sufre sin embargo por las infiltraciones autoritarias que sus miembros, educados, come lo estamos todos, en el ambiente autoritario, aportan a él sin saberlo y sin quererlo. Entonces o bien nuestras organizaciones adquieren un sello autoritario, o salvándose de ese peligro, se cae en una indiferencia, en una negligencia, en una falta de puntualidad, etc. Que disminuye mucho su eficacia, o se erige en principio un antiorganizacionismo, lo que es fácil de decir en principio, pero que carece de contenido real, activo, creador, como toda negación pura.

Y el espectáculo de las guerras, de las violencias, del militarismo, ese verdugo colectivo permanente de los pueblos, de las querellas y litigios envenenados por los tribunales, todo ese salvajismo que fomenta la crueldad y la intratabilidad, todo eso aceptado como la cosa más natural por el patriotismo y la mentalidad del Señor-Todo-el-Mundo—¿no hay en todo eso un estimulante perpetuo para nuestras guerras intestinas, para nuestras polémicas envenenadas y incurables, para nuestros odios y querellas que, ahora, llenan y manchan los periódicos, pero que, como se ve en Rusia desde hace diez años, los de los socialistas que tienen el poder material se siguen e intensifican por la muerte, la prisión dura y la deportación de sus adversarios en ideas, suprimiendo al mismo tiempo toda expresión de un soplo de oposición y de disidencia?

Y como los hombres están recluidos en Estados, separados por lenguas y nacionalidades, organismos de inter-hostilidad permanente que no buscan más que la oportunidad de erigir su superioridad uno sobre otro, si no de destruir y englobar enteramente a los más débiles, y como raramente alguna cuestión común a todos puede ser resuelta equitativamente, salvo al fin de las transacciones meas complicadas (pensad en el “desarme” discutido en Ginebra desde hae tantos añas, en la libertad de comercio cada vez más reducida, etc.) ¿se cree que eso no tiene un efecto deletéreo sobre la mentalidad de los hombres avanzados también?

La diplomacia de los Estados, lenta y pesada, malvada y dilatoria, ineficaz en suma para hacer otra cosa que llenar de intrigas y de banalidades los intervalos entre las guerra, tiene su contraparte en la diplomacia obrera y socialista, sindicalista y anarquista. También aquí la organización es un organismo que posee las cualidades de un Estado, que ante todo mantiene su potencia, sus intereses, su prestigio. Los Estados no pueden y no quieren llegar a ninguna solución relativamente equitativa y razonable sobre el desarme, las obstrucciones aduaneras y sobre cualquier otra cuestión importante, como no pueden ni quieren llegar a un poco de verdadera solidaridad, de internacionalismo no nominal y de frase, sino practico y de hecho, las organizaciones de los movimientos que acabo de nombrar. He dicho ya en otra parte que desde el congreso de Basilea de la Internacional en 1869, hace casi sesenta años, nunca han deliberado juntos sobre un terreno igual, entre cantidades de delegados espontáneamente constituidos, en una atmosfera mutuamente amistosa. (Es inútil recordar aquí algunas raras ocasiones posteriores que yo podría fácilmente enumerar: examinándolas de cerca se vería que las condiciones de igualdad fraternal y de representación amplia y espontánea de 1869 no han existido en los congresos o reuniones posteriores que, por lo demás, han cesado enteramente desde hace ya mucho tiempo). Desde 1870 la situación política en Europa fue la de hostilidad permanente que se manifestaba en guerras y preparaciones de guerra—fue lo mismo desde 1871 (conferencia de Londres), 1872 (congreso de La Haya), en la Internacional, escidida desde entonces, y ni los Estados ni los obreros socialistas después. A la situación particular creada desde 1917-19 por la revolución rusa y los tratados de “paz” en Europa, corresponde el seccionamiento de los obreros sindicados en las tres Internacionales, la de los países de la Entente en primer lugar, la de Rusia y de sus vanguardias comunistas por otra parte y la que corresponde más o menos al sentimiento de los países neutrales. Y parece que esas escisiones y grupos de los Estados y de las organizaciones obreras tienen verdaderamente un denominador común que es la mentalidad general presente en cada país, de la cual los partidos avanzados, incluidos los anarquistas, no saben emanciparse. Esto es quizás inevitable, puesto que una atmosfera asfixiante ataca a todos; en fin, si es así, es preciso darse cuenta de ello bien pronto y abrir las ventanas de par en par o, de lo contrario, sucumbiremos todos.

En fin, si se es de esta lentitud y de esta falta de buena voluntad desesperantes para entenderse relativamente, para llegar a un modus vivendi un poco más social y solidario que perro y gato, agua y fuego, ¿cuál será entonces la situación en tiempo de una revolución social? Todo el mundo con el cuchillo fuera, como hoy las arengas y las plumas son infatigables en el estredesgarramiento. ¿Y cómo organizar con tales hábitos inveterados una producción y una distribución solidarista, sea mutualista, colectivista o comunista? Localmente se estará bajo el imperio de los odios y aversiones acumuladas de los unos contra los otros, y en los territorios e internacionalmente se tendrán los hábitos del prestigio local, de las compensaciones, de las transacciones dilatorias, y si se tratase de transportar producios locales a una distancia alejada donde se les necesita, eso se podrá hacer aquí y allí rápidamente, con ímpetu, sin calculo, será ciertamente en la mayor parte de los casos objeto de negociaciones, compensaciones exigidas, tentativas de prevalerse de alguna superioridad local, en una palabra, no marcharía más pronto que los trabajos de la Liga de las Naciones de Ginebra y no habría que asombrase si, a consecuencia de las postergaciones, de las dilaciones la impaciencia se hace sentir y si algunos creen necesarias decisiones violentas, el régimen personal, la dictadura.

Para evitar eso es preciso el aprendizaje de la libertad y de la solidaridad y convivencia y tolerancia, y ese espíritu no caerá en nosotros en forma de paloma como el Espíritu Santo, sino que hay que formarlo por la practica de todos los días en el intervalo, grande o pequeño, que nos separa de las crisis sociales nuevas. Todos hemos fracasado en las grandes ocasiones de acción internacional presentadas por la revolución rusa y el fin de la guerra, en 1917-19, hemos fracasado en las ocasiones que se presentaron después, desde Italia en 1920 a China en 1927. Tratemos, pues, de obrar mejor por fin y de no presentar al capitalismo, desunido individualmente, pero, sin embargo, más unido que nunca en la defensa violenta de sus acaparamientos y privilegios, el espectáculo de desmenuzamiento y de entredesgarramiento individual, al cual no corresponde una voluntad revolucionaria colectiva desgraciadamente: si hay alguna cohesión en la defensa obrera, no hay ninguna en el ataque obrera y no la habrá después de una revolución social, en le tren que van las cosas y según lo que nos muestra el ejemplo de Rusia desde 1917…

Sin exagerar, sufrimos, pues, todos mucho la influencia de la atmosfera autoritaria que respiramos por cada soplo de aliento. Hay, sin embargo, ya en el mundo presente algunos ambientes en que le aire está un poco menos viciado. Así la ciencia y el arte han pasado ya a través de esos periodos tenebrosos y se han creado una vida libre. Lo mismo ocurre en la ciudad, de la aldea a la capital; se ha desarrollado en ella una convivencia local que permite la residencia sin interferencia de hombres de los oficios, de las nacionalidades, de las religiones, de las opiniones más diversidad, y este ejemplo, con todas sus imperfecciones que no desconozco, es más edificante que el ejemplo de las escisiones cada vez más envenenadas que ofrecen los movimientos avanzados. La convivencia es una forma social superior al aislamiento, puesto que el ambiente social agrega fuerzas al individuo que, aislado, o bien se empobrece y se atrofia o bien acapara las fuerzas de otro sin reciprocidad, se convierte o permanece un ser antisocial, que engorda a expensas de una colectividad a quien explota.

¿Cómo podremos reproducir en una sociedad futura libre, al menos la comodidad, la seguridad, los conforts que han sido creados por la convivencia apacible en las ciudades—en oposición a la vida antisocial de los jefes feudales con sus siervos sometidos, banditos y nómadas, que vivían a expensas de la comunidad y al margen de ella,—si estamos virtualmente en el estado de esos jefes feudales, bandidos y nómadas fuera de las ciudades que se oprimían, se robaban y se mataban unos a otros?

No; será preciso desembarazarnos de ese espíritu de intolerancia mutua, que nos llega ante todo de la religión que, como la patria, como el posesor y el privilegiado, no conoce más que a ella misma como fin único y que es hostil a todo lo que está fuera de ella. Si el católico detesta al protestante o al libre-pensador, y si el comunista detesta al individualista y viceversa, si la Internacional II detesta a la Internacional III, etc., es siempre exactamente el mismo espíritu; es el fanatismo ciego que ha conducido en otro tiempo a los autos de fe, como conduce ahora a la prisión o al muro en Rusia y como inspira las polémicas de la mayor parte de nuestros periódicos.

Por tanto, si la iniciativa de Sebastián Faure de crear un modus vivendi entre anarco-sindicalistas, comunistas libertarios anarquistas individualistas en Francia, triunfa, seria excelente, pero no seria más que el primero de los pasos de la superación que nos hace falta. Porque no estamos solo en el mundo, y si en otro tiempo, hace mucho, se ha podido esperar que, en algunos países al menos, las ideas anarquistas serian aceptadas por la gran mayoría y por todos los hombres activos y alertas del proletariado, seria preciso estar ciegos para no ver que tales situaciones no existen ya hoy o bien no existen más que de un modo por completo local. Entonces, además, se trataba de un número restringido de países; ahora esas cuestiones se agitan en los cinco continentes y sabemos bien que una inmensa mayoría del proletariado se contenta con un socialismo y un tradeunionismo muy anodinos, y que muchos elementos activos y militantes, están en todas partes fascinados por los oropeles de la dictadura. En esta situación hay, pues, el menos, res grandes tendencias—la libertaria, reformista y dictatorial—que están siempre a la obra para extenderse, que cada cual estará en su lugar el día de las grandes crisis sociales, que cada cual hará todo lo posible por dominar a la otra y ponerla contra el muro si puede (como en Rusia): ¿estaríamos así verdaderamente ante una fatalidad inevitable, contra la cual no hay absolutamente nada que hacer?

Si apresuramos el advenimiento de la revolución, las otras dos estarán allí para tomar el poder y caeríamos del estado de derecho relativo a vivir que nos garantiza incluso el sistema presente, en el estado, sea de lucha a muerte contra los socialistas, sea de derrota y de represión absoluta como en Rusia después de 1918. Es verdaderamente curioso que los países capitalistas de nuestros días son el único lugar en que podemos hacer una propaganda oratoria y literaria relativa no absolutamente obstaculizada, mientras que en el país socialista, Rusia, se ha vuelto tan imposible como en el país medioeval, la Italia del fascismo. ¿Hemos de aceptar todo eso con fatalismo y resignación o más bien debemos luchar contra ello?

Un anarquismo unido (no unificación, sino un franco conjunto de todos sus matices), lo mismo que un sindicalismo solidario, que deja juego libre a las diversas etiquetas de marcas rivalizantes, lo mismo que los movimientos progresivos voluntarios de toda especie (cooperación, libre pensamiento, educación libre, mujeres, paz, etc.), una tal colectividad de voluntades humanitarias y, en grados diversos, antiautoritarias, libertarias y sociales deberían tratar a su vez con los grandes bloques reformistas y dictatoriales, y llegar a hacer reconocer su derecho a la existencia, al respeto y, si por crisis de revolución el poder y el monopolio capitalista caen, su derecho a partes del patrimonio social común de todos, de la tierra, de las riquezas sociales y del libre ejercicio de su género de vida preferida, en proporción a sus dimensiones. Eso quiede decir que en estas condiciones podrá haber convivencia entre todas esas tendencias, estado de cosas que no es todavía la perfección (que no puede existir nunca al principio de una evolución nueva), pero que me parece infinitamente superior a lo que ha ocurrido en Rusia estos diez años y que se repetirá en todas partes si no se encara por fin una acción del buen sentido contra su advenimiento.

O se hace eso o se perderá aun lo que se tiene, los países caerán en el fascismo o en el bolchevismo y seremos puestos todos en la posición creada a los que están forzados a vegetar en Rusia y en Italia. Comencemos por nosotros mismos y sepultemos el tomahawk, sacrifiquemos el sencillismo personal al gran fin de una anarquía de buen acuerdo que asociara a todas las buenas voluntades vecinas y que acupará una posición distinta entonces tanto en el mundo presente como en los días de las grandes crisis y en el gran mañana. Desgarrada como está, ese encuentra próxima a convertirse en una cantidad descuidable, a perder aun lo poco que le queda. No síntesis, sino buen acuerdo mutuo y un buen sentimiento de las proporciones que no se detiene en las pequeñas cuestiones mezquinas de detalle y de personalidades, sino que marcha recta hacia el gran objetivo, cada cual por el camino y con el ritmo que mejor a un lado todas las excrecencias y de ponernos seriamente en marcha, cada cual como mejor pueda, sin rivalidades ni criticas incesantes.

28 de marzo de 1928.


[Suplemento Quincenal de La Protesta (Buenos Aires) 7 no. 284 (May 14, 1828): 278-282.]

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Max Nettlau, “Alrededor de la ‘Síntesis anarquista'” (1929)

Alrededor de la “Síntesis anarquista”

Apreciados camaradas :

Me habéis remitido la «Síntesis anarquista» de Sebastián Faure, fechada en 20 de febrero de 1928, y tengo la seguridad de que reeditaréis este documento notable, o que, por lo menos, lo daréis a conocer a vuestros lectores. Bajo esta condición me permito emitir algunas notas a este asunto que es, no cabe duda, de un interés capital para el movimiento anarquista de todos los países.

Hace cuestión de unos treinta años que yo también llegué a conclusiones semejantes, a saber que no podemos prever la situación económica, u otra, desde el principio, y aun menos en las etapas ulteriores de una sociedad libre ; no podemos predecir las disposiciones nuevas del hombre de estos tiempos futuros; tampoco podemos adquirir hoy, por la experimentación, suficientes y claros conocimientos sobre el funcionamiento práctico de los métodos de producción y distribución.

Todo esto exige que nos ocupemos tanto del lado económico como de los demás aspectos prácticos del anarquismo, como de alguna cosa sobre la cual podamos fundar hipótesis, pero referente a las cuales no somos capaces de emitir afirmaciones positivos. No podemos ser más que agnósticos frente a todas estas consideraciones prácticas. Podemos tener una preferencia sentimental para una u otra de las distintas posibilidades, y tenemos, también, el derecho de decir que si se presentara la ocasión de practicar nuestras ideas, tendríamos la libertad de obrar como mejor hubiésemos escogido por nuestra propia voluntad y no de la manera que nos quisiera imponer una mayoría cualquiera (todo esto naturalmente dentro de; los limites razonables, es decir, si nos vemos metidos en ello por motivos serios y no por simple capricho, que entonces sería perjudicial para los demás). En consecuencia, lo que habían dicho los primeros anarquistas comunistas y lo que dejaron expuesto Proudhon, Tucker y los anarquistas individualistas, en favor de sus respectivas soluciones económicas, forma una documentación de gran valor, pero no pueden marcar una salida. La situación se parece al origen de una raza cuando la inteligencia y la presciencia humanas—por esfuerzos que hagan—no pueden producir más que conyunturas con respecto al ganante, puesto que el resultado permanece siempre desconocido, al poder ser siempre derrotados los favoritos por cualquier simple outsider.

La lectura de los periódicos antiguos me ha demostrado que este asunto fué también discutido en España hacia fines del año 80, cuando los anarquistas colectivistas más inteligentes, apurados por los anarquistas comunistas que representaban, a su parecer, una doctrina más joven y más perfecta, propusieron adoptar el nombre de anarquista simplemente, de anarquista sin otro epíteto, dejando a cada uno la libertad de escoger entre los arreglos económicos colectivistas y comunistas. Tarrida del Mármol y Ricardo Mella eran los que más amplio criterio tenían en aquel tiempo, y Mella propuso esta idea internacionalmente en una relación que escribió para el Congreso Internacional Anarquista de París, de septiembre de 1900 que, dicho sea de paso, no pudo celebrarse abiertamente ; pero la relación fué publicada completamente en 1901, con motivo de haber profesado los mismos principios la propagandista Voltairine de Cleyre, en una conferencia sobre el anarquismo dada en Filadelfia y publicada por la Free Society : sostenía ella que cada tendencia del anarquismo tenia su base histórica y local y sus adherentes fervientes, pero que ninguna tenía derecho de superioridad hacia las otras puesto que las cuatro tienen aún que demostrar lo que pueden hacer cuando sea posible la experiencia. Puede también afirmar que Bakunín se había limitado siempre a esbozar solamente el primer paso, la piedra fundamental inicial de la sociedad libre, declarando que era cuestión del pueblo del periodo correspondiente el continuar la construcción sobre esta nueva base segura y sanamente libertaria. James Guillaume, en su esbozo de una sociedad libre (1874-76) había previsto un desarrollo gradual de las bases colectivistas hacia las comunistas que dependían del acrecentamiento de la abundancia (base indispensable del comunismo), y hasta Kropotkín, en su prefacio del 5 de diciembre de 1919 a la edición rusa de «Palabras de un Rebelde», se da cuenta de que la situación inicial después de una revolución podría ser tal, que se hiciera imposible la realización del comunismo integral.

Pero en los años 1898-1902, a los que me remontan mis recuerdos, los Tarrida, Mella, Voltairine de Cleyre y yo éramos solos o casi solos, contra todos los que estaban profundamente convencidos de que su propia variedad de anarquismo era absolutamente justa y que las variedades disidentes eran absolutamente falsas. Conozco este exclusivismo fanático, porque fui víctima de él durante muchos años ; casi todos los camaradas lo fueron y lo son aún. Traté de discutir la cuestión con Kropotkín en una conversación y por carta que dio el lamentable resultado que puede verse por su misiva fechada en 5 de marzo de 1902 y mis explicaciones al margen de dicha carta («Plus loin» »927). El Freedom, de Londres, me habla proporcionado varias veces la ocasión de exponer en él mis opiniones sobre este asunto. La última vez fué en febrero de 1914—y especialmente en un artículo que fué impreso una docena de años más tarde en el «Road to Freedom» de New York, sin que yo lo hubiese sabido de antemano (en este caso habría podido modernizarlo), y de donde pasó a los periódicos anarquistas italianos, que lo discutieron. Si comparo la actitud negativa de todos, en 1914, a las opiniones expresadas en 1926, noto un marcado progreso de la amplitud de criterio y un retroceso del exclusivismo; pero ambos creo que son aún insuficientes para que pueda instaurarse la verdadera camaradería amistosa allí donde reinan desde ha mucho tiempo el orgullo, el fanatismo y la fe ciega.

* * *

¡ Ojalá la actual iniciativa de los camaradas franceses tenga mejor suerte ! Dado el espectáculo de la absoluta intolerancia bolchevista que siembra la ruina y la destrucción física de los socialistas de todas las tendencias, y el espectáculo de la invasión de un fanatismo despiadado en el seno de los movimientos ruso y francés por la plataforma y por cierto reciente congreso, la rebelión se hacia inevitable, la copa estaba ya llena ; el esfuerzo hacia una esfera de amistosa camaradería debe ser sostenido hoy con una gran fuerza de propulsión inicial. Dejemos que esta impulsión se desarrolle y que el trabajo se haga en gran escala ; dejemos que los fanáticos se unan entre si ; pero hagamos que los camaradas de sentimientos sociales se den las manos. Los frutos del fanatismo están ante nosotros, desde 1917, en el bolchevismo y el fascismo, y de la misma manera que con el tiempo, todos los fanáticos del mundo se arrimarán a estos dos polos magnéticos de la autoridad y de la antihumanidad, debemos esperar que nuestro polo de libre camaradería, de tolerancia mutua y de benevolencia atraerá a todos los elementos libertarios y sociales de la humanidad, sean actualmente conscientes anarquistas o no. Por demasiado tiempo, la humanidad había visto dos fases en el anarquismo—la profesión del mayor amor y respeto hacia la libertad, y la preconización de un remedio único de solución económica, arreglado ya de antemano…—contradicción manifiesta que, tengo la completa convicción de ello, ha debilitado considerablemente el poder de atracción del anarquismo para los que razonan, y ha hecho de él, ante todo, una cuestión de fe o de creencia, de preferencia personal y de sentimiento.

Me permitiré manifestar que la «Síntesis Anarquista» no expresa, a mi parecer, lo que habría podido ser, o lo que se le debería de haber hecho.

Nosotros rechazamos este anarquismo destilado, aislado, artificialmente construido y que se niega a combinarse con un anarquismo de otra tendencia—trato de situarme en el terreno de la comparación química de S. Faure—rechazamos el producto aislado, el producto único. Muy bien. Mas, ¿por qué saltar de allí a la síntesis, por qué reunir las diversas partes constituyentes? Una evolución así, puede ser, d algunos experimentos, una variedad; algo que podemos ver y preparar por anticipado, como el funcionamiento de una de las hipótesis económicas aisladas. Además, si por ejemplo, diez grupos estuviesen compuestos de uno a diez de cada una de las tres variedades del anarquismo, se obtendrían diez síntesis diferentes y estas cambiarían si la proporción de los miembros fuese diferente ; ninguna de estas síntesis estaría necesariamente segura de poder responder a las necesidades prácticas reales de las situaciones locales o de! momento. Y los que desean permanecer libres, rehusando toda ingerencia, no querrán ser «mezclados» o combinados sintéticamente, o hasta arrojados en el mismo crisol para ser allí amalgamados sintéticamente.

Me parece que la palabra síntesis habría debido ser reemplazada por simbiosis, «convivencia», cohabitación, es decir, camaradería amistosa sin ingerencia entre todas las tendencias de opiniones, su marcha y actividad, en un terreno de amistad recíproca, hacia una finalidad común, cada uno por sus propios medios. Unirían sus fuerzas para fines prácticos determinables—cosa muy deseable—, pero no sin necesidad o regularmente. Podrían estar en relación por medio de los miembros que obran en dos o varios medios, si lo desean, o en la proporción por ellos deseada. Si todo esto acabará algún día por llevarnos a nuevas combinaciones más o menos estables, a síntesis, es cosa que ya veremos, pero no debemos ni forzar ni influenciar tales desarrollos.

Queremos simplemente reemplazar el exclusivismo por la camaradería, la fe ciega y la afirmación orgullosa por una actitud critica y no queremos, para los anarquistas, fronteras con vigilantes aduaneros—guardianes de la pureza de las doctrinas—exactamente como los que son verdaderamente internacionalistas no quieren fronteras entre territorios y Estados que, inevitablemente, son hostiles entre sí igual como lo son las doctrinas. Las doctrinas son tan poco sociales como los Estados, y muchas de nuestras acciones cotidianas, incluso entre los anarquistas, las hacemos inconscientemente bajo pautas autoritarias y estadistas. Exclusivismo nacional, de Estado, de guardianes de doctrinas, sindicalistas, anarquistas (por la palabra, por escrito o por medio <ie fusiles y prisiones, como en la Rusia actual), organización en gobiernos, organizaciones obreras, por federaciones anarquistas o grupos, y muchos otros fenómenos del mismo orden. Todo esto, aunque manipulado por manos anarquistas, pertenece al tipo autoritario y no puede simplemente ser asimilado por el espíritu libertario y debe, temprano o tarde, cansar a los más abnegados camaradas.

Existen, no obstante, muchos medios en los que el espíritu libertario puede prosperar inconscientemente y sin embargo, a conciencia. Me refiero a los productos de la vida social verdadera ; los talleres en todas las esferas del trabajo útil, en los que la competencia material conduce a un trabajo eficaz y exige la estrecha cooperación de todos ; la esfera de las ciencias y de las artes donde todos trabajan con ardor para objetos que interesan a todo el mundo : la capital, la ciudad, la villa, el pueblo, donde gente de todas las profesiones y ocupaciones, de todas las opiniones y nacionalidades viven unos al lado de otros como habitantes y que, por lo menos, tienen esto de común : el deseo, generalmente, de llevar una vida tranquila sin la menor ingerencia, y que no haya guerra entre ellos. En estas comunidades, de pueblo a metrópoli, la convivencia social está realizada en un grado inexistente entre Estados y naciones y que cada vez se hace menos posible existir. Estos medios son los modelos que los anarquistas desembarazados del lastre del exclusivismo y del fanatismo, deberían imitar y encontrarán en ello un trabajo incesante: progreso, grande o pequeño; cooperación de toda especie, emulación a fin de alcanzar una eficacia más elevada y otros factores semejantes del verdadero progreso. Pero no encontrarían en ello síntesis prematuras (o sólo la encontrarían acá y allá como obstáculo al progreso), sino solamente la convivencia, la benevolencia mutua, la emulación amistosa, toda clase de esfuerzos, gracias a los cuales la colectividad puede alcanzar, de una manera independiente, grados muy elevados de eficacia y perfección.

Por estas razones, queridos camaradas, estoy contra una síntesis al principio, porque ella resultaría una hueva inmovilización ; y estoy en favor de sentimientos amistosos hacia todos los que, no siendo exclusivistas, prueban que pueden obrar como libertarios. Los exclusivistas serán, tarde o temprano, reabsorbidos por los autoritarios, a quienes pertenecen por su mentalidad. Es ya tiempo de que el anarquismo dé este paso en dirección al progreso ; es sólo apenas un paso ; de momento, nuestro ideal sólo necesita librarse del fanat,ismo exclusivista, estrechq en el cual entró desde hace tiempo, gracias a la inexperiencia, a la superafirmación y a la impulsión febril, y donde todo vegeta desde hace años en el estancamiento y el aislamiento.

MAX NETTLAU


“Alrededor de la ‘Sintesis Anarquista’” La Revista Blanca 7 no. 141 (April 1, 1929): 616-619.

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Voline, “On Synthesis” (1924) (part 2 of 2)

[Continued from Part I]

IV

If we would consider anarchism and its aspirations, we must also note, to our keen regret, that we find there, and at each step, the same errors, demanding the same work of rectification; that there as well we are still very distant from correct methods of seeking the truth and, consequently, from correct conceptions.

Here also our habitual method remains the same: after having found and established a certain bit of truth (often even long since discovered), we begin by closing our eyes to the errors and defects mixed in there, we do not seek to understand and eliminate them, then we begin to proclaim that bit as being a crown of creation, constant and unshakeable, we hasten to consider it as an immutable and complete truth, we forget the necessity of moving to a work of synthesis and end up neglecting to account for movement in its capacity as major function of vital development, especially in the domain of social creativity. This is also why we habitually entrench ourselves, with pettiness and blindness, in some very small nook of truth, defending ourselves furiously from the desire to enter into other corners, even [when] perfectly well lit,—and this instead of setting ourselves to work seeking synthesis embracing the work in its entirety.

I read, for example, the articles of comrade Maximoff (“Benchmarks”, in the Russian paper from America, Golos Truzhenika) and I see that he is concerned with establishing, in the most meticulous manner, not just the general plan, but even the most minute details to be adopted by the future social structure in the course of the social revolution. I say to myself: “All of that is very good and has already been sufficiently dwelt upon. But how does comrade Maximoff think that he can usefully stuff or pile the complicated, hectic ensemble of life, all that enormous, lively synthesis, within the cold margins of his dried-out plan made on paper?” I know that life will refuse to introduce itself into this scheme; I know that this scheme will only contain some few bits of truth, surpassed by numerous faults and gaps. And to the extent that comrade Maximoff means to make of his formula a finished thing, polished and solid, in so far as he pretend that this formula (or any other similar in its place) contains the sole and only truth, and that everything that is not that truth must be criticized and condemned,—I am, myself, of the opinion that it (or any other precise schematizing) only exaggerates the importance of the factor of organization, correct by itself and having great significance, but far from being the only factor, and imbued with certain defects for which it is indispensable to account, without which and apart from the synthesis with other factors of an equal importance it would lose all significance.

When the “anarcho-syndicalists” say that syndicalism (or anarcho-syndicalism) is the single, only way of salvation and reject with indignation everything not adapted to the standard established by them, I am of the opinion that they exaggerate the importance of the bit of truth in their possession, that they do not want to account for the defects inherent in that bit, nor for the other elements forming, in concert with it, the correct truth, nor for the necessity of synthesis, nor for the factor of vital, creative movement. I am, then, of the opinion that they distance themselves from the truth. And I greatly fear that they will find themselves in no state, when necessary, to resist the temptation to impose and inculcate by force their scholastic opinion, which the true life will refuse to accept as being opposed to its vital truth.

When the “communist-anarchists” open the question by the same process and, admitting only their own truth, immediately reject syndicalism (or anarcho-syndicalism), they deserve the same reproach.

When the “individualist anarchist,” thumbing their nose at syndicalism and communism, only admits their “self” as reality and truth, and when they mean to reduce to this little “self,” the whole of the great vital synthesis, they still commit the same error.

When I read in the article “The Unique Means” (cf. Анархический вестник / Anarkhicheskii Vestnik, no. 1, July 1923) that the internal perfection of the personality and the reasonable of conscious personalities in agricultural community forms the one and only truth and the only path to salvation, I think of the anarcho-syndicalists and of their “ unique means” too; and I realize that all these people, instead of seeking the truth in synthesis, each peck at their little grain of millet without ever being satiated.

And if it is “makhnovists” who believe that the only true form of the movement is their own and who reject everything that is not it, they are as distant from the truth as the others.

And when I hear it said that the anarchists should only do work of critique and destruction and that the study of positive problems does not fall within the domain of anarchism, I consider that assertion a grave error in relation to the synthetic character [synthèticité] indispensable to our research and ideas.

However, it is precisely the anarchists who more than anyone must constantly recall the synthesis and the dynamism of life. For it is precisely anarchism as a conception of the world and life that, by its very essence, is profoundly synthetic and deeply imbued with the living, creative and motive principle of life. It is precisely anarchism that is called to begin—and perhaps even to perfect—the social scientific synthesis that the sociologists are always in the process of seeking, without a shadow of success, the lack of which leads, on the one hand, to the pseudo-scientific conceptions of “marxism,” of an “individualism” pushed to the extreme and to various other “isms,” all more narrow, stuffier, and more distant from truth that the last, and, on the other hand, to a number of recipes for conceptions and practical attempts of the most inept and most absurd sort.

The anarchist conception must be synthetic: it must seek to become the great living synthesis of the different elements of life, established by scientific analysis and rendered fruitful by the synthesis of our ideas, our aspirations and the bits of truth that we have succeeded in discovering; it must do it if it wishes to be that precursor of truth, that true and undistorted factor, not bankrupting of human liberation and progress, which the dozens of sullen, narrow and fossilized “isms” obviously cannot become.

I am not an enemy of syndicalism: I only speak out against its megalomania; I protest against the tendency (of its non-worker personalities) to make a dogma of it, unique, infallible and ossified—something of the sort of marxism and the political parties.

I am not an enemy of communism (anarcho-communism, naturally): I only speak out against all sectarian narrowness of views and intolerance; I protest against its dogmatic perversion and against its mortification.

I am not an enemy of individualism: I only speak out against its egocentric blindness.

I am not an enemy of the moral perfection of the self: but I do not accept that it be recognized as the “unique means.”

I am not an enemy of organization: but I do not want anyone to make a cage of it.

I find that the work of the emancipation of humanity demands by equal title: the idea of free communism as the material basis of a healthy life in common; the syndicalist movement as one of the indispensable levers à the action of the organized masses; the “makhnovstchina” as an expression of the revolutionary uprising of the masses, as insurrection and élan; the wide circulation of individualist ideas that reveal to us radiant horizons, that teach us to appreciate and cultivate the human personality; and the propaganda of aversion towards violence that must put the Revolution on its guard against the possible excesses and deviations…

It seems to me that each of these ideas, that each of these phenomena contain a granule of truth that will manifest itself clearly one bright day, as well as faults, errors and perversions; and the exaggerations will be rejected.

It seems to me that all these granules—all these phenomena and these ideas—will find sufficient place under the wide wings of anarchism, without there being any need of mutually making a bitter war. It is enough to want [to] and to know [them] to unite and unify them.

In order to attain that goal, the anarchists must begin by raising themselves above the prejudices imported from outside into their milieu and absolutely foreign to the essence of the anarchist conception of the world and life, from the prejudices of human narrowness, from a petty exclusivity and from a repulsive egocentricity; it is indispensable that all put themselves to work,—each in no matter what sphere of ideas and phenomena, in conformity to their situation, their temperament, their preferences, their convictions and their faculties,—closely linked and united, and respecting the liberty and personality of the others; it is necessary to work hand in hand, seeking to mutually lend aid and assistance, demonstrating a friendly tolerance, respecting the equal rights of each of the comrades and admitting their liberty to work in the chosen direction, according to their tastes and their way of seeing—the liberty to fully develop every conviction. This posed, the task will fall to us to decide on forms that this unified collaboration should adopt.

It is only on such a basis that an attempt could be made at true union between the workers of anarchism, at the unification of the anarchist movement. For, it seems to me, it will only by on that basis that our antinomies, our exaggerations pushed to the extreme, our sharpness and our sourness could be mellowed, that our errors and deviations could be rectified, and that, tightening more and more our ever vaster ranks, crystallizing in living form, burning with an ever more ardent flame, appearing always more clearly and with ever greater grandeur—the Truth.

VOLINE.


ON SYNTHESIS

(Second Article)

In the preceding article, we stopped at the question of the method of the search for truth, the general manner of theoretically considering the problem.

We have expressed the opinion that this manner must be synthetic, that instead of persisting in a single recognized part of the complete truth, thus disfiguring it and distancing us from it, we must, on the contrary, seek to know and embrace as many parts of it as possible, bringing ourselves as a result as close to the true truth as possible. In the opposite case, instead of a coordinated and fraternal labor, expanding and productive, we will surely get bogged down in interminable and absolutely senseless disputes and disagreements. We will always fall into those coarsest errors, which inevitably accompany exclusivism, narrowness, intolerance and sterile, doctrinaire dogmatism.

Let us now address, also in broad strokes, another essential question. Who, what forces will bring about the social revolution,—especially these immense creative tasks? And how? What will be the essence, character and forms of this whole magnificent process?

First of all, it is incontestable that the social revolution will be, in the final account, an extremely vast and complicated creative phenomenon, and that only the great popular masses, working freely and independently, organized in one manner or another, could resolve the gigantic problem of social reconstruction happily and fruitfully.

Whatever we mean by the process of social revolution, however we imagine the content, the forms and the immediate results of the great future social transformation,—all of our tendencies must reach agreement on certain essential points: an anarcho-syndicalist, anarchist-communist, an individualist and the representatives of other libertarian currents will inevitably fall into agreement that the process of the social revolution will be an phenomenon [that is] infinitely extensive, many-sided and complex, that it will be a most fundamentally creative social act, and that it cannot be realized without an intense action from the vast, free, independent and organized masses, in whatever form, united in one manner or another, linked among themselves and acting as a whole .

So what will these great masses do in the social revolution? How will they create? How will they resolve the task, so vast and so complex, of the new construction?

Will they concern themselves directly, precisely and uniquely, with building anarchist communes? Certainly not. It would be absurd to suppose that the only path and the only form of social and revolutionary action will be the construction of the communes, that those communes alone will be the foundations and instruments of the new construction, the creative cells of the new society.

In their revolution, will the masses follow exactly and uniquely the “syndicalist” path? Of course not. It would be no less absurd to think that the syndicates, and the workers’ organizations in general, would alone be called to achieve the great social reconstruction, and that precisely and uniquely they will be the levers and cells of the future society.

It would be as absurd to believe that the tasks of the social revolution will be resolved solely by some individual efforts by some isolated, conscious personalities and [by] their associations of ideas, which alone out of such unions, associations or grouping by ideological community will serve as the bases for the coming world.

It would be generally absurd to imagine that this enormous, formidable work of the social revolution—this creative and living act—could be channeled into one uniform path, that this form, that method, or some particular aspect of struggle, organization, movement, or activity would be the only “true” form, the sole method, the unique face of the social revolutionary process.

The fecund social revolution, advancing with a firm step, truly triumphant, will be executed by the oceanic masses driven to its necessity by the force of things, launched in this powerful movement, seeking widely and freely the new forms of social life, devising and creating them fully and independently. Either this will occur, or the creative tasks of the revolution will remain unresolved, and it will be sterile, as were all the previous revolutions. And if this is the case, and we imagine for a moment this whole gigantic process, this enormous creative movement of the vastest masses and its innumerable points of application, it will then appear absolutely clear that that they will move along a broad front, that they will create, that they will act, that they will advance in multiple ways at once—ways that are diverse, bustling, and often unexpected by us. The reconstruction by the great masses of all the social relations—economic, social, cultural, etc., given also the variety of localities, that of the composition of the populations, of the immediate requirements of the character and aims of the economic, industrial and cultural life of the various regions (and perhaps countries),—such a task will certainly demand the creation, application and creative coordination of the most varied forms and methods.

The great revolution will advance by a thousand routes. Its constructive tasks will be accomplished through a thousand forms, methods and means, intertwining and combining. The syndicates, the professional unions, the factory committees, the organizations of productive workers, etc., with their branches and federations in the cities and industrial regions, the cooperatives and all sorts of connecting associations [organes de liaison], perhaps also the soviets and every other potential organization that is living and mobile, the peasant unions in the countryside, their federations with the workers’ organizations, the armed forces for defense, the truly libertarian communes, the individual forces and their ideological unions,—all these forms and methods will be at work; the revolution will act through all these levers; all these streams and torrents will spring up and flow in a natural fashion, forming the vast general movement of the great creative process. It is through all their measures, through all their forces and instruments that the vast working masses engaged in the true revolutionary process will act. We are convinced that even the present reformist and conservative workers’ organizations will inevitably and rapidly “revolutionize” in the course of this process, and, having abandoned their recalcitrant leaders and the political parties acting behind the scenes, will take their place there, will reunite with the other currents of the impetuous, creative revolutionary torrent.

This movement will not be, naturally, a simple pulverization of society; it will not have the character of a rout and a general disorganization. It will aspire, on the contrary, naturally and inevitably, to a harmony, a reciprocal liaison of the parties, to a certain unity of organization to which, as well as to the creation of the forms in themselves, it will be driven urgently by the vital, immediate tasks and needs. This unity will be a living and mobile combination of the varied forms of creation and action. Certain of these forms will be rejected, others will be reborn, but all will find their place, their role, their necessity, their destination, amalgamating gradually and naturally into a harmonious whole. Provided that the masses remain free in their action; provided that a “form” destroying all creation is not restored: power. On the thousand local (and other) conditions will depend the circumstances and the creative forms that will emerge will be rejected or gain a foothold. In any case, there will not be place for only one single form, much less for an immutable and rigid form, or even for a single process. From different localities, diverse conditions and varied necessities will arise as many varied forms and methods. And as for the general creative torrent of life, de the construction and the new unity of society, it will be a living synthesis of these forms and methods. (It is in this way that we understand, among others, a true federation, living and not formal. We believe that the icons that we quite often make in our federalist milieus, especially among the “anarcho-syndicalists,” of a uniform means, method or economic and social form of organization, absolutely contradict the true notion of a federation as a free union, exuding all the fullness and multiplicity of life, not molded, and, consequently, creative and progressive, natural and mobile, of social cells [that are] naturally varied and mobile.)

The economic essence of this synthesis will certainly be the successive realization, evolution and strengthening of the communist principle. But its constituent elements, its means of construction and its vital functions will be multiples, just as multiple as the cells, organs and functions of the body, that other living synthesis. Just as it would be absurd to affirm that it is precisely the nervous or muscular cells, the digestive or respiratory organs that alone are the creative, active and “true” cells and organs of a living organism, without accounting for the fact that the organism is a living synthesis of cells and organisms of various types and purposes, just so it would be absurd to believe that precisely one or another method and form would be the only “true” method and form of the future social construction, of the new, emerging social ensemble.

The true social life, the social creation and the social revolution are phenomena of plurality in synthesis, that plurality and that synthesis being made up of living, mobile, variable elements. (It is, particularly, the social life [that is] currently musty, stationary and fashioned by force, that inspires in so many among us, thoughtlessly, this erroneous point of view that the revolution must advance along some specific, unique and determined path. It is as if we do not know how to free ourselves from this anemic, miserable and colorless existence. It holds our thoughts, our ideas in a vise that involuntarily mold the future. But once that modeled existence is rejected, and the sources of a vast creative movement open, the true revolution will transform social life precisely in the direction of a spectacular general movement, of the greatest variety and its living synthesis.) We must resolutely account for this circumstance, that is to say, we must no longer trip ourselves up with a single model, but to seek to count on that plurality and begin as much as possible that synthesis (without forgetting the mobility of the elements), if we want our aspirations and our social constructions to match the veritable ways of true emancipation and become a real force, called to aid these means and aspirations to be clarified and realized.


Thus, also, from the purely practical point of view, we come to note that the plurality and its living synthesis are the true essence of things and the fundamental foundation stone necessary for our reasoning and our constructions.

The answer to the questions posed at the beginning is:

The social revolution will be accomplished by the great masses with the aid of a connection and of a combined action of different forces, levers, methods, means and forms of organization born from diverse conditions and necessities. In its essence, in its character and its forms, this whole magnificent process will consequently be “plural-synthetic.”

What good then to squabble endlessly and break lances over the question, if it is the workers’ syndicates, the communes or the individual associations, if it is the “class-based organizations” or the “groups of sympathy” and the “revolutionary organizations” that will bring about the social revolution, which will be the “true” forms and instruments of the revolutionary action and creation, the cells of the future society? We see in these disputes absolutely no reason to exist. In the light of what has come before, the object of these quibbles seems completely void of sense. For we are convinced that the syndicates, the workers’ unions, the communes, the individual associations, the class-based organizations, the sympathetic groups, the revolutionary organizations, etc.,—will all take part, each in its own sphere, in proportion to their strength and impact, in the construction of the new society and the new life.

Now, it is enough to note attentively our press, our organizations, to lend an ear to our discussions in order to see that it is for this empty question, rather than for some purely philosophical differences, that a bitter struggle takes place in our ranks, that we deck ourselves out, and that we highlight by dividing in this way our forces still more, with all sorts of labels: “anarcho-syndicalists,” “anarchist-communists,” “anarchist-individualists,” etc., and that our movement is thus crushed and broken in a senseless manner.

We believe that it is high time that the anarchists of different tendencies recognize, in this regard, the absence of any serious foundation for these scissions and divisions. A great step forward toward our rapprochement will have been made when we recognize this fact. There will be one less pretext for dissensions. Each can give preponderance to some particular factor, but admit at the same time the presence and significance of other factors, recognizing, as a consequence, the same right for other anarchists to give the preponderance to other factors. It is in this way that the comrades will take a step towards knowing how to work hand-in-hand in the same organization, in the same organ, in a common movement, by each developing their ideas and activity in the direction that interests them, by struggling ideologically, by confronting their convictions in a common camaraderie and not between hostile camps excommunicating one another. To establish such relations would provide a solid cornerstone to the edifice of the unified anarchist movement.

VOLINE.


[Working translation by Shawn P. Wilbur]

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Max Nettlau, “Una palabra más sobre la tolerancia mutua y la convivencia” (1924)

Una palabra más sobre la tolerancia mutua y la convivencia.

Si pasamos revista a la obra intelectual del socialismo de todos los matices desde hace mas de un siglo, nos hallamos frente, al mismo tiempo, de una abundancia de riquezas, y de una gran pobreza. La parte critica es perfecta, las proposiciones para el porvenir, los caminos y los medios son elaborados de mil modos, pero precisamente ese embarazo de riqueza culmina en la debilidad del resultado definitivo, de un fin y de medios sobre les cuales estén de acuerdo todos los socialistas. ¿Cómo podría ser de otro modo, si el único factor que vivifica las doctrinas, la experiencia, falta aún? Todos hemos visto pasos hacia adelante de la teoría importante al experimento productivo de experiencias, de resultados. Tomemos por ejemplo la aviación: durante muchos siglos se ha dibujado o construido en modelos, sin fuerza motriz, millares de tipos, sin conseguir nada. Cuando apareció el motor, que hacia posible el experimento, se obtuvieron pronto tan grandes resultados que fueron olvidadas la mayoría de las especulaciones anteriores. Es imposible concebir que la empresa gigantesca de hacer de los hombres, competidores hostiles hoy unes de otros, cooperadores y amigos—este es el fin del socialismo—será realizada repentinamente, de un golpe, por la aplicación, no digo de un sistema (que es absurdo de antemano) sino de un método general de proceder—exceptuado un solo método, que es el de la libertad, es decir, la anuencia de un método único o predominante.

El socialismo no depende de la sola voluntad de los hombres, aunque la voluntad, la energía, la constancia, la solidaridad contribuirán a él grandemente. Depende de la facultad técnica de reorganizar la producción y a distribución, el trabajo por consiguiente, los transportes y el consumo, que están regulados en todas partes de acuerdo al sistema presente (propiedad individual, concurrencia, salariado, estatismo), — de reorganizar todo eso para servir del mejer modo las necesidades de todos los hombres en lo sucesivo libres, iguales en derechos y aliados por la solidaridad.

Se trata aun de hacer esta transformación enorme de une manera practica, consecuente, que dé prontos resultados, que sea verdaderamente atractiva. El socialismo no será jamás universal ni se establecerá firmemente si no es atractivo. El sacrificio hace mella en el corazón de un pequeño numero de hombres, de una élite de altruistas, pero no gana las masas. Estas masas son ya tan míseras que sienten la impotencia para nuevos sacrificios. Se les presentó el socialismo como capaz de aportarles la dicha, y no es sino estos últimos años que los esfuerzos muy incapaces de realizar el socialismo, los de los comunistas bolchevistas ocultan una falta de éxito en la teoría forjada por las necesidades de su causa: que es preciso pasar primeramente por un periodo de privaciones, de sufrimientos, de vida precaria, para llegar después a un socialismo de abundancia. Hacen ese periodo de privaciones más agradable por la privación adicional de libertad, por su dictadura, o bien ahogan así el descontento de las masas objeto de ese experimento único, oficial, estatista,—experimento en el cual los sabios experimentadores tienen también el privilegio raro de aprisionar o reducir al silencio a todos los demás investigadores en ese dominio, los demás socialistas y anarquistas de Rusia. Este procedimiento funesto, lleva directamente al individualismo estrecho, puesto que los más fuertes y los más hábiles, que son los que pueden tener en jaque la solidaridad de todos, adquieren el predominio frente a la incompetencia estatista, etiquetaos comunista o burguesa.

Los demás socialistas aprenden en estos acontecimientos cómo no hay quo obrar, pero aquellos que son libertarios ven también que chocará la realización del socialismo siempre en las tendencias monopolistas, dictatoriales de los socialistas autoritarios. Porque, no lo olvidemos, no hay diferencia alguna entre socialdemócratas, parti-obreristas, comunistas reformistas y toda otra escuela autoritaria, pues todas impondrían, si pudiesen, un sistema tan rígidamente exclusivista, monopolista y dictatorial como les comunistas rusos. Además, se dan cuenta de que están prevenidos ahora y serán más ásperos en la conquista del poder a partir del instante de la victoria revolucionaria, acontecimiento provocado, sea por un feliz incidente son por una cooperación momentánea de todos los elementos anticapitalistas. En el memento del éxito general, pues, unos querrán un parlamento de mayoría socialista y un gobierno socialista, otros querrán el sovietismo, es decir, o bien un sovietismo independiente, descentralizado, o bien un sovietismo que no es más que la mascara de una centralización rigorosa, de la dictadura de los jefes comunistas como en Rusia; otros querrán la autonomía y la federación de los sindicatos con o sin organización intersindical; los anarquistas querrán la agrupación libre, pero tendrán aún otras dos tareas indispensables: la de impedir las preparaciones y realizaciones de la dictadura y la de inspirar a las masas y todos los ambientes accesibles con un espíritu libertario. Todas astas tendencias muy diversas (y paso por alto otras) tendrán el apoyo, sea de formaciones armadas, sea de todos los medios de la lucha sindical, huelga, boicot, la influencia decisiva que tienen los oficios indispensables (transporte, alimentación, iluminación, fuerza motriz, carbón, etc.); algunos harán uso del antiguo instrumente preparada para la represión, y el concurso de los reaccionarios de los funcionarios del viejo sistema, no les faltará—en una palabra, el derrumbamiento del viejo sistema parecería una cosa muy simple comparada con esa mezcolanza de la plétora socialista que es de prever en la hora de la victoria popular.

Hay, en efecto,—por la exclusión de la experiencia practica y por la producción sin cesar, durante un siglo, de teorías, de partidos, de creyentes y fanáticos de partidos, de jefes de partidos y de toda su secuela ávida de compartir el poder con estos jefes—una terrible superproducción en socialismo,—es decir, no en la creación de hombres y mujeres penetrados profundamente por el espíritu socialista libertario; de éstos no hay desgraciadamente bastantes, y no habrá demasiado nunca,—sino en la creación de hombres ambiciosos que saben que la hora del socialismo sonará bien pronto y que se creen destinados a convertirse en la clase reinante, en la nueva aristocracia y burocracia reinante, de un socialismo único, monopolista y dictador, que seguirá al sistema capitalista.

¿Qué podrán hacer los anarquistas y todos los demás socialistas que no tienen pretensiones dominadores, contra ese desenvolvimiento inevitable, fratricida que vemos con nuestros ojos en Rusia y no atenuado sino intensificado, cada vez más cruel, cuanto más arraiga el monopolio, y que sabe que le está permitido todo?

Es natural decir que se luchará hasta el extremo contra ese falso socialismo tiránico, nada más evidente. Pero no solo nos condena eso a la lucha continua, sin esperanza de realizar nosotros mismos nuestro ideal y de adquirir por los hechos esa experiencia de que tenemos tanta necesidad como los demás,—sino que el sistema dictatorial en boga desacredita y arruina el socialismo entero en la opinión publica, y hace retroceder la situación en lugar de hacerla adelantar. Por consiguiente se derrocharían esfuerzos en luchas estériles, se patinaría sobre el mismo lugar y el conjunto, la intensidad del espíritu socialista mundial retrocedería, porque un socialismo autoritario no es atractivo, bello y bueno; es repugnante, feo y malvado.

En estas circunstancias—yo, al menos, las veo así—he llegado desde hace mucho tiempo a la idea de la tolerancia mutua y de la coexistencia de los diversos sistemas sociales, todos en estado de experimentación libre. Esta idea no tiene nada que ver con el llamado “frente único” que las situaciones momentáneas y locales crearan o no, nadie puede preverlo, pero que no tendría sino un valor muy precario si el “frente único” contra el capitalismo quiere decir que después de la victoria estaremos de nuevo dispuestos a devorarnos recíprocamente, que después de la victoria, aquel de los autoritarios que llegue primero, pondrá el pié en el cuello de todos sus camaradas de “frente único” y que los libertarios perseguidos como hoy, no tendrán otro recurso que luchar a muerte con sus “hermanos” ante si!

Esta idea de la coexistencia o de la convivencia, como dice Malatesta, quiere decir que sobre una base socialista general, que ningún socialista podría segar: la inalienabilidad de la riqueza social para la explotación en beneficio de intereses privados, los socialistas de todos los matices tendrían acceso a esa riqueza social y servirían de ella para instalar trabajo, consumo y sus otros arreglos,—arreglos que serían regulados y observados por sus camaradas de ideas y que no afectarías a aquellos que prefiriesen pertenecer a otro grupo o vivir solitarios. Añado aun qui sí, por falta de experiencia u otras razones, no se llegase al acuerdo sobre el reparto de la riqueza social entre esos grupo grandes y pequeños, numerosos o poco numerosos (¿quién, puede prever esto?), se neutralizarían provisoriamente o por largo tiempo las funciones en controversia. Esos grupos serian territoriales o se entrecruzarían y nada impediría su cooperación ocasional o regular, sus buenas relaciones mutuas, su paso de un sistema a otro según su deseo, en una palabra, su libre vida social.

Un tal convivencia quitaría a los anarquistas la gran preocupación sobre lo que habría que hacer con hombres que brandados espiritualmente por la larga sumisión a la autoridad e incapaces de comprender nuestra necesidad profunda de libertad; estos hombres, libertados del salario, serán bravos socialdemócratas o comunistas dóciles y se extinguirán como tales; sus hijos podrán quizás sentirse más deseosos de libertad. Una tal coexistencia libre permitiría también a los socialdemócratas y a los comunistas dormir en pez sin ser visitados por los sueños del anarquista que, si estuviera forzado a pertenecer a una, sociedad dominada y monopolizada por ellos, se levantara siempre ante ellos como rebelde para combatirlos, como critico y satírico que se burlará de ellos y los despreciará. Seria una liberación intelectual, moral y física para todos el no tener que perder más tiempo en una lucha mutua sin tregua ni reposo.

Creo, en suma, que en vista del hecho notorio que una parte de los enemigos del sistema capitalista es autoritaria y otra libertaria, hay que reconocer este hecho material, que no es ciertamente un fenómeno accidental o pasajero, y buscar la salida más conveniente que me parece la convivencia. Postergar la revolución hasta la persuasión o la extinción del ultimo autoritario o anarquista—sería la eternizacíon del capitalismo. Desgarrar se y matarse mutuamente al día siguiente de la revolución, como se hace hoy en todos los periódicos y materialmente en la Rusia de los dictadores bolchevistas,—es una guerra fratricida que ocasiona la alegría de los capitalistas. Romperse la cabeza en encontrar un compromiso entre autoridad y libertad, equivale a buscar un cuadrado redondo y un circule cuadrado. ¡Queremos algo mejor que eso! No queda, pues, más que un medio convivendi, que puede ser tal como me lo figuro o que sería mucho más razonable si dedicáramos un poco más de interés a encontrarlo.

Esta no es una cuestión inútil, pienso yo. Si este problema no existía o tenía aún dimensiones de tamaño descuidable para el movimiento social de hace sesenta anos o mas, eso no prueba que no exista hoy. En el congreso de la Internacional, en Basilea, 1869, por ultima vez, los socialistas de diversos matices se reunieron amistosamente—estatistas marxistas, anarquistas colectivistas, proudhonianos, cooperativistas, reformistas, pero la escisión se diseñaba ya, como alboreaba también en el seno de la Comuna entre mayoría y minoría. Desde entonces, 1871, el fuego que carcomía la unidad socialista estalló en 1872 en grandes llamas y desde esa época no ha pasado un año sin que haya dejado de intensificarse esa escisión y lo que sucede en Rusia desde fines de 1917 escribe esa historia con la sangre de la victimas socialistas y anarquistas, martirizadas por los comunistas. ¡Con tales verdugos no es posible hablar de convivencia! esto es claro: pero si no hay que desesperar del socialismo, esos hechos deberían hacer reflexionar a los socialistas de buena fe que existen aun en todas partes y buscar una solución.

Últimamente un viejo camarada y amiga ha discutido esta idea en un periódico francés y piensa que ya tengo una fe demasiado grande en la iniciativa de las masas, que esos masas carecen todavía de educación cívica y no sabrían realizar mi sueño. Yo no creía ser demasiado optimista respecto de las masas, más bien al contrario, y nadie puede deplorar más que yo la iniciativa de esas masas se manifieste aun demasiado poco. Pero en esto no se trata de una iniciativa siquiera, no se trata más que de tolerancia, virtud bastante negativa o pasiva, pero que tiene una gran utilidad siempre que no sea sumisión al mal o convivencia con él.

Me parece que, desgraciadamente, las masas están demasiado habituadas a vivir a tolerar a su lado otro sistema, o más bien los efectos del sistema actual que las empobrece y enriquece a sus explotadores. Toleran ese horroroso sistema por su servidumbre voluntaria. Esto es deplorable, pero en todo caso eso no las hizo intolerantes: ven a través de todas las edades a su lado la riqueza de los demás, instalada con insolencia—por tanto si, satisfechas y felices, vieran más tarde entre ellas o al lado de ellas hombres y mujeres que practicaran otro sistema social que el suyo, no se asustarían. Al contrario, la coexistencia de diversos sistemas de vida socialista, permitiría a cada uno elegir el que correspondiera al ritmo de su energía, como escogerá su iglesia, su capilla o su grupo de libres pensadores o se contentará con la vida alegre y gloriosa, natural, sin etiquetas. No serán nunca las masas las que se opondrán con su propia iniciativa a la convivencia,—no serían sino las masas adoctrinadas, fanatizadas, amotinadas: esto es otra cosa.

Eso seria culpa, crimen de sus jefes, y ¿quiénes serían sus jefes? No son los hombres de una verdadera competencia, los investigadores, los sabios; estos no se detienen para proclamarse jefes en una verdad momentánea que han reconocido. Si hicieran eso renunciarían a su vida intelectual y estabilizarían su empantanamiento. No, continuaran trabajando, estudiando, investigando. Los jefes son los monómanos fanáticos que se figuran haber hallado un dogma fijo y tener por misión imponerlo a los demás, por la persuasión, por la autoridad, por el fuego y la sangre según su más intimo deseo. Y al lado de estos jefes intelectuales, que pueden tal vez ser de buena fe, existe el gran numero de los jefes políticos, que quieren triunfar gracias a la idea hallada por otros y gracias a las masas de sectarios que saben reclutar.

Desgraciadamente, cuanto más se acerca el socialismo, tanto más se convierte en el objeto de las ambiciones de esa clase de jefes el poder enorme, le dominación de toda la vida económica, que ejercería un gobierno socialista que se figurase heredar toda la riqueza capitalista. Son realmente esos hombres los que envenenan las luchas sociales, saben que todos no pueden se ministros, se crean sus partidos e impiden que tenga fin jamás una querella, una simple diferencia de opinión entre socialistas—al contrario, todo es exagerado, falseado, intensificado. ¡Son esos hombres los que no quieren la convivencia, que ambicionan su monopolio personal, su dictadura!

Es en efecto un problema bastante grave y bien triste el que esos jefes originen un problema social aparte. Sus origines son a menudo buenos, son hombres que fueron activos y abnegados al principio. Pero salieron pronto de la filas de sus camaradas, gracias al mecanismo obrero político o sindical cada vez más perfeccionado que parece exigir profesionales—y helos ahí. Forman una categoría, un oficio propio que origina la continuación, la extensión, el avance siempre, como todos los oficios. Y estos hombres se cuentan por millares en todos los países y cada cual tiene el mayor cuidado de no ser considerado inútil, de tener hombrees que crean en ellos y que estén a sus ordenes. Todo ese mundo teme al socialismo que viene y se prepara para absorberlo.

La educación cívica de esos hombres seria mucho más urgente que la de las masas que han sufrido el mal y que sabrán ver realizarse el bien con diversas variantes entre ellas y alrededor de ellas sin conmoverse. Respecto de los jefes, si habrá o no convivencia para ellos, eso dependerá de se discreción; si ven que su estos ha pasado volvería a la vida social—sino, tanto peor para ellos. No creo sus estas consideraciones deban impedir a los socialistas de los matices anti-monopolistas el ensayo para encontrar un media de impedir a los autoritarios arruinar el avenimiento del socialismo libertador, la esperanza del mundo.

Es quizás demasiado esperar que todos los matices socialistas busquen sinceramente une convivencia semejante: la idea es para ellos demasiado inusitada y cada cual creería desfallecer si admitiera la existencia de otra especie de socialismo al lado sayo. Para comenzar, bastaría que dos, tres, cuatro agrupaciones socialistas, sindicalistas, anarquistas, cooperativistas hiciesen entre sí un pacto semejante de coexistencia futura; se vería entonces el que continuaría excluyéndose de esa solidaridad—ese sería el dictador futuro, el enemigo común, que, desenmascarado así, sería sin duda combatido mejor que ahora que se simula todavía como camarada socialista.

En fin, la intensidad y la violencia de los odios nos adelanta tan poco, como se va en todas partes en el mundo alrededor de nosotros, que de una manera o de otra se deberá encontrar un medio para salir de este atolladero.

Max Nettlau

3 de enero de 1924.

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F. Tarrida de Mármol, “Economía política y economía acrática” (1888)

ECONOMÍA POLÍTICA Y ECONOMÍA ACRÁTICA

I

La economía política es la ciencia más inexacta de cuantas existen: ni el dictado de ciencia merece. Fúndase en el egoísmo, el engaño, la ambición, la desconfianza y la injusticia. Tiende á generalizar, por medio de leyes que son otras tantas imposiciones, los principios más absurdos y anti-humanitarios.

La economía acrática, por el contrario, partiendo de la autonomía individual y del estudio del organismo humano sus variadas manifestaciones, tiende única y exclusivamente á mantener en todo tiempo la libertad inherente al hombre, para lo cual no se contenta con atacar los dogmas económicos existentes en la actualidad, se que también tiene la misión, por su esencia misma, de impedir que dogmas futuros sustituyan á los presentes.

Aquélla es la economía de los políticos, esto es, de los detentadores de la libertad; ésta es la economía de los anarquistas, de los que no admitimos legisladores sobre lo ilegislable. Aquélla es la bandera de los que sacrifican el bienestar y hasta la vida de miles de individuos con tal de garantizar un escandaloso sobrante á los que han seguido sus consejos con astucia y fortuna; ésta es el estandarte rojo de los que reclamos enérgicamente el derecho á la vida el bienestar para todos los seres humanos.

La primera nada garantiza, ya que el que por ella medra, por ella puede morir; la segunda es una garantía constante del libre desarrollo de todas las facultades individuales.

La economía política enseña al que tiene sobrante el camino que ha de seguir para tener mayor sobrante cada día. Con tal de llegar á este resultado, no titubea en hollar los principios más fundamentales de la naturaleza, en prostituir á la ciencia y en sumir en una miseria espantosa á los mismos que han de garantizar con su trabajo, su sangre y sus privaciones, el bienestar de sus satisfechos protegidos.

La economía acrática, tan generosa como la otra servil, tan lógica como la otra inconsecuente, tan científica como la otra sofistica, se contenta con reclamar la estricta aplicación de la leyes de la naturaleza, ya que en ella vivimos, y de elle somos hijos, y por sus mismas leyes nos regimos. Estas leyes se manifiestan de distintos modos, favorables unas veces, adversas otras. La misma ley de la fermentación que nos de al pan y el vino, origina la putrefacción y las epidemias. La misma lay de inercia que asegura nuestras habitaciones, nos has difícil arrancar á las minas sus tesoros minerales, á las selvas sus riquezas vegetales. El misma viento que hincha las velas de los barcos y nos ayuda á surcar los mares, produce ciclones y temporales que destrozan. La misma evaporación que engendra las lluvias y fertiliza nuestras campos, es la que origina el pedrisco que destruye nuestras coseches. El mismo arsénico que nos cuta en pequeñas dosis, nos mata tomado en mayor cantidad. Por doquier, envuelto en un origen de vida, encontramos un origen de muerte.

El animal, hasta el de organización más sencilla, lucha por la existencia, á cuyo efecto se defiende contra los agentes exteriores que le son contrarios y se aprovecha de los que son útiles para la vida y el desarrollo de sus facultades. El hombre, materia organizada y pensante, tiene el deber de luchar contra las manifestaciones adversas de la ley natural, á la vez que el derecho de aprovecharse de las que le son favorables, es decir, el deber de trabajar y el derecho de consumir, Pues bien, la economía política reserva los derechos á unos pocos y los deberes á la mayoría de la humanidad.

En el próximo articulo demostraremos que la economía acrática, dentro del terreno científico, harmoniza la libertad individual con el equitativo reparto de derechos y deberes.—T

II

Enfrente de la economía política, algunos hombres generosos y de sentimientos humanitarios, pusieron la economía social, que daba á la producción y al consumo nuevas leyes, con objeto de garantizar el derecho á la vida y emancipar el trabajo de la tutela del capital.

Pero has ocurrido con les economistas socialistas lo que antes ocurrió con los políticos. Emanados de individualidades pertenecientes á determinadas escuelas, los nuevos sistemas, aunque mucho mejores que los antiguos, han llevado consigo un sello de exclusivismo que no puede ser admitido, por los hombres que se precian de libres. Como consejos, como temas de estudio, pueden ser muy útiles esos manuales de economía político-social, llámense comunistas ó colectivistas; pero como sistemas de organización, deben ser enérgicamente combatidos.

La economía acrática no está escrita aún, por el mero hecho de ser indeterminada por esencia; lo cual equivale á decir que no puede tomar la forma de un sistema, pues siendo infinitas sus soluciones y además indefinidamente variables, no hacen en libro alguno ni puede abarcarlas el cerebro más privilegiado. Es la anarquía una idea filosófica y científica tan general, que no puede limitarse ni ceñirse á ciertos detalles; siendo ella aplicable á todos los problemas que interesan á la humanidad, no es lógico apelar al dogma para la resolución de ninguno de dichos problemas, y bajo este punto de vista, la economía acrática es la forma en que se presenta la anarquía al tratarse de los asuntos económicos, como el amor libre es la forma en que se presenta cuando de atracción y reproducción se trata.

Lo único que podemos hacer para ayudar á formarnos una idea de lo que podría hacer la anarquía en el terreno económico, es estudiar el organismo de la naturaleza en general y del sér humano en particular. Este presenta una variedad de organismos tan grande como el numero de individuos que habitan la tierra. Si, pues, no hubiera de tener lugar la lucha contra los agentes exteriores é interiores, el socialismo no tendría razón de ser. Pero como sea que esta lucha existe y el hombre no puede llevarla á cabo sin la cooperación de sus semejantes, se establecerán dos fuerzas económicas, originada la una por los agentes interiores y la otra por los exteriores: la resultante mecánica de estas dos fuerzas será el criterio económico de cada individuo, criterio que hubiera podido atropellar la democracia, pero que respetará la anarquía.

La libre manifestación de este criterio, y la realización de los actos que de él dependan para cada uno y todos los individuos de la familia humana, hé aquí la economía acrática, ilegislable, indeterminada, variable, ya que variables pueden ser a cada instante los elementos que la componen.

Todas las resultantes, muchas ó pocas, que sigan una misma dirección, se encontraran para poner en practica espontánea y anárquicamente aquellos sistemas momentáneos y transitorios de producción y consumo que podrán parecerse más ó menos al colectivismo, al comunismo ó á otro sistema, según sean las dos fuerzas componentes, esto es, el temperamento de los individuos, y la índole de las condiciones en que se verifica la lucha por la existencia.

Creemos haber dado una idea breve de lo que es la economía de los anarquistas enfrente de la economía de los políticos. Las corrientes actuales en el seno de las agrupaciones parecen indicar que así lo van comprendiendo nuestros compañeros y que pronto desecharán dos los dogmas económicos, como poco antes desecharon todos los dogmas políticos y religiosos.—T

III

Definidas ya ambas economías, conviene hacer notar algunas diferencias emanadas de las distintas interpretaciones que se dan á las palabras.

Empecemos por el orden. Para los políticos, el orden es el desarrollo pacifico de las organizaciones ficticias, sean ó no del gusto de aquellos que las han de poner en platica. Para los ácratas, el orden es el libre desarrollo de las tendencias naturales. El matrimonio indisoluble, el salario, el jilguero enjaulado, la ley, esas son manifestaciones de orden político. El amor libre, el pacto social, el jilguero que surca los aires, la autonomía individual, esas son fieles representaciones del orden natural, que es el que ha de informar todas las soluciones de la economía acrática.

La lucha es también muy distinta en ambos campos. Los políticos luchan para atacar; los anarquistas, para defenderse; los primeros par seguir robando, los segundos para que no les roben ya más; aquellos atacan á las personas, éstos á los hechos. A los anarquistas, poco les importan las personas A ó B; hay más aún: reconocen que esas personas no son más que indefectibles consecuencias de los sistemas, y comprenden que, muertas aquellas personas, otras ocuparían sus puestos mientras subsistiese el sistema, y por esto huyen del personalismo y lo que quieren destruir es el mismo sistema. Los políticos, al contrario, no tienen sistema fijo: cambian de partido como quien muda de camisa; los ideales poco les importan; generalmente, ni siquiera los tienen; lo que quieren es medrar á costa de las demás personas y labrar su felicidad sobre la miseria y los sufrimientos de los demás.

La economía política trata de favorecer á sus adeptos, enseñándoles la manera de engañar y hacer desgraciados á sus semejantes. La economía acrática es tan generosa y grande que no tiene adeptos: trata de favorecer á la humanidad entera, dando satisfacción á las necesidades de todos, incluso de aquellos que la combaten encarnizadamente.

La economía es además utópica, como lo hemos dejado probado en los artículos en que tratamos del capital y del interés compuesto; la economía acrática, por el contrario, es eminentemente practica, puesto que descansa en el hecho de que todos los hombres pueden ver cubiertas sus necesidades, según se desprende de los artículos “Los productos de la tierra” y “Los productos de la industria” insertos en los dos números anteriores.

La economía política está á punto de perecer, sepultada bajo las ruinas de edificio que ella misma edificó prostituyendo á la ciencia. Y la ciencia empieza ya á protestar contra su deshonra, y tiende los brazos á su hermana natural.

¡Paso á la economía acrática!—T.


Acracia 3 no. 26 (Febrero, 1888): 484-484; 3 no. 27 (Marzo, 1888): 518-520; 3 no. 28 (Abril, 1888): 551.

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Ricardo Mella, “La reacción en la Revolución” (1887-8)

LA REACCIÓN EN LA REVOLUCIÓN

I

Con frecuencia, no ya entre los ignorantes, sino entre los más ilustrados, suele ocurrir que la bondad de una idea se extravía y se pervierte por aquellos mismos que más la quieren y la estudian, de tal forma, que lo mismo que en la practica debiera dar un resultado satisfactorio lo da abiertamente contrario y negativo.

Tal metamorfosis es por desgracia común á cuantos son más ó menos revolucionarios y nunca es inútil estudiar y determinar las causas que la originan.

Así, por ejemplo, en la siempre citada revolución francesa, hubo un elemento, el más radical, al parecer, que concluyó por sacrificar con sus extravíos aquella grande obra. Al mismo tiempo otro elemento opuesto al primero fue acusado entonces de reaccionario y pagó en el cadalso las culpas de sus propios acusadores.

Robespierre y Danton, los dos genios de aquel movimiento grandioso, representaban la primera y segunda tendencia respectivamente. Danton y su partido constituían el verdadero nervio de la revolución por sus aspiraciones federalistas y descentralizadores; Robespierre y los suyos, nacidos también al calor de la revolución, extraviaron el principio, y en nombre de la salud del pueblo sacrificaron revolución y pueblo, justicia y libertad.

Sobre las ruinas de este dualismo de fuerzas surgió amenazadora la reacción. ¿Sabéis la forma? ¿Conocéis el agente?

La forma tomó cuerpo con el decreto sobre el culto del Ser Supremo; el agente fue el ídolo revolucionario, fue Robespierre, de quien dicen Proudhon y Bakounine que era el profeta de la divinidad.

Y aquella republica que nació al grito unánime de libertad é igualdad, aquella subversión formidable de los oprimidos, quedó pronto reducida, convertida al privilegio, á la autoridad, adquiriendo proporciones tan odiosas por lo tiránicas, como la habían sido las del poder que acababa de derrumbar; el despotismo de Luis XVI.

Todavía la influencia de aquella reacción se conoce en nuestros tiempos con el dictado de jacobinismo, y es común á todos los partidos democráticas, á las escuelas socialistas y á cuantos se precian de reformadores ó revolucionarios.

Puede decirse, con los naturalistas, que el jacobinismo es el resultado de cuanto hay de animal en el hombre; que es una de las manifestaciones diversas de esa eterna lucha de la humanidad y la animalidad, que es el fermento que el hombre primitivo ha transmitido al hombre moderno para recordarle siempre que procede del salvajismo y de la barbarie, y que por tanto cuando se olvida de que su fin es humanizar y humanizarse retrogradada y se encorva y finalmente sucumbe vencido en la lucha como hombre y por el animal.

El célebre revolucionario Bakounine, estableciendo un paralelo semejante, hace notar en uno de sus mejores estudios (I) que aquellos revolucionarios que se dicen idealistas son por regla general los materialistas más repugnantes y, recíprocamente, que los que se llaman materialistas son los que mejor comprenden el ideal y luchan por él. Los idealistas no hallando nada superior al idealismo, sacrifican en su honor al hombre y á la sociedad si es preciso, y entonces engendran los Rousseau, los Robespierre, los Mazzini y tantos otros que, llevados de un concepto erróneo, arrastran á los pueblos por senderos extraviados para conducirlos al abismo. Los materialistas, partiendo por el contrario de la materia, juzgada deleznable por aquellos otros, se elevan por gradaciones sucesivas al ideal y llegan á él enalteciendo, pulimentando, purificando, por decirlo así, esa misma deleznable materia tan repugnante á los soñadores de las diversas escuelas espiritualistas, y entonces se producen los hombres de todas ciencias, los que aplican el vapor, inventan la locomotora, aprovechan la electricidad, desenvuelven y perfeccionan la física y la química, transforman la astrología en astronomía, dan y descubren nuevos prodigios mecánicos, anulan el rayo, vencen á la tempestad, corrigen la obra y modifican la que los espiritualistas llaman creación del Ser Supremo; descubren y determinan las leyes económicas del trabajo, el cambio y el consumo; investigan los principios más esenciales de toda organización colectiva con la ciencia sociológica; la razón de todas las cosas con la filosofía; el mecanismo animal del hombre con la fisiología, el moral con psicología, el intelectual con la frenológia, y así, sin mutuo acuerdo, de uno y otro lado del mundo el ideal se va formando, ampliando, embelleciendo, por el concurso de todos los hombres amantes de los maravillosos secretos de esa materia deleznable, por los que prefiriendo la experiencia á la pura abstracción, que sólo puede engendrar el misticismo, ya sea reaccionario, ya tan revolucionario como se quiera, arrancaron para siempre á la humanidad del dominio de la imaginación obligándola á entrar en el de la razón y del positivismo filosófico y científico.

Por tal manera también en el orden general de las ideas una alteración extraña que torna lo blanco negro y lo negro blanco, sin que el esfuerzo común haya llegado á vencer la causa eficiente de tan gran trastorno de las cosas. La loca de la casa, la imaginación, ese espejismo perpetuo á que se halla sometido el hombre, por la facultad de la abstracción intelectual, arrastra al individuo y á la sociedad por ignotos caminos que le seducen, que le atraen, como seduce y atrae lo misterioso, todo lo que se nos presenta entre nubes, todo lo que es ó suponemos maravilloso. Así la historia de nuestros mismos días nos muestra como por la democracia se llega á la tiranía, como por el triunfo del elemento popular se llega á las mismas injusticias comunes á las demás clases dominantes, como por la revolución se entra de lleno en la más completa reacción.

No hace mucho los más ardientes defensores de la democracia escribían en sus periódicos y libros su lema principal: «Gobierno del pueblo, por y para el pueblo;» ¿y quien no traduce tales palabras como nosotros las traducimos: «gobierno del exclusivismo, por el exclusivismo y para el exclusivismo?»

Pues bien; este y no otro fue durante mucho tiempo el banderín de enganche de la revolución, como si un privilegio fuese más revolucionario que otro, como si una injusticia pudiera ser preferible á cualquier otra.

¿No habéis visto esto mismo en la práctica? Sí; lo habréis visto, ¿como no? lo habréis visto una y mil veces porque el pueblo, traduciendo lisa y llanamente aquel lema, ha pisoteado una y mil veces también la libertad y la dignidad personal, decapitando al que no quería apellidarse ciudadano; impidiendo, por la fuerza del número, la manifestación de las ideas que no eran de su agrado, apedreando al que no pensaba como él quería que pensase, ejerciendo, en fin, de tirano en posesión de todas sus despóticas prerrogativas. La gran masa lo era todo. El individuo, el ciuda[da]no, no eran nada ó eran simplemente palabras para establecer corrientes de mentida simpatía entre los que así querían llamarse, la revolución democrática es, pues, la reacción con antifaz.

Pero aun hay más. La revolución pasó un día de la democracia al socialismo, y el pueblo, que siempre va donde quiera que vea escrita aquella palabra, se hizo socialista, por no dejar de ser revolucionario.

Les gentes dijeron todo es de todos, nada es de nadie; es preciso remover el mundo y cambiar todo lo existente, y la sangre volvió á correr como entes había corrido, y el socialismo triunfó aquí ó acullá, y entonces, el fermento reaccionario salió á la superficie con la preponderancia de Estado, con los talleres nacionales, con la repartición, con el derecho al trabajo en forma de limosna ó de sopa de convento, y todo el mundo pudo ver desde luego que también el socialismo era, como la democracia, la reacción con antifaz.

El falso concepto del idealismo, el principio erróneo de que la libertad y la felicidad de todos constituye la de cada uno, puso desde luego de manifiesto el defecto capital, tanto de la democracia como del socialismo.

Cuando todo podía pasar á manos de todos, cuando todos constituían el gobierno de todos, se vió otra vez que la masa, representada esta vez por el Estado, gran dispensador de beneficios y de libertades, se encumbraba en el pedestal de la tiranía para impedir de nuevo la libertad personal, pisotear la dignidad del individuo y convertir al ciudadano y al producto en un esclavo, en un asalariado del inmenso todo, de la sociedad.

¡Revolución! ¡Extraña contradicción de lo pasado! ¡Esplendida esperanza del presente! ¡Magnifica realidad de lo futuro!

La Revolución ya no es democrática ni socialista; es anarquista.

¿Será también la reacción dueña de la revolución en esta nueva etapa?

Tal será el objeto del próximo articulo.—R. M.

(I) Dios y el Estado.


II

La revolución, derivándose, como hemos vista, de una serie de transformaciones sucesivas en el orden de las ideas y de las cosas, á través de la penosa labor de los siglos, aparece en nuestra época amparada de la negación final de todo gobierno, la anarquía.

De la misma manera que la idea religiosa ha revestida todas las formas posibles, desde el politeísmo y el panteísmo hasta el monoteísmo católico y el deísmo filosófico, para venir á reducirse á la negación de si misma por el espíritu positivista y ateo de nuestros tiempos; así la revolución, sujeta en un principio á todos los errores y preocupaciones de la falsa idea de unidad y gobierno, aprisionada y corrompida por la mixtura gubernamental y reaccionaria, pretende hoy emanciparse, regenerarse, purificarse, por decirla así, reduciéndose á la negación absoluta de todo principio de gobierno.

Gobierno unipersonal, gobierno popular, gobierno directo, monarquía, republica, dictadura, son formas todas que la revolución rechaza enérgicamente como una sola y misma afirmación reaccionaria, la autoridad. Allí donde el hombre no basta á gobernarse á sí mismo, donde se juzga necesario el poder de uno ó más individuos que reglamente la vida de los demás, donde se confía al todo el gobierno y régimen de la parte, donde una simple entidad metafísica, sin realidad tangible, llámese Estado, sociedad ó pueble, se sobrepone á la unidad individuo y la subyuga, corrige y enmienda como cosa inferior y secundaria, allí está la reacción en todo su apogeo, y la revolución la repele vigorosamente, buscando en la verdadera realidad humana, en la unidad social, racional y libre, el hombre, como hombre y como productor, la base única y efectiva de todo organismo económico, político ó sociológico.

¿Qué quiere, qué se propone la revolución? Una cosa tan solo, la Justicia. Pues bien: la Justicia no se comprende, no se explica, sin dos términos correlativos, la Libertad y la Igualdad.

¿Qué es el gobierno unipersonal? El privilegio de uno sobre los demás, la esclavitud de todos y la exaltación de uno; esto es, la reacción.

¿Qué significa, qué se propone la democracia gubernamental? El mejor derecho de unos cuantos á gobernar á las masas por obra y gracia de las mismas, y la desigualdad de un grupo y el resto de los ciudadanos en perjuicio de estos últimos; es decir, la legislación y el gobierno como antes; la reacción, por tanto.

¿Qué es el gobierno directo, esa nueva fórmula que pretende hacer á los pueblos dueños de sí mismos? Es la paradoja de la libertad, la autoridad de todos, de la masa anodina sobre cada uno, es la retrogradación al principio absolutista, es la monarquía primitiva convertida en dictatura democrática, mil veces más peligrosa, porque es el espejismo, la alucinación del sediento, la sirena halagadora que fascina, aprisiona y mata. Reacción, reacción, siempre reacción.

¡Fórmulas teológicas, metafísicas y políticas, engendros de cerebros enfermos que aniquiláis al hombre, alquimia con que se pretende corromper la ciencia verdadera, aquelarre de fanatismos y supersticiones sin cuento, la revolución os niega, la revolución os rechaza y pasa como fuego asolador sobre vosotros para no dejar tras sí rastro de vuestra nefanda existencia!

¡Huid, sombras del pasado; huid, abortos de la inteligencia humana! La razón, llama eternamente encendida, disipa las últimas tinieblas, y en donde la luz penetra todo lo inunda y lo purifica; y esa luz, esa razón, tiene un nombre grandioso, un nombre que da esperanzas é inspira horrores, que vigoriza á unos y aniquila á otros; un nombre, en fin, que es el compendio del pasado, del presente y del porvenir, la Revolución!

Perdido en el agitado mar de la legislación y la política, de la rutina y la reacción, navegan al azar los pueblos, sin rumbo ni norte fijo. Allá en las alturas impera el justo medio, y con él la prevaricación y el escándalo, la ambición y la concupiscencia, el cansancio, la miseria y la degradación. El contagio se extiende y la epidemia lo invade todo. Pero observar que en medio de todo esto es agita, sordo y cauteloso, un espíritu de critica y de rebelión que amenaza concluir con el estado actual de todas las cosas, un rumor de tempestad que se acerca, de avalancha terrible que va á destruir aquí y acullá cuanto á su paso encuentre. Nada está quieto ni seguro, nada hay sólido ni firme; todo se tambalea, todo es efímero é instable. El espíritu mismo de las gentes es inquieto y adquiere cada vez mayores hábitos de revuelta: en el seno de los partidos se suceden sin interrupción las escisiones y desde los elementos más retrógrados hasta los más avanzados todos están minados por la rebelión; la política vive en medio de la tormenta de la pasiones; las escuelas filosóficas y metafísicas han introducido la confusión en todas partes y ya nadie se entiende y la subversión es general: ¡Satanás ha vencido á Dios! ¡El espíritu diabólica, la rebelión, es dueño del mundo! ¡La humanidad cansada de adorar al Ser Supremo, se postra ante el ángel rebelde! Es decir, la libertad ha vencido y humillado á autoridad y la Revolución lo es todo.

Observad todavía. Los elementos democráticas se agitan cesar por lo que llaman revolución; pretenden subvertir el orden ficticio de nuestras sociedades y, no obstante sus esfuerzos desesperados, los pueblos permanecen indiferentes ante sus demandas y reciben con desdén sus interesadas excitaciones. Es que los pueblos no ven ya la Revolución en el campo democrático y republicano, es que los pueblos entienden como el Sr. Pi y Margall que la República es aún poder y tiranía y como él no se asustan, no se arredran ante la palabra anarquía, sino por el contrario, á pesar de su silencio posterior y de sus reservas injustificados, sigue creyendo que todo sistema de gobierno es injusto y opresor, y ve tan sólo en la anarquía la seguridad de su libertad y la garantía de sus derechos.

La anarquía, pues, bajo este punto de vista, como principio de organización de las sociedades, representa en puridad la Revolución. En esta nueva formula del progreso humano no cabe la reacción porque aquélla significa la cesación de todo molde, de todo límite, de toda traba al desenvolvimiento de los seres y de los pueblos, y en ella y por ella puede verificarse tranquilamente toda modificación, toda reforma, todo cambio de lo existente sin que para ello se necesite apelar á la violencia, á la fuerza.

Es, por tanto, la anarquía el único principio que en si mismo no contiene la reacción.

Ya hemos visto que el principio de gobierno, monárquico ó republicano, unitario ó federal, contiene siempre en mayor ó menor proporción el principio del retroceso ó del estacionamiento por lo menos.

De donde se deduce inmediatamente la superioridad filosófica y social de la anarquía para realizar los progresos humanos.

¿Podrá objetársenos que en la limitación que todo principio sufre al realizarse en la practica, entre la anarquía por cualquier circunstancia en plena reacción? ¿Podrá argüírsenos que los elementos económicos de donde arranque la composición de la sociedad determine un retroceso, una vuelta á la autoridad y al privilegio?

Tal es el nuevo aspecto de la cuestión que debemos abordar de frente.

En principio la anarquía es la Revolución, ya lo hemos dicho. Es necesario demostrar come debe serlo y lo será en la practica, y es necesario además poner de manifiesto, en tanto cuanto sea posible á un individuo, la manera, el modo como puede convertirse á la reacción.

La Revolución comprende dos términos indispensables: el mundo de las ideas y el de los hechos. La exclusión de cualquiera de ellos determinara siempre una reacción más ó menos poderosa, pero inevitable. No somos revolucionarios enamorados de la abstracción ni simples idolatras de la fuerza: somos revolucionarios en la más completa significación de la palabra, y por esto sin dudar y con toda la decisión necesaria vamos á acometer el problema que se nos ofrece al llegar á este punto.

Si cuanto dejamos dicho puede interesarnos á los que amamos la Revolución, es preciso comprender que en este instante nos importa más cuanto podamos decir unos y otros, porque se trata del supremo interés de la Revolución; es decir, de su triunfo.

Meditemos, que la experiencia nos enseña cada día nuestros errores y ella es fuente de verdad de ciencia.—R. M.


III

Entramos de lleno en lo más complejo del problema que nos hemos propuesto resolver. La teoría, la sucesión correlativa de los principios esenciales, queda ya comprobada; la ciencia, perfectamente determinada. Dejadla en el aislamiento y no dará otro resultado que el consiguiente á toda idea abstracta que no se traduce en hechos ni tiene aplicaciones inmediatas. Toda ciencia responde á un fin, á un objeto dado, y así la ciencia de la Revolución ha de responder á un propósito, á una idea, á un orden de cosas; traducirse en hechos, aplicarse, en fin, á algo. De esta aplicación y de este algo se trata precisamente en el momento. Lo contrario sería caer en el feo vicio de los malos aprendices de matemáticas que las adquieren de memoria, como una relación de ciego, y son después impotentes para resolver el problema más elemental ó para hacer la más ligera aplicación de las teorías que pretenden conocer.

Entremos, pues, en materia.

Al terminar nuestro artículo segundo, preguntábamos si la nueva idea revolucionaria podría caer como las ya caducas en plena reacción, é indicábamos ligeramente la necesidad de demostrar que la Revolución puede y debe estar contenida en la moderna teoría social, la anarquía, no sólo en principio, sino también en la practica.

«La Revolución,—decíamos,—comprende dos términos indispensable: el mundo de las ideas y el de los hechos. La exclusión de cualquiera de ellos determinará siempre una reacción más ó menos poderosa, pero inevitable.»

Y vamos ahora á demostrar la verdad de tal afirmación, y poner de manifiesto cómo en virtud de tal exclusivismo podemos volver á la reacción.

Es un hecho común á todas las sectas, escuelas, banderías y partidos que por razones de temperamento ó de sistema especulativo se dividen siempre en dos bandos diametralmente opuestos: el d los que aman platónicamente, par así decirlo, la idea que profesan y el de aquellos que la quieren á toda costa, por los medios más violentos y decisivos. Este fenómeno, que así puede llamarse, se produce más generalmente en las agrupaciones radicales y revolucionarias y puede asegurarse también que este mismo fenómeno es la causa principal de la disolución de tales agrupaciones y de la perdida de las mejoras causas. ¿Cómo negarlo? La historia lo pone continuamente de manifiesto; en nuest[r]os días es el pan cuotidiano que nos alimenta. ¿Quién podrá ponerla en duda?

Pues bien; tal espectáculo se produce solamente en virtud de una deficiencia primordial en la investigación del por qué de la cosas.

Toda relación humana, todo orden de cosas, todo ser organizado, toda idea formada ó concebida, las cosas que nos rodean, el universo mismo con su grandiosa y complicada mecánica, subsisten y se desarrollan por el dualismo de su propia naturaleza, por la contradicción de sus elementos componentes, por dos fuerzas de polos opuestos, por dos términos que tienden á destruirse, por la antinomia, en fin, que los informa. Si cualquiera de esos términos, de esas fuerzas, de esos elementos, adquiere superioridad sobre su contrario, entonces la destrucción es inmediata, porque el equilibrio, esa razón que todo lo afirma y mantiene, falta instantáneamente, y la relación, orden, ser, idea, cosa ó el universo mismo dejan de existir por ineludible consecuencia del quebrantamiento de las leyes que les rigen y gobiernan.

Este dualismo de todo lo que es, que se conoce en filosofía con el nombre de antinomia, determina en nuestra razón en fenómeno totalmente idéntico, y cuando esta no sabe ó no puede dominar con su poder la contradicción y resolverla, se presenta entonces esa serie interminable de principios opuestos que son el objeto de todos nuestros debates ye contiendas. Cuando esto ocurre, la inteligencia, ansiosa de ideales, se aferra á uno cualquiera de los términos que constituyen el objeto observado y rechaza y niega á su contrario sin comprender que sin la coexistencia de ambos el objeto queda destruido y negado.

De tal naturaleza, y tal es la magnitud de este fenómeno, que vicia por completo el total de las manifestaciones humanas: ciencias, artes, industrias, política, filosofía, literatura, economía.

Aquí una agrupación os dice: «El hombre no es una fiera, un bruto; no lucha como éstos, no debe obrar como ellos, cuando menos; es racional, y el pensamiento, que es superior á toda arma de combate, debe bastarle; la violencia es ley entre los animales, la persuasión entre los hombres; la palabra, hablada ó escrita, la idea manifestada, propagada, difundida, tal debe ser la revolución: obra de paz y de nobleza.»

Allá otra agrupación exclama: «Luchar es vivir. Fuere de la lucha no hay mis que la muerte. La existencia de cuanto nos rodea se funda en la guerra, y si ésta cesa se acaba también aquélla. La fuerza es en ultimo termino la que todo lo divide: luchas de la inteligencia, luchas del sentimiento, luchas de la materia, la fuerza las preside y la fuerza las termina: es ley universal que venza siempre el más fuerte. La paz es le guerra; la guerra es la paz. ¿Queréis la Revolución? Pues agitad, no ceséis de conspirar y la fuerza os dará el triunfo. Sed fuertes y venceréis.»

¿Quién posee la verdad?

Esos dos grupos luchan constantemente porque prevalezcan sus respectivas ideas: luchan los amigos de la paz, dando con ello la razón á los amigos de la guerra; pelean los amigos de la guerra por medio del periódico, del libro, de la palabra, pasándose así al campo de sus adversarios los amantes del ramo de oliva. Y es que unos y otros olvidan la realidad y son simples extraviados de la razón que viven en el error.

Sí; la lucha es la existencia ¿y que? La lucha es la existencia y la guerra es la vida, porque en la naturaleza alienta eternamente el principio de contradicción; y porque existe en formas tan varias y múltiples como múltiples y varias son las formas de la naturaleza misma; sois unos insensatos al pretender dar moldes á esa guerra, á ese combate que todo lo llena, ya sean las regiones de la materia, ya las del espíritu, ya las del sentimiento ó las de la inteligencia, las de las arterias y la sangre ó las de los ideales y los sueños. Vence siempre el más fuerte, sí, pero el concepto de la fuerza no es el que pudiera dársele materialmente, es la fuerza intelectual, es la fuerza artística, la fuerza moral, la fuerza política, dialéctica, filosófica, la fuerza de la materia también, la fuerza, en fin, en su más lata expresión.

¿Queréis una revolución por la palabra y la imprenta? Pues no os basta: habréis hecho conciencias, pero no soldados que pelean y triunfan ó perecen. Los intereses creados os presentarán la batalla si no la presentáis vosotros.

¿Queréis una revolución por la violencia? Pues haced antes partidarios, conciencias que estén dispuestas al combate por la idea, corazones que latan al unísono por un mismo deseo, por una misma aspiración. ¿Qué haréis sin prosélitos, sin adeptos? Quien no quiere ni conoce una idea no puede defenderla. Hacedle propaganda, ganadlo para vuestros ideales y después podréis hacerle pelear.

Estaréis los unos propagando eternamente y eternamente esperaréis el Mesías de vuestra fe; conspiraréis los otros constantemente y vuestras conspiraciones caerán en campo árido condenándoos á ser siempre victimas de vuestra impotencia, porque esa fuerza que tanto enaltecéis os faltará en toda ocasión y tiempo y lugar.

La fuerza, en nuestros tiempos, es cosa harto compleja: inteligencia, sentimiento, amor, ambición, trabajo, todo eso es fuerza manifestada á través de la materia en formas infinitas.

No surgen los actos de fuerza, mal llamados revoluciones, por obra milagrosa de potencia ignorada; no se preparan tampoco á capricho y se hacen desarrollar por meras combinaciones de habilidad. Hacen falta determinadas circunstancias, atmosfera especial, y luego espíritus fuertes que apliquen la mecha á la gran masa dispuesta al incendia. Si aquellas circunstancias y aquella atmosfera faltan, la mecha se consumirá inútilmente; si ésta es la que falta, aquellas circunstancias pasarán la atmósfera se disipará sin consecuencias por ausencia de una insignificante chispa que todo lo incendie.

Nuestra historia contemporánea lo comprueba. Habéis visto sediciones poderosas que abortaron por la indiferencia del pueblo, y momentos de verdadera efervescencia que se han perdido por falta de un temperamento vigoroso para arrastrar al pueblo á mayores atrevimientos.

Pues bien; suponed por un momento divididos á los elementos revolucionarios en tan sencilla cuestión, ¿qué sucederá?

Si triunfan los partidarios de la propaganda á secas, del amor platónico por la Revolución, las masas se adormecerán, se enervaran las fuerzas revolucionarias, se corromperán los más viriles corazones y las más poderosas inteligencias y el tiempo irá transcurriendo mansamente sin que el más leve soplo de revuela venga á cambiar el orden de cosas establecido.

Si triunfan los sectarios de la violencia, los que todo lo fían á la fuerza, la idea no saldrá de unos cuantos pensadores, los pueblos permanecerán en la ignorancia y las fuerzas de unos y otros se Irán agotando poco á poco hasta crear el vacío en derredor de la Revolución.

Suponed más. Suponed á esas dos tendencias equilibradas en pujanza y poderío, y entonces veréis como la Revolución queda instantáneamente aniquilada por unos y otros, destruidos ambos elementos y perdida por mucho tiempo la idea de la Justicia.

Y he ahí como, la anarquía, nueva potencia de la Revolución llega á convertirse como la republica y el socialismo cesarista en elemento de reacción.

¿Pero es que la anarquía puede ni debe soportar aquel dualismo? Somos nosotros los que por la antinomia de la libertad y la autoridad afirmamos la anarquía, quienes hemos de perecer á manos de otra antinomia no menos soluble que ésta.

En manera alguna. Si los resabios de la política, si nuestras viciadas costumbres publicas, si nuestras propias preocupaciones y fanatismos mantienen aun entre las fuerzas revolucionarias ese dualismo injustificado; la lógica inflexible de nuestros principios hará que la Revolución entre en el periodo de su mayor edad, barriendo, por decirlo así, resabios, costumbres, preocupaciones y fanatismos que la reacción nos lega para tormento constante de la Libertad y el Derecho de los pueblos.

Realizar la harmonía de esos dos extremos, afirmar el verdadero criterio revolucionario, en el cual tanto vale la propaganda como la acción y la acción como la propaganda, porque sin estos dos modos de la actividad no hay revolución posible, hé ahí la obra actual de las clases jornaleras y la misión de todos los que amamos la nueva idea.

No os espante el espectáculo de las discordias que trabajan á los elementos revolucionarios; no os acobarden sus rencores momentáneos: afirmad la idea, propagad el verdadero concepto revolucionario y cuando éste vaya ganado las inteligencias y las voluntades, veréis desaparecer discordias y divisiones y rencores que sólo la pasión alienta y el amor propio herido sostiene.

Propagar y luchar en toda forma, ocasión y lugar es ya verificar movimiento, progreso, hacer revolución. Propagad, pues, luchad sin descanso y la virtud misma de nuestros principios triunfará de la rutina en que vivimos.

Si abandonáis la lucha y la propaganda ó una de ellas solamente, la Revolución corre el riesgo de perecer á manos de la pasiones y caer en esta nueva etapa, como cayeron atrás revoluciones en los impuros brazos de la Reacción.

No creemos necesario ganar una mayoría poderosa para que la Revolución triunfe; sabemos que las minorías son las que determinan siempre los movimientos de avance y tenemos fe en el provenir. Pero por esto mismo repetimos que ni somos meros idolatras de la fuerza material ni amantes platónicos de la Revolución: propaguen unos, luche otros, concurran todas las actividades en su modo peculiar de producirse á la obra común, y la Revolución surgirá potente por todas partes, venciendo al fin á la Reacción en una sola batalla ó en varias, mediante combates y escaramuzas sangrientas ó relativamente pacificas ¿quién es capaz de determinarlo?

La Anarquía es la Revolución aun: ¿podrá, á pesar de lo dicho, dejar de serlo?

Muchos son nuestros resabios políticos, grandes nuestras confusiones, graves, tal vez, nuestros errores, y es necesario hacer la critica se vera de cuanto nos rodea y la acusación descarnada de nuestra mismas faltas.

Trabajo de examen el presente, no trata de conminar á nadie ni se propone fomentar antagonismos, pero no es bastante lo dicho y hemos de proseguir tenaces en nuestro empeño.

Luchar por una idea que vive en el cerebro del que lucha, es el más elemental de los deberes de todo el que alimenta un ideal. ¡Luchemos pues!—R. M.


IV

«Luz, más luz,» exclamaba el poeta alemán en sus últimos instantes; «luz, más luz,» grita allá en el fondo de nuestra conciencia una voz secreta cuando la duda viene á llenar de inquietud nuestro cerebro; « luz, más luz,» dice el que vive en la ignorancia al vislumbrar el primer rayo que la ciencia le envía como para despertarle de su letargo; « luz, más luz,» grita el sabio y el ignorante, el poderoso y el miserable, el industrial y el agricultor, el político y el sacerdote, el artista y el poeta; todos, absolutamente todos los que reñimos fieramente en este combate de la vida, pedimos luz, mucha luz, torrentes de rayos luminosos que no arranquen á las tinieblas en que vivimos. ¿Quién después de una contienda, de una polémica, no se ha sentido flaquear al recuerdo de un argumento efímero, de una razón sencillísima de nuestro contrario? ¿Quién no ha llamado entonces desesperado á la inspiración en su auxilio? ¿Quién no gritado luz, más luz?

No duda el dogmático, no duda el que se aferra á un credo cerrado, no duda el fanático, el místico de una idea, pero duda y duda siempre la razón del que investiga, del que estudia, del que no ignora que la verdad es cosa harto movediza para determinada en absoluto. No duda la Reacción; duda la Revolución. «La duda es el principio de la sabiduría.»

La Revolución y el Progreso,—son sinónimas estas dos ideas,—rechazan el dogma, lo absoluto, y por eso cuando la Revolución afirma ideas absolutas, dogmáticas, se convierte á la Reacción, y por esa mismo también la Revolución es la Anarquía. La expresión Revolución = movimiento, es opuesta á esta otra: Reacción = statu quo. Allí los dos miembros de la igualdad varían de una manera continua, progresan conforme á una misma ley y permanecen constantemente iguales; aquí la igualdad queda satisfecha para un valor determinado y finito, es decir para una idea concreta, absoluta, que excluye toda modificación. Statu quo = dogma A ó = dogma B, etc., Reacción, por tanto, es igual á dogma, cualquiera que éste sea. Suponed que la Revolución se encarna en una idea única que excluye toda modificación y tendréis en seguida Revolución, = statu quo, igualdad imposible, porque tendríamos, puesto que dos cosas iguales á una tercera son iguales entre si, movimiento, = statu quo, esto es, movimiento, = quietud, absurdo. Esto es matemático, esto es indudable: la Revolución rechaza el dogma.

Y henos aquí ante un nuevo peligro para la idea revolucionaria.

Nuestras gastadas costumbres y nuestras preocupaciones no llevan constantemente á intentar la resolución absoluta de mil y mil cuestiones que corresponden á la libertad individual y colectiva. Queremos resolver de plano la cuestión económica y afirmamos á renglón seguido un dogma; discutimos la familia y nos aferramos á una teoría exclusiva, decretando, por tanto, un dogma más; hablamos del cambio, de la producción, del consumo, de la división y organización del trabajo y damos desde luego una idea cerrada de todos estos problemas, cayendo de nuevo en el doctrinarismo dogmático.

Excitados por los nos piden un programa completo á manera de lo hecho por los políticos que afirman à priori su futuro sistema de organización, caemos de lleno en sus redes y procuramos dictar á las generaciones venideras leyes y reglas de vida que no han de acatar seguramente.

Examinemos, pues, este nuevo aspecto de la cuestión.

Hemos visto ya que la anarquía satisface en toda su generalidad á la idea de la Revolución. Veamos si cuantos la proclaman ajustan todos sus principios á esta idea madre de todo movimiento y de todo progreso.

El socialismo revolucionario se divide hoy en dos tendencias económicas: la comunista y la colectivista. ¿Qué representan estas dos ideas? ¿Cómo se harmonizan con la anarquía? Esto es la que debemos investigar.

Desde luego existe un tendencia marcadísima en ambas escuelas al dogmatismo. Es para muchos una idea cerrada, exclusiva el comunismo; no lo es menos para otros el colectivismo. En ambos casos la imposición es evidente; la contradicción palmaria.

Determinar desde luego que al triunfo de la anarquía deberán los pueblos organizarse conforme á la condición de distribuir la riqueza con arreglo á las necesidades de cada uno ó al producto del trabajo elaborado por cada cual, es dogmatizar, y dogmatizar á ciegas.

Así como la Anarquía se afirma, no sólo como principio científico deducido de nuestra propia naturaleza, sino también como hecho de experiencia fundado en la tendencia social, por todos modos evidente, á disminuir y dividir hasta el infinito el principio de autoridad; así la idea económica debe deducirse, no sólo como idea científica, de nuestro propio modo de ser, sino también por los datos que la experiencia nos suministre al examinar el desenvolvimiento de la sociedad actual. Pero las condiciones de existencia del principio anarquista, so pena de contradecirse ambos y destruirse, por tanto.

De modo que este principio de organización debe reunir tres condiciones indispensable: consagración de nuestra individualidad; afirmación de la evolución social y respeto de la libertad particular y general.

¿Consagra el colectivismo esta tres condiciones? ¿Las tiene en cuenta el comunismo?

Respondan sus partidarios.

En cierta ocasión hice un estudio de la diferencias que separan á estos dos principios, y entonces rechacé en conclusión el comunismo. Mas desde entonces he visto que el comunismo recibe, como el colectivismo, deferentes acepciones por parte de los anarquistas, y por esto he de condensar de nuevo mis ideas exponer terminantemente mi opinión en este asunto.

Empezaré, pues, interrogando á unos y otros.

¿De qué se trata al proclamar el comunismo? ¿de afirmar à priori que la sociedad ha de organizarse en lo futuro en comunidades libres, produciendo cada uno según sus fuerzas y consumiendo según sus necesidades? Pues insisto en mis anteriores afirmaciones y rechazo con todas mis fuerzas el comunismo. ¿Por qué?

1.° Porque dentro de esta sistema queda anulada por la masa común la individualidad personal, es decir, queda desconocida nuestras naturaleza, negadas nuestras aspiraciones, ahogadas todas nuestras iniciativas personales, relegado, en fin, el individuo á la categoría de elemento secundario, resorte de la comunidad, esclavo de todo.

2.° Porque este sistema desconoce y destruye la evolución social, pasa sobre ella, la aniquila, es decir, niega la organización del trabajo, que es hoy, en embrión, la tendencia de la sociedad, y vuelve por la Revolución á la anarquía económica, que es la Reacción.

3.° Porque este principio, el de la comunidad, es incompatible con la anarquía, es decir, desconoce la libertad individual y la libertad general, el derecho, en fin, á que cada individuo y cada entidad colectiva viva y se desenvuelva conforme á sus deseos y aspiraciones.

¿Puede, pues, el comunismo, que es el dogma, ser compatible con la Revolucion? En manera alguna.

Carece este principio de las tres condiciones que hemos señalado, y es, por tanto, contradictorio, es opuesto á la cuenca, á la experiencia y á la anarquía, esto es, á la Revolución, = movimiento. ¿Qué es, por el contrario, lo que se propone el colectivismo? Afirma à priori también que la sociedad ha de organizarse por la revolución en colectividades libres, quedando á su disposición los elementos primeros de la producción y repartiendo proporcionalmente á los esfuerzos de cada individuo la riqueza creada? Pues rechazo de igual modo el colectivismo (I). ¿Por qué?

1.° Porque, aun á trueque de consagrar nuestra individualidad, nos impone la esclavitud económica, nos supedita á la corporación, á la ley de los más, esto es, nos relega al sistema representativo, transportado de la política á la economía.

2.° Porque aun afirmando la evolución social y consagrándola, deja en pié el derecho de la corporación á legislar y gobernar, á constituirse en u pequeño Estado frente á otros Estados innumerables, sus iguales de derecho, sus rivales de hecho.

3.° porque interpretando de un modo absoluto las aspiraciones humanas, las afirma á manera de dogma y se contradice con el principio anarquista, que es la Revolución.

Puede decirse que esta es la única razón que me ha llevado á hacer la afirmación que en mi nota anterior aclaro y explico. Por lo damas, si no hiciéramos la afirmación absoluta y dogmática del colectivismo, ¿cómo rechazarlo á la vez que el comunismo?

¿Es, por tanto, el colectivismo compatible con la idea revolucionaria? De ningún modo.

Conforme en principio con la Revolución, la niega en sus conclusiones; tienda, pues, á la Reacción, = quietud.

¿Pero es que realmente son el comunismo y el colectivismo á la manera que los hemos explicado el verdadero concepto económico de socialismo revolucionario? Entiendo que no.

Tanto valdría afirmar que la nieva idea revolucionaria lleva en si misma la muerte, la Reacción.

Aquí se reduce todo á la misma cuestión de siempre: á que nuestras preocupaciones sociales y nuestras anejas costumbres políticas nos llevan á unos y otros á la afirmación categórica de un molde social.

¿Cómo, si no, no han surgido hasta ahora tales contiendas?

En un principio nadie dudaba, todos afirmaban la Revolución. Luego caímos en la rutina, y todavía nos revolvemos airados unos y otros, sin darnos cuenta de nuestros errores.

Que la distribución de la riqueza se verifique conforme á uno de los dos lemas, á cada uno el producto integro de su trabajo, es decir, á cada uno según sus obras, ó á cada uno según sus necesidades; que la producción se verifique trabajando cada uno para si y todos para todos, ó uno para todos y todos para uno, son ideas y principios puramente privativos de cada individuo, jamás principio general de la Revolución.

Yo desde luego opto por el principio de la proporcionalidad, porque satisface mejor á la Justicia, en mi concepto, que el de la igualdad absoluta, como creo haber demostrado en el estudio antes referido; ¿pero quiere decir esto que lo afirmo exclusivamente, que trato de imponerlo como escuela, como dogma?

La distribución de la riqueza, así como la producción, el cambio y el consumo son cosas todas que las sociedades futuras han de discutir y establecer conforme les plazca, que para esto la anarquía deja abiertas las puertas á todas la manifestaciones y deseos individuales y sociales.

Por el momento sólo hemos de afirmar principios generales de organización, conformes en un todo con la ciencia, la experiencia y la anarquía, las tres condiciones esenciales de que antes hemos hablado.

Así, pues, tratemos de estos principios generales, que son los que en puridad constituyen las verdaderas aspiraciones del socialismo revolucionario.

La industria, el comercio, la agricultura, las diversas manifestaciones de la vida económica, tienden constantemente á sustituir la organización del trabajo individual por la corporativa, llamada por unos común y por otros colectiva, pero idéntica en el fondo. La gran fabrica mata al pequeño taller; la sociedad anónima al mercader al por menor; la gran propiedad á la pequeña; las grandes maquinas á los vetustos vehículos de mar y tierra, y en todas partes donde la producción moderna toma, carta de naturaleza, se vé surgir en donde antes había un hombre, una sociedad. Tal es la evolución social presente, y tal como es la consagra el socialismo revolucionario en nuestros días. De aquí la idea del colectivismo. Y no digo del comunismo porque este es anterior á la evolución social: y comprende además algo que es ajeno á la evolución misma: tal es el principio de la distribución igualitaria.

Me explicaré. El comunismo, pese á quien pese, implica siempre un igualitarismo nivelador,—pretendido por otra parte, pues fácil es comprender que consumiendo cada uno según sus necesidades y siendo estas diversas no puede ser la distribución verdaderamente igualitaria;—implica siempre, digo, un igualitarismo nivelador que no desciende de la abstracción pura á la realidad, y que por tanto, no estando comprendido en la evolución social, pues ésta no comprende á su vez el principio de la distribución, no puede en modo alguno, justificarse por el movimiento económico de nuestros días. El comunismo está, pues, fuera de le realidad.

El colectivismo, en cambio, no es ni más ni menos que la elevación de la tendencia social señalada á la categoría de principio orgánico si que implique solución alguna en el reparto de la riqueza. Tenemos, pues que Colectivismo = Organización corporativa del trabajo.

Desafío á los fanáticos del comunismo y del colectivismo á que demuestren lo contrario.

Pero, ¿qué quiere en suma el socialismo moderno y con él inmensa mayoría del proletariado?

Pues sencillamente esto: la explotación directa y en colectividad de todos los elementos primeros de la producción.

¿Cómo? ¿De qué manera ha de verificarse esta explotación? ¿En que forma ha de establecerse aquella organización corporativa del trabajo?

Hé ahí una serie de preguntas que implican otra serie de principios de aplicación y que por este motivo no nos corresponde contestar.

¿Contestaríais vosotros si os preguntaran como vais á establecer la Anarquía el día del triunfo?

Sólo una cosa afirmarse y es que esa organización del trabajo ha de ajustarse al principio esencial de todo organismo, á la anarquía; cuestión que implica la primera y la tercera de las condiciones á que ha de satisfacer la idea económica del provenir; según ya hemos dicho.

Y por esta afirmación es sin duda superior al comunismo, el colectivismo. En efecto; el primero necesita de una organización económica y por esta misma organización perece: en tanto que el segundo implica por sí misma organización y es imposible sin ella. Necesita el primero una organización, porque donde hay que producir, cambiar y consumir es indispensable el contrato, la estadística, la oferta y la demanda y todo esto implica organización. Perece por ella, porque en un sistema tal, contratar, contar, ofrecer y demandar, son cosas que huelgan y se existen destruyen la comunidad, porque esto sería ya vivir en pleno colectivismo productor y consumidor. Implica el segundo esa misma organización, porque para explotar directamente los primeros elementos de la producción, es indispensable el contrato previo que de realidad á le agrupación explotadora; la estadistica que determine la ley á que obedece el trabajo, el cambio y el consumo; la oferta que ponga á disposición de otras agrupaciones los productos sobrantes y la demanda que permita adquirir aquellos productos que otras corporaciones elaboran para el consumo general. Es imposible sin esta organización el colectivismo, porque no hay medio hábil de explotar los elementos primeros para producir directamente y en agrupaciones fuera de ella.

Si es, pues, necesaria esta organización, si no es posible sin ella la vida económica ¿no habrá un principio general que la sirva de base y garantice á la vez la anarquía? Y si lo hay ¿será preciso que tratemos además de resolver todas las cuestiones de aplicación en ese futuro organismo?

El principio federativo: hé ahí la base de nuestro organismo societario. El contrato: he ahí todo lo que necesitamos.

¿Queréis dar forma previa á ese contrato? Pues caéis en el dogma.

¿Qué importa que la mayoría de los colectivistas sean á la vez partidarios del principio de la proporcionalidad de la retribución al trabajo realizado? ¿Qué importa que el mismo que esto escribe haya sostenido y sostenga que cada debe recibir una parte de al riqueza general proporcionada á sus obras?

Esto significa que así como vosotros los comunistas podéis decirnos: «Ya lo sabéis, colectivistas: En la futura organización social nosotros seremos los revolucionarios, si triunfáis, porque jamás nos conformaremos con vuestra teoría de la distribución y tendréis que luchar y luchar sin tregua ni descanso contra la revolución, » así nosotros os decimos: «Tenedlo entendido comunistas. Si triunfáis estaremos siempre enfrente de vosotros, seremos la revolución y contra ella tendréis que batallar constantemente, porque jamás nos conformaremos con vuestra igualdad absoluta, imposible y absurda para nosotros.»

Pero ¿por qué este dualismo prematuro? Porque comunistas y colectivistas elevamos á dogma principios secundarios, medios de aplicaron que sólo debe resolver la autonomía de los ciudadanos y de la asociaciones en el porvenir.

Proclamemos todos como programa común la organización federativa del trabajo y la explotación directa y colectiva de los elementos primeros para producir sin prejuzgar nada en los demás problemas de la producción y habremos eliminado el ultimo vestigio de peligro para la Revolución.

Y una vez hecho esto, vosotros los comunistas podréis seguir augurándonos toda clase de peligros, si triunfamos; de la misma manera que nosotros podremos seguir afirmando que con el comunismo la Revolución perecerá se él triunfa. Pero todo esto no será ya cuestión que nos divida en dos bandos diametralmente opuestos y enemigos, sino tan sólo uno de tantos problemas sometidos á la critica y al estudio de cuantos sienten amor por la Revolución y odio eterno á la Reacción. Que en tanto podremos al fin ponernos de acuerdo y resolver el problema sin dudas y sin vacilaciones.

¡Qué! ¿No se ha visto ya que por el colectivismo se puede llegar al comunismo? Una asociación de agricultores, por ejemplo, llega á organizarse de tal modo que la diferencia del trabajo realizado sus individuos se hace imperceptible y entonces, á pesar de dar á cada uno según sus obras, llegan todos á recibir la retribución de su trabajo en partes exactamente iguales. Me diréis que esto no es aun el comunismo, según vuestra teoría, pero yo siempre podré deciros que así el colectivismo llega á realizar la mayor igualdad posible, porque estáis muy lejos de haber demostrado que la igualdad queda satisfecha con vuestro procedimiento, pues os falta probar para ello que las necesidades son iguales en todos los seres.

Con motivo de una huelga de sastres ocurrida hace ya tiempo en un pueblo de Galicia, varios huelguistas establecieron un taller organizado conforme al principio colectivista, y como resultara al poco tiempo, según sus mismas apreciaciones, que el trabajo realizado por cada uno de ellos era equivalente al de los otros, dispusieron repartirse por partes enteramente iguales los productos del trabajo general.

Así, pues, la Revolución está con nosotros y nosotros con ella, porque una vez desterrado el dogma económico, reconocidas las principales aspiraciones del proletariado, y afirmada en toda su pureza la anarquía y el principio orgánico de la producción, no cabe retrogradar, volver á la Reacción. Sólo por el principio de autoridad y por el dogma puede le Revolución anularse, pero destruidos uno y otro, alejados para siempre del socialismo revolucionario, quedan abiertas al porvenir todas las puertas de la libertad, garantizado el movimiento de las ideas y de las cosas, proclamado, en fin, el Progreso en toda la plenitud de su concepto más radical.

La Revolución lo es todo; está en todas partes, vive en todas las sociedades, en todos los seres. La Reacción se le opone: ella será destruida, aniquilada.

La Revolución es ley del mundo y restituirla á todo su poder es nuestro propósito; implantarla para siempre es nuestro intento Triunfaremos, y al triunfar deben acabar de una vez todas las violencias que la Reacción provoca, deben terminar las luchas de la fuerza, porque la Revolución, intérprete de la Justicia, el Derecho y la Libertad, ha de verificarse constantemente por los medios humanos propios seres racionales y civilizados. ¡Que los hombres del Porvenir no tengan que apelar á la fuerza, como nosotros, para restablecer el imperio de la Justicia, que es la Revolución!—R. M.

(I) Digo que rechazo el colectivismo, y no digo bien sin una aclaración previa. Yo si rechazo el colectivismo tal como yo mismo lo he expuesto en otra ocasión y como lo entienden casi todos los anarquistas españoles, mas es en tanto cuanto se trata de elevarlo á dogma del socialismo revolucionario, no como principio opuesto á la idea de comunismo. Yo puedo tener, como cualquiera, cuantas ideas me parezcan bien acerca de la organización del porvenir; pero como revolucionario convencido no puedo en modo alguno crear escuela, proclamar dogmas. Entre el comunismo y el colectivismo, opto siempre por este ultimo; mas entiendo que habiendo traspasado este principio la categoría de principio general de organización, conviene restituirlo á su primitivo estado, que dicha idea se ha ampliado: tal es el principio de que cada uno reciba una retribución proporcional á sus obras.

Por este medio puede conseguirse únicamente la eliminación del comunismo, pues así entenderán de un vez sus partidarios que son tan dogmáticos como nosotros, y que sólo sacrificando unos y otros todo lo que significa exclusivismo, podremos llegar á la afirmación común de la idea económica en toda su plenitud revolucionaria.

Por lo demás, no renuncio ni renunciaré seguramente al colectivismo, mucho más lógico en todos conceptos que el comunismo.


V Y ÚLTIMO

Terminemos. Este articula será una especie de epilogo. Para concluir este trabajo sería necesario un libro, y un libro no cabe en una revista.

En pueblo ama sobre todo la Revolución. Preguntadle por qué y no sabrá responderos. La ama á manera que el pueblo ama todas las cosas. El no entiende de arte y ama el arte mes que nadie, es tan artista como el primero; no sabe qué es la belleza, pero mejor que nadie la adivina, la conoce y la admira; tal vez no se da cuenta de lo que es la Justicia exactamente, pero la siente, la admira, la adora, á veces la ejecuta con una certeza asombrosa; quizás la libertad y la igualdad son para él cosas indecisas, no bien comprendidas, pero lucha y perece por ellas un día y otro día con un valor heroico, inconcebible; la Revolución comprende todo esto, lo resume en sí, y la Revolución constituye el eterno ideal del pueblo.

Es el pueblo de las grandes pasiones. Pero es también el sér de los grandes errores, de los decaimientos tremendos, de los extravíos incomprensibles.

Decidle que la republica es la Revolución y será republicano, decidle, con Proudhon, que el imperio es la ultima palabra revolucionaria y será imperialista; decidle un día que el socialismo es la idea moderna, de progreso, y será socialista; decidle un día que el socialismo no basta y volverá las espaldas al socialismo; presentadle, en fin, un más allá real ó aparente y no se detendrá, será revolucionario hasta el final.

En este más allá incesante ¿distinguirá lo verdadero de lo falso, lo real de lo aparente? ¿sabrá distinguir la Revolución de la Reacción?

El pueblo es más esclavo de la pasión que de la reflexión. Acierta, cuando una y otra se equilibran y le indican un camino seguro. Es fácil al error cuando domina la primera. Decadente é inactivo, cuando la segunda.

Rechazad por igual á los que invocan la pasión poderosa palanca de adelanto y á los que claman á la reflexión como único media de que el progreso no se detenga ó retroceda.

Los primeros no ven más que el comienzo del camino y apenas sabrán qué hacer dado el primer paso. Los segundos sólo ven el termino de la jornada, y difícilmente lograrán llega al fin.

La pasión impulso, la reflexión encauza. Pasión y reflexión ¡qué bella harmonía!

Vivimos en una época de continua agitación y de movimiento constante. Instituciones, ideas, organismos, todo cambia, se tambalea y cae. Es el espíritu de critica que se va apoderando de nosotros.

Ese espíritu no llega á todos por igual, y de aquí un sin numero de errores y maldades. Los primeros que reciben la buena nueva contribuyen en parte á que esa agitación y ese movimiento lleguen á hacerse infecundos. El espíritu de critica crea momentáneamente una especie de privilegio á favor de los beneficiados, y así éstos, que pronto se constituyen en directores intelectuales, por lo menos, de la masa popular, siembran por todas partes una semilla mortífera y trastornan y deprimen al pueblo que fácilmente da acceso á todas las pretensiones.

Se constituyen organismos con este ó el otro fin, y á la hora, al minuto le surge una disidencia por pequeñeces de personalismos. Es que hay dos ó tres de los que se creen modestamente apóstoles que no caben juntos. No transcurre una hora y la diferencia personal se convierte en una diferencia de ideas, de principios, de procedimientos, de todo. Hay que buscar el medio de que todos puedan ejercer tranquilamente como directores.

Si por acaso uno de los contendientes se ver derrotado, entonces no basta lo hecho. Se entabla una lucha á muerte, se forman dos bandos, y unos y otros por una misma idea se destruyen, se aniquilan, ciegos de ira, sin comprender á los maquiavelos que los guían.

En ninguna parte faltan espíritus ambiciosos, audaces, que provoquen la lucha; jamás faltan espíritus anémicos, cobardes, que obedecen la influencia del más fuerte; la masa general se vé envuelta por uno y por otros é inconsciente les ayuda en su empresa.

Pero vengamos á lo que nos importa. Los que nos llamamos revolucionarios no estamos exentos de esa calamidad.

Por incompatibilidades personales unas veces, por ambiciones incomprensibles otras, por maldad no pocas, se rompen lazos de unión, se desmoronan organizaciones y se trastorna todo. El pueblo no sabe evitarlo en general. Dado á la pasión más que á la reflexión, sigue á los que acentúan y agigantan sus sentimientos en provecho propio. Le conocen y obran ó como tunantes ó como locos. Pero locos ó tunantes, el pueblo paga.

Raras veces dejan de convertirse en diferencias de principios estas contiendas verdaderamente bizantinas. ¡Qué pocos tercian en ellas de buena fe!

Cuando una organización potente se viene abajo, combatida por el personalismo, cuando todo se desquicia á impulsos de un huracán de bajas pasiones y de pobres ambiciones, entonces es cuando el que honradamente terció en el debate, se ilumina de pronto y comprende su papel de victima. Quiere volver por sus fueros y llega tarde; quiere luchar y tiene que reconocerse impotente. Por fin se resigna.

Cual restos informes de un planeta desquiciado rodando en el inmenso espacio, así se divide y subdivide aquella organización y va hecha gironés de uno á otro lado sin rumbo fijo ni ley constante que le guíe.

No falta jamás una docena de valientes que sostengan la bandera de aquella iglesia desmoronada, pero sus esfuerzos son inútiles. No hay electricidad bastante potente para reanimar aquel cadáver.

Entonces empieza á brotar la semilla sembrada por le personalismo. Nadie se acuerda ya de ello más que para buscar una razón que lo justifique. El pueblo va á dar la razón á sus enemigos.

Un día se dice que la idea no estaba bien depurada y se procura limpiarla de toda mancha. La anarquía, por ejemplo, ya no es simplemente la negación de todo gobierno; se aparenta, se quiere demostrar que también lo es de toda organización. ¡Error funesto!

La anarquía no es, no ha sido nunca más que una sencilla enérgica, lacónica y terminante negación del principio de gobierno. Como tal negación implica una afirmación subsiguiente: la libre organización de todas las fuerzas sociales productoras. Dejad la negación en el aislamiento y no significa nada no supone nada, no puede por sí sola. Ó son algo las leyes de la lógica ó son un mito.

Pero es preciso que la Revolución santifique la iniquidad de los que la perturban, y ya la anarquía se transforma y se modifica por modo inusitado. ¡No más organización! Qué cada uno marche como pueda y como sepa. Diréis que este es un moderno individualismo ¡qué importa! La Revolución lo quiere y el pueblo no lo niega. ¡Adelante!

Otro día le toca su turno al principio federativo. Es autoritario y como tal lo han adoptado los políticos: es innecesario, perjudicial porque deja en el aislamiento á buenos amigos y es indispensable suprimirlo, negarlo. La federación, que informaba aquellos organismos, es rechazada ahora; y es lógica ya la reforma, porque donde se prescinde de la organización para nada hacen falta principios que la den vida. Destruido el primer principio de la serie, los demás sobran.

Y, sin embargo, la federación es el único medio de que los hombres y los pueblos se organicen, realicen sus fines libremente. Que la proclamen falseándola los que quieren el Estado y la autoridad ¡qué importa! El principio federativo es algo más que lo que esos señores proclaman. Donde falte igualdad de condiciones, el principio se falsea necesariamente, y esto es todo. Por este camino se llega al cesarismo, á la centralización disfrazada de contrato federativo, pero nada más. Pero suponed establecida esa igualdad y la idea federativa será la ultima palabra de la ciencia social.

La federación, por otra parte, es ajena á ciertos asilamientos lógicos y naturales. Se engañan tristemente los que otra cosa creen. En esta pequeñas luchas de los hombres muchos pierden su entusiasmo si no su fe; otros recobran su libertad y huyen de todo lazo, temerosos de nuevos desengaños; no pocos permanecen asilados porque atrás quedan amargos disgustos que nunca se olvidan totalmente. Los primeros no volverán jamás á la actividad de otros días; los segundos obran en virtud de un raciocinio algo escéptico y trabajan con más ardor seguramente que antes, pero por nada abandonarán su nueva situación; á lo más podrá atraérseles por breve tiempo, pero pronto volverán á su aislamiento. Los últimos pueden muy bien volver entre sus correligionarios: llevadlos á donde no tengan que encontrarse con lugares y hombres que traigan á su memoria tristes sucesos pasados y serán vuestros en absoluto; no lo intentéis de otro modo.

De seguro muchos que esto lean me darán la razón y es necesario no engañarse inútilmente. La federación es ajena á todo esto. En ultimo caso una falsa aplicación del principio puede andar complicada con otras muchas causas pequeñas de este desbarajuste, pero el principio en sí, nunca.

Mas toda razón es nula. La anarquía mal comprendida, la federación proclamada en hora mala, deben pagar los vidrios rotos por la pequeñez de nuestra pasiones. ¡Que la Revolución lo quiere y el pueblo no lo niega!

Aun no basta. ¿Quién habla de colectivismo? ¡Atrás la reacción! Ahora es preciso desenterrar el antiguo y putrefacto principio de la comunidad y hacerlo entrar en el modernísimo amasijo, en el contubernio horrendo de la Revolución con el individualismo feroz de la nueva idea anarquista. ¡Ay de los que se niegan á seguir el movimiento!

Y es necesario: con el comunismo ha de resucitar el amor libre de los antiguos maestros, y ha de volver á imperar el sátiro sobre el hombre, el sensualismo sobre el sentimiento mil veces puro del amor. Y con el comunismo y al amor libre es indispensable la maternidad falsificada, la irresponsabilidad para el sér humano, la limosna social organizada el gran hospital, la inmensa inclusa para la desdicha y la imprevisión de los hombres. La Revolución es la comunidad; el sensualismo es la ultima palabra de la reforma. ¡Tremendo contubernio!

Todas aquellas autonomías creadas por ti, por ti entrelazadas maravillosamente, por ti verificadas, puestas por ti en movimiento, harmonizadas dentro de la libertad por ti y por ti legadas á la Revolución, la Revolución quiere y tú no se lo niegas, pueblo de siempre, que sean destruídas y aniquiladas.

A los principios de derecho que habías soñado para tus organismo juntamente con los de la economía social que habías adquirido, á la Justicia sacrosanta, con que sueñas á pesar de todo, has sustituido el principio grosero de la vida animal, como si el cerebro que hace de ti un ser superior no te sirviera para más que envidiar la vida que hacen el bruto y la fiera. ¡Pobre pueblo!

¡Ay de ti si en la peor de todas las luchas, en la de nuestras miseria, no sabes distinguir la Revolución y la Reacción!

Tú et engañas á ti mismo queriendo justificar lo injustificable y vas á todos los delirios cuando tus enemigos te sumen en la impotencia. Te buscan y te encuentran; primero te dividen y luego les das la razón. ¡Mil veces santo tú que así te lleva tu santidad á dar gusto á todos!

Se te cree enfermo ó dormido. Una porción de médicos te rodean ansiosos por curarte ó despertarte, porque te quieren. Pero los enfermos son ellos. Buscan, no lo que tú necesitas sino lo que á ellos les hace falta. Todo es inútil. Toda está en ti, por ti y para ti. Se busca una generación y la regeneración vendrá sin cambios de postura, sin recetas ineficaces, sin evoluciones hacia atrás. Un momento no más, un instante oportuno y te levantarás por ti mismo arrollándolo todo. Eres el gran culpable, pero eres también la gran virtud. ¡Confío en ti!

Que la buena nueva, que el espíritu de critica llegue á ti presuroso te ilumine. La Revolución está en tus manos ¡tu la salvarás! Y gozarás pronto sobre la tierra esa ansiada Justicia que por tantos siglos ha acaparado el cielo.—R. M.


Acracia 2 no. 18 (Junio, 1887): 233-236; 2 no. 21 (Setiembre, 1887): 322-324; 2 no. 23 (Noviembre, 1887): 391-395; 3 no. 26 (Febrero, 1888): 475-482; 3 no. 28 (Abril, 1888): 546-550.

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Fernando Tarrida del Mármol, “La teoría revolucionaria” (1889)

LA TEORÍA REVOLUCIONARIA

Lema: La teoría revolucionaria que puede considerarse mas conforme con la Naturaleza, la Ciencia y la Justicia, es la que prescinde de todo dogma político, económico y religioso. – X.

Vamos a demostrar que para establecer una teoría revolucionaria que no pugne con la Naturaleza, la Ciencia ó la Justicia, cuando no contra las tres á la vez, es indispensable deshacerse de todo dogma, sea político, sea social, sea económico. sea religioso.

I
Dogmas Políticos

La política es el arte de gobernar á los pueblos. Desde los tiempos antiguos hasta nuestros días, los artistas que han logrado imponerse á sus semejantes han practica- do una de las tres formas generales que abarcan toda clase de gobierno: la despótica, la oligarquía y la democracia. El despotismo es la organización en la que un individuo gobierna á su antojo y siguiendo los impulsos de su capricho, viniendo á ser dicha organización la negación mas rotunda y franca de la libertad. La oligarquía es el gobierno de unos pocos, sea por derecho propio, sea por derecho adquirido mediante elección; pero estos pocos asumen la representación de muchos, les imponen leyes que les obligan á obrar de tal ó cual manera y, aun en los casos mas favorables, se convierten forzosamente de representantes en opresores. La oligarquía es pues, también, la negación de la libertad. En cuanto á la democracia, que supone el gobierno de la mayoría, es una verdadera utopía, puesto que el arte de gobernar es tan engorroso como deletéreo. Y si la mayoría del pueblo tuviera que cuidarse de atender á un arte tan complicado, tendría que desatender á los demos trabajos, resultando de ello que en las democracias las mayorías tienen que hacerse representar por unos cuantos artistas, de oficio gobernantes, que elaboran leyes y crean policías para hacerla observar, convirtiéndose toda democracia en oligarquía encubierta, y siendo, por tanto, un sistema contrario á la libertad.

A la idea de Justicia va anexa la idea de Libertad. Todos los dogmas políticos son contrarios á la idea de Libertad: luego todos los dogmas políticos son contrarios á la idea de Justicia.

También es contraria la política á la Ciencia, puesto que ésta nos enseña que las tendencias de los individuos son variables en razón de su organismo, y la política, lejos de poder atender á esta infinita variedad, que solo es atendible con la no imposición, procura, por el contrario, unificar y regular los actos, hollando por completo las iniciativas y las actividades.

Por ultimo, la autoridad política es contraria á la Naturaleza, que exige que todos las entidades orgánicas, minerales y organizadas se muevan en perfecto autonomía para realizar las combinaciones que les corresponden en razón de su constitución intima. Además, la naturaleza humana es contraria á las imposiciones, por más que el egoísmo humano trate á veces de abusar de ellas. Pero aquellos mismos que mis han proclamado el principio de autoridad para poderlo ejercer, han sido los primeros en darnos la razón en cuanto se han visto en el caso de sufrir sus consecuencias. Hablen sino el ejemplo de Alcibiades en la república ateniense, y el de Coriolano en la antigua Roma: amigos del pueblo mientras oste les ha mimado y obedecido, han vuelto airados sus armas contra su país en cuanto se han visto caídos y obligados á aceptar la autoridad de otros por verse reducidos al papel de simples ciudadanos. Hable también toda esa epopeya de luchas sostenidas por el feudalismo con las monarquías: esos poderosos señores, tan celosos de su absoluta autoridad que les proporcionaba diezmos, primicias y hasta el derecho asqueroso de pernada, revolvíanse airados contra el poder real que quería á su vez hacerles sentir el yugo del principio autoritario. Y sin ir mis lejos, en los tiempos modernos, la constante indisciplina de todos los partidos en todos los países, demuestra que los artistas de gobierno tienen tanto afán de gobernar corno pocas ganas de set gobernados. Ellos son los primeros en demostrar que todo dogma político es contrario á la Naturaleza.

Pues si todo dogma político es contrario á la Justicia, á la Ciencia y á la Naturaleza, la teoría revolucionaria que pretenda estar conforme con estos tres principios deberá empezar por prescindir de todo dogma político, ó lo que es lo mismo, declararse desde luego anárquica.

II
Dogmas sociales

La ignorancia, una educación defectuosa y, las mis de las veces, las costumbres establecidas, suelen engendrar preocupaciones que se arraigan á veces de tal modo que aquel que se halla poseído de ellas las defiende con mas calor y fe que los mismos principios científicos. De estas preocupaciones han resultado una porción de formas relativas á las relaciones sociales en la humanidad. La familia matrimonial, la patria, la ley, la moral son principios huecos al que por desgracia rinden aún ferviente culto entidades de buena fe que se llaman revolucionarias. Y esos principios suelen estar arraigados de tal modo, que han pasado casi todos al estado de dogmas. Y, sin embargo, nada mas contrario á la Justicia, á la Ciencia y á la Naturaleza. Esta preconiza y exige el amor, pero no el vínculo. Esa aconseja el mutuo respeto entre las entidades sociológicas, pero no una moral relativa que varia según los tiempos, los climas, las razas y aun los organismos. Aquella impone el derecho, pero no la ley. En nuestra sociedad, repleta de leyes, el derecho es por doquier atropellado. En una sociedad libre que atienda al derecho de todos, la ley despótica debe ceder ante el contrato espontáneo, siempre modificable y revocable. El derecho es justo, porque es esencialmente humano. La ley es tiránica, porque favorece á unos hombres en perjuicio de otros. Las únicas leyes que no constituyen tiranía, por estar vinculadas con la Ciencia, son las leyes naturales á que nos hallamos todos sometidos y sin las cuales no existiríamos. Leyes que han dado al hombre corazón y sentido, originándose el derecho de amar. Leyes que le han dado estómago, originándose el derecho de comer. Leyes que le han dado cerebro, originándose el derecho de pensar. Leyes que le han dado sensibilidad, originándose el derecho de no dejarse atropellar.

Y como sea que todo contrato bisexual que se aparte del amor libre tiene que ser regulado por leyes, y las leyes humanas son contrarias á la Naturaleza, á la Ciencia y á la Justicia, también es contrario á estos tres grandes principios cualquier contrato bisexual legislado ó legislable.

Asimismo, la patria no debe tener mis límite general que el Universo, ni mas límite particular que las simpatías y las afinidades, nunca unos límites fijados arbitrariamente por leyes elaboradas de un modo caprichoso ó para sancionar un hecho de fuerza y atropello,

En cuanto al dogma moral, ó mejor dicho, á los dogmas morales, les pasa lo que á las religiones, que su variedad prueba la falsedad de todas. La viuda del indio seri muy moral si se deja quemar viva sobre la sepultura de su marido; y la esposa oriental será inmoral si deja ver su cara por la calle, faltando así á la Ciencia que le brinda expansiones para su organismo, aire puro para sus pulmones y luz solar para la frescura del cutis y la salud de su cuerpo. ¡En cambio, en los mismo climas orientales, es un acto muy moral y honroso casarse con una odalisca ya arrinconada del sultán! La usura es moral entre los judíos e inmoral entre los cristianos, que no por eso dejan de practicarla, mas que aquellos si cabe. Para el propietario es inmoral atacar la propiedad ajena; para el desheredado es inmoral el detentarla. En una palabra, lo que es moral para unos es inmoral para otros, y es, por lo tanto, de todo punto ilógico querer que la moral que uno se forma sea moral para todo el mundo.

Vemos, pues, que los dogmas sociales, en cualquier forma que se nos presenten, son contraríes á la Ciencia, á la Naturaleza y á la Justicia; luego la teoría que quiera estar conforme con estos tres principios debe inscribir en su bandera el lema: anarquía societaria.

III
Dogmas económicos

Las escuelas á las que puede darse el dictado de revolucionarias proclaman desde luego la abolición de la propiedad individual, reemplazándola por la propiedad de todos y de nadie. La tierra y los instrumentos del trabajo, estando entonces á disposición de quien quiera hacerlos producir, necesitan, sin embargo, que haya quien los haga producir. Esto es, necesita que los hombres trabajen para poder satisfacer sus necesidades. De esta relación entre la producción y el consume, se deducen tres escuelas principales: el socialismo autoritario, con todas sus divisiones; el anarquismo colectivista y el comunismo anarquista. Del primero no hay para quo ocuparnos, pues hemos demostrado ya en la primera parte de este trabajo que ningún partido político ó autoritario puede considerarse conforme con la Ciencia, la Naturaleza y la Justicia. Quedan, pues, las dos aspiraciones económicas del campo anárquico: el comunismo y el colectivismo. Dice el primero: á cada cual según sus necesidades; de cada cual según sus fuerzas. Dice el segundo: á cada cual según sus obras; de cada cual según su voluntad.

Desde luego podemos afirmar que ambos principios son buenos y en nada contrarios á la idea anárquica, siempre que no se impongan en absoluto y sean hijos del contrato libre y revocable entre las entidades que los practiquen. Desde este punto de vista, es utilísimo el estudio de tan importante problema, con el bien entendido que los resultados que cada cual obtenga de sus estudios serán nuevos datos que han de ayudarle á tomar en su día su resolución; pero nunca una fórmula dogmática que tendría que convertirse á la larga en una imposición para individuos y á veces para localidades enteras.

En cualquier caso que nos coloquemos, tanto la forma comunista como colectivista, son perfectamente compatibles con la Ciencia y la Naturaleza. No ocurre lo mismo respecto de la Justicia. Puestos en el terreno á que nos tienen acostumbrados la presente sociedad, el comunismo es injusto para aquel que considere que el hombre es hijo de sus obras y no de su voluntad. En cambio, el colectivismo será considerado injusto por aquel que ve en el hombre un hijo de su doble organización cerebral y muscular. ¿Por qué, dirá el primero, han de tener igualmente cubiertas sus necesidades el perezoso y el trabajador? — ¿Por qué, dirá el segundo, han de seguir imperando el privilegio del fuerte y del inteligente sobre el hombre débil y de cortos alcances? Ambas preguntas merecen seria reflexión y están muy fundadas, colocándose en el terreno del trabajo tal como hoy suele entenderse; esto es, como sinónimo de fatiga, de cosa molesta. Pero resulta que en la sociedad del porvenir el trabajo presentará un aspecto muy distinto del que presenta en la actualidad. Hoy el proletario, para poder vivir mal, necesita dedicar al trabajo un número de horas que cansa su organismo debilitado por falta de alimentos y aburrido por la carencia absoluta de los goces intelectuales, artísticos y científicos á que tiene derecho. Lo que le sobra es la fatiga; lo que le falta es el recreo y la expansión: luego suspira por osta y reniega de aquella. En cambio, en la sociedad purgada de explotación y acaparamientos, tres ó cuatro horas diarias bastarán al hombre para cumplir su parte de trabajo que le de derecho á la realización de sus necesidades. De las veinticuatro horas del día, veinte empleadas en el reposo y las expansiones, harán que las cuatro restantes hallen en el trabajo un recurso, un ejercicio higiénico, una necesidad, y mas cuando cada productor habrá escogido la clase de producción mas adecuada á sus gustos y conocimientos. Este es el caso general. En cuanto á los casos particulares, se compensaran probablemente unos á otros, pues habrá tal vez un individuo que no tenga gusto de trabajar ni siquiera las tres ó cuatro horas que le corresponden. En cambio, podrá haber individuos que, por gusto, por afición, dediquen mas horas de las que le corresponden ¿Y será una injusticia que á éste no se le de un suplemento? No, porque al fin y al cabo no habrá hecho mas que satisfacer su gusto.

En cuanto á los casos particulares que pueden ocurrir en las colectividades regidas anárquicamente, puede asegurarse desde luego que habrá casos en que se acuda á la solución colectivista y casos en que se acudirá á la comunista, sin faltar por es en lo más mínimo al principio anárquico. Si en una sociedad comunista un hombre reclama una ventaja á cambio de une fatiga que n necesita hae; pero que es ventajosa á dicha sociedad, si al hombre le conviene la ventaja, á pesar de la fatiga, y á la sociedad le conviene el producto de la fatiga á cambio de la ventaja ofrecida que solo pueda ser momentánea, como ventanea habrá sido la fatiga, lo que es entonces contrarío á la anarquía, es que exista un estatuto que prive á una y otra entidad de hacer la que les convenga.

En igual caso se encontraría una sociedad colectivista que se viera privada de adoptar soluciones comunistas. A este sistema, que no preconiza dogma alguno y deja á las entidades en disposición de adoptar en cada momento y en cada caso los principios económicos que más les convengan y les pazcan, se le puede dar el nombre de anarquía económica. Y este es también el principio más conforme con la Ciencia, con la Naturaleza y con la Justicia.

IV
Dogmas religiosos

Todos los dogmas religiosos son contrarios a la Justicia, porque todos ellos, de un modo mas ó menos encubierto, preconizan la desigualdad social. Son contrarios a la Naturaleza, porque osta tiene sus leyes inmutables y todas las religiones pretenden contrariarlas, sea por medio de los milagros, sea suponiendo la existencia de mitos que pueden más que dichas leyes inmutables. Por fin, todas las religiones son contrarias a la Ciencia, porque suponen la fe, que consiste en creer a ciegas, mientras que la Ciencia tiene precisamente la misión de aclarar todo lo oscuro y de no admitir nada sin previa demostración.

Luego aquí también, el único principio compatible con la Ciencia, la Naturaleza y la Justicia es la Anarquía religiosa, ó sea el Ateismo.

Resumen

Entre las varias teorías revolucionarias que pretender garantir la completa emancipación social, la mas conforme con la Naturaleza, la ciencia y la Justicia es !a que rechaza todos los dogmas políticos, sociales, económicos y religiosos, esto es, la Anarquía sin adjetivos.

F. T. M.

Barcelona 20 Octubre 1889

 

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Rosa Slobodinsky and Voltairine de Cleyre, “The Individualist and the Communist” (1891)

THE INDIVIDUALIST AND THE COMMUNIST.

A DIALOGUE.

INDIVIDUALIST: “Our host is engaged and requests that I introduce myself to—I beg your pardon, sir, but have I not the pleasure of meeting the Communist speaker who addressed the meeting on Blank street last evening?”

COMMUNIST: “Your face seems familiar to me, too.”

INDV.: “Doubtless you may have seen me there, or at some kindred place. I am glad at the opportunity to talk with you as your speech proved you to be somewhat of a thinker. Perhaps—”

COM.: “Ah, indeed, I recognize you now. You are the apostle of capitalistic Anarchism!”

INDV.: “ Capitalistic Anarchism ? Oh, yes, if you choose to call it so. Names are indifferent to me; I am not afraid of bugaboos. Let it be so, then, capitalistic Anarchism.”

COM: “Well, I will listen to you. I don’t think your arguments will have much effect, however. With which member of your Holy Trinity will you begin: free land, free money, or free competition?”

INDV.: “Whichever you prefer.”

COM.: “Then free competition. Why do you make that demand? Isn’t competition froe now?”

INDV.: “No. But one of the three factors in production is free. Laborers are free to compete among themselves, and so are capitalists to a certain extent. But between laborers and capitalists there is no competition whatever, because through governmental privilege granted to capital, whence the volume of the currency and the rate of interest is regulated, the owners of it are enabled to keep the laborers dependent on them for employment, so making the condition of wage-subjection perpetual. So long as one man, or class of men, are able to prevent others from working for themselves because they cannot obtain the means of production or capitalize their own products, so long those others are not free to compete freely with those to whom privilege gives the means. For instance, can you see any competition between the farmer and his hired man? Don’t you think he would prefer to work for himself? Why does the farmer employ him? Is it not to make some profit from his labor? And does the hired man give him that profit out of pure good nature? Would he not rather have the full product of his labor at his own disposal?”

COM.: “And what of that? What does that prove?”

INDV.: “I am coming to that directly. Now, does this relation between the farmer and his man in any way resemble a cooperative affair between equals, free to compete, but choosing to work together for mutual benefit? You know it does not. Can’t you see that since the hired man does not willingly resign a large share of his product to his employer (and it is out of human nature to say he does), there must be something which forces him to do it? Can’t you see that the necessity of an employer is forced upon him by his lack of ability to command the means of production? He cannot employ himself, therefore he must sell his labor at a disadvantage to him who controls the land and capital. Hence he is not free to compete with his employer any more than a prisoner is free to compete with his jailer for fresh air.

COM.: “Well, I admit that much. Certainly the employé cannot compete with his employer.”

INDV.: “Then you admit that there is not free competition in the present state of society. In other words, you admit that the laboring class are not free to compete with the holders of capital, because they have not, and cannot get, the means of production. Now for your ‘what of that?’ It follows that if they had access to land and opportunity to capitalize the product of their labor they would either employ themselves, or, if employed by others, their wages, or remuneration, would rise to the full product of their toil, since no one would work for another for less than he could obtain by working for himself.”

COM.: “But your object is identical with that of Communism! Why all this to convince me that the means of production must be taken from the hands of the few and given to all? Communists believe that; it is precisely what we are fighting for.”

INDV.: “You misunderstand me if you think we wish to take from or give to any one. We have no scheme for regulating distribution. We substitute nothing, make no plans. We trust to the unfailing balance of supply and demand. We say that with equal opportunity to produce, the division of product will necessarily approach equitable distribution, but we have no method of ‘enacting’ such equalization.”

Com.: ‘‘But will not some be strong and skillful, others weak and unskillful? Will not one-deprive the other because he is more shrewd?”

INDV.: “Impossible! Have I not just shown you that the reason one man controls another’s manner of living is because he controls the opportunities to produce? He does this through a special governmental privilege. Now, if this privilege is abolished, land becomes free, and ability to capitalize products removing interest, and one man is stronger or shrewder than another, he nevertheless can make no profit from that other’s labor, because he cannot stop him from employing himself The cause of subjection is removed.”

COM.: “YOU call that equality! That one man shall have more than others simply because he is stronger or smarter? Your system is no better than the present. What are we struggling against but that very inequality in people’s possessions?”

INDV.: “But what is equality? Does equality mean that I shall enjoy what you have produced? By no means. Equality simply means the freedom of every individual to develop all his being, without hindrance from another, be he stronger or weaker.”

COM.: “What! You will have the weak person suffer because he is weak? He may need as much, or more, than a strong one, but if he is not able to produce it what becomes of his equality?”

INDV.: “I have nothing against your dividing your product with the weaker man if you desire to do so.”

COM.: “There you are with charity again. Communism wants no charity.”

INDV.: I have often marveled on the singularity of Communistic mathematics. My act you call charity, our act is not charity. If one person does a kind act you stigmatize it; if one plus one, summed up and called a commune, does the same thing, you laud it By some species of alchemy akin to the transmutation of metals, the arsenic of charity becomes the gold of justice! Strange calculation! Can you not see that you are running from a bugaboo again? You change the name, but the character of an action is not altered by the number of people participating in it.”

COM.: “But it is not the same action. For me to assist you out of pity is the charity of superior possession to the inferior. But to base society upon the principle: ‘From each according to his capacity, and to each according to his needs’ is not charity in any sense.”

INDV.: “That is a finer discrimination than logic can find any basis for. But suppose that, for the present, we drop the discussion of charity, which is really a minor point, as a further discussion will show.”

COM.: “But I say it is very important. See! Here are two workmen. One can make five pair of shoes a day; the other, perhaps, not more than three. According to you, the less rapid workmen will be deprived of the enjoyments of life, or at any rate will not be able to get as much as the other, because of a natural inability, a thing not his fault, to produce as much as his competitor.”

INDV.: “It is true that under our present conditions, there are such differences in productive power. But these, to a large extent, would be annihilated by the development of machinery and the ability to use it in the absence of privilege. Today the majority of trade-people are working at uncongenial occupations. Why? Because they have neither the chance for finding out for what they are adapted, nor the opportunity of devoting themselves to it if they had. They would starve to death while searching; or, finding it, would only bear the disappointment of being kept outside the ranks of an already overcrowded pathway of life. Trades are, by force of circumstances, what formerly they were by law, matters of inheritance. I am a tailor because by father was a tailor, and it was easier for him to introduce me to that mode of making a living than any other, although I have no special adaptation for it. But postulating equal chances, that is free access and non-interest bearing capital, when a man finds himself unable to make shoes as well or as rapidly as his co-worker, he would speedily seek a more congenial occupation.”

COM.: “And he will be traveling from one trade to another like a tramp after lodgings!”

INDV: “Oh no; his lodgings will be secure! When you admitted that competition is not now free, did I not say to you that when it becomes so, one of two things must happen: either the laborer will employ himself, or the contractor must pay him the full value of his product. The result would be increased demand for labor. Able to employ himself, the producer will get the full measure of his production, whether working independently, by contract, or cooperatively, since the competition of opportunities, if I may so present it, would destroy the possibility of profits. With the reward of labor raised to its entire result, a higher standard of living will necessarily follow; people will want more in proportion to their intellectual development; with the gratification of desires come new wants, all of which guarantees constant labor-demand. Therefore, even your trades-tramp will be sure of his existence.

“But you must consider further that the business of changing trades is no longer the difficult affair it was formerly. Years ago, a mechanic, or laborer, was expected to serve from four to seven years’ apprenticeship. No one was a thorough workman until he knew all the various departments of his trade. Today the whole system of production is revolutionized. Men become specialists. A shoemaker, for instance, spends his days in sewing one particular seam. The result is great rapidity and proficiency in a comparatively short apace of time. No great amount of strength or skill is required; the machine furnishes both. Now, you will readily see that, even supposing an individual changes his vocation half a dozen times, he will not travel very long before he finds that to which he is adapted, and in which he can successfully compete with others.”

COM.: “But admitting this, don’t you believe there will always be some who can produce more than their brothers? What is to prevent their obtaining advantages over the less fortunate?”

INDV.: “Certainly I do believe there are such differences in ability, but that they will lead to the iniquity you fear I deny. Suppose A does produce more than B, does he in anyway injure the latter so long as he does not prevent B from applying his own labor to exploit nature, with equal facilities as himself, either by self-employment or by contract with others?”’

COM.: “Is that what you call right? Will that produce mutual fellowship among human beings? When I see that you are enjoying things which I cannot hope to get, what think you will be my feelings toward you? Shall I not envy and hate you, as the poor do the rich today.”

INDV.: “Why, will you hate a man because he has finer eyes or better health than you? Do you want to demolish a person’s manuscript because he excels you in penmanship? Would you cut the extra length from Samson’s hair, and divide it around equally among al short-haired people? Will you share a slice from the poet’s genius and put it in the common storehouse so everybody can go and take some? If there happened to be a handsome woman in your neighborhood who devotes her smiles to your brother, shall you get angry and insist that they be ‘distributed according to the needs’ of the Commune? The differences in natural ability are not, in freedom, great enough to injure any one or disturb the social equilibrium. No one man can produce more than three others; and even granting that much you can see that it would never create the chasm which lies between Vanderbilt and the switchman on his tracks.”

COM.: “But in establishing equal justice, Communism would prevent even the possibility of injustice.”

INDV,: “Is it justice to take from talent to reward incompetency? Is it justice to virtually say that the tool is not to the toiler, nor the product to the producer, but to others? Is it justice to rob toil of incentive? The justice you seek lies not in such injustice, where material equality could only be attained at the dead level of mediocrity. As freedom of contract enlarges, the nobler sentiments and sympathies invariably widen. With freedom of access to land and to capital, no glaring inequality in distribution could result. No workman rises far above or sinks much below the average day’s labor. Nothing but the power to enslave through controlling opportunity to utilize labor force could ever create such wide differences as we now witness.”

COM.: “Then you hold that your system will practically result in the same equality Communism demands. Yet, granting that, it will take a hundred years, or a thousand, perhaps, to bring it about. Meanwhile people are starving. Communism doesn’t propose to wait. It proposes to adjust things here and now; to arrange matters more equitably while we are here to see it, and not wait till the sweet impossible sometime that our great, great grand children may see the dawn of. Why can’t you join in with us and help us to do something?”

INDV.: “Yea, we hold that comparative equality will obtain, but pre-arrangement, institution, ‘direction’ can never bring the desired result—free society. Waving the point that any arrangement is a blow at progress, it really is an impossible thing to do. Thoughts, like things, grow. You cannot jump from the germ to perfect tree in a moment. No system of society can be instituted today which will apply to the demands of the future; that, under freedom will adjust itself. This is the essential difference between Communism and cooperation. The one fixes, adjusts, arranges things, and tends to the rigidity which characterizes the cast off shells of past societies; the other trusts to the unfailing survival of the fittest, and the broadening of human sympathies with freedom; the surety that that which is in the line of progress tending toward the industrial ideal, will, in a free field, obtain by force of its superior attraction. Now, you must admit, either that there will be under freedom, different social arrangements in different societies, some Communistic, others quite the reverse, and that competition will necessarily rise between them, leaving to results to determine which is the best, or you must crush competition, institute Communism, deny freedom, and fly in the face of progress. What the world needs, my friend, is not new methods of instituting things, but abolition of restrictions upon opportunity.”


The Twentieth Century 6 no 25 (June 18, 1891): 3-6.

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Voltairine de Cleyre, “A Correction” (1907)

Owing to a perhaps natural misunderstanding, it was stated in the American report to the Amsterdam Congress that I am a worker in the cause of Anarchist Communism. The report should have said Anarchism, simply, as I am not now, and never have been at any time, a Communist. I was for several years an individualist, but becoming convinced that a number of the fundamental propositions of individualistic economy would result in the destruction of equal liberty, I relinquished those beliefs. In doing so, however, I did not accept the proposed economy of Communism, which in some respects would entail the same result, destruction of equal freedom; always, of course, in my opinion, which I very willingly admit should not be weighed by others as of equal value with the opinions of those who make economy a thorough study, but which must, nevertheless, remain supreme with me. I am an Anarchist, simply, without economic label attached.

Mother Earth 2 no. 10  (December, 1907): 473.

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Voline, “On Synthesis” (1924) (part 1 of 2)

On Synthesis

I.

Legend maintains that Jesus Christ gave no response to the question of Pontius Pilate: “What is truth?” And it is very likely that in these tragic moments he hardly had the heart to concern himself with philosophical arguments. But even if he had had the time and the desire to engage in a controversy concerning the essence of truth, it would not have been easy for him to respond in a definitive manner.

Many centuries have passed since then. Humanity has made more than one step toward knowledge of the world. The question of Pontius Pilate has troubled humanity, it has made people think, work and seek in all directions, and it has brought suffering to a great number of minds. The ways and methods of the search for truth have varied many times… Yet the question always remains without an answer.


Three principal obstacles arise along the path we follow to seek and establish objective truth, no matter in what direction or in what region we hope to find it.

The first of these obstacles is impressed with a purely theoretical and philosophical character. In fact, the truth is the great existing All: everything that exists in reality. To know the truth means to know what is. But to know what is, to know the veritable truth, the essence of things (“things in themselves”) would appear to be, for several reasons, impossible at this time, and perhaps it will always be so. The essential reason for that impossibility is the following: The world would never be for us anything but the idea that we fashion of it. it presents itself to us, not as it is in reality, but as it is depicted to us by our (or more) poor, false senses, and by our incomplete and crude methods of knowing things. Both are very limited, subjective and fickle. Here is an example drawn from the domain of the senses: as we know, there exists in nature, in reality, neither light, nor colors, nor sounds (there exists only what we believe to be movements, oscillations); however, we have above all an impression of the monde consisting of light and colors (oscillations collected and transformed with the aid of our visual organs) and sounds (movements collected and transformed by our auditory apparatus.) Let us also not that a whole series of phenomena unquestionably taking place in nature elude the organs of our senses. To serve as an example in the domain of knowledge, it is enough to indicate the fact that, constantly, certain theories are rejected to be replaced by others. (A very recent example is that of the famous theory of Einstein on relativity tending to “devastate” all our systems of knowledge.) The only thing that I know immediately is that I exist (cogito, ergo sum, I think, therefore I am) and that there exists some reality outside of me. Without knowing it exactly, I know nonetheless that it exists: first, because it I exist, there must exist some reality that has created me; second, because some entity that is found outside of me communicates to me certain impressions. It is that reality, the essence of which I do not know, that I call world and life; and it is that reality that I seek to know as much as it will lend itself to the knowing.

Obviously, if we wanted to always consider that obstacle, it would only remain for us to say once and for all: everything that we think we know is only lies, deception, illusion; we cannot know the essence of things, for our means of knowing are far too imperfect… And on that basis, we would have to renounce every sort of scientific labor, every work in search of the truth and of knowledge of the world, considering every attempt of that sort perfectly useless and destined to never succeed.

However, in the overwhelming majority of our scientific acts, acts of thought as well as practice—if we set aside the domain of purely philosophical speculation—we hardly consider that obstacle: first, because if we did, we would truly have to renounce all scientific activity, every search for the truth (something which, for many reasons, is entirely unacceptable to us); and then, for we have certain reasons to believe that our impressions reflect all the same, up to a certain point, reality such as it is, and that our understanding comes closer and closer to knowledge of that reality, to knowledge of the truth. It is this last argument in particular, together with other impetuses, that leads us to widen and deepen without ceasing our work of research.

Taking as data, — that is as having for us a real, concrete meaning, common to us all, — our impressions and especially our knowledge of the world and of life; taking as given the milieu, concrete for us, in which we live, work and act, — we think and we seek on the bases and within the limits of that reality as it presents itself: a subjective and conventional reality.

The question of truth is equally posed within the limits of that reality. And, above all, to decipher that reality, accessible to our understanding and our impressions, as well as to pursue the continual widening of its knowable limits — this already appears to us as a problem of the highest importance.

But, in this case as well, we see loom up before us, and the path of research and of the establishment of truth, two other obstacles, of a concrete character as well.

Second obstacle. — Like life, truth is undivided. Truth (like life) is the great All. To know this or that part of the truth still cannot mean that we know the Truth (although it is sometimes necessary to go from knowledge of the parts to the knowledge of the whole). To know the truth — this means, to be precise, to know all the universe in its entirety: all of existence, all of life, all the paths of life, as well as all its forces, all its laws and tendencies, for all times and all terms, in all its different secrets, in all its phenomena and separate details, as well as in its entirety. Now, even if it was only within the limits of the world intelligible to our faculties of impression and understanding, — to embrace the universe, to know life and penetrate its inner meaning appears to us impossible at present, and perhaps it will never be possible.

Third obstacle. – The most characteristic trait of life is its eternal and uninterrupted movement, its changes, its continual transformations. Thus, there exists no firm, constant and determined truth. Or rather, if there exists a general, complete truth, its defining quality would be an incessant movement of transformation, a continual displacement of all the elements of which it is composed. Consequently, the knowledge of that truth supposes a complete knowing, a clear definition, an exact reduction of all the laws, all the forms, all the combinations, possibilities and consequences of all these movements, of all these changes and permutations. Now, such a knowledge, so exact an account of the forces in infinite movement and oscillation, of the continually changing combinations,—even if there exists a certain regularity and an iterative law in these oscillations and changes,—would be something nearly impossible.

II

To know the Truth—that means to know life as it is, to know the true essence of things.

We do not know that true life, [so] we do not know the Truth.

However, we possess some knowledge of it.

As we receive impressions of life and we learn to know it through the testimony of our senses and through the means of knowing that we find at our disposal, precisely as we run up against the obstacles indicated,—we learn, first, that life is some great synthesis, as reality as well as personal feeling: some resultant of a quantity of diverse forces and energies, of factors of all sort.

We also learn that this synthesis is subject to a continuous movement, to incessant variations; we know that that resultant is never found at rest, but that, on the contrary, it oscillates and varies without ceasing.

To know the Truth—that would mean to embrace, know and understand the whole of this global synthesis in all of its details, in all its entirety and in all its eternal movement, in all its combinations and its uninterrupted variations.

If we know life in its details, in its entirety and in its movements, we will know the Truth. And that truth will be the resultant, constantly in movement, of a quantity of forces: a resultant of which we should also know all the movements.


We know neither the true life, nor its synthesis; we know neither its reality, nor its meaning, nor its movements. For us, life in its entirety is the great enigma, the great mystery. We only manage, from time to time, to pluck some fragments of its synthesis from the air…

We do not know the authentic truth, the objective truth of things. Not only have we still not managed to discover the truth, but we do not know if we will ever discover it. We only succeed, from time to time, in finding some isolated grains of the truth—dispersed and brilliant sparkles of precious gold, from which it is still impossible for us to form anything whole…

But—we seek the truth (or to put it better, some of us do.) We have sought it for centuries and thousands of years. We scan on all sides, in all directions—obstinately, offering all our forces to the search, painfully, sorrowfully.

And if we know that life is a great synthesis, we know, consequently, that the search for truth is the search for synthesis; that the path of truth is that of synthesis; that in seeking the truth, it is important to always remember the synthesis, to always aspire to it.

And since we know that life is a continuous movement, we should, in seeking the truth, constantly consider that fact.

III

The field of interest that particularly interests us is not that of pure philosophy and speculation. The circle within which our interests, our aspirations and our attempts principally move is the much more concrete and accessible one of the problems of biology and above all of sociology.

Seeking to establish some social conception, to intervene actively in social life and to influence it in a certain direction, we wish to discover in that concrete domain the guiding truth.

What do we do to find it?

Generally we take up certain phenomena in the given domain of life, we analyze them, we seek to know them and penetrate their meaning.

It often happens that we succeed in drawing the exact assessment from some phenomenon and that, consequently, we manage to put our finger on a coin, on a part, on a fragment of the truth.

Four fundamental errors are very frequent—and very characteristic—in these cases.

1. Human analysis is not infallible. It does not lead directly to the exact and indubitable, absolute truth. In every analysis, in every human research, we inevitably encounter, along with some scraps of truth grasped on the spot, more or less great errors, lapses, sometimes oversights and clumsy false judgments—thus, [we make] assertions not in conformity with the truth. We generally forget that this is the case, and instead of seeking to establish and to eliminate these errors, to find and apply the necessary corrections, we disregard them or else we do still worse—we consider our errors as an expression of the truth, so that we disfigure it and distort its value.

2. Save for very rare exceptions, we are generally inclined to exaggerate the significance, sometimes very minuscule, of the bit of truth found by us, to generalize it, to make of it the whole truth, to extend it, if not to life in its entirety, at least to phenomena of much larger and more complicated order, and at the same time to reject other elements of the truth we seek.

3. We let ourselves be carried away by the analysis and a generalization, erroneous from its immediate results, we constantly forget to consider the second moment—and that is the most essential one—necessary to the search for the truth: of the true and accurate way of generalization; of the necessity,—the analysis once made and a phenomenon, a fragment of truth grasped and understood,—not to take hold of that bit and raise it to the rank of keystone, by making it the entire truth, but, on the contrary, to remember other phenomena relating to the same order of ideas, to seek to fathom their meaning as well, to compare them with the bit of truth discovered and to do everything in order to establish a correct synthesis. This problem of the second degree generally escapes us. We forget that life is a synthesis of a great number of factors.

4. We forget at each step that movement and variability never cease; we forget that there exists no apathetic truth, that in life “everything flows,” that life and truth are the dynamics par excellence. Habitually, we do not account for this factor of an extreme importance and value: the uninterrupted dynamism of life and truth. However, just as it would be erroneous to take the form adopted at a certain moment by an amoeba in motion for its constant form, it would be a mistake to suppose a similar rigidity in the essence of truth: what has just been (or what could have been) truth moment a moment ago—is not longer truth in the following moment. The synthesis itself is not immutable. It is only a resultant constantly in motion, which sometimes comes closer to one of the factors and sometimes to another, and never remains close to one or the other for long. We do not take sufficient account of this singularly important fact. [1]

The errors indicated have a particularly harmful importance pour for the domain of the human sciences, for the comprehension and study of our social life, which represents an exceptionally complicated synthesis of particularly numerous factors, the majority of which are of a special order, a movement and a series of combinations—both exceptionally complicated—of the most diverse elements (which, moreover, are far from being solely mechanical.)

It is precisely in this domain that the most serious errors most often take place. It is especially the numerous followers of the seekers of truth who are guilty of this. The mission to reexamine their “truths,” to redress their errors and make the necessary corrections later falls to others.

Here are some examples that could serve as an illustration: the definition made by Marx-Engels, and especially by their followers, of the role of the economic factor in history (the so-called “historical materialism”)—that excellent but unilateral (and consequently not precisely correct) analysis, and—the exaggerated and “firm” (consequently quite inexact) deductions that have been drawn from it; the theory of classes of Karl Marx and his followers—that analysis, just as brilliant, but narrow and insufficient (and thus erroneous on many points), and the perverse deductions that have been made from it; the “law” of the struggle for existence (Ch. Darwin and also, and especially, his supporters in the various branches of science) with all its errors and exaggerations; the unilateral individualist theory of Max Stirner (and especially of his followers) and so many others.

The economic doctrine of Marx and his theory classes, the individualist conception of Stirner, as well as the law of the struggle for existence de Darwin, etc., etc., are always admirable analyses—well directed and called to give some important results—of one of the factors, of one of the elements of the complicated and vital synthesis, but in order to approach the truth of the synthesis, all these theories are lacking one essential thing: the understanding of the necessity of juxtaposing them with the analysis of other elements and other factors, with the deductions that can be made from the results of these other analyses. They lack the desire to account for phenomena of a different order, the aspiration to seek the synthesis. We forget that real life is a synthesis of different series of phenomena; that that synthesis is moreover the moving and variable outcome of these series, series that are also constantly in movement. We lose sight of the real and moving synthetic nature of life and the necessity of a corresponding synthetic character in scientific knowledge. This is the source of the errors of generalization and deduction. Instead of approaching the truth, we distance ourselves from it.


This erroneous attitude with regard to the phenomena examined, to the bits of truth discovered, causes considerable damage to all our attempts at social construction, for they cause us to wander very far from the road leading to a precise solution of the problems that loom up before us.

Indeed, if in each truth found by us we inevitably find mixed an alloy of non-truth; if every partial truth established by us is never the entire truth; if truth, like life itself, is always synthetic and moving,—then in our constructions we approach the truth, we reckon and understand vital phenomena and processes that much more correctly and exactly to the extent that we verify more meticulously the bit of truth found, to the extent that we compare it with other phenomena and bits of truth discovered in the same domain, to the extent that we approach synthesis and that we constantly recall the essential fact of the uninterrupted movement of all things. And we distance ourselves from the truth, from a proper understanding of life, from a correct conception—that much more as we concern ourselves less with verifying, comparing and contrasting, to the extent, finally, that we distance ourselves from synthesis and the idea of movement.

It is very probable that we will never attain the knowledge of a correct and complete synthesis. But the principle that must guide us is a constant effort to approach it to the greatest extent possible.

Each time that we close our eyes to the defects and the vices of the bits of truth found by us, we distance ourselves from the result sought. The proper method consists, on the contrary, to carefully account for these errors and of seeking their correction.

Each time that we take a fragment of truth found by us for the whole and only truth, and we reject the other fragments, sometimes without even taking the trouble of examining them closely—we distance ourselves from the correct solution. The correct method consists of juxtaposing each fragment found with others, to strive to discover some always new parts of the truth and to seek to make them agree, so that they form one single whole. That is the only way that we can reach our goal.

Each time that we limit ourselves to drawing the appraisal of our analysis made from a single aspect of the question, and we forget the necessity of continuing our work of research by aspiring to accomplish its synthesis with the other aspects—we distance ourselves more from the goal, however brilliant and exact our work of analysis has been. Each time that we forget to take into account the constant factors of movement and variability, and we take the bit of truth found by us for something stable, firm, “petrified,”—we distance ourselves from the truth. The true path is to always account for the multiplicity of factors that all find themselves engaged in a continuous movement and to seek the resultant (also moving itself) of these factors.


[1] This phenomenon of the “constant variability of the resultant,” as well as the importance of its application to the study of the facts of human history, will be examined in detail in another work.


[to be concluded in part 2]

[Articles appearing in numbers 25 and 27, March and April 1924, of the Revue anarchiste]

Working translation by Shawn P. Wilbur

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