X.X.X. [Max Nettlau], “La libertad de la sociedad del mañana” (1936)

¿Sobre qué bases han de apoyarse las relaciones humanas en la sociedad futura para asegurar el máximo de libertad?

En apariencia se nos presenta una pregunta sencilla, pero en realidad de difícil contestación si ha de elevarse esta contestación por encima de fáciles generalizaciones. El máximo de libertad no puede fundarse más que sobre una libertad que exista antes de alcanzarse el máximo, una cantidad de libertad ya existente y operante, siendo imposible que graduemos hoy por anticipado tal o cual cantidad y tal o cual calidad de aquella libertad base de sustentación para alcanzar el máximo, como es también imposible que valoricemos por anticipado y podamos prever su existencia y ritmo cuando se dé el enorme impulso caudaloso hacia la libertad.

Como tengo repetido en las columnas de esta misma revista, a pesar de ser la libertad el principio creador y vivificador de todo, sólo se manifiesta de manera que podíamos llamar funcional en momentos de insurrección. Fuera de estos momentos, apenas alienta la libertad más que como contrabando, siendo acaparados casi siempre los frutos de la libertad por la autoridad, que los explota en beneficio propio. Las masas obtienen alguna libertad, pero muy indirectamente. La libertad íntegra no reside verdadera y excepcionalmente más que en ciertas naturalezas humanas que tienen excedente de vitalidad, vigor y generosidad, en hombres completos cuyo mundo interior les impulsa a intervenir en las luchas nuevas venciendo cualquier obstáculo que se oponga a los valores de creación y expansión. Aumentar el número de estos educadores sería la primera urgencia. Pero la eficacia de la obra depende de las masas entre las que aquellos educadores surgieron. Y las masas vacilan siempre porque la autoridad ofrece a sus ojos engaños y pocas dificultades, desdeñando la masa la bella ruta de la libertad porque esta ruta no deja de ser penosa como todo esfuerzo elevado.

Contemplemos hoy la ola de reivindicaciones sociales que se extiende sobre Francia, consiguiendo en pocos días lo que no se pudo conseguir en cuarenta años de intensa agitación sindicalista. Se nota un despertar general que se contempla con simpatía. ¿Qué camino lleva? Todo se orienta por la ruta de nuevas normas y nuevas estabilidades, poderes autoritarios por crear congruentes con nuevas dictaduras en potencia. A los dictadores débiles que andan a tientas seguirán los dictadores fuertes con objetivos determinados. Ya conocemos la evolución inversa, la marcha atrás que desemboca en hombres de puño cerrado adueñados de la totalidad del Poder : la tiranía de las ciudades griegas, el cesarismo romano, el despotismo de los Borgias en el Renacimiento, los dos imperios napoleónicos y las dictaduras que pululan por el mundo desde 1917.

Escuchemos la voz de Bakunin leyendo lo que escribió en París en abril de 1868: «…Igualdad sin libertad es malsana ficción elaborada por los picaros para engañar a los tontos. Igualdad sin libertad equivale a despotismo del Estado y el Estado despótico no podría vivir ni un día sin contar por lo menos con una clase explotadora y privilegiada s la burocracia… Nuestro gran Proudhon, el verdadero maestro de todos nosotros, dijo… que la alianza más desastrosa que podría darse sería la que reuniera socialismo y absolutismo, la que reuniera tendencias del pueblo hacia la emancipación económica y el bienestar con la dictadura y la concentración de los poderes todos, políticos y sociales, en el Estado. Que el porvenir nos libre, pues, de los favores del despotismo, pero que nos salve de las consecuencias desastrosas y embrutecedoras del socialismo autoritario, doctrinario o estatal. Seamos socialistas sin convertirnos en pueblo-rebaño. No busquemos la justicia integral, toda la justicia, política, económica y social, más que por el camino de la libertad. Nada que sea vital, nada que sea humano puede darse sin libertad, y el socialismo que la rechazara de sí o no la aceptara como único principio creador y fundamental nos llevaría en línea recta a la esclavitud y a la bestialidad…»

Estas palabras se publicaron en pleno Paris imperial hace 68 años, aunque se leen como si se escribieran hoy, porque resumen las tristes experiencias de una veintena de años aproximadamente. «Esclavitud y bestialidad» han llegado a ser realidades en nuestros días, realidades que nos amenazan a todos y tienen por arranque o iniciación el funesto socialismo autoritario : el socialismo ruso convertido en blanquista (dictatorial); la socialdemocracia, que se hizo colaboradora de la burguesía: un régimen brutalmente autoritario y mussoliniano que rechaza a la bella anarquía italiana iniciada por Pisacane y Bakunin, continuada por Malatesta. La Francia de Proudhon y de Eliseo Recias se inclina ante el comunismo de Moscú.

En estas condiciones resulta imposible prever hoy el origen del necesario movimiento liberal y humano. único capaz de conducirnos a una sociedad nueva que asegure el máximo de libertad. Las sociedades autoritarias dictatoriales que se insinúan o preparan no sienten la menor preocupación por asegurar no ya un máximo de libertad, sino ni siquiera un mínimo. Las masas se han contentado con este panorama lamentable durante los últimos veinte años, y si exceptuamos a España, sacrifican la libertad a la ambición de procurar o ejercer el Poder. Es un hecho lamentable que en vano trataríamos de atenuar, y por mucho que nos cueste hemos de confesar que exceptuando a los verdaderos anarquistas el socialismo no ha libertado, intelectual y éticamente, a las masas; por el contrario, las militarizó, las empapó de idolatría posesiva y avidez de conquista, esa avidez que sabe, lanzando una voz de mando, llevar miles de hombres desde Italia a Etiopía arrojándose todos ellos sobre este país y sus riquezas supuestas, exactamente igual que hace cuarenta años fué incitado el país británico a arrojarse sobre África del Sur con sus minas de oro y diamantes. Un Estado socialista que posee los instrumentos de producción y organiza al pueblo como ejército del trabajo para poner en marcha el socialismo estatal no hace cosa distinta y establece la esclavitud universal como se estableció en tiempo de los Faraones del antiguo Egipto. Las masas se contentan con este marasmo, pero los hombres libres son perseguidos de nuevo como lo fueron en los siglos negros todas las conciencias independientes.

Es evidente que ni siquiera invocando las más justas reivindicaciones económicas tiene derecho el socialismo a disminuir la libertad; no puede atri, buir a ella carácter de papel moiado y completamente inútil; no puede creer que la libertad es un artículo de luío o una invención burguesa como se dice en Rusia. Si una evolución determinada resulta negativa es porque no sobrepasa un nivel de libertad conseguido ya, no siendo evolución, sino retroceso, reacción. La dictadura es siempre una y siempre la misma, porque su característica esencial consiste en cerar la fuente del progreso que es la libertad. Esta libertad, tan menospreciada hoy, que se quiere eliminar, es la libertad de conciencia y de opinión; la libertad para la buena vecindad y para la convivencia; la libertad de vivir y de emplear las libertades que se tienen por autonomía; la libertad del experimento libre, de la propaganda ilimitada; la expansión de las organizaciones variadas y múltiples sin unificarse y sin acribillar a tiros a sus adversarios. Todas estas libertades se usaron en el siglo XIX en plena era burguesa, aunque lo mismo entonces que hoy se empleó la receta autoritaria sirviéndose sus parciales de la libertad, sin la cual hay que permanecer callado como un muerto o hacerse lacayo de un partido, de una fuerza organizada que espía perpetuamente la oportunidad de hacerse con una presa arrojándose sobre ella en son de conquista. Nosotros sabemos lo que es libertad, tenemos amor por ella y no queremos perderla ni siquiera obedeciendo a sofismas económicos o igualitarios, como no la sacrificamos obedeciendo a clérigos ni a fascistas, sino que la afirmamos y acreditamos.

El socialismo no libertario es para nosotros una desbandada, un retroceso que puede aprovechar como heredero un sistema fascista o peor si cabe. Hacer que comprendan esta verdad nuestros contemporáneos es el deber que nos incumbe de momento antes de que sea tarde. Las relaciones humOñas habrán de basarse en primer término sobre las libertades que conocemos ya para alcanzar gradual’ mente un nivel más alto de libertad.

Con el término gradualmente no quiero identificar etapas intermedias, estabilizadas y obligatorias, sino que pienso en las desigualdades naturales y en las condiciones, naturales también, más o menos favorables de los hechos decisivos para producir siempre y en cada caso grados distintos de crecimiento y eficacia, grados y ritmos distintos, que refutan por sí mismos permanentemente el sofisma de la unificación artificial, instituido por los autores de sistemas legislativos reforzados por los subalternos de gobernantes y dictadores.

Es preciso querer ser libre y saber ser libre; es preciso no creer tan sólo que la libertad es posible, sino creer también que es la base misma, el juridamento de cualquier expansión, de cualquier desarrollo sano y normal. Es necesario reunir estas cuatro cualidades en la propia intimidad y suscitarlas en quien no las posea o posea solo alguna de ellas. Es preciso salir hoy al paso de quienes en nombre de cualquier dogma de sociología como ayer en nombre de cualquier dogma religioso, niegan la libertad, dicen que es ésta imposible y que hará falta siempre tener autoridad, como antaño se decía que era imposible vivir sin rey y sin divinidad o divinidades. Saber ser libre es difícil para todos. Nadie demostró como Tolstoi que hay que empezar por superarnos nosotros mismos. La enseñanza y la cultura demuestran el papel de la libertad en la Historia y son de primera importancia para todos.

Ascender hacia mayor número de libertades, a una libertad más intensa, ha de ser obra de la solidaridad, obra que tendrá realización en formas perfeccionadas de futuro que no podemos prever hoy. Todo será captado y asimilado gracias a condiciones nuevas, con el criterio de que ya hoy puede hacerse mucho más de lo que se hace, si se quiere que la progresión sea completa mañana. La solidaridad organizada es a menudo puramente nominal. Hemos leído estos días que el número de adherentes de la C. G. T. francesa ha pasado ahora desde un millón a dos millones y medio. ¿Dónde estaban tantos recién llegados de repente ahora antes de estas semanas culminantes de éxito imprevisto? ¿Dónde estarán cuando pase cierto tiempo, sobre todo si es tiempo de prueba? Todo está por hacer porque todo procede de la solidaridad efímera que sigue al éxito material y no se pasa a la solidaridad íntima, que no supone nada ni cuenta para los apreiurados. Aunque existe hace tiempo en las pequeñas agrupaciones empezando por la familia bien unida, en gran escala carece de realidad. Por ello puede considerarse ociosa la controversia sobre los méritos relativos del comunismo, de la retribución colectivista y del intercambio mutualista igual. Estos métodos y sus combinaciones intermedias o mixtas se emplearán siempre según los grados de solidaridad existente entre los participantes, de la misma manera que igual ayer que hoy varía el grado de confianza y crédito que se tiene de distintas personas. Un sistema determinado no podrá emplearse universalmente hasta que la experiencia compruebe que los perjuicios del mismo y las pérdidas anejas a su uso por mala aplicación y abuso de confianza son tan insignificantes que pueden desdeñarse si se comparan con los beneficios que reportan. Sabemos también que cualquier sistema económico de distribución libre depende en primer lugar de la abundancia, ya que sólo ésta permite en realidad un consumo verdaderamente ilimitado. Y todavía habría necesidad de entenderse y ponerse de acuerdo sobre los artículos susceptibles de producirse en abundancia, cosa perfectamente hacedera cuando todos sean o hayan aprendido a ser desinteresados. Si estas coyunturas y buenas posibilidades se ven interrumpidas por resoluciones autoritarias o bien por mayorías o consejos técnicos, de estadística, etc., se volverá rápidamente a un nuevo sistema autoritario.

Así, pues, la solidaridad habría de empezar por ser efectiva y consolidarse en los pequeños medios autónomos, propagándose desde aquellos círculos gradualmente — empleo este término en el sentido indicado en un pasaje anterior — hacia esferas distantes. Lo contrario conduciría a un Estado nuevo. El respeto a las distintas autonomías sería una garantía positiva para difundir y desarrollar integralmente cada solidaridad local. Las autonomías serían federales sin impulsar ningún estacionamiento, ninguna estabilización. Habría que interpretar en el mismo grado el derecho a permanecer autónomo un núcleo determinado, así como el derecho libre de secesión o separación. En resumen, estas actividades habrían de desarrollarse como los episodios que se dan en la vida de relación entre amigos que están en condiciones parecidas de existencia y se separan o unen según voluntad mutua y espontánea, sin que intervenga nunca la supervisión ajena o el control de ninguna autoridad, sin que se dé el caso de crítica adversa ni sanción. Para conseguir este resultado es evidente que precisa arrojar por la borda a los políticos. Están acostumbrados a entrometerse en asuntos ajenos que no les importan en absoluto, y de la misma manera que se elimina severamente de nuestra vida privada a los intrigantes cuando se inmiscuyen en ella, así se eliminará en la vida nueva a los políticos. No habrá entonces vida política en el sentido que hoy se da al vaivén político de los entrometidos; habrá tan sólo intenso intercambio de relaciones desinteresadas entre seres independientes hasta el punto de no tolerar ningún entrometimiento en la vida propia y en la relación de unos con otros, aunque se disfrace aquel entrometimiento con palabras insinuantes, sofismas y pretextos especiosos. Si se empieza por preconizar delegaciones, comisiones y comités se acaba en el Estado y en la dictadura. Las derivaciones autoritarias no pueden evitarse más que empezando por actuar directamente los pequeños núcleos por sí mismos, sabiendo éstos extender la relación a seres que viven en otras latitudes y son merecedores de confianza por afinidad de conciencia y desenvolvimiento.

Convendría, en consecuencia, desentenderse después de la revolución, y lo antes posible, de los organismos que atienden a las luchas presentes, organismos cuya razón de ser caducará al derrumbarse el régimen actual, como caduca la actividad militar al terminar la guerra. Si se conserva el ejército después de la paz, evidentemente se prepara. otra guerra, y así es como la guerra no se proscribe nunca de raíz. Si después de triunfar un movimiento revolucionario no sienten sus protagonistas todos el deseo vehemente de crear valores de futuro y el impulso certero de romper todas las viejas cadenas ; si sólo son capaces de permanecer arrumbados en los clásicos sindicatos como inscritos en sus cuadros, lo hecho no será una revolución libertaria, sino un cambio de nombre en el régimen imperante por turno. En el nuevo régimen se dirá que los hombres no son gobernados sino adminis^ irados. En realidad serán más gobernados que hoy, puesto que el Estado administrador pesará sobre ellos con más rigor que el Estado capitalista de hoy. Lo que se requiere es valor y conciencia para no creer en la continuidad necesaria de estas instituciones artificiosas” La tarea de la hora y la sucesiva para acreditar una sociedad nueva son tareas muy disrintas.

La continuidad que exige la sociedad futura con respecto a la presente es una continuidad de produC’ ción y distribución. Nada más. Así como en la convivencia nueva no habrá lugar para las instituciones capitalistas, tampoco podrá haberla para las anticapitalistas. Tan sólo el aparato técnico, el utillaje y las instituciones neutras continuarán funcionando. Cuanto menos se altere la complejidad presente mejor funcionará la convivencia nueva, que no tendrá que empezar a manifestarse con privaciones, restricciones, racionamiento y dosificación de alimentos, maneras de imponer la dieta y el hambre. Estos estragos habrán de ser evitados a toda costa, puesto que la opinión que engendran es desfavorable, provocando la constitución de conglomerados autoritarios, los comités llamados de salvación pública, la supuesta regularidad y efectiva centralización de la vida, los depósitos o almacenes públicos y la dictadura económica. Será preciso, por el contrario, que la vida pública permanezca varia» da, lo más fácil y abundante posible, atractiva y agradable, cosa hacedera si se cancela pira siempre el temor a la escasez. Este temor se deriva de la impresión, indeleble aún, de los estragos del hambre en Rusia en los años inmediatamente posteriores a 1917. La guerra había agotado a Rusia; por otra parte, se daba la incompetencia de los nuevos gobernantes bolcheviques, el atraso del extenso país ruso y la hostilidad del capitalismo mundial. Se produjo a consecuencia de tantos y tan desfavorables factores tal anormalidad en’el sistema industrial que bien puede calificarse de inaudito. De aquellos hechos se deriva el pesimismo actual, tan preocupado con juntas, comités, planes y consejos; ese pesimismo que se propone programas reconstructivos a base de técnica y estadística para empezar a vivir de nuevo.

Los anarquistas pecaron antaño por el extremo opuesto. Creyeron que la abundancia acumulativa de productos seria fácil de conseguir y que el comunismo libre podría consolidarse sin preocupaciones por largo espacio de tiempo. Opinión errónea, porque lo que quiere el Capitalismo es que se produzca poco a fin de vender a precio alto. No es partidario el capitalismo de acumular sin vender; más bien considera esta última acumulación estacionada como la más grave de las crisis. Podemos decir que tanto la abundancia como la escasez, tanto las excelencias de Jauja como las penurias inevitables y fatales son leyendas. Lo cierto es que existen primeras materias en cantidad que sobrepasa la de las necesidades normales, que se cuenta con un utillaje de enorme potencial y mecanismo perfecto, además de haber un excedente de brazos por ocupar y multitudes enormes inocupadas. Ojnvendría, pues, que se procurara la continuidad productora después del hecho revolucionario para evitar el autoritarismo que supone la organización de la dieta pública. Los verdaderos órganos de producción son los que saben producir hoy y sabrán hacerlo mañana, los hombres del taller y de la fábrica, los campesinos y transportistas. Evidentemente los sindicatos no tienen nada que hacer con la producción técnica y crearían un estado de desorden sin intervinieran en su control una vez desaparecida la burguesía, puesto que se produciría ya desde un principio guerra civil y dictadura. Aquí o allá habría dictadura sindical ; en otro lugar se lucharía en pro de la autonomía de los productores o se invocaría la necesidad de atender primordialmente a la economía de los Municipios. Estos factores locales llegarían a entrar en colisión unos con otros y también todos ellos con sus distintas y complicadas ramificaciones, nacionales e internacionales, multiplicándose las dficultades de relación y tránsito con núcleos alejados productores de primeras materias y consumidores de artículos elaborados sobrantes. En fin, habría luchas apasionadas, y como en el curso de estas luchas no faltarían los vencedores, se impondrían al fin los cotizadores de la victoria estableciendo la dictadura.

Tan sólo una verdadera y efectiva humanización de las relaciones intersociales puede prevenir y evitar estos inconvenientes. Tal humanización únicamente puede hacerse desde lo reducido a la proporción grande, desde abajo hacia arriba — como decía Bakunin — contando con la favorable coyuntura de buenas condiciones locales, sin verse paralizada la acción progresiva por ninguna clase de autoridad, antigua o nueva, aunque se tratara de los sindicatos más activos y de sus funcionarios más probos. El hombre a quien se coloca en una situación cualquiera será siempre instrumento; lo será por pasividad y rutina o por ambición y afán de dominio. Sólo el hombre que actúa por sí mismo, el capaz de esfuerzo solidario directo puede dar de sí lo que es. Hombres así lo serán los que iriauguren la vida nueva, tratando de que se viva en ella con un máximo de libertad si no se invalida antes su tarea imponiéndoles organismos caducos y esas determinaciones llamadas transitorias que son, en realidad, con sus normas y restricciones, prolegómenos de dictadura.

Se puede luchar ya inmediatamente, desde hoy mismo, en pro de las ideas y de la causa, valores eternos, y no en nombre de organismos necesariamente transitorios. Seamos los hombres del comunismo libertario, no los patriotas de tal o cual organización. Una organización determinada no puede hacer más que establecer su propia dictadura — lo cual sería fatal — o bien declarar que se extingue al triunfar — lo que significa una generosa abdicación. No todos los componentes de aquella organización serían tal vez capaces de abdicar generosamente, sobreviniendo disensiones, escisiones y descontento, sobre todo cuando el patriotismo orgánico de los amigos estuviera caldeado y encrespado. Si puede realizarse y ser efectiva la sociedad libre tendrá origen en la expansión de las ideas del comunismo libertario; no tendrá origen en la acción o en el prestigio de la organización obrera, que por esencia es una corporación de resistencia del trabajo contra el capital, no una agrupación a base de ideas. Si la sociedad nueva ha de ser viable sabrá crear valores nuevos sin necesidad de lazos orgánicos con el pasado.

No carece de importancia el tema y merece que lo aireemos puesto que sin ejercer la libertad todo podría caer en manos de una nueva burocracia y ésta es siempre dictatorial, velada o abiertamente. Al parecer sólo se quiere proceder hoy mediante escalas jerarquizadas de los organismos, como si el hombre en sí y por sí no significara nada y fuera tan sólo un ente aislado, más bien molesto que útil. Toda la sensatez del universo aparece concentrada en unos cuantos cerebros organizadores. Este espectáculo es en realidad un reflejo de la política burguesa, pues sabido es que en ésta todo ocurre entre unos cuantos prohombres. La misera plebs está tutelada por ellos. Podrá servir esta absorción para sostener la gerencia del mundo burgués con su movimiento de negocio y especulación; podrá servir a los planes de socialistas y comunistas gubernamentales, pero a los libertarios no nos convence. Si quieren los hdmbres libertarios que renazca verdaderamente la libertad y que se realice el ideal libertario, habrá que reanudar la modesta pero efec tiva y eficaz tarea de la propaganda directa de las ideas.

Estas ideas, las libertarias, a pesar de la propaganda sonora y escrita, son conocidas insuficientemente por el pueblo y a menudo presentadas a éste en versiones apodícticas, doctrinarias, sectarias, exclusivistas. Por lo que respecta a España, los amplios conceptos del comunismo libertario dan a las ideas una expresión excelente. Por doquier sufrieron los inconvenientes de la rutina y se vieron también deformadas por infiltraciones autoritarias o reformistas por lamentables desviaciones y limitaciones. Las ideas libertarias aparecen hoy a nuestra vista más vivas y vigorosas que nunca, y la falta de intérpretes excepcionales — como tuvieron otras veces — no las apoquece absolutamente en nada.

Contesto a la pregunta inicial de este trabajo diciendo que la sociedad futura realizadora de un máximo de libertad, me parece que ha de ser diferente del organismo semisindicalista semicomunista libertario que asocia hoy meritorios esfuerzos. Si sobrevive el sindicato a la revolución, el comunismo libertario se desenvolverá con dificultad. Si el comunismo libertario invalida al sindicato no tendrá razón de ser el sindicalismo y sin embargo, es probable que no se resigne a desaparecer por completo. Amalgamar el sindicalismo con el comunismo libertario es un artificio y este artificio exigiría autoridad para sostenerse y ser estable. Ahora bien, la mayor estabiiiij^v. no haría sino prolongar la lucha y el fomento de las dictaduras. Que los sindicalistas se entreguen a las batallas de hoy, ya que les queda mucho terreno que ganar. En Francia luchan con ardor. Que den apoyo individual en favor directo del comunismo libertario y que renuncien a ser el sector preponderante en la sociedad futura. Los que preparan el comunismo libertario, que den vida a los ideales de autonomía, solidaridad generosa, federación libre y secesión igualmente libre; actividad individual sin mediadores, progreso incesante y diferenciado según condiciones de cada caso, experiencia libre, variedad y atractivo en la sociabilidad como en la economía empezando siempre y en todo por nosotros y desde ahora mismo, fuera de las cuestiones orgánicas que están en plano ajeno a vida y trabajo. Por estas rutas creo que se caminará hacia un máximo de libertad. Por las opuestas sólo se podrá desembocar en una algarabía de luchas intestinas y en una dictadura.

No se pierda nunca de vista la espinosa y fatal cuestión del totalismo. Entusiastas de nuestro ideario, somos de cierta manera totalistas porque rechazamos la opinión adversa y creemos en el triunfo exclusivo de la propia. Como tengo ya dicho, una íi ciega, rencorosa, seguida de intolerancia truculenta, inspiró siempre a los sectarios religiosos, tanto cristianos, hebreos y paganos como católicos y protestantes. Las persecuciones no pudieron acabar con tanta hostilidad productora de guerras, fanatismo, inquisición y represión jesuítica en países ensangrentados, mentalmente deficientes o rezagados; tampoco las guerras invalidaron el fanatismo religioso sino que lo avivaron; no pudieron suprimir el fanatismo las ciencias ni el librepensamiento ni tampoco sirvió la prueba de falsedad e irrealidad que se repitió con respecto a la religión. No cedió la lucha fanática; pero cuando el siglo xvill cortó las alas al fanatismo y el XIX lo redujo al silencio se produjo — al menos exteriormente — un cierto ambiente de convivencia entre los creyentes, quedando la religión en muchos territorios como entidad inofensiva o estéril y privada de medios violentos para eliminar al adversario. Esta convivencia — al menos formal — entre los creyentes de distinta etiqueta religiosa ¿se da en el sector socialista? No. Los socialistas son totalitarios en Rusia y profesaron a todas horas el exclusivismo marxista. Cuando anarquistas y sindicalistas invitan a aquellos marxistas a la convivencia, nunca se ven correspondidos con una contestación clara y neta, sino que se ven frecuentemente acribillados a balazos. No creo en una cooperación entre autoritarios y libertarios que no sea desastrosa para estos últimos; pero creo también que el mundo es suficientemente grande y capaz para todos y que sería más juicioso evitar los encontronazos en vez de pelear perpetuamente.

Es tan buena nuestra causa que me asombra no verla presentada más frecuentemente con toda su efectiva belleza ante el pobre mundo aterido. No sabemos qué clase de tesoro poseemos con nuestras ideas y dejamos que se confundan con oropel, dejamos que se mezclen con cosas ajenas a ellas. Por ello las contempla el mundo muy de tarde en tarde en su aspecto integral, quedando eclipsado su atractivo para una mayoría inmensa de seres que se debaten entre miserias y constituyen la sociedad presente. No preconizamos una ideología abstracta sino que profesamos las generosas ideas más en relación con las realidades de la vida, triste vida que los demás sacrifican a la avidez concupiscente y a la sed de dominio o bien a la esterilidad doctrinaria que siempre va hacia atrás en beneficio de la reacción.

Para llegar a un máximo de libertad es indispensable hacer el mejor uso posible del mínimo existente, digno de que lo fomentemos con el más exquisito celo. De lo contrario, estamos en trance de perder el mínimo de libertad disponible para caer en el capitalismo feroz, en el socialismo autoritario o en el fascismo. Cualquiera de estos sistemas imperantes nos llevará más pronto que tarde, como dice Bakunin, «en línea recta a la esclavitud y a la bestialidad».

X. X. X.

(Trad. de F. Aláiz.-)


X. X. X., “La libertad de la sociedad del mañana” La Revista Blanca 14 no. 387 (July 15, 1936): 74-78.

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